MISAL DE LA COMUNIDAD

10ª Edición

TIEMPO DE NAVIDAD



NATIVIDAD DEL SEÑOR
(Día 25 de diciembre)
OCTAVA DE NAVIDAD

La Sagrada Familia (o 30 de diciembre):
Día 1 de enero:
Segundo domingo despúes de Navidad: Día 6 de enero:
El Bautismo de Jesús (primer domingo despúes del 6 de enero):

La Navidad es el tiempo de celebrar la venida de Jesús, el Hijo de Dios. Su venida mesiánica es una etapa decisiva en el historial del Reino y un acercamiento capital del advenimiento de Dios.

Jesús es hombre perfecto que nace, vive y muere siguiendo el destino de todos los humanos. Sin embargo, en él, embargándolo en plenitud, el Espíritu de Dios alienta de una manera singular, única. El Espíritu divino, que desde el principio está posando y ondea en toda criatura, habita en el fondo de su ser de modo radical. Es algo que se va revelando a lo largo de su vida y sobre todo a la hora de su muerte, cuando ese Espíritu poderoso le resucita de entre los muertos manifestándole como Hijo unigénito de Dios.

Desde esta experiencia pascual sus discípulos contemplan retrospectivamente su nacimiento como un nacimiento también singular, en el que la presencia divina en medio del mundo humano adquiere una cercanía y una densidad inusitadas, únicas.

La Iglesia festeja también el nacimiento de Jesús con la misma fe. No para celebrar un aniversario, como quien recuerda los datos biográficos de un personaje, sino para dar testimonio del acontecimiento que para todos es la vida de Jesús, su muerte, su resurrección y, por tanto, su nacimiento.

Con la liturgia de Navidad la Iglesia nos quiere hacer presente a Jesús como aquel que, desde el principio de su vida, fue lo que después fue y mostró ser. Nos hace re-vivir los comienzos de su existencia desde la Pascua. Lo que cree sobre su Señor crucificado y resucitado, eso lo anuncia de su concepción y nacimiento. Jesús, desde el primer instante de su vida, es, comienza a ser, el Mesías salvador. La historia santa del Cristo Señor alcanza hasta su nacimiento; más, hasta su concepción. Sujeto a la evolución propia de toda existencia humana, sin embargo, en todos los instantes de su vida terrena, Jesús fue Hijo de Dios. Cada evangelio de la historia de su infancia, escrito a la luz de la experiencia pascual, va mostrando las señales de esta mesianidad.

Se denomina al nacimiento de Jesús con el término encarnación. Efectivamente, la vida de Jesús muestra que la Palabra de Dios se hizo carne y acampó entre nosotros; muestra que Dios y su Palabra no son realidades de otro mundo lejano, sino presencia y compañía entre los hombres. Por tanto, la encarnación no se debe entender míticamente, como la aparición de un ser celeste que se pasea sobre la tierra, dando buenos ejemplos, para marcharse al poco, otra vez; ni como el maridaje extraño de un dios con un hombre en el que aquél se mete de rondón en éste para divinizarlo y despojarlo de su humanidad.

La encarnación es esa irrupción en un hombre concreto, Jesús, del Espíritu de Dios presente en el fondo de todo, arraigado en el árbol genealógico de toda la historia humana; irrupción que significa un nuevo, absoluto arraigamiento y una manifestación nueva, última, única, gracias a la cual ese hombre, siendo absolutamente hombre, es a la vez Hijo unigénito de Dios.

¿La llegada de Cristo trae la plenitud del tiempo? ¿Paraliza la marea inmensa del de-venir suscitada por el adviento? Así ha entendido cierta teología la encarnación, y afirma simplemente que con ella llega el Reino. Sin embargo, la mayoría de las versiones evangélicas nos dicen que el Reino es cercanía aún, es por-venir. Una teología o una espiritualidad que vuelva al hecho histórico de la encarnación, en cuanto pasado, propugnará un inmovilismo, sería una teología aberrante porque despojaría a la historia de su teleología y su dinamismo. Para esta actitud, la historia deja de ser ese campo de lucha entre el dolor y la esperanza, entre el sufrimiento y la tensión suspirante hacia el futuro de Cristo sobre el mundo. Inyecta en la Iglesia un falso triunfalismo porque la quiere hacer señora establecida del presente. Del futuro sólo espera una revelación, una epifanía de lo ya acaecido. Lo único nuevo que aportaría el futuro sería un elemento cognoscitivo: conocer y ver mejor lo que ya se ha producido. La epifanía final de los tiempos no sería un hecho nuevo, sino un descorrer los velos que ocultan lo que ya es presente.

Para la fe, tanto la navidad como la epifanía no son una clausura del adviento, una terminación del esperar. Apuntan a un porvenir real, a una historia que prosigue su curso, no a un mero conocer mejor. Se sitúan en la línea de la esperanza del advenimiento del Reino, del cual la encarnación, lo mismo que la Pascua, nos traen solo las primicias.

La liturgia de Navidad surge a principios del siglo IV. Y surge simultánea, aunque independientemente, en el Oriente y el Occidente cristianos. En la Iglesia de Roma el 25 de diciembre se celebra sobre todo el hecho histórico del nacimiento de Jesús con su dimensión realista de encarnación. Las Iglesias orientales centran la celebración del 6 de enero en la dimensión de epifanía, de revelación y manifestación de la Divinidad al mundo. En el siglo V, Oriente y Occidente intercambian sus celebraciones respectivas y sus liturgias se enriquecen con dos fiestas, en vez de una: Navidad y Epifanía. El contenido es el mismo, si bien las perspectivas son distintas.

Pero para Occidente, la dimensión epifánica tiene su importancia, pues inserta la fiesta de Navidad en la vecindad del solsticio de invierno, marco de las fiestas de la Roma pagana en honor del sol victorioso que, a partir de esa fecha, parece renacer conforme los días se van alargando. Cristo es el sol invicto, fuente inagotable de luz y de vida.








¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!