Voz "EVANGELIO" (Enciclopedia de la Biblia, volumen III: En-Hi)

I. DENOMINACIÓN.

1. La palabra "evangelio", que en virtud de su etimología significa "buena nueva", fue utilizada primeramente en la predicación de Jesús y luego en la de los apóstoles para significar la alegría de su mensaje. Concretamente significa el alegre mensaje de la venida del reino de Dios (Mc 1,14-25), de la redención operada por Jesucristo (Lc 2,10-11), del cumplimiento de las promesas divinas en la persona y obra del Mesías (Rom 1,1-3), de la salvación eterna que Cristo obtiene para los hombres (Ef 1,13; 2 Tim 1,10). Por eso, en los libros sagrados "evangelista" es el que lleva a los hombres esa buena noticia, el predicador de Cristo Salvador.

En el lenguaje cristiano, la palabra "evangelio" pasó muy pronto a significar aquellos libros que trataban del mensaje y predicación de Cristo por medio de los apóstoles. Por eso, entre nosotros suena a libro sagrado. El continente ha sustituido el contenido. El nombre más antiguo con que se designó a los evangelios como libros fue el de Memorias de los Apóstoles. Así los llamaba en la mitad del siglo II el filósofo cristiano Justino, con el nombre clásico inspirado en las memorias de los historiadores griegos, como Jenofonte. Al mismo tiempo, nos dice Justino que entre los cristianos las Memorias de los Apóstoles eran conocidas y designadas con el nombre de "evangelios".

2. NÚMERO. La Iglesia sólo reconoce cuatro evangelios como auténticos y canónicos por razón de su origen apostólico. Ya san Irineo habla del "evangelio cuadriforme" (tetramorfos to evaggelion) y aduce diversas razones para demostrar la conveniencia del número cuaternario. Clemente de Alejandría, que conoce y cita muchos evangelios apócrifos, solamente acepta como auténticos cuatro, que han llegado hasta nosotros por tradición de los mayores. Orígenes dice que la Iglesia sólo tiene cuatro evangelios, pero la herejía muchos. Eusebio de Cesarea, cuando trata del canon de los libros del NT, habla de "la sagrada cuadriga de los evangelios". San Agustín dice que es mejor hablar de cuatro libros de un solo evangelio, antes que de cuatro evangelios. Y la razón ya la dio Orígenes en el siglo III: "Lo que escribieron los Cuatro es un [solo] evangelio".

3. SÍMBOLOS. La tradición cristiana ha considerado como símbolos de los evangelistas los cuatro animales de la visión de Ezequiel (Ez 1.5-14). La aplicación del símbolo a cada evangelista no siempre ha sido uniforme. Así Irineo atribuye el león a san Juan y el águila a san Marcos. San Jerónimo, que sigue a san Ambrosio, habla de aquella aplicación que se ha hecho común en toda la Iglesia: atendiendo al principio de cada evangelista, san Mateo es simbolizado por el hombre, porque empieza con la genealogía humana de Jesucristo; san Marcos por el león, porque empieza con la predicación del Bautista en el desierto; san Lucas, por el toro, porque empieza con el sacrificio de Zacarías y porque en el cántico del Benedictus es designada la salvación mesiánica bajo la imagen de "cuerno de salvación"; finalmente, san Juan es simbolizado por la imagen del águila a causa de su vuelo hasta el seno del Padre, cuando expone el Prólogo de la divinidad del Logos.

4. LOS TÍTULOS. Las cuatro formas de un solo y único evangelio son designadas desde muy antiguo con los títulos de "según Mateo", "según Marcos", "según Lucas" y "según Juan". No es probable que estos títulos asciendan a los propios autores. Parece más bien que se deben a los obispos del siglo II. Con ellos pretendieron señalar qué evangelios reconocían por apostólicos y dignos de leerse en público. Los títulos son ciertamente muy antiguos. Existían ya en la segunda mitad del siglo II, pues son conocidos de autores como Ireneo, Clemente Alejandrino y Tertuliano. El papiro Bodmer II, de principios del siglo III, nos los ha conservado. La Vetus Latina, como se encuentra en las obras de san Cipriano, ha conservado la misma forma griega, cuando traduce: cata Matthaeum, cata Marcum, etc.

El sentido de los títulos es, ante todo, causal y de autor. Es decir, se pretende con ellos señalar el autor literario de cada uno de los cuatro evangelios. Al mismo tiempo se expresa que hay más de un evangelio, que existen varias formas de un mismo evangelio. Así es como el fragmento de Muratori interpreta el sentido de los títulos y los demás autores antiguos. Las versiones siríacas, en lugar de la preposición cata, se sirven del genitivo: evangelio de Mateo, de Marcos, etc.

5. LOS PRÓLOGOS. Un como comentario de los títulos se encuentra en los que se llaman "prólogos", dentro de la historia literaria de los evangelios. Existen dos clases de prólogos: los Antiguos y los Monarquianos.

Los Prólogos Antiguos son tres, el de Marcos y Juan, bastante breves, y el de Lucas, algo más largo. El de Mateo se ha perdido. ¿Qué son estos prólogos? Una especie de introducción a cada evangelio, conservada en algunos códices manuscritos de la Vulgata, con noticias preciosas sobre el origen, autores, lugar y tiempo de la composición. El prólogo de Lucas se conserva también en griego. Los otros dos solamente en latín. Son de tendencia abiertamente antimarcionita. Los códices en que se conservan estos prólogos son:

  • el Toletanus, del siglo VIII,
  • el Matritensis (Bibl. Univ. 32), del siglo VIII,IX,
  • el Vaticanus (Barbieri, 637), del siglo IX, y
  • el Legionensis (san Isidoro), del siglo X.
  • El prólogo de Lucas se encuentra antes en el códide ff2 de la Vetus Latina, del siglo V.

El origen probable de estos prólogos es romano. Su lengua original sería el griego. Son anteriores al fragmento de Muratori y, por lo tanto, pertenecen al siglo II.

Los Prólogos Monarquianos son más recientes y han llegado en muchos códices latinos. Dependen de la versión latina de los Prólogos Antiguos, pues son una amplificación difusa y, a veces, oscura de ellos adaptada a la propia herejía monarquiana. Mientras que P. Corsen piensa que fueron escritos en Roma en la primera mitad del siglo III, J. Chapman los atribuye al español Prisciliano, después del 350. D. de Bruyne y B. Altaner armonizan ambas sentencias: los Prólogos son del siglo III, pero fueron retocados por algún priscilianista a finales del siglo IV o principios del V.

6. DOBLE ASPECTO DE LOS EVANGELIOS. En los evangelios, como se miran entre los cristianos, hay que distinguir dos aspectos: el humano y el divino. En el primero, los evangelios se colocan en el mismo plano que cualquier otro libro de la antiguedad, como si fueran obras exclusivamente humanas. Se estudia, por lo tanto, su antigüedad, sus autores verdaderos, sus fuentes y su valor histórico como documento para el conocimiento de Jesús y de los orígenes cristianos. Nosotros lo consideramos en este artículo en el plano humano. El estudio en el aspecto divino tendría que remontarse al hecho de la inspiración, en virtud del cual Dios es el autor principal de cualquier libro inspirado, que es, por lo mismo, sagrado e infalible en sus afirmaciones. El hecho de la inspiración de los evangelios se trata en el canon del Nuevo Testamento, y la naturaleza de la inspiración en el artículo correspondiente.

7. LA LUCHA CONTRA LOS EVANGELIOS. La lucha contra el valor humano de los evangelios la inician los judíos talmudistas (toledot jesua) y los polemistas paganos Celso, Porfirio y Juliano el Apóstata, y es renovada acérrimamente en el siglo XVIII por el deismo y el racionalismo, que excogitan cada día nuevas hipótesis para deshacer la tesis de la pureza y del valor histórico. Esta lucha providencial ha puesto de relieve la invulnerabilidad de los evangelios en el plano humano de la historia y aun su superioridad con relación a los libros antiguos de historia.

Adolfo Harnack resume el proceso evolutivo de la crítica independiente en el problema histórico de los evangelios. En diversos ensayos de introducción al Nuevo Testamento ha ido corrigiendo sus primeras afirmaciones con respecto a la época en que se escribieron nuestros libros. En 1897 fijaba su composición entre los años 63 y 93. En virtud de estudios posteriores se ve forzado a adelantar la fecha de los tres primeros evangelios. En 1897 creía que el prólogo de Lucas exigía unos cincuenta años de distancia con relación a la muerte de Jesús; pero en 1911 tenía por cierto que Lucas escribió su libro en vida de Pablo, es decir, antes del 67. El evangelio de Marcos, utilizado por Lucas, tuvo que escribirse antes; en cuanto al evangelio de Mateo, pensaba en 1911 que se había escrito muy cerca del año 70. El regreso del racionalismo se verifica también en el evangelio de Juan. F.C. Baur fijaba su composición en el año 170, pero hoy todos reconocen que no se puede retrasar más allá del año 100, sobre todo después de los recientes descubrimientos arqueológicos.

8. DESCUBRIMIENTOS RECIENTES. La historia del texto evangélico es un argumento de primer orden tanto de la antiguedad como de la veneración antiquísima en que se tenían los evangelios. No existe ningún libro en toda la antigüedad griega o romana que se pueda comparar en este sentido con ellos. Solamente de los evangelios poseemos 1500 códices, dos de los cuales (Códice Sinaítico y Códice Vaticano) llegan hasta el siglo IV. Varios papiros ascienden hasta los siglos III y II. Los papiros más célebres son los de la colección "Chester Beatty", editados por F.G. Kenyon en 1933, y los papiros "Bodmer", que emperazon a publicarse en 1956.


Papiro Bouriant 23, del siglo II d.C. El descubrimiento de diversos papiros y otros documentos ha revelado que los evangelios fueron escritos en el griego de la "koiné", o corriente lingüistica de la gente sencilla e inculta del mundo helenista.

Al texto original griego hay que añadir las versiones antigua, algunas de las cuales se remontan al siglo II. El estudio de estos documentos según familias muestra que la mayor parte de las variantes pertenecen al siglo II, lo cual evidencia la extensión y antigüedad del original: los autógrafos llegaban ciertamnete al siglo I.

El evangelio más favorecido por los descubrimientos arqueológicos ha sido el de Juan, que es también el más combatido por la crítica. El papiro más antiguo, originario de Egipto, se publicó en 1935 y pertenece a la primera mital del siglo II. Se trata del Papiro Rylands Greek 457, o Papiro P52, que reproduce parte del diálogo de Jesús con Pilato. Los recientes papiros Bodmer son de la máxima importancia, pues se remontan a los principios del siglo III y tiene la mayor parte del texto.

     

PAPIRO P52, de la Rylands Library, Mánchester, Reino Unido. Este fragmento de papiro se considera por muchos como el texto del Nuevo Testamento más antiguo hallado hasta la fecha. Contiene líneas incompletas del Evangelio de san Juan escrito en griego antiguo, su lengua original. El fragmento fue comprado por la Rylands Library en Egipto en 1920, sin llegar a saber nunca donde fue encontrado. Los especialistas han identificado una caligrafía similar en documentos datados de principios del siglo II a principios del siglo III. Si este fragmento fue copiado en este perido de tiempo, es uno de los manuscritos supervivientes más antiguos del Nuevo Testamento, y uno de los más antiguos restos arqueológicos del Cristianismo. No ha sido datado con Carbono 14, pues esta técnica requiere la destrucción parcial del fragmento.

El texto es un fragmento de Juan 18,31-33: 31 Pilato replicó: "Tomadle vosotros y juzgadle según vuestra Ley." Los judíos replicaron: "Nosotros no podemos dar muerte a nadie." 32 Así se cumpliría lo que había dicho Jesús cuando indicó de qué muerte iba a morir. 33 Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio y llamó a Jesús y le dijo: "¿Eres tú el Rey de los judíos?" (Traducción de la Biblia de Jerusalén, edición de 1975).

LOS PAPIROS DEL NUEVO TESTAMENTO, por Daniel Iglesias Grèzes. (Ver fuente en Internet.

Se conocen más de 5.300 manuscritos griegos antiguos que contienen el texto (completo o incompleto) del Nuevo Testamento (NT). Además han sobrevivido hasta hoy unos 10.000 manuscritos antiguos con copias del NT en latín y otros 9.300 con versiones en siríaco, copto, armenio, gótico y etíope, totalizando más de 24.000 manuscritos antiguos del NT, una cantidad mucho mayor que la correspondiente a cualquier otra obra literaria de la Antigüedad, exceptuando el Antiguo Testamento. Las variaciones del texto encontradas en estos manuscritos son muy pequeñas y en lo sustancial no afectan a las doctrinas cristianas principales.

Además se conocen más de 32.000 citas del NT incluidas en las obras de los Padres de la Iglesia y otros escritores eclesiásticos anteriores al Concilio de Nicea (año 325). El NT entero, con excepción de 11 versículos, podría ser reconstruido a partir de esta sola fuente.

En cuanto al canon del NT, Tertuliano afirma que hacia el año 150 la Iglesia de Roma había compilado una lista de libros del NT, la cual es idéntica a la actual. Se conserva un fragmento casi completo de esta lista en el Canon Muratoriano del año 170.

Las Biblias completas más antiguas son el Códice Vaticano (circa año 300) y el Códice Sinaítico (circa año 350), conservados en el Museo Vaticano y el Museo Británico (en Londres), respectivamente. Los manuscritos de los tres primeros siglos contienen sólo fragmentos del NT (desde unos pocos versículos hasta algunos libros completos). Los manuscritos más antiguos del NT son papiros. Éstos han sido numerados desde P1 hasta P96. Los 96 papiros numerados contienen partes de cada libro del NT excepto 1 y 2 Timoteo.

El primer papiro del NT (hoy conocido como P11) fue descubierto por Constantin von Tischendorf en 1868. En 1897-1898 la nueva ciencia de la papirología se vio sacudida por el descubrimiento de los más de dos mil papiros de Oxyrhynchus en Egipto, 28 de los cuales corresponden al NT. Veinte de ellos eran más antiguos que los manuscritos más antiguos del NT conocidos hasta ese entonces. Además los papiros de Oxyrhynchus representan 15 de los 27 libros del NT.

En 1930-1931 Sir Frederic Kenyon publicó los papiros Chester Beatty (P45, P46 y P47), los cuales fueron datados como del período 200-250. Estudios más recientes demuestran que P45 es del año 150 y P46 del año 85, aproximadamente. Además estos papiros eran mucho más extensos que los papiros conocidos hasta entonces: Contienen docenas de capítulos de los Evangelios, los Hechos, las cartas de Pablo y el Apocalipsis.

En los años cincuenta fueron descubiertos los papiros Bodmer (P66, P72, P73, P74 y P75). El más importante de ellos es P66, que contiene los primeros 14 capítulos del Evangelio de Juan. Originalmente fue datado como del año 200, pero estudios más recientes prueban que es del año 125 o anterior.

Hacia 1960 se consideraba a P52 (el "Papiro Rylands") como el papiro del NT más antiguo. Originalmente datado como del año 125, hoy se considera más exacta una fecha cercana al año 100. Contiene cinco versículos del capítulo 18 de Juan.

La papirología es una ciencia que ha avanzado mucho en los últimos cincuenta años debido a la disponibilidad de equipamiento moderno y de miles de papiros utilizables como medios de comparación. La mayor parte de las redataciones recientes han dado como resultado fechas más tempranas que las asignadas originalmente.

Trabajos recientes de Carsten Peter Thiede y Philip Comfort han demostrado que los papiros P64 y P67 son dos fragmentos del mismo manuscrito original. P64 es llamado "Papiro Magdalen", debido a que es conservado en el Magdalen College de Oxford (Inglaterra). P67 es conservado en Barcelona (España). Ambos papiros contienen partes del Evangelio de Mateo.

P64 fue datado en 1901 por el Rev. Charles Huleatt como del siglo III. En 1953 C.H. Roberts (el mismo autor que publicó el Papiro Rylands) le reasignó la fecha de 200 DC, la cual fue generalmente considerada correcta hasta 1995. Ese año, usando técnicas modernas y evidencias de los rollos del Mar Muerto (de los que luego hablaremos), Thiede asignó la fecha del año 60 DC a P64/P67.

Este descubrimiento es sumamente importante porque según la gran mayoría de los exégetas actuales el Evangelio de Mateo habría sido escrito hacia el año 80. Como además una mayoría todavía más contundente de los expertos atribuye la mayor antigüedad al Evangelio de Marcos, resulta que tanto la redacción de Mateo como la de Marcos habrían tenido lugar al menos veinte o treinta años más cerca del "acontecimiento Jesús" que lo que era generalmente admitido en medios académicos. Este descubrimiento tiene consecuencias muy importantes, que apenas han comenzado a ser evaluadas, en la cuestión de la historicidad de los Evangelios. Es un duro golpe a las teorías sobre el supuesto origen mitológico del cristianismo, porque la formación de un mito requiere, entre otras cosas, bastante tiempo, un tiempo que no puede haber existido si, como sostiene la tradición católica desde Papías, los Evangelios sinópticos fueron compuestos mientras aún vivían San Pedro y los demás apóstoles, testigos oculares de los acontecimientos de la vida de Jesús.

Pero la revolución de los papiros no se detiene aquí. La cueva 7 de Qumran, la biblioteca de la secta judía de los esenios destruida en el año 68 DC y redescubierta accidentalmente por beduinos en 1947, contiene 19 fragmentos en lengua griega, 18 de ellos papiros en forma de rollos. Las demás cuevas de Qumran no contienen ningún texto griego. Dos de los textos de la cueva 7 (7Q1 y 7Q2) fueron identificados inmediatamente como pertenecientes a la Biblia de los LXX (la antigua versión griega del Antiguo Testamento). El resto de los papiros (cada uno de ellos muy fragmentario) permaneció no identificado durante mucho tiempo.

En 1972 el papirólogo español José O'Callaghan descubrió que el texto del fragmento 7Q5 encajaba perfectamente con Marcos 6,52-53. Posteriormente un análisis computarizado reveló que Marcos 6,52-53 era el único texto griego antiguo conocido que concordaba con 7Q5. Los principales papirólogos del mundo han aceptado como indudable la identificación de 7Q5 con Marcos 6,52-53. Usando microscopio electrónico, fotografía infrarroja y otras evidencias, Thiede dató 7Q5 como del año 50. La mayoría de los estudiosos que atacan las conclusiones de O'Callaghan y Thiede no son papirólogos sino exégetas que se rehúsan a aceptar que el Evangelio de Marcos pudo haber sido escrito tan tempranamente, porque esto implicaría que ellos tendrían que reformular gran parte de su propia obra exegética.

Aún más segura que la identificación de 7Q5 con Marcos 6,52-53 es la identificación de 7Q4 con 1 Timoteo 3,16-4,3, también propuesta por O'Callaghan y confirmada por estudios posteriores. La datación exacta de 7Q4 es difícil, pero este papiro es obviamente anterior al año 68, lo cual concuerda con la probable composición de 1 Timoteo en el año 55. Es importante notar que muchos exégetas actuales consideran que las cartas 1 Timoteo, 2 Timoteo y Tito no serían del mismo San Pablo, sino de un discípulo suyo que, utilizando el nombre de su maestro, las habría escrito después del martirio de éste (año 67), incluso después del año 100. En la formación de esta hipótesis, que es la que prevalece en el campo protestante, ha influido el hecho de que en estas tres cartas se pueden detectar numerosos indicios (referencias a la jerarquía eclesiástica, etc.) de lo que autores protestantes llaman "protocatolicismo". La identificación de 7Q4 ha destruido esta hipótesis.

En resumen, la identificación y la datación de P64, P67, 7Q4 y 7Q5 ha demostrado que gran parte de los libros del NT fueron escritos antes del año 70 DC, año de la destrucción de Jerusalén por parte del Emperador romano Tito.

II. ANTIGÜEDAD DE LOS EVANGELIOS.

Sólo con lo que llevamos dicho se ha podido ver la antigüedad de los evangelios. Son ciertamente los escritos más antiguos de los cristianos, pues cualquier otro libro depende más o menos de ellos. Esto quiere decir que los evangelios se remontan al siglo I. Todos los escritos cristianos del siglo I y II son deudores de los evangelios en una forma u otra.

  • La Didajé es un catecismo de los últimos decenios del siglo I, escrito probablemente en Siria, que conoce y se sirve ciertamente del evangelio de Mateo. Las alusiones a Lucas son probables. De Marcos nada se puede probar, pues casi todo lo que hay en este evangelio se encuentra en los de Mateo y Lucas.

  • Hacia finales del siglo I Clemente Romano, tercer sucesor de Pedro, escribe su carta a los Corintios, y ciertamente utiliza el evangelio de Mateo y probablemente el de Lucas.

  • De finales del siglo I es la carta de san Bernabé, o por lo menos anterior al año 140, según Altaner. Su autor escribe en Alejandría y cita a Mateo como Escritura Sagrada. Es probable que conociera el evangelio de Juan.

  • San Ignacio de Antioquía murió en el Circo Máximo de Roma hacia el año 107. Se conservan de él siete cartas dirigidas a las iglesias de Asia Menor. Su estilo y sus ideas están muy inspiradas en los dos evangelios de Mateo y Juan. San Ignacio habla expresamente del evangelio escrito, sin mencionar a ninguno de los autores. Sus palabras son muy interesantes, porque revelan el concepto histórico que se había formado de nuestros libros al llamarlos "archivo".

  • San Policarpo fue discípulo de san Juan y en su carta a los Filipenses, escrita por el año 107, revela que conoce muy bien los evangelios de Mateo y Lucas. Las cartas de san Juan le son también familiares y, por lo tanto, también su evangelio.

  • San Justino muere hacia el 165 y es el primero que aplica un nombre literario a los evangelios, llamándoles "Memoria de los Apóstoles". Afirma que los evangelios tienen el mismo carácter sagrado que los escritos del Antiguo Testamento, especialmente los profetas. No menciona expresamente los nombres de los evangelistas, pero por los innumerables textos que cita es imposible dudar de que se refiere a nuestros cuatro evangelios. A juzgar por el número de citas, se puede afirmar que sentía predilección por el evangelio de san Juan.

  • Taciano, en su célebre Diatésaron, de la segunda mitad del siglo II, hace una concordia de los cuatro textos evangélicos, tomando por base la cronología de Juan.

  • En Francia se conocían los evangelios de Lucas y Juan en el año 177, como se ve por la carta que escribe la iglesia de Lyon y de Viena a las iglesias de Asia y de Frigia, narrando el martirio de muchos cristianos.

  • Los herejes y paganos del siglo II conocían nuestros evangelios. San Irineo da gran importancia para demostrar la fuerza de los evangelios al hecho de que aun los mismos herejes traten de probar sus errores con textos de los cuatro evangelios canónicos. Habla de los ebionitas, que se servían de san Mateo; de Marción, que eliminaba en san Lucas cuanto se refería a la humanidad del Señor; los que establecían una separación entre Jesús y Cristo, sosteniendo que Cristo no padeció ni murió, sino solamente Jesús, se servían de san Marcos; finalmente, los valentinianos daban gran importancia al cuarto evangelio.

  • Celso, filósofo epicúreo, el Voltaire del siglo II, en una obra que escribió en el año 178 para desacreditar el cristianismo, se sirve de muchos textos evangélicos, incluso del de Juan, y dice que los autores fueron discípulos de Jesús.

Los apócrifos, que empiezan en el siglo II, suponen claramente la existencia de los nuestros canónicos, que se esfuerzan por completar. Sirven para demostrar la antigüedad de los evangelios canónicos los hallazgos de casi cincuenta manuscritos de una biblioteca cóptico-gnóstica verificados el año 1946, en Nag Hammadi (Khenoboskion), en el Alto Egipto. Uno de los códices tiene hasta 113 sentencias del Señor. Es el conocido Evangelio de Tomás que, si alguno de sus diversos estratos pueden ascender a los años inmediatos a la muerte del Señor, en su mayoría depende de los evangelios canónicos deformados por los ebionitas judeocristianos primero y más tarde por los gnósticos.

La antigüedad y la historicidad de los evangelios, en particular, y aun de todo el Nuevo Testamento en general, se ha confirmado recientemente con los célebres descubrimientos de Qumrán, que empezaron el año 1947. La comparación de estos manuscritos con nuestros libros sagrados muestra un mismo ambiente palestiniense y bíblico, y elimina la tesis de la dependencia del mundo pagano por parte de nuestros autores. Se ha exgarado mucho al afirmar la dependencia directa de los escritos neotestamentarios con respecto a los de Qumrán. El fondo común se explica suficientemente por el mismo ambiente religioso, la época y, sobre todo, por la dependencia común del Antiguo Testamento.

III. LOS AUTORES DE LOS EVANGELIOS.

Es importante saber los autores concretos de los evangelios, y ésto documentalmente, remontándonos hasta los primeros testimonios literarios e históricos que hacen mención explícita de cada uno de nuestros cuatro evangelistas. Afortunadamente en este respecto superan también nuestros libros a los clásicos griegos y romanos:

  • La primera mención que tenemos de Herodoto se encuentra en Aristóteles, esto es, cien años después de su muerte. La segunda, en Cicerón, más de cuatrocientos años después.

  • Tucídides es citado la primera vez por Cicerón, tres siglos más tarde de su muerte.

  • Los testimonios a favor de Tácito como autor de los Anales, cosa que nadie duda, son dos: uno del siglo III y otro de san Jerónimo en el siglo IV. Y Tácito escribió al mismo tiempo en que se escribieron los evangelios.

  • Filón de Alejandría, contemporáneo de Jesucristo pues murió el año 45, tiene bastantes menos testimonios en favor de sus obras que nuestros evangelios, los cuales son posteriores. Leopoldo Cohn, en su edición crítica, opina que es probable lo conocieran en el siglo II san Justino y Teófilo de Alejandría; en el siglo III, Clemente de Alejandría y Orígenes. No se habla expresamente de sus obras hasta el siglo IV por san Ambrosio, Eusebio de Cesarea y san Jerónimo, que traducen al latín algunas de ellas. Los manuscritos de Filón más antiguos no pasan del siglo X.

En cuanto a los evangelistas:

  • Los dos primeros son mencionados expresamente por Papías, hacia el año 130, quien vivió en Asia Menor.

  • Teófilo, natural de Mesopotamia y sexto obispo de Antioquia de Siria, habla expresamente de Juan, a quien tiene por hombre inspirado y cuyo evangelio pone entre las Escrituras Sagradas.

  • En el siglo II hay que colocar el testimonio de Ireneo, que menciona a los cuatro evangelistas.

  • El Canon de Muratori, también del siglo II, nos ha conservado los nombres de los dos últimos evangelistas. Como el documento está incompleto al principio, faltan los nombres de Mateo y Marco, pero ciertamente en el original se hablaba de ellos, pues la transición a Lucas se hace con el adverbio "también", que muestra haber hablado antes de los otros dos evangelistas.

  • Los Títulos y los Prólogos Antiguos, de los cuales ya hemos tratado antes, son igualmente testimonios explícitos de los evangelistas, y que pertenecen al siglo II.

  • En el siglo III tenemos testimonios tan autorizados y expresos somo el de Tertuliano, Clemente de Alejandría y Orígenes. Estos autores recogen y continúan la tradición clara y segura del siglo II. Expresamente nos dicen que los cuatro evangelistas nos han sido transmitidos, que se han recibido de los mayores y que son aceptados por todos. Su testimonio representa iglesias tan primitivas y distintas como Palestina, Siria, Asia Menor, Egipto, África, Roma y Galia. Sus autores son hombres que han viajado mucho, que han investigado las tradiciones, que han estudiado, que sienten el peso de su responsabilidad. No han recibido el bautismo de niños, sino bien adultos. Testifican un hecho literario e histórico, que todos admiten, incluso los herejes y paganos.

Históricamente no se puede dudar de que Mateo, Marcos, Lucas y Juan son autores de los cuatro evangelios canónicos. En la historia literaria de estos libros se impone reconocerles aquella actividad fundamental y esencial en virtud de la cual toda la tradición, desde la más primitiva, los ha tenido por verdaderos autores. En el caso de Marcos y Lucas no se explica por qué atribuirles sus evangelios, pudiendo haberlos achacado a dos apóstoles, por ejemplo, a Pedro y Pablo. La figura misma de Mateo no era de tanto relieve como para hacerle autor de un evangelio, si no lo hubiera hecho. En el caso de Juan se explicaría mejor la falsa atribución, dada su mentalidad en las iglesias de Asia Menor. Pero los testimonios son tan antiguos, tan constantes y uniformes en este punto, que no cabe probabilidad de impostura.

IV. ANÁLISIS LITERARIOS Y AUTORES.

1. EL AUTOR DEL PRIMER EVANGELIO. El estudio literario que se ha hecho de nuestros libros confirma maravillosamente el testimonio histórico de la tradición a favor de sus autorores. Así, el análisis del primer evangelio nos lleva razonablemente a pensar en Mateo. En efecto, Mt 9,9-13, donde se narra la vocación del publicano Leví, el único que recuerda su verdadero nombre cristiano, el de Mateo, es el primer evangelio. Los otros dos sinópticos callan el nombre de Mateo y se contentan con el de Leví, que no era tan conocido. Así pretenden salvar el honor del apóstol Mateo, del cual no se ha preocupado por modestia el autor del primer evangelio. En el mismo lugar, sólo Marcos y Lucas dicen que el banquete se celebró en la propia casa de Leví. En el catálogo de los apóstoles, en Mt 10,3, nuestro evangelista va después de Tomás y es llamado expresamente "publicano". Finalmente, el carácter antifariseo, que resulta tan pronunciado en el primer evangelio, revela al publicano tan profundamente odiado por los escribas y fariseos.

2. EL AUTOR DEL SEGUNDO EVANGELIO. Se revela en su libro como muy unido con san Pedro, como judío que no escribe para judíos, sino para latinos. Estas notas confluyen todas ellas en Marcos, a quien Pedro llama hijo suyo (1Pe 5,13), habitante de Jerusalén (Hec 12,12) y que vivió mucho tiempo en Roma, en compañía de Pablo (Col 4,1-2) por los años 61-63, y de Pedro (1Pe 5,13) por los años 63-64.

3. LA LECTURA DEL TERCER EVANGELIO. Nos confirma que su autor es precisamente Lucas, tal como lo conocemos por la historia. En efecto, se observa en él que se trata de un escritor versado en la literatura griega, como lo era Lucas, natural probablemente de Antioquía, ciudad muy helenizada. También se revela como conocedor de la medicina, que es lo que dice la Tradición sobre Lucas. En el tercer evangelio se encuantran los mismos tecnicismos que en Hipócrates, Dioscórides, Areteo y Galeno, ilustres médicos de la antigüedad. Describe con gran cuidado el orígen, la duración y modo de curación de la enfermedad. Así, por ejemplo, en el caso de la suegra de san Pedro, del endemoniado de Gerasa, de la hemorroísa, la hija de Jairo, etc. Se puede comparar con Marcos, a quien suele seguir el tercer evangelista, y ver cómo ha modificado su narración en el sentido indicado. Finalmente, Cristo se revela como médico divino, cuando se llama a sí mismo médico (Lc 4,23), impone las manos a cada uno de los enfermos (Lc 4,40), deja que salga de sí fuerza especial de curación (Lc 5,17; 6,19) o la comunica a los demás (Lc 9,1-2). Este poder curativo lo emplea a favor de todos los enfermos (Lc 6,18, 9,11.42, 14,49), aun en el momento supremo de la pasión (Lc 2,51). Todos estos particulares juntos tienen un gran valor.

La Tradición nos habla de Lucas como discípulo y compañero de Pablo. Y éste es otro de los caracteres más acentuados del tercer evangelio. Este carácter paulino aparece primeramente en el vocabulario, en la fraseología, en las ideas de fe, salvación, salvador, gracia, y en la orientación de las narraciones. Caso singularmente llamativo es el paralelismo que existe entre Pablo y el tercer evangelio en la tradición sobre la institución de la Eucaristía (Lc 22,19-20; 1Cor 11,23-25) y en la aparición de Jesús a san Pedro (Lc 24,34; 1Cor 15,5). San Pablo y Lucas son también los dos autores que más frecuentemente designan a Cristo con el nombre de "Kirios". Los capítulos doctrinales comunes a san Pablo y al tercer evangelio se pueden resumir en los siguientes:

  • La universalidad de la salvación, que se extiende a todos los hombres gentiles o pecadores.

  • El gozo y la alegría como fruto de la fe.

  • La importancia de la oración.

  • La predilección por la pobreza y por quienes la sufren.

  • Finalmente, el relieve que ha dado el tercer evangelio a la acción del Espíritu Santo demuestra que su autor fue discípulo de san Pablo y se debe identificar con el autor del libro de los Hechos. Con toda razón pudo decir Tertuliano en el siglo III que san Pablo había sido el iluminador de Lucas.

4. ESTUDIO LITERARIO DEL CUARTO EVANGELIO. Su estudio nos lleva a las siguientes conclusiones. Su autor es:

  • Un judío, como se deduce de los aramaísmos, de las citas de la Sagrada Escritura y del perfecto conocimiento que tiene de los usos judíos, que explica a sus lectores no judíos.

  • Un judío palestiniense, porque domina con perfección la geografía del país.

  • El autor fue testigo de cuanto narra. Así se deduce por multitud de detalles que sólo puede incluir quien lo ha visto y ha oído, y porque el propio autor se presenta a sí mismo como testigo (Jn 1,14; 19,35; 21,24).

  • El autor formaba parte del grupo apostólico y era íntimo de Jesús. Es curioso que ningún otro evangelio ha dado tanto relieve a las intervenciones de los apóstoles. Figuran especialmente Andrés (Jn 1,41; 6,9), Felipe (Jn 1,45-46; 6,7; 12,21-22; 14,8-10), Natanael (Jn 1,46,48-49), Tomás (Jn 11,16; 14,5; 20,25.28), Judas Tadeo (Jn 14,22) y, sobre todo, Pedro (Jn 1,42; 6,68; 13,6-9.24.36-37; 18,17; 20,20-10; 21,3.7.11.15-22). En la última Cena no había más que apóstoles (Mt 26,20; Mc 14,17.20; Lc 22,14) y, por la descripción que Juan hace del lavatorio (Jn 13,4-5) y la manera como cuenta la revelación del traidor (Jn 13,21-30), se ve que él estaba presente en ella. Finalmente, si se comparan 21,24 con 21,7.20, se puede llegar fácilmente a la conclusión de que el evangelista era "el discípulo a quien amaba Jesús", el cual en la útlima Cena descansó sobre el pecho del Maestro (Jn 13,23; cf. 19,26; 20,2) y que debía ser uno de los tres a quien Jesús siempre distinguía.

Relacionando todos estos datos con la persona de Juan, podemos decir que el análisis del cuarto evangelio nos lleva a la conclusión sólida de que su autor fue el apóstol Juan, uno de los dos hijos del Zebedeo.

Por los Sinópticos sabemos que Jesús tuvo tres discípulos especialmente distinguidos: Pedro, Santiago y Juan (Cf. Mc 5,37; 9,6; 14,33). El discípulo amado del cuarto evangelio debe buscarse entre estos tres. Ahora bien, el discípulo amado se distingue claramente de Pedro (Cf. Jn 13,24; 18.15; 20,2; 21,7.20), cuya muerte parece haber conocido el evangelista (Jn 21,19). Tampoco puede identificarse el discípulo amado con Santiago, pues éste murió muy pronto, hacia el año 44 (Hec 12,1-2), y nuestro evangelio se escribió bastante más tarde. En cambio, el evangelista deja entrever que llegó a muy alta ancianidad (Jn 21, 22-23). Si el autor del cuarto evangelio es Juan, hijo del Zebedeo, se explica que ni él, ni su hermano, ni su madre aparezcan en este libro. Tan solo en el último capítulo (Jn 21,2) se habla una vez de los hijos del Zebedeo. Este silencio es francamente intencionado, pues se trata del evangelio en que son mencionados con más frecuencia los apóstoles y nos consta que Juan desempeñó una actividad singular, tanto por el testimonio de los tres primeros evangelistas como por el libro de los Hechos. El autor ha querido modestamente silenciar su nombre y se ha escondido detrás del título dulcísimo de "Discípulo a quien amaba Jesús". Por último, nótese una circunstancia que ilumina el incógnito de nuestro autor: existe especial unión entre el discípulo amado, autor del cuarto evangelio, y san Pedro (Cf. Jn 13,24-26; 18,16; 20-2-9; 21,7.21-22). Esta misma unión se refleja en el libro de los Hechos entre Pedro y Juan (Cf. Hec 1,13; 3,1-3.11; 4,13.19; 8,14)

V. LA PRUEBA CLÁSICA DE LA HISTORICIDAD.

Hasta fines del primer cuarto del siglo XX, la historicidad de los evangelios se demostraba apelando a la ciencia y veracidad de sus autores: los evangelistas sabían lo que decían y dijeron lo que sabían.

La ciencia y veracidad de los evangelistas es una consecuencia de sus personas y de la época en que vivieron. Por eso la crítica se esforzó primero por derrumbar la tesis de la autencidad y demostrar que los evangelios se habían escrito en una época muy lejana a los acontecimientos. La tesis de la autenticidad nos ha hecho ver que nuestros autores son dos apóstoles, Mateo y Juan, y dos discípulos de los apóstoles, Marcos y Lucas. Toda la crítica histórica moderna tiende a suplir con el arte y el trabajo de la investigación la cercanía de los hechos que estudiamos. Los evangelistas, por tocar tan de cerca la vida de Jesús, tenían resuelto el problema de las fuentes; las fuentes eran ellos mismos, que habían acompañado a Jesús o a los discípulos de Jesús.

La materia evangélica en su parte más importante trata de hechos públicos y fácilmente comprobables. Cuando el pontífice preguntó a Jesús por su doctrina, Él le pudo responder: "Yo siempre he enseñado en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen los judíos, y en secreto no he enseñado nada" (Jn 18,21). El día de Pentecostés, san Pedro apela al testimonio y ciencia de los propios oyentes. Ellas saben todo lo que ha hecho Jesús en medio de los judíos (Hec2,22). Los apóstoles dan testimonio público de todo lo que han visto y oído. Su conciencia y amor a la verdad no les permite callar (Hec 4,20).

Los milagros no sonmotivo para rechazar la objetividad del testimonio de los evangelistas. Los apóstoles, como gente sencilla, revelan una psicología desconfiada y refractaria a lo sobrenatural. Por instinto tienen que ver y palpar para creer. Cuando, en medio de la tormenta y la noche, se les acerca Jesús andando sobre el mar, piensan primeramente en un fantasma. Sólo después, cuando la realidad se les impone, Jesús entra en la barca y cesan el viento y las olas, creen en el milagro. La resurrección, a pesar de haberla anunciado varias veces el Maestro, no les sale de dentro ni la creen. Tiene que imponérseles desde fuera, en virtud de las diversas apariciones y del sepulcro vacío.

La impostura por parte de los apóstoles y evangelistas hoy nadie la toma en serio. No existe ningún motivo para tenerlos por falsarios. Nemo gratis mendax, "Nadie miente sin motivo", dice el refrán latino. Los apóstoles y evangelistas no tenían más que un motivo para glorificar a Jesús: su conciencia de testigos (Hec 2,20). Sin esta profunda convicción de la gloria del Maestro y su profundo amor a la verdad hubieran más bien callado para librarse de la cárcel, los azotes y la muerte, que sabían les iba a venir como segura. Ni los hechos que cuentan ni el tiempo o el ambiente en que predican y escriben permitían el engaño. Hacia el año 58, cuando Pablo escribe la primera carta a los Corintios, viven todavía la mayor parte de los que vieron a Jesús resucitado (1Cor 15,6). Anás llegó a ver cinco hijos suyos en el pontificado; su quinto hijo fue pontífice en tiempo de Agripa II y vivió hasta la guerra del año 70. Todos estos personajes hubieran podido rebatir la predicación y los escritos de los discípulos de Jesús. La actitud de la autoridad judía, cuando predican los apóstoles, es bien significativa. "No podemos negar los hechos. Lo que no queremos es que se divulguen" (Hec 4,17). Como los apóstoles están resueltos a no obedecerles, porque primero tienen que obedecer la voz de su conciencia, los judíos se desesperan y piensan en matarlos. Entonces interviene la voz autorizada de Gamaliel: "Si esta predicación es de hombres, ella sola morirá; si es de Dios, nada podremos hacer contra ella" (Hec 5,39). Y aquí tenemos una prueba experimental e histórica de la verdad de los evangelios: su duración y sus frutos fecundos.

VI. PROBLEMA DE LA HISTORICIDAD EN LA ACTUALIDAD.

La argumentación clásica en favor de la historicidad de los evangelios no ha perdido su valor, pero se ha reforzado con lo que pudiéramos llamar el estudio paleontológico de los evangelios, es decir, el estudio de su prehistoria, de la tradición oral que ellos recogen. Se arranca del texto actual y de él se pasa a las fuentes literarias que han podido prepararlo, y a la predicación o kerigna que ciertamente les precedió. Los evangelios se escriben treinta o cuarenta años después de la historia que narran. En este lapso que media entre la muerte de Jesús y la fijación por escrito de sus hechos y su doctrina, existió primeramente la predicación y existieron también escritos parciales, como dice Lucas (Lc 1,1-4). Tanto la predicación como los escritos primeros estaban al servicio de la fe y de la vida cristiana, es decir, tenían un fin esencialmente teológico. La crítica racionalista encuentra aquí su piedra de escándalo: los evangelios, por su carácter teológico, como obra de creyentes y oriundos de una comunidad de creyentes, han deformado la historia. Nos reproducen el Cristo de la fe, no el Cristo de la historia.

La crítica católica no puede negar los hechos. Reconoce que los evangelios son libros de fe y que han nacido de la fe, pero niega, con toda razón, la consecuencia: que no sean libros históricos. Son libros que recogen la catequésis apostólica y sirven para la catequesis, pero dan una historia. No son libros de pura historia, porque tienen un fin religioso y teológico. Narran hechos y transmiten sentencias pronunciadas por Jesús, pero bajo la óptica de la fe. Los evangelios están en el polo opuesto de las especulaciones doctrinales, como lo demuestran su sobriedad, su sencillez y hasta cierto descuido en la expresión. Una cosa es que los evangelios se escribieran por creyentes, y en orden al acto de la fe y de la vida cristiana, y otra muy distinta que consignaran hechos o sentencias no conformes con la realidad histórica. Para lograr su fin teológico bastaba seleccionar dentro del campo fecundo de la historia e iluminar lo que en ella había de abismal (Jn 20,20-21). Al tomar de la historia lo que a su juicio servía mejor para la fe y para la vida cristiana, los evangelistas no han creado, sino seleccionado e iluminado, como un pintor no crea la imagen de su retratado cuando selecciona e ilumina sus rasgos.Una sentencia de Jesús o un hecho podía servir para dos aspectos o aplicaciones dentro de la vida cristiana y por lo mismo cada tradición evangélica puede haber orientado la misma sentencia o parábola en un sentido diverso. Todo lo que hay en los evangelios responde a los problemas que creaba la nueva fe y la nueva vida religiosa. Los evangelios y la tradición que los prepara atienden antes que nada al hecho de Cristo como eje de toda vida y la fe cristianas, que no son un a priori, sino un a posteriori. Jesús se impuso con sus hechos y con sus palabras (Lc 24,19)








¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!