EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sacrest, S.J.

QUINTA PARTE. Principales manifestaciones de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

CAPÍTULO QUINTO.

UNIÓN EN EL ALTAR.

Su objeto.- No es otro que el Cordero de Dios, siempre y do quiera sacrificado por nuestro amor.

A los ojos de la fe nada hay mayor en la tierra ni en el cielo que el santo sacrificio de nuestros altares.

Desde los tiempos apostólicos se ha ofrecido todos los días este sacrificio en la Iglesia católica; pero al presente, por singular providencia de Dios, se renueva cada hora y aun cada instante, cumpliéndose a la letra aquella profecía: "De levante a poniente es mi Nombre grande entre las naciones, y en todo lugar se ofrece una hostia inmaculada" (Malaq. 1. II) Porque, a la verdad, no amanece el sol, en su carrera diaria, a pueblo alguno de la tierra, en donde no encuentre Sacerdotes que dicen Misa, perpetuándose de este modo sin interrupción al sacrificio de nuestros altares.

Y esto es en tal manera cierto que, tomando como término medio la hora de España, Jesucristo se puede decir que se ofrece:

  • De seis de la mañana a mediodía, en Europa y África.
  • De nueve de la mañana a media tarde, en América.
  • De cuatro de la tarde a media noche, en Oceanía.
  • De diez de la noche a la mañana, en Asia.

Motivos.- Tenemos en cada uno de estos sacrificios verdadera participación, y sin embargo, ¡acaso no nos acordamos de ello! Debemos a Dios continuamente acatamiento y reverencia por su Majestad infinita; gracias incesante por sus beneficios siempre renovados; satisfacción por nuestras culpas, tantas veces reiteradas como perdonadas; tenesmos grande y continua necesidad de sus gracias; y Jesucristo en cada momento se ofrece para ser por nosotros Hostia de adoración, acción de gracias, expiación e impetración; y ¿no nos apresuraremos a aprovecharnos de tales ofrecimientos?

Piérdanse las almas, multiplícanse los pecados, no cesan los clamoreos de guerra, padece la Iglesia: y Jesucristo, para librarnos de tantos males, nos invita a unirnos a su perpetuo sacrificio; y ¿no le haremos caso?

Indicaremos ahora, para reparar este descuido, una devoción que, propuesta por el P. Minardi, misionero de la Compañía de Jesús, muerto hace algunos años en Roma, en olor de santidad, fue enriquecida por Pío IX con muchas indulgencias. No conocemos, queridos asociados del Apostolado de la Oración, modo mejor de ejercitar éste con grande facilidad y provecho, que abrazando esta práctica tan conforme con el espíritu de la Santa Alianza del Corazón de Jesús.

Prácticas.

  • 1. Práctica interior.- Unirse por actos de fe, esperanza y caridad al Corazón de Jesús, sacrificado perpetuamente en los altares; y participar así de su vida en medio de un Ofrecimiento, hecho una vez al día por lo menos, de nuestras oraciones, obras y trabajos, en unión con las intenciones por las cuales se inmola el Salvador durante el mismo día, y renovado con frecuentes jaculatorias, transportándose con el pensamiento, lo más frecuentemente que nos sea posible, a la parte del mundo donde se consuma entonces el sacrificio divino.

  • 2. Práctica exterior.- Rezar devotamente al principio del día, y durante la Misa, las oraciones siguientes:

OFRECIMIENTO DE TODAS LAS MISAS DEL DÍA.

¡Oh Señor, Dios Todopoderoso! Vedme aquí postrado en vuestra presencia para aplacaros y honrar vuestra divina Majestad en nombre de todas las criaturas. Y ¿cómo podré hacerlo siendo tan pecador y pobre como soy? Si, lo puedo y lo quiero, porque os gozáis de ser llamado Padre de misericordias, y por amor nuestro entregasteis a vuestro unigénito Hijo, que por nosotros murió en la Cruz, y que por nosotros renueva sin cesar en los altares aquel primer sacrificio.

Confiado, pues, en vuestras bondades, yo pecador, pero arrepentido, pobre, pero rico en Jesucristo, me presento ante vuestro divino acatamiento, y con el fervor de todos los Ángeles y Santos, y con los sentimientos del Corazón inmaculado de María, os ofrezco en nombre de todas las criaturas las Misas que se celebren en este momento, juntamente con las que se han celebrado y celebrarán hasta el fin del mundo. Tengo intención de renovar este ofrecimiento en todos y cada uno de los instantes del día y de todas mi vida, para daros el honor y la gloria dignos de vuestra infinita Majestad, gracias cumplidas por tantos beneficios, satisfacción plena que apague vuestra ira, y de a vuestra justicia lo que por nuestros pecados demanda; para pedir que derraméis vuestras misericordias sobre mí, sobre todos los pecadores, sobre todos los fieles vivos y difuntos, sobre la Iglesia entera, y especialmente sobre su Cabeza visible el Romano Pontífice, finalmente, sobre los infieles cismáticos, sobre los herejes e infieles, para que convertidos consigan la salud eterna de sus almas. Amén.

OFRECIMIENTO QUE SE HARÁ EN LA MISA, AL OFERTORIO O AL ALZAR, O ANTES DE CONSUMIR.

¡Oh Padre Eterno! Ofrézcoos el sacrificio que de sí os ofreció vuestro Hijo en la Cruz, y que ahora renueva Él mismo en el altar, y os le ofrezco en nombre de todas las criaturas, juntamente con todas las Misas que se han celebrado, y se celebrarán en todo el mundo, a fin de adoraros y haceros el acatamiento que merecéis, daros gracias por vuestros innumerables beneficios, aplacar vuestra justicia irritada contra nosotros, y daros la satisfacción exigida; para obtener, en fin, vuestra gracias para mí, para la Iglesia, para todos los hombres, y para las benditas almas del Purgatorio. Amén.

La Santidad de Pío IX, por Breve de 30 de septiembre de 1859, concedió 300 días de indulgencia, que por un nuevo Rescripto extendió a tres años, a cuantos, con corazón contrito, recen al principiar el día la primera oración "¡Oh Señor, Dios Todopoderoso!", o la otra "¡Oh Padre Eterno!", durante la Misa; y a los que la recen durante un mes todos los días, indulgencia plenaria, con las condiciones ordinarias de confesar, comulgar y rogar por las intenciones del Papa. Todas estas indulgencias son aplicables a las almas del Purgatorio.

FUENTES:

  • El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 647.





¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!