EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sacrest, S.J.

QUINTA PARTE. Principales manifestaciones de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

CAPÍTULO TERCERO.

EL MES DEL CORAZÓN DE JESÚS.

Establecida el año de 1856 en toda la Iglesia universal, por un decreto de Pío IX, la devoción al Corazón de Jesús, recibió nueva y solemne sanción de este inmortal Pontífice, al ser colocada en los altares, en 1864, la Beata Alacoque.

En vista de esto, todo nuestro empeño ha de ser reducirla a la práctica, acomodando a ella el espíritu interior de nuestras acciones, y exteriormente tomándola por norma de nuestro modo de proceder, para de esta suerte contar de seguro con las copiosas bendiciones prometidas a la misma por el divino Maestro.

Ahora bien, para contraer esta y provechossa costumbre y familiarizarse en ella, nada tan a propósito como hacer de esta devoción, por todo un mes entero, el objeto predilecto de nuestra solicitud.

(Pío IX concedió, el 8 de mayo de 1873, indulgencia de siete años de perdón para cada día de este mes, y una plenaria para un día cualquiera del mismo, con las condiciones de costumbre, a todos los fieles que en público o en privado honren diariamente durante el mes al Corazón de Jesús, con oraciones u otros ejercicios piadosos. Estas indulgencias son aplicables a las almas del purgatorio).

PRÁCTICAS INTERIORES

El cumplimiento fiel y constante de estas prácticas de piedad no puede menos de hacer nuestro corazón más y más semejante al de Jesucristo; y para no perder en adelante la santa costumbre adquirida durante este mes, bueno será renovarla al principio de cada mes, por medio del retiro mensual y comunión de los primeros viernes.

Cada mañana, para dar feliz comienzo al nuevo día que el Señor nos concede, invoquemos, al despertar, a los Ángeles y Santos, a nuestro Ángel de la Guardia sobre todo, y a nuestro Padre y Señor San José; y, conducidos como por su mano, acudamos al Corazón Inmaculado de María, refugio de pecadores; y de aquí, alentados y confiados, vayamos al Corazón divino de Jesús, adorémosle humildemente, démosle gracias por los beneficios recibidos, invoquémosle con fervor y confianza, y consagrémonos a su servicio. Traigamos a la memoria la materia del examen particular, y, recorriendo las principales ocupaciones del día, digamos a nuestro amor Jesús con humildad, pero con una confianza ilimitada: "¡Dios míos y todas las cosas!"

En la meditación, unidos siempre al Corazón de María, penetremos en el abismo insondable del Corazón de Jesús, estudiemos, sobre todo, en la adorable Eucaristía, las grandezas, privilegios y virtudes de este Corazón divino; contemplemos en particular su mansedumbre, su dulzura, humildad, misericordia y amor, su oración incesante, su espíritu de sacrificio, su celo...; unámonos a él lo más íntimamente que podamos; apropiémonos sus sentimientos, y excitémonos a imitar sus admirables ejemplos, y a conformar con ellos todas nuestras acciones.

Al mediodía, o a la caída de la tarde siquiera, entremos, según lo que hicimos por la mañana, en el Corazón de Jesús, por medio del Corazón de María, para pedirnos cuenta del exacto cumplimiento de nuestras promesas, dándole gracias si hemos sido fieles a ellas, y pidiéndole humildemente perdón en el caso contrario; renovemos con grande ánimo nuestros propósitos, sin que sea parte cualquier mal suceso que nos sobrevenga para hacernos perdez la paz, humildad, confianza y amor.

PRÁCTICAS EXTERIORES

Formemos el propósito de hacer cada día determinadas devociones, y un rato de lectura pausada y atenta en algún libro que trate del Corazón de Jesús. Si el tiempo no nos permite otra cosa, escojamos alguna práctica breve, con tal que seamos constantes y fervorosos en cumplirla todos los días. El ofrecimiento siguiente y las jaculatorias que le siguen, sobre ser breves y sencillas, están enriquecidas de indulgencias.

Ofrecimiento. ¡Oh amantísimo Jesús! Yo, para daros un testimonio de mi reconocimiento, y reparar mis infidelidades, os doy mi corazón, me consagro enteramente a Vos, y propongo con vuestra gracia no ofenderos más!

(Cien días de indulgencia una vez al día, rezándole delante de una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Indulgencia plenaria una vez al mes, rezándole todos los días.)

¡Jesús! ¡María!

(Veinticinco días cada vez.)

¡Jesús mío, misericordia!

(Cien días cada vez)

¡Dulce Corazón de Jesús, sed mi amor!

(Trescientos días cada vez; plenaria una vez al mes, rezándole diariamente.)

¡Dulce Corazón de María, sed mi salud!

(Las mismas indulgencias que la anterior.)

Hagámoslo con una imágen o estatua del Corazón de Jesús, y no perdamos de vista las muchas gracias que promete Jesucristo, y las indulgencias que la Iglesia concede, a los que honren al divino Corazón.

"Nuestro Señor tiene reservados riquísimos tesoros de gracias a los que propaguen esta devoción.-" Beata María Alacoque.

Hablemos de ella con verdadero celo, pero sin olvidarmos de la discreción y prudencia. Distribuyamos, según nuestra posibilidad, libritos, hojitas, estampas, medallas, que sirvan para dar a conocer los Sagrados Corazones de Jesús y María. En este mes, consagrado de un modo particular al Corazón de Jesús, concurramos con cuanto nos sea posible al adorno y embellecimiento del altar elegido para la celebración de su culto. Ardan multitud de luces en su altar, reflejo de la fe vivificante y amor inextinguible que nuestros pechos inflama: esparzan en él suave aroma las flores de nuestros jardines, en la seguridad de que nunca estarán mejor empleadas. En algunas partes tienen puestas, en unas bandejas, tarjetas en que se indican las flores espirituales que convendría ofrecer al Corazón de Jesús, para que cada uno le ofrezca la que le toca en suerte cada día. Pidamos a los divinos Corazones que nos sugieren ellos mismos los obsequios que quieren les tributemos, y la gracia necesaria para ponerlos por obra, con tal que todo ello ceda en su mayor honra y gloria.

Son ya muchas las parroquias, capillas y aún oratorios particulares donde se celebra el mes del Corazón de Jesús con ejercicios públicos en su honor. En unas partes tienen lugar solamente todos los viernes del mes; en otras los nueve días que preceden o que siguen a la fiesta del Corazón de Jesús. En algunas iglesias se hace una función brevecita a la caída de la tarde; en otras se reduce a un rato de lectura o una instrucción inmediatamente después de la Misa o durante ella.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 626.






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