EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sacrest, S.J.

CUARTA PARTE. Prácticas espirituales en un día del mes.

SEGUNDO VIERNES.

ACTO DE CONSAGRACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

Acto de consagración al Corazón de Jesús, aprobado por decreto de la Sagrada Congregación de Ritos de 22 de abril de 1875.

¡Oh Jesús, mi Redentor y mi Dios! ¡A pesar del grande amor que tenéis a los hombres, por cuya redención hebéis derramado toda vuestra sangre preciosa, sois, sin embargo, tan poco correspondido, antes bien, tan ofendido y ultrajado, en particular con blasfemias y con la profanación de los días festivos! ¡Ah, si yo pudiera dar a vuestro Divino Corazón una satisfacción cualquiera! ¡Si yo pudiera reparar tanta ingratitud y falta de reconocimiento que recibís de la mayor parte de esos mismos hombres!

Quisiera poder mostraros cuánto deseo amar a mi vez y honrar ese adorable y amorosísimo Corazón, en presencia de todo el género humano, y acrecentar más vuestra gloria. Quisiera poder alcanzar la conversión de los pecadores y remover la indiferencia de tantos otros que, aunque tienen la dicha de pertenecer a vuestra Iglesia, no miran, sin embargo, por los intereses de vuestra gloria, ni de la misma Iglesia, que es vuestra Esposa. Quisiera también poder alcanzar que aún aquellos católicos que no dejan de mostrarse como tales por sus muchas obras exteriores de caridad, pero que demasiado tenaces en sus opiniones, rehusan someterse a las decisiones de la Santa Sede, o abrigan sentimientos que están en desacuerdo con su magisterio, se reconozcan, persuadiéndose que quien no escucha en todo a la Iglesia, no escucha a Dios, que está con ella.

Para alcanzar, pues, estos santísimos fines, y lograr además el triunfo y la paz estable de esta vuestra Esposa inmaculada, el bienestar y prosperidad de vuestro Vicario acá en la tierra, para ver cumplidas sus santas intenciones, y al propio tiempo, para que todo el clero se santifique más y más y os sea más agradable, y para tantos otros fines también que Vos, Jesús mío, juzgáis en un todo conformes con vuestra divina voluntad, y que aprovechen de cualquier modo a la conversión de los pecadores y santificación de los justos, a fin de que todos consigamos un día la salvación eterna de nuestras almas, y finalmente, porque creo, ¡oh, Jesús mío!, hacer una cosa grata a vuestro Corazón dulcísimo, postrado a vuestros pies, en presencia de María Santísima y de toda la Corte celestial, solemnemente protesto que yo, por todos los títulos de justicia y de gratitud, pertenezco total y únicamente a Vos, Redentor mío Jesucristo, fuente única de todo mi bien para el alma y para el cuerpo; y asociándome a las intenciones del Sumo Pontífice, me consagro a mí mismo y todas mis cosas a ese sacratísimo Corazón, a quien sólo quiero amar y servir con toda mi alma, con todo mi corazón, con todas mis fuerzas, haciendo mía vuestra voluntad, y uniendo todos mis deseos a los vuestros.

En fin, como público testimonio de esta mi consagración, declaro solemnemente a Vos mismo, ¡oh Dios mío!, que quiero en lo porvenir, a honra del mismo Sagrado Corazón, observar, según las reglas de la Santa Iglesia, las fiestas de precepto, y procurar su observancia en aquellas personas sobre quienes tenga influencia y autoridad.

Al recoger, pues, en vuestro hermoso Corazón todos estos santos deseos y propósitos, como vuestra gracia me los inspira, abrigo la confianza de poder darle una compensación a tantas injurias que recibe de los ingratos hijos de los hombres, y hallar para mi alma y la de todos mis prójimos, mi propia y la común felicidad en esta vida y en la otra. Así sea.

La Santidad del Papa Pío IX, en el decreto arriba citado, dispuso que los fieles del orbe católico rezasen el 16 de junio de aquel año esta oración en el acto de consagrarse al divino Corazón de Jesús, concediendo indulgencia plenaria aplicable a las benditas almas del Purgatorio, a los que confesados y comulgados lo hiciesen, visitasen una iglesia o público oratorio, y rogasen según la intención de Su Santidad.


SIETE OFERTAS DE LA PRECIOSÍSIMA SANGRE DE JESÚS CON SIETE GLORIAS.

1. ¡Oh, Padre Eterno!, yo os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de vuestro amado Hijo Jesús, mi Redentor adorable, por la propagación y exaltación de la Santa Madre la Iglesia, por la conservación y prosperidad de su cabeza visible el Romano Pontífice, por los Cardenales, Obispos y Curas de almas, y por todos los ministros del Santuario.

Un Gloria y la jaculatoria: "Sea para siempre bendito y alabado Jesús, que con su sangre nos redimió".

2. ¡Oh, Padre Eterno!, yo os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de vuestro amado Hijo Jesús, mi Redentor adorable, por la paz y la concordia entre los Príncipes cristianos, por el abatimiento de los enemigos de la santa Fe, y por la felicidad del pueblo cristiano.

Un Gloria y la jaculatoria: "Sea para siempre bendito y alabado Jesús, que con su sangre nos redimió".

3. ¡Oh, Padre Eterno!, yo os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de vuestro amado Hijo Jesús, mi Redentor adorable, para que alumbréis a los incrédulos, por la extirpación de las herejías y por la conversión de los pecadores.

Un Gloria y la jaculatoria: "Sea para siempre bendito y alabado Jesús, que con su sangre nos redimió".

4. ¡Oh, Padre Eterno!, yo os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de vuestro amado Hijo Jesús, mi Redentor adorable, por mis parientes, amigos y enemigos, por los necesitados, enfermos y atribulados, y por todos aquellos por quienes Vos sabéis que debo y queréis que os ruegue.

Un Gloria y la jaculatoria: "Sea para siempre bendito y alabado Jesús, que con su sangre nos redimió".

5. ¡Oh, Padre Eterno!, yo os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de vuestro amado Hijo Jesús, mi Redentor adorable, por todos los que pasaren hoy de esta vida a la eterna, para que los libréis de las penas del infierno, y los llevéis a gozar de la herencia del Cielo.

Un Gloria y la jaculatoria: "Sea para siempre bendito y alabado Jesús, que con su sangre nos redimió".

6. ¡Oh, Padre Eterno!, yo os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de vuestro amado Hijo Jesús, mi Redentor adorable, por todos los que son devotos del tesoro de vuestra preciosa Sangre, por todos los que están unidos conmigo para adorarla y honrarla, y por aquellos, finalmente, que trabajan en propagar esta devoción.

Un Gloria y la jaculatoria: "Sea para siempre bendito y alabado Jesús, que con su sangre nos redimió".

7. ¡Oh, Padre Eterno!, yo os ofrezco los méritos de la preciosísima Sangre de vuestro amado Hijo Jesús, mi Redentor adorable, por todas mis necesidades espirituales y temporales, y en sufragio de las benditas almas del Purgatorio, y en especial de aquellas que fueron más devotas del precio de nuestra redención, y de los dolores y penas de vuestra afligidísima Madre.

Un Gloria y la jaculatoria: "Sea para siempre bendito y alabado Jesús, que con su sangre nos redimió"; y después: "Sea bendita y alabada la Sangre de Jesús, ahora y siempre por todos los siglos de los siglos. Amén."

Pío VII, con Rescripto de 22 de septiembre de 1816, concedió para siempre 300 días de indulgencia por cada vez que el cristiano rece contrito dichas ofertas; indulgencia plenaria una vez al mes. R. T. D; C. C. Y O. +


JACULATORIA AL ETERNO PADRE.

¡Oh, Padre Eterno!, yo os ofrezco la preciosísima Sangre de Jesucristo, en descuento de mis pecados, y por las necesidades de la Santa Iglesia.

Pío VII, con Rescripto de 29 de marzo de 1817, concedió para siempre 100 días de indulgencia por cada vez que se rece dicha jaculatoria.


ACTO DE DESAGRAVIOS AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS.

Amabilísimo Corazón de Jesús, centro de todas las perfecciones y fuente inagotable de gracias y misericordias infinitas. ¡Hasta qué exceso habéis honrado, Señor, a esta vilísima criatura! No contento con haberme criado a vuestra imagen y amado desde la eternidad, y de haber conversado treinta años con hombres tan ingratos, quisisteis verter por mí tantos sudores y lágrimas, y hasta la última gota de vuestra sangre preciosísima en la Cruz. Y no bastando a vuestra caridad tantas finezas de amor, instituisteis el inefable Sacramento del Altar para ser mi consuelo, mi alimento y mi vida, inmolándoos cada día al Eterno Padre en infinitos altares por mi amor!

¡Y qué, dulcísimo Jesús mío! ¿ignorabais, por ventura, los enormes agravios que habíais de recibir? ¿No sabíais que habría tantos infieles que os desconocerían, tantos herejes que obstinados negarían vuestra real presencia, y os harían encarnizada guerra; y, sobre todo, tantos cristianos que, ingratos, pagarían ese fino amor con frialdad, desprecio e ingratitud? ¡Ah, si yo, al menos, blanco de tantas finezas, hubiese correspondido siempre a vuestro amor! Mas, ¡ay!, ¡que fui también uno de esos ingratos! ¡Yo también, insensible a tan grandes favores, os enclavé mil y mil veces en el madero de la Cruz! Mas penetrado ahora de vivo dolor por mis muchos agravios y negra ingratitud, me postro a vuestras plantas, deseoso de hacer de todo solemne reparación.

Perdón, ¡oh dulce Jesús mío! por el olvido que hasta ahora he tenido de tantas finezas; perdón por la poca fe, por la tibieza e indiferencia con que os he visitado en la Sagrada Eucaristía, y por la poca devoción con que he asistido al Santo Sacrificio de la Misa; perdón por las irreverencias que he cometido ante vuestros altares, y sobre todo una y mil veces perdón por tantas comuniones tibias e indignas como habré hecho en toda mi vida. Dignaos aceptar esta humilde reparación que hoy os ofrezco. ¡Quién pudiese, amabilísimo Jesús mío, animarla con la más viva y perfecta contrición! ¿Quién pudiese recorrer los lugares que yo y tantos pecadores hemos manchado con nuestras culpas, purificandolos con mis lágrimas y lavarlos con la sangre de mis venas! Mas ya que no puedo hacer eso, aceptad los deseos que tengo de consagrarme todo desde este momento a la gloria de vuestro sacratísimo y dulcísimo Corazón. Junto estos aunque tibios deseos con el ardentísimo amor de tantas almas justas, con los méritos y lágrimas de vuestra afligidísima Madre, y con el sacrificio que Vos mismo ofrecisteis en la Cruz y ofrecéis cada día al Eterno Padre en nombre de toda la Iglesia.

Sellad, amantísimo Jesús mío, sellad con vuestra Sangre preciosa, y fortaleced con vuestra gracia, la firme resolución que formo en este momento de pagaros amor con amor; de suerte que de hoy en adelante piense siempre en Vos, obre por Vos, padezca por Vos, no ame sino a Vos, no viva sino para Vos, anhelando siempre el momento feliz en que merezca contemplaros cara a cara eternamente en el cielo. Amén.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 575




¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!