EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

TERCERA PARTE. Prácticas espirituales para uno o más días de la semana.

2. COMUNIÓN.

Como esté la misma persona de Cristo real y verdaderamente en el Santísimo Sacramento del Altar, deseando que lleguemos a recibirle, el dejarlo de hacer, no sólo es despreciar los beneficios divinos, sino al mismo Cristo en su persona. Gran desprecio y desagradecimiento fuera, si habiendo el rey enviado preciosísimos presentes a un vasallo muy necesitado y pobre, no quisiese recibir sino los de sus enemigos, y después, viniendo el rey a visitarle y honrarle con su presencia, él echase a huir, o le cerrase la puerta para que no entrase. No trata diferentemente a Cristo quien no hace caso de sus sacramentos y beneficios soberanos, por entretenerse en las cosas de la tierra, que le ofrece el mundo o el demonio o el amor propio, todos enemigos de Dios y del alma; no quiere llegar a recibir al mismo Cristo Sacramentado, el cual convidándonos que lleguemos a él para recrearnos, consolarnos, sustentarnos, honrarnos, huyen de su mesa los cristianos.

Claro está que éste es desprecio de Jesucristo, y aunque no se cometiera otro pecado, es reprensible esta omisión. Y así cuenta Blosio, que el alma de cierto difunto apareció a un siervo de Dios en una llama de ardor inmenso, y le dijo que por haber sido descuidado en acudir a la Sagrada Comunión era atormentada de aquella suerte tan terriblemente. Y añadió que sería luego libre. Si aquel amigo y siervo de Dios con quien hablaba, quisiera una vez siquiera, recibir con devoción por ella el Sacramento de la Eucaristía. Él lo hizo así, como se lo pidió aquella alma, y el día siguiente se le tornó a aparecer más clara y resplandeciente que el sol, porque la había librado de aquellas terribles penas, por la sola Comunión de aquel siervo de Dios, y se fue a gozar de la bienaventuranza. Por este caso se puede echar de ver cuán gran bien es recibir el Santísimo Sacramento, pues bastó para sacar aquella alma de las penas del purgatorio, y cuán gran mal es descuidarse es recibirlo, pues bastó para condenarla a tan terribles penas.

(P. Juan Eusebio Nieremberg, S.J.)


Al ir a comulgar.

Después de llegado al altar el Sacerdote que ha de administrar la Sagrada Comunión, y mientras abre el sagrario, dirás el Confiteor Deo, o el Yo pecador. Luego avivarás la fe y confianza, y mientras el Sacerdote toma el copón, y con la sagrada forma en la mano dice Ecce Agnus Dei, dirás interiormente:

"Te adoro sagrada Hostia, pan vivo y alimento de los Ángeles; te adoro, Salvador mío, y en ti creo, en ti espero y a ti amo."

Después dirás tres veces con el Sacerdote, y con el mayor fervor posible, las palabras del Centurión, pero en voz baja:

"Señor mío Jesucristo, yo no soy digno de que vuestra Divina Majestad entre en mi pobre morada; mas por vuestra santísima palabra séanme perdonados los pecados, y mi alma quede sana y salva."

Concluidas estas palabras, calle la boca y hable el corazón con fervorosos, aunque breves, actor de amor y deseo. Al acercarse el Sacerdote con la Sagrada Forma, levantarás la cabeza, te acomodarás con las dos manos el paño debajo de la barba, abrirás moderadamente la boca, y sacrás la lengua, para que pueda cómodamente ser colocada en ella la Sagrada Forma. Recibida ésta, dejarás que con la saliva se humedezca, pero sin revolverla por la boca, y cuanto antes la pasarás. Mas si a pesar de estas diligencias se pegare al paladar, guárdate de tocarla con los dedos, despégala reverentemente con la punta de la lengua, y si esto no basta, toma un poco de agua, y humedecida con ella pasará.

Después de la comunión.

Después de haber recibido al Señor, te recogerás con todas tus potencias y sentidos, en la misma capilla o en otra parte de la Iglesia, a fin de aprovechar esta ocasión, la más favorable para negociar con Él. No imites a Judas, que luego de haber comulgado se salió del cenáculo, guiado por el demonio; ni a otros muchos que, a imitación, de aquel infeliz, salen cuanto antes del templo, queriendo más ir con el demonio, o por lo menos con el mundo, que estarse con Jesús y pedirle mercedes. ¡Ay de los que así obran!... Estos tales son, cuando menos, gente sin educación; porque, ¿no es verdad que ésta exige que cuando un alto personaje viene a honrarnos en nuestra casa, le obsequiemos y atendamos? Y si al tomar asiento o al dirigirnos las primeras palabras le dejáramos burlado, volviéndola la espalda, ¿no calificaría de salvaje grosería nuestro indecoroso proceder? Los cristianos que así se portan con el amabilísimo Jesús, sobre ser desagradecidos y de miserable corazón, andan flacos y desmedrados en la virtud.

No los imites antes bien, consagra media hora, o cuando menos un cuarto de hora, a cumplimentar y pedir mercedes al amorosísimo Dios, que has tenido la dicha de recibir en tu pecho.

Alma de Cristo

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 461






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!