EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

TERCERA PARTE. Prácticas espirituales para uno o más días de la semana.

1. CONFESIÓN.

No puede ser mayor desdicha que al sacramento de la misericordia le conviertan los cristianos en su condenación, no llegándose al de la confesión con la debida preparación y arrepentimiento necesario, o callando por vergüenza algún pecado. No se pudiera creer cuántos sean los que se condenan por malas confesiones, especialmente por callar pecados, si no hubiera habido de ello tantas revelaciones.

Santa Teresa lo reveló a una hija suya, para que se pusiese remedio en tan gran mal. Porque como un astuto cazador arma lazos en las fuentes donde van a beber las aves, o emponzoña las aguas, así el demonio procura que este sacramento, donde corren lan copiosas las fuentes del Salvador, sea ocasión de enredar las almas ignorantes.

(P. Juan Eusebio Nieremberg, S.J.)



I. EXAMEN DE CONCIENCIA

Oración para antes del examen de conciencia.

¡Oh Dios eterno e incomprensible!

Vos, que con vuestro poder y sabiduría infinita habéis criado todas las cosas, dictando e imponiendo a cada una de ellas la ley, que observan exactamente y con la mayor prontitud; Vos me habéis criado a mi también sacándome de la nada, para que os ame y sirva, y a este objeto encamine todos mis pensamientos, palabras y obras.

Este, Señor, ha sido el fin para el que he sido criado; y esta ley que me habéis impuesto es en verdad yugo suave y carga ligera; pero yo, criatura ingrata e insolente, he dicho, si no de palabra, con las obras, "no os quiero servir". He despreciado vuestra santa ley, y os he insultado, ofendido y agraviado del modo más perverso, pues he tenido el atrevimiento de pecar en vuestra presencia?

¡Perdonad, Señor, mis culpas, ya que estoy arrepentido de haberlas cometido! Iluminad mi entendimiento, para conocerlas; avivad mi memoria, para acordarme de todas ellas; e inflamad mi voluntad, para desterrarlas y arrojarlas fuera de mi alma, por medio de una sincera y dolorosa confesión.

Virgen Santísima, abogada y Madre de los pobrecitos pecadores que se quieren convertir: interceded por mí, que de veras quiero enmendarme y confesar todos mis pecados; haced que me acuerde de todos ellos, y los deteste con verdadero dolor.

Angel santo de mi guarda, Patronos míos, rogad por mí; bien veis cuánto necesito para hacer una buena confesión.

Examen de conciencia.

Ahora examinarás tu conciencia, discurriendo por los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, y por las obligaciones de tu estado. Verás en que has faltado y cuántas veces; si puedes, averigua el número fijo de faltas que has cometido contra cada uno de los mandamientos; y si no, las que sobre poco más o menos te parezca haber cometido, o el tiempo que duró tal vicio, y las veces que solías faltar cada día o cada semana.

Examinemos nuestra conciencia sobre todos los pecados que hemos cometido por pensamientos, palabras, obras y omisiones.

Excitémonos al dolor de haber ofendido a Dios, y pidámosle muy humildemente perdón de todos los pecados que hemos cometido, particularmente hoy, proponiendo no pecar más, ayudados de su gracia.



II. DOLOR DE LOS PECADOS

Dolor de los pecados.

Mi Dios: yo tengo un sumo dolor de haberos ofendido, porque Vos sois infinitamente bueno. Detesto por amor de Vos todos los pecados que he cometido en toda mi vida, os pido humildemente perdón y propongo firmemente confesarlos sin tardanza, hacer penitencia de ellos y no volver a pecar, ayudado de vuestra gracia.

Señor mío, Jesucristo y Yo, pecador.



III. PROPÓSITO DE ENMIENDA

Oración para antes de la confesión.

Omnipotente, Eterno, Dios mío, Señor de infinita bondad, de infinita belleza, de infinita majestad: veis aquí delante de Vos un monstruo de ingratitud. Vos me habéis criado a vuestra imagen, y para mi servicio habéis criado todas las cosas. Me habéis conservado hasta ahora, librándome de innumerables peligros del alma y del cuerpo, temporales y eternos; me habéis hacho hijo vuestro en el santo Bautismo, y admitídome a participar los méritos de vuestra sangre en los sacramentos de la Confesión y de la Comunión, dándome también de este modo a Vos mismo. Me habéis llamado muchas veces a penitencia, y me habéis guardado mucho tiempo, pudiendo repentinamente condenarme. Habéis comprado mi salud con el precio infinito de vuestra vida, dignándoos por mi amor haceros hombre, y padecer tantas miserias y tantas injurias, hasta morir en una Cruz.

Yo, perversísimo pecador, no sólo no os he agradecido como debía tantos beneficios y tanto amor, sino que he despreciado vuestra amistad, pisado vuestra ley; no he hecho caso de vuestras promesas, de vuestras fatigas, de vuestra sangre, de vuestra pasión y de vuestra muerte. ¿Quién ha sido jamás tan ingrato a su Rey, como yo he sido con Vos, Rey mío, Padre mío, Criador mío, bienhechor mío, y todo mi bien? ¿Cómo puedo yo sin lágrimas acordarme de cuántas veces me pudiera haber llevado la muerte en todos aquellos tiempos tan mal gastados, y no me llevó?

¿Cuántos millares de almas por ventura arden ahora en el infierno por menores culpas que las que yo entonces cometí? ¿Qué fuera e mí, si me hubieseis llamado en aquel tiempo, como llamasteis a otros? ¿Pues quién ató las manos a vuestra justicia en aquella hora? ¿Quién detuvo el castigo de vuestro furor, al tiempo que yo con mis pecados le provocaba? ¿Qué visteis en mí, por qué quisisteis que yo fuese de mejor condición que aquellos a quien arrebató la muerte en medio de las ilusiones y peligros de la mocedad? Mis pecados daban voces contra mí, y Vos os hacíais sordo para ellos.

¡Oh malditos pecados! ¡Ojalá no os hubiera jamás conocido! ¡Oh malditos placeres por los cuales os he abandonado a Vos, fuente de vida eterna! ¡Oh si hubiera elegido antes todos los males que jamás ofenderos! Ahora reconozco mis culpas, y me confieso digno de todo castigo, en vuestro divino acatamiento. Pero ahora no queda más remedio que arrepentirme; desearía satisfacer a Vuestra Majestad, injuriada por mí, ingratísimo pecador, con el más generoso aborrecimiento que ha habido jamás en algún corazón criado, y con la más pura contrición que jamás ha experimentado algún Santo. Deseo todo este dolor, y le pido humildemente, pero no le merezco. No merezco levantar los ojos a Vos, y llamaros Padre. Verdaderamente, no merezco perdón.

Mas, ¿qué puedo yo hacer sino arrojarme a vuestros pies, confesaros mis maldades y pedidos a Vos, que solo podéis, que os dignéis borrarlas? Si no lo merezco yo, lo merece aquella sangre que habéis derramado por mí, y aquellas promesas que me habéis hecho de recibirme a penitencia. En esto espero, por esto lo pido. No me despreciéis, Señor mío, aunque soy dignísimo de que me despreciéis; y no miréis la multitud de mis pecados y de mis ingratitudes, mas la grandeza de vuestra misericordia infinita.

Amén.



IV. DECIR LOS PECADOS AL CONFESOR

Si hay otros que están aguardando, te pondrás en el lugar correspondiente, y de nuevo, con mucho recogimiento de tus potencias y sentidos, te excitarás más y más al dolor de los pecados, repitiendo a menudo los actos de contrición y atrición.

Luego que te corresponda llegarte al confesionario, te arrodillarás a los pies del confesor, con aquella humildad, confusión y dolor con que se acercó el hijo pródigo a su padre, o con el arrepentimiento con que se acercó a Jesús la Magdalena; harás la señal de la cruz y dirás: "Ave María Purísima", y darás principio a la confesión de esta suerte:

Padre, hace tanto tiempo que no me he confesado, cumplí la penitencia (o no la cumplí). Tengo tal estado y tal oficio. He examinado la conciencia; traigo dolor de mis pecados y propósito de enmienda.

En el primer mandamiento me acuso de haber faltado? (Aquí dirás lo que hallado examinándote, si sabes el número cierto, lo dirás; o si no, el número aproximado, o las veces que acostumbras a faltar cada mes, cada semana, o cada día; lo mismo harás con los otros mandamientos.)

En el segundo mandamiento me acuso? (También dirás las faltas que has hallado pertenecientes a este mandamiento.)

De esta manera continuarás acusándote por los mandamientos y obligaciones de tu estado, cuidando que tu confesión tenga estas condiciones:

    1. Que sea humilde, en el tono de voz, gesto y porte exterior, como de un reo que está delante de su juez, y que, pesaroso de haberle ofendido, implora su misericordia. Por lo tanto, no cuentes cosas en alabanza tuya, ni alegues excusas de tus pecados.

    2. Clara y sincera, diciendo sin embozo, y con palabras lisas y sencillas, tus culpas como están en la conciencia, evitando narrar historias que no hacen al caso, y alargan más de lo preciso la confesión.

    3. Entera, diciéndolo todo sin aumentar, sin disminuir o callar ningún pecado de que te acuerdes. Esta condición es importante. ¡Cuántas almas están en el infierno por no vencer la mala vergüenza de manifestar un pecado! Este es uno de los ardides más peligrosos del demonio, el cual quita la vergüenza para pecar, y la vuelve después para estorbar que se manifieste la culpa. Véncete resueltamente; declara ese pecado oculto al confesor; es hombre como tú, pero tiene el lugar de Jesucristo para perdonarte, y guardará con inviolable secreto las faltas que le manifiestes. Arranca ya del corazón la espina del pecado que te trae desasosegado, y recobrarás el cielo perdido. Pero si no descubres la llaga, además de aumentar la inquietud de tu turbada conciencia, llegará un día en que se pondrá de manifiesto a los ojos del mundo entero ese malhadado pecado y sacrilegio que te habrán acarreado eterno oprobio y perdición.

    4. (Y advierte que esto lo has de decir aun cuando el confesor no te lo pregunte; y lo mismo se diga de cualquier falta que recuerdes haber hecho, aun cuando no estuviere puesta en el examen que precede).

Si ha pasado poco tiempo desde tu última confesión, basta decir las faltas que has cometido, sin ser necesario ir siguiendo los mandamientos. Tampoco debes acusarte condicionalmente, diciendo: "Me acuso si no he amado a Dios; si he proferido alguna mala palabra; si no he asistido atentamente a Misa, etc."; pues toda esta acusación no sirve de nada; ya que solo se ha de decir ingenuamente aquello en que se ha faltado.



V. CUMPLIR LA PENITENCIA

Oración para después de la confesión.

Amorosísimo Redentor mío, yo os suplico por vuestros merecimientos, e intersección de vuestra Santísima Madre, y de los Santos, que haya sido agradable, y tenida por buena esta confesión mía; y que cualquiera cosa que a ésta, y a las demás que he hecho, le haya faltado de la suficiente contrición, puridad e integridad, lo supla vuestra piedad y misericordia; y según ella tengáis por bien de tenerme más copiosamente absuelto en el cielo.

Amén.

(P. Fray Luis de Granada, dominico)



De lo que se ha de hacer acabada la confesión.

Recibida la absolución irá el penitente delante del Santísimo Sacramento y rezará la penitencia si fuese leve, y si no, la cumplirá cuanto antes; luego dará a Dios gracias por las mercedes que le ha hecho. Lo primero, en perdonarle todos sus pecados, no solamente los que ha confesado, sino también los que ha olvidado o no ha conocido sin culpa suya. Lo segundo, en sanarle de todas las enfermedades de su alma, que son las pasiones. Lo tercero, en librarle de la muerte eterna, y fuego del infierno. Lo cuarto, vuéltole a su gracia y amistad. Pídale fervor para apartarse del mal y obrar bien, y perseverancia en su santo servicio.

Considere que le dice el mismo Señor: "Ya estás sano, no quieras más pecar, no te suceda peor".

Resuélvase de confesar a menudo, y (si es persona desocupada) de oír Misa cada día, rezar su Rosario, leer un rato lección espiritual, dar alguna limosna, hacer su examen, oír los sermones que pudiere, y huir de gente viciosa, mal inclinada y ociosa. Y si como hombre flaco cayere en alguna culpa grave, confiese lo más pronto que pudiere, porque no esté en desgracia de Dios ni una sola hora.

(P. Francisco de Castro, S.J.)

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 447






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!