EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 31

MEDITACIÓN

De las razones para tener devoción a María Santísima.

1. Consideraré la primera razón de amar a María, que es su santidad y gracia. Si es la bondad el objeto del amor, y debe el amor crecer al paso que crece la bondad, ¿cuánto amor merece la que es mejor y más santa que todos los ángeles y hombres? Júntese en uno la santidad de todos los cortesanos del cielo y justos de la tierra; mayor es la santidad de María que la de todos. Júntese en uno el amor y devoción que debemos a todos los ángeles y santos; más amor y devoción debemos a María sola.

Consideraré la segunda razón de servir a María, por la dignidad de madre de Dios. Quien ama a Dios, debe amar a su madre, que le es conjunta con el mayor parentesco que cabe en pura criatura. Quien ama a Dios, debe amar lo que Dios ama, y de la manera que lo ama; y pues Dios ama a María sobre todas las criaturas, y más que a todas juntas, es justo que nosotros amemos a María más que a todas.

2. Consideraré la tercera razón de amar a la Virgen por lo mucho que le debemos. María nos dio a Jesús nuestro Salvador y redentor, comunicándole la carne en que padeció y la sangre que derramó por nosotros, y con que nos sustenta cada día en el Sacramento del altar. Después le crió, le sustentó, le sirvió, le acompañó, le aguardó, hasta que llegando el tiempo le ofreció de buena gana por nosotros a los tormentos y muerte.

De todos los beneficios que Dios nos ha hecho, y hace cada día, somos deudores a su Madre, porque, como dice san Bernardo, no hace Dios ninguna gracia que no pase por las manos de María. Por ella somos libres de todos los males y gozamos de todos los bienes. Continuamente está en el cielo suplicando por nosotros, y, como dice san Agustín, así como es mejor que todos los Santos, así es más solícita de nuestro bien que todos ellos.

Consideraré la cuarta razón de servir a la Virgen, que es la dependencia y necesidad que tenemos de su favor e intersección. Somos flacos, miserables, sujetos a mil infortunios, necesitados de muchos bienes espirituales, temporales y eternos, y todo nos ha de venir por María, que es Madre de misericordia, abogada de pecadores, y tiene toda autoridad con el Hijo, que no sabe negar nada que le pide su Madre. Particularmente en la hora de la muerte necesitamos del amparo de María; justo es, pues, obligar toda la vida a quien tanto hemos menester en la hora de la muerte.

3. Consideraré la quinta razón de amar a María, por ser nuestra Madre, a quien nos dio Cristo por hijos en san Juan, cuando le dijo desde la cruz: "Mujer, ese es tu hijo". Y a san Juan, para que lo entendiésemos todos, dijo: "Esa es tu Madre". María hace con nosotros todos los oficios de una buena madre, porque nos ama tiernamente, nos cuida solícitamente, y nos libra de los males del cuerpo y alma. Si no fuera por nuestra Madre, ya Dios nos hubiera echado al infierno por tantas culpas. Esto nos obliga a hacer con María oficio de hijos, amándola con toda el alma, y con todo el corazón y con todas las fuerzas, reverenciándola y sirviéndola cuanto nos fuere posible.

Consideraré la sexta razón de servir a Nuestra Señora, porque su devoción es señal de predestinación. De quien María apartare los ojos, los apartará Cristo; y en quien la Madre pusiere los ojos, los pondrá el Hijo. Quien estuviere escrito en el libro de los verdaderos devotos de la Virgen, está escrito en el libro de la vida. Por eso todos los Santos han sido devotos de la Virgen, y los más santos más; porque a los que Dios quiere dar el cielo, da el medio para conseguirlo, que es la devoción de su Madre; y a los que determina hacer grandes y preeminentes en la gloria, concede mayor devoción.

Consideraré la séptima razón de amar a la Virgen, que son los singulares favores que hace a sus devotos. A san Ildefonso trajo del cielo una casulla para que usase de ella en sus festividades. A san Juan Damasceno restituyó la mano cortada con que había escrito himnos en su alabanza. A san Estanislao de Kostka dejó a su Hijo sobre la cama, estando enfermo, para que se regalase con él; y a otros grandes siervos suyos ha hecho semejantes regalos.

Procuremos servir a María singularmente para ser singularmente favorecidos, porque no se deja vencer de ninguno la Madre de misericordia.

(P. Francisco García, S.J.)



ORACIÓN (Día 31)

Oración a san Ignacio de Loyola.

Omnipotente Dios, que por el ministerio de San Ignacio disteis a vuestra Iglesia militante un nuevo escuadrón para dar a conocer más y más la gloria de vuestro santo nombre, haced que ayudados de su socorro y guiados por sus ejemplos, después de haber combatido en la tierra, merezcamos ser coronados con él en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 31)

De los afectos que se han de sacar de las meditaciones de la Virgen.

1. El primer afecto es admiración de las maravillas que Dios obró en María. Este afecto tributan a su Señora los ángeles y almas santas, cuando preguntan admirados en los cantares en el capítulo III: "¿Quién es esta que sube del desierto como una varita de humo de incienso y todas las especies aromáticas?" En el capítulo VI: "¿Quién es esta. Que sube como la aurora, que se levanta hermosa como la luna, elegida como el sol, terrible como un ejército ordenado?". Y en el capítulo VIII: "¿Quién es esta que sube del desierto llena de delicias, reclinada sobre su Amado?"

Uno de los principales renombres que le da la Santa Iglesia, es el de "Madre admirable", porque la admiración es el efecto natural de su grandeza.

El segundo efecto y el principal es el amor. El Rey de los afectos se debe a la Reina de las voluntades. El amor es el alma de los obsequios; sin amor, ninguno puede agradar a María; y por eso nos convida a que la amemos, diciendo: "Yo amo a los que me aman". ¿Quién habrá que compre el amor de María con su amor, en que le dan oro por plomo, diamantes por piedras y cielo por tierra? Las razones que encienden el amor con María, se propusieron en la meditación antecedente.

2. El tercer afecto, hijo del amor, es gozo de las perfecciones y glorias de la Virgen. San Pablo exhorta que nos gocemos con lo que gozan, y nos condolamos con los que padecen. ¿Cuánto más nos debemos gozar y congratular de los bienes de Nuestra Madre y Señora? La Santa Iglesia dice en nombre de la Virgen: "Congratulaos conmigo, porque siendo pequeña agradé al Altísimo, y concebí en mis entrañas al que es Dios y Hombre." Demos a María el parabién de su felicidad, siempre que consideremos alguna gloria suya.

El cuarto afecto es acción de gracias al Señor por los beneficios que ha hecho a María Santísima. La Iglesia nos exhorta en el prefacio propio de las Misas de la Virgen, a dar gracias a Dios, porque la hizo su Madre sin perder la gloria de Virgen. Quien agradece los beneficios ajenos como propios, muestra grande amor a quien los ha recibido; mas también son propios nuestros, si bien lo consideramos, los beneficios de María, pues todos son en orden a nuestro provecho, y de todos se vale ella para hacernos bien. Como María es tan humilde y agradecida al Señor, gusta que la ayudemos a agradecer las grandes cosas que en ella hizo el Todopoderoso.

3. El quinto efecto es confianza en la intersección de María. Como la Madre de Dios es de la condición de su Hijo, nada siente tanto como que los hombres desconfíen de su piedad. María se llama por el Eclesiástico, "Madre de la Santa Esperanza"; y la Iglesia la llama "Esperanza nuestra", para que entendamos los hombres que hemos de esperar todos los bienes de la divina misericordia por la intersección de María. Estriba nuestra confianza en el gran poder que tiene la Virgen con Dios, y en el grande amor que tiene a los hombres. Ámanos más que nuestros amigos, que nuestros padres, que nosotros mismos, y que todos los Ángeles y Santos, y puede todo lo que quiere en el cielo y la tierra, porque su Hijo no le niega nada, y ha puesto en sus manos el tesoro de sus misericordias. ¿Qué desconfía quien llega a las puertas de tan poderosa Reina y tan poderosa Madre?

El sexto afecto es deseo de honrar a María Santísima con todo género de obsequios. Su Hijo, aunque era Dios, la honró en la tierra, obedeciéndola como a Madre, y ahora la honra en el cielo, sentándola a su mano derecha, haciendo que se arrodille a María toda criatura del cielo, de la tierra y del infierno, y toda lengua alabe su gracia, gloria y dignidad. Por intersección de su Madre hace Dios cada día innumerables milagros, para obligar a los hombres a que la sirvan e invoquen. Honremos a María por Madre de Dios, por Madre nuestra, por Reina y Señora de los Ángeles y hombres, y por insigne bienhechora de todo el linaje humano.

El séptimo afecto es propósito de imitar las virtudes de María, su caridad, humildad, pureza, etc. La principal devoción de la Madre de Dios es su imitación; pues dice san Agustín: "Es suma religión imitar a quien reverenciamos". La imitación nos hace semejantes a María, y gustan mucho las madres de que los hijos se les parezcan. La imitación nos asegura la bienaventuranza; pues dice la misma Virgen: "Bienaventurados los que guardan mis caminos."

(P. Francisco García, S.J.)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 31)

Permitidme, Señor, que os abra mi corazón con toda confianza, y os diga:

¡Oh Señor mío! ¡Oh enamorado de las almas!

Conozco bien la ingratitud y perfidia con que os tratan los hombres. Vos los amáis, y no sois amado; les hacéis todo género de bien y os pagan con desprecios. Queréis que oigan vuestras amorosas voces, y ellos no os quieren escuchar; les ofrecéis vuestras gracias, y rehúsan admitirlas. Pero, ¡ay, Jesús mío! ¿No es verdad que algún tiempo fui también yo uno de tantos desagradecidos?

¡Ah. Dios mío! Es sobrada verdad; pero ya resuelvo enmendarme, y recompensar en los días que me restan de vida los disgustos que os di, haciendo de aquí adelante cuanto pudiere por agradaros. Decid, Señor, lo que gustáis que yo haga, y todo lo ejecutaré al instante; hacédmelo entender por medio de la santa obediencia, que no tardaré en cumplir vuestro deseo.

Dios mío, propongo con toda firmeza no omitir ya cosa alguna que entienda ser vuestra voluntad, aunque para esto me sea necesario perder parientes, amigo, estimación, salud y hasta la misma vida. Sí, piérdase todo mientras que os de gusto a Vos. ¡Pérdida feliz cuando se pierde y desprecia todo por contentaros a Vos!

¡Oh Dios de mi alma! ¡Oh bien infinito! Os amo sobre todas las cosas, y deseo unir todos los afectos y movimientos de mi tibio corazón a los ardores con que os aman los serafines.

Sólo a Vos amo y sólo a Vos quiero y propongo amar para siempre.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 440.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!