EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 30

MEDITACIÓN

Del Sagrado Corazón, el más digno de compasión de los corazones.

1. Ya que el Corazón de Jesucristo padece por nuestra indiferencia e ingratitudes, es verdaderamente digno de compasión, y por esto la reparación es parte principal del culto de amor que Él mismo pidió a su fiel esposa, y en ella a todos los cristianos. Pocas reflexiones, empero, nos bastarán para que entremos en el verdadero espíritu de la devoción al Sagrado Corazón. He aquí una que hará impresión en seguida de un alma ya tocada de la gracia. Habéis admirado una progresión, no menos palpable, en la indiferencia e ingratitud de los hombres, ¿no deberemos, pues, inferir que digno es de compasión infinita el Corazón de Jesús, y sería en vano que este Dios Salvador buscaría en nosotros algún consuelo, como lo pidió a sus Discípulos el día de su muerte?

2. Baja de los cielos, está en medio de nosotros; ¿quién piensa en Él?... Se le abandona, se le desampara, y el pobre solitario del sagrario llama y busca en vano, como en el huerto de los Olivos, a alguien que llore con Él. ¿No son frecuentemente grandes soledades la mayor parte de nuestras iglesias? ¿No se ve en ellas hasta insultado, ultrajado por la indiferencia y la impiedad? Cada día se vuelven más incrédulos los corazones. Id, pues, a consolarle; id sobre todo adonde supiereis que jamás hay nadie, y os quedará reconocido, os bendecirá, os otorgará cuanto quisiereis. Él se inmola en nuestros altares, y no se quiere acudir a este gran sacrificio; y entre los que cumplen con esta ley santa, ¿no los hay como en el Calvario que son muy indiferentes a la muerte de este Dios, y para quienes no es más que un vano espectáculo? ¿No los hay aún que le ultrajan en su Corazón, como los sayones de Pilatos?

Id, pues, a sus altares, y como el Discípulo amado al pie de la cruz, como la Magdalena y las santas hijas de Sión, consolad con vuestras lágrimas a este Dios víctima de amor. Finalmente, se da todo a nosotros en ese Sacramento de vida, y hay multitud de cristianos que resisten a su llamamiento y rehúsan obedecer su ley; otros, en fin, como el pérfido Judas, le dan la muerte en su alma manchada de pecado? Id, pues, vos que le amáis, id a consolar su Corazón y desagraviarle de todos estos ultrajes con una santa y fervorosa comunión.

3. Mas nada ha podido agraviar tanto al Corazón de Jesús como la indiferencia e ingratitud con que la mayor parte de los hombres ha correspondido al último esfuerzo de su ternura, cuando quiso darnos Él mismo ese adorable Corazón, con sus llamas de amor, y su cruz, y sus espinas, y su honda llaga. ¿A quién, pues, han enternecido sus quejas? ¡He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, dice, y que sólo ingratitudes recibe de ellos!... ¡Ah! A lo menos vos, lector querido, respondedle y procurad darle consuelo? Reparad a fuerza de amor y sacrificios tanta indiferencia e ingratitudes tantas: ofreced vuestros deseos y penas a ese divino Corazón, y siguiendo los consejos que se dignó dar Él mismo a sus amigos, celebrad con amor sus fiestas; y en los primeros viernes de mes redoblad aún vuestro fervor, y procurad consolarle con una santa Comunión de desagravio.

Aparezca y brille en uno de los cuartos, por lo menos, de vuestra casa la dulce imagen del Corazón de Jesús, y adorne ella la cuna de vuestros hijos, a fin de que os lo bendiga y guarde el cielo?

Creed todas esas hermosas promesas de Jesús, y haced por merecerlas cuanto pudiereis.

(P. A. Lefeuvre, S.J.)



ORACIÓN (Día 30)

Oración a san Alonso Rodriguez.

Vida de san Alonso Rodríguez

Amabilísimo Señor, admirable en vuestros siervos; que, para confusión de soberbios e inmortificados, levantasteis al bienaventurado Alonso a un alto grado de santidad y gloria; yo os rindo afectuosas gracias por los dones con que enriquecisteis a esta gran alma. Vos la escogisteis entre millones para modelo de casados en el siglo, y en la Compañía de Jesús para dechado perfectísimo de penitencia, contemplación y obediencia a los religiosos más consumados.

Por aquella pureza de alma y cuerpo en que fue tan admirable; por aquel altísimo conocimiento de las perfecciones divinas que le infundisteis; por aquel ardentísimo celo con que en el humilde grado de coadjutor temporal, supo apartar del vicio a tantas almas, atraerlas suavemente a la virtud, y hasta elevarlas a la más sublime perfección; por aquella invicta fortaleza de que le dotasteis para resistir a los furiosos asaltos del infierno; en fin, por aquellos celestiales favores, visiones y prodigiosos éxtasis con que Vos y vuestra Santísima Madre le regalasteis, os suplico, dulcísimo Jesús, me concedais la victoria de las pasiones con humildad profunda, sumisión entera, y tierna devoción a María Santísima, para que sirviendoos fiel en la tierra, prosiga amándoos, como él os ama en el cielo.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 30)

De la oración y la mortificación.

1. Si no te dejan dar a la oración y contemplación, ocupándote en cosas exteriores, cuando es por obediencia y caridad y necesidad, no te puede faltar este bien de hacer la voluntad de Dios. No impiden tanto a la contemplación las acciones exteriores, cuanto las pasiones interiores; aun los oficios corporales de la vida activa, cuando por ellos se mortifica el alma, disponen para la contemplativa, porque mortificado por ellos el corazón, tiene menos embarazo de efectos. Busca más a Dios que sus dones y regalos. No faltes a la oración por muchas sequedades que tengas. Sírvele sin interés por ser Él quien es. Mayores y más frecuentes caídas han sucedido por los regalos, que por las sequedades; y como dijo un siervo de Dios, los demonios de las consolaciones son más sutiles y peores que los de las tribulaciones.

2. El mayor regalo que debías desear es la Cruz. No pongas la mira en tener lágrimas, ni consolaciones, ni visitas del cielo, sino un firme amor de Dios, y padecer por su causa. En querer levantar la cabeza está todo el peligro, en bajarla seguridad. Por eso, guárdate, no presumas despreciando algunas devociones de ternura, diciendo no estar en ellas la virtud sólida. Es así, pero suelen ayudar a ella, y los Santos las han tenido. Está paciente cuando te falte toda devoción y consuelo. Haz de tu parte lo que puedas, y podrás mucho, sufriendo y sujetándote a Dios, sin faltar a tus ejercicios acostumbrados; mira que si los cortas, te faltarán las fuerzas del espíritu como a Sansón las del cuerpo, cuando le cortaron los cabellos.

No busques la más alta oración, sino la más provechosa para ti. Aquella es mejor oración de donde sale uno más humilde, paciente, desengañado y mortificado; no en la que está más devoto, más quieto, más elevado. Aunque es tan gran bien la oración, más vale que seas persona de mortificación que de oración. La oración sin mortificación, o es ilusión o no será oración. Por más que ores, no serás perfecto, si no fueres mortificado.

3. No tengas afición a cosa de esta vida, y despertarás en ti grande amor de Dios. Gran cosa es abrir la puerta del cielo, por cerrarla al mundo. Bien acompañado estarás si huyes de todas las criaturas, porque estarás con el Criador. Gran trueco hace quien halla en una pieza todos los bienes, por dejar la que tiene. Desnúdate de ti mismo, y te vestirá el Señor con su gracia. Dichoso el pobre de espíritu, pues tiene en Dios todas las riquezas del cielo y de la tierra. Muy rico es quien tiene más que todo por no querer nada. Retírate dentro de ti, y no quieras ver lo que no debes querer. Pues dejaste el mundo, olvídate de él; que gran cordura es perder la memoria de lo que se perdió la afición. Aviva la fe, y ama los bienes eternos, que son verdaderos aunque no los ves; olvida los temporales, que no son bienes, aunque lo parecen.

(P. Juan Eusebio Nieremberg, S.J.)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 30)

¡Oh Corazón amantísimo de mi Jesús, digno de poseer todos los corazones de las criaturas!

Corazón lleno de llamas de purísimo amor, abrasadme del todo, y comunicadme una vida nueva, una vida de amor y de gracia, uniéndome de tal forma con vuestra voluntad, que jamás con vuestra voluntad, que jamás me separe de ella.

Corazón abierto para ser refugio de las almas, recibidme. Corazón en la cruz atormentado por los pecados del mundo, dadme verdadero dolor de todas mis culpas, pus sé que en este divino Sacramento conserváis el mismo amor que me tuvisteis moribundo en el Calvario, y que por eso tenéis gran deseo de unirme íntimamente a Vos. ¿Será creíble, pues, que aun resista yo a vuestro ardiente amor y deseo? ¡Oh amado mío! Por vuestros merecimientos heridme, prendedme, atadme, unidme todo a vuestro Corazón; que yo resuelvo este día, ayudado de vuestra gracia, daros en todo gusto, y para ello propongo poner debajo de los pies todos los respetos, inclinaciones y repugnancias que me impidan el contentaros.

Ordenad Vos que así lo ejecute, y que desde ahora todos mis pensamientos, obras y palabras se conformen con vuestro querer. ¡Oh amor de mi Dios! Quitad de mi corazón cualquier amor desordenado a las criaturas.

¡Oh María, esperanza y consuelo mío! Vos, que con Dios todo lo podéis, alcanzadme un puro y abrasado amor a mi Jesús, y haced que le ame eficazmente hasta la muerte. Así sea, y así lo espero.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 429.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!