EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 29

MEDITACIÓN

Del Sagrado Corazón, el más amable de los corazones

1. El Corazón de Jesús es infinitamente amable. En el hombre no hay en verdad otra cosa amable sino el corazón. El corazón lo es todo. Allá el principio de la vida, allá el hogar del amor; mas cuando se dice Corazón de un Dios, esto quiere decir que cuanto grande, generoso, tierno, perfecto puede caber en corazón de hombre, necesariamente se encuentra en ese divino Corazón, pero con todas las virtudes y perfecciones infinitas de un Dios; y si se nos muestra este Corazón; si se nos da a conocer, si se nos acerca, si se nos entrega, imposible será que no le amemos.

Encontraréis, pues, en el Corazón de Jesús, Dios y hombre verdadero, todos los tesoros más preciosos de la naturaleza y los tesoros de la gracia inmortal. Nombrar no podréis, ni imaginar virtud, cualidad, perfección que no se encuentren en el Corazón divino, pues imposible es que no haya puesto Dios en su Corazón todas las riquezas de la humana naturaleza y de la gracia sobrenatural. Mas a todas estas virtudes engrandecen todavía las perfecciones infinitas de la divinidad que habita en ese Corazón y le anima.

A los ojos del Padre Eterno es el Corazón de Jesús la obra maestra y maravilla suprema de toda la creación. Ni en cielo y tierra se encuentra cosa que compararse pueda con la magnificencia de ese santuario, con la gloria de ese altar, con la santidad de ese sacrificio.

A los ojos del Verbo encarnado, ese Corazón es el principio mismo de su humana vida y el manantial fecundo de sus merecimientos infinitos.

A los ojos del Espíritu Santo es el solo tabernáculo digno de su divinidad; sólo en ese Corazón derramar pudo toda la abundancia de sus sagrados dones y preciosos frutos. En él solamente, el amor correspondió al amor sin límites y sin medida.

¡Oh infelices corazones de los hombres, que sin embargo queréis amar, puesto que ahí tenéis vuestro fin y vuestra vida! ¿Por qué os dejáis engañar, y dais vuestro amor a lo que pasa, a lo que nada es, y preferís la criatura al Dios criador, y el corazón del hombre, finalmente, al Corazón de vuestro Dios? ¡Qué! ¿Una chispita, un débil rayo de luz, una gotica de belleza os atrae y os hechiza, y seríais insensibles, permaneceríais indiferentes, cuando un Dios os muestra y os da su Corazón? Sumergíos, pues, en ese océano, arrojaos a ese abismo. Ahí todos los bienes, ahí los tesoros todos de la vida y del amor. ¡He aquí este Corazón, exclama, que tanto ha amado a los hombres!... Pues, no sólo es el Corazón más amable; ¡pero nos amó tanto!...

2. Esta es, en efecto, la segunda razón que debiera para siempre conquistarnos el alma y hechizarnos el corazón: ese divino Corazón nos amó infinitamente, y con su amor mereció conquistar el amor de los hombres todos. Preciso es que meditemos hoy todavía y recordemos todos esos misterios y gloriosos triunfos de la divina caridad.

En primer lugar, este Dios nos había amado desde toda la eternidad, y así nos lleva la ventaja de todos los siglos. Mas aquí no hablamos sino del Verbo hecho carne en el tiempo, y del Corazón del Hombre-Dios, de un corazón parecido al que late en nuestros pechos; pues bien, en el día primero de su formación en el seno de maría, ese Corazón comenzó a palpitar y estremecerse de amor hacia nosotros, y se ofreció a su Padre como víctima por los pecados del mundo. En Belén, en el establo y en la paja de su cuna, comenzó a padecer, y si levantado hubieseis los pobres pañales que envolvían al divino Infante, ¡hubierais visto cómo latía y palpitaba su Corazón, todo encendido en amor a los hombres, hermanos y amigos suyos!... no podía ver llorar ni padecer, sin sentirse enternecido hasta llorar Él mismo, y hacía milagros a cada paso para consolar o curar a los desgraciados. No hay milagro de Jesús que no revele las bondades de su Corazón y el sentimiento de profunda compasión que la vista de nuestras miserias le inspiraba.

Pero donde ese divino Corazón manifestó su ternura y misericordias para con nosotros fue sobre todo en los prodigios de su vida dolorosa, en los misterios de su pasión y de su muerte. Contemplad desde luego al Salvador en los momentos de su agonía en el huerto de los Olivos, y tratad de comprender sus dolores y lamentos al verse desamparado de sus amigos y hasta de Dios su padre, y cuando su Corazón, oprimido por cuatro mortales dolores, tedio, temor, tristeza y agonía, se rompió de repente, y con sus lágrimas dejó caer un arroyo de sangre que inundó la tierra? Fue aquella la hora de las mayores amarguras para el Corazón de Jesús, la verdadera agonía de su alma, que hasta el fin no cesará de hablar de su amor a los hombres ingratos y verdugos suyos.

Os ruego sobre todo recordéis y meditéis esta palabra, uno de los postreros gritos de su Corazón: "Sitio, tengo sed", y os enterneceréis como San Agustín, que tan bien la comprendió e interpretó con esta sublime expresión: "Sitit sitiri", imposible de ser bien traducida. Arde en deseos, tiene sed de ser amado. Y cuando hubo exhalado en la cruz el último suspiro, todavía quiso darnos una última prueba de amor el divino Maestro. La mayor, había dicho un día, es dar su alma, su vida por los amados; mas Él nos amó más allá de la muerte. Aún había en su Corazón lágrimas y sangre. Todo lo quiso dar y derramar en la tierra hasta la última gota. Fue un soldado con su lanza, y mirando a Jesús, vio muy bien que estaba muerto, mas quiso herirle todavía: hundió hasta su Corazón el hierro, y al retirar la lanza, vióse manar de aquella última herida sangre y agua juntamente, "¡las últimas lágrimas!".

Por un misterio de amor aun más inefable, por un triunfo aun más asombroso, encontró este Dios, en la Divina Eucaristía, el secreto de vivir y morir sin cesar por los hombres; ¿qué digo? De vivir y morir en sus mismos corazones. Ni le arredró, para llegar a este extremo, el exponerse a los desprecios, a los ultrajes, a las profanaciones más odiosas de su sagrado Cuerpo. El mismo día en que se decidió a hacer todos los sacrificios, en la misteriosa cena, veía a su mesa santa al pérfido Judas sentado entre los fieles y queridos Discípulos, lo cual no le impidió decir: "Este es mi cuerpo; esta es mi sangre; haced esto en memoria mía; estoy y estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos". Así su Corazón, vencido de amor, lo entregó a nosotros y por nosotros.

3. Pues bien, no era esto bastante aún para este Dios; habíamos reservado un favor más asombroso todavía, el de darnos su Corazón, y con este Corazón las gracias más abundantes. Todo el mundo sabe ahora dónde, cuándo y cómo nos hizo este admirable don Jesucristo, pero durante muchos años no se hablaba siquiera de tal beneficio. En la humilde villa de Paray-le-Monial, a una pobre Hermana de la Visitación, fue a confiar el Señor el secreto de sus dolores y santas promesas; pidióle consuelos, y encargóle expresamente reparar la ingratitud de los hombres con su celo y con su amor. Mas ¿cómo nos dio ese Corazón? ¡Ah! Esto es lo que debiera mover a nuestra alma: diónoslo tal como lo hizo el amor: Corazón de carne, recuerdo del primer misterio de su caridad infinita, la Encarnación, pero con una cruz por remate, y ceñido de una corona de espinas, con una profunda llaga, de la cual se ven manar olas de sangre y torrentes de llamas juntamente, memoria de su muerte, símbolo tierno de su amor.

En esa imagen, que deseo vivamente tenga a la vista el lector durante este ejercicio, dos cosas hay que considerar sobre todo: el fuego y la cruz, el fuego de amor que arde incesante, y la cruz que permanece siempre en medio de las llamas, sin que la consuman ni dañen en los más mínimo, para darnos a entender que no se puede amar sin sufrir, y que el sacrificio es la más bella, la única prueba del amor. "¡O Cor amoris víctima!" Ese Corazón, verdadera víctima de amor, padece porque ama; padece porque no es amado, y se queja a nuestras almas, como se quejó a aquel ángel de la Visitación, su fiel esposa, la bienaventurada Margarita María, y nos hace las promesas solemnes que a ella hozo aquel día, y tantas veces ha renovado después. Le decía:

"He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres, de quienes sólo recibe ingratitudes."

Y luego le pidió reparase esas ingratitudes. Leed una y otra vez estas palabras y meditadlas junto con las promesas de Jesucristo. Encuéntranse en todos los libros y en multitud de estampas; mas creería yo faltar a un verdadero deber y resistir a una gracia, si no recordara a los menos las principales, para inducir al lector a merecer tan extraordinarios favores. Las gracias todas necesarias al estado de cada cual, paz en las familias, consuelo en las penas, fortaleza y victoria en la muerte, conversión para los pecadores, fervor para los tibios, perfección para los justos, mil bendiciones para las casas donde fuere venerada la imagen de ese Corazón, para los sacerdotes donde mover y convertir a los corazones endurecidos; y todas estas gracias, con la sola condición de ser devotos de este Corazón divino; y además, si tuviereis celo de propagar y extender esta devoción, escribirá vuestro nombre mismo en su Corazón, del cual no será nunca borrado.

Concluyamos esta primera parte con una sola palabra. ¿Quién podría dejar de amar a un Dios que tanto nos ha amado? ¿Quién podría negar su corazón a Jesucristo, cuando nos da Él su Corazón? ¿Quién podría dejar de esforzarse en merecer tantas gracias, dándose, consagrándose al amor de ese Corazón divino, y trabajando con todas sus fuerzas en hacerle conocer y amar?

(P. A. Lefeuvre, S.J.)



ORACIÓN (Día 29)

Oración a san Joaquín y santa Ana.

Sermón de san Juan Damasceno sobre san Joaquín y santa Ana

Gloriosísimos padres de María santísima, felicísimos abuelos de Jesús, modelos perfectísimos de casados, y dulces abogados míos; alégrome con vosotros de aquel gozo y consuelo que tuvísteis cuando, después de una larga esterilidad y de fervorosas oraciones, os avisó el ángel que tendríais tan santa hija.¡Oh! ¡Quién supiera imitar vuestras heroicas virtudes! ¡Quién fuera, como vosotros, frecuente en la oración, compasivo con los pobres, amante de la soledad, sufrido en los trabajos, y callado en los improperios!

A lo menos por las gracias con que os previno el cielo para tan eminente dignidad, alcanzadme que, haciendo siempre la voluntad divina, y venciendo mis pasiones, logre la dicha de gozar de vuestra amable compañía en la gloria. Os lo pido por el amor de vuestra benditísima hija y por los méritos de vuestro santísimo nieto Jesús.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 29)

Contra los vanos juicios de los hombres.

Jesucristo:

1. Hijo, arroja fuertemente tu corazón en el Señor y no temas los juicios humanos cuando la conciencia te declare bueno y sin falta. Es aceptable y bendito padecer estas cosas y no es intolerable al corazón humilde que confía más en Dios que en sí mismo. Muchos hablan demasiado y por eso se les debe creer poco; porque satisfacer a todo el mundo no es posible. Aunque San Pablo se esforzó por satisfacer a todos en el Señor, y se hizo todo para todos, sin embargo no dio la menor importancia al ser juzgado por ellos. Hizo cuanto estaba de su parte y podía por la edificación y la salvación ajena, pero no pudo librarse de ser juzgado o despreciado algunas veces. Por eso todo lo encomendó a Dios, que lo conoce todo y se defendió con paciencia y humildad de los que hablaban mal de él y le dirigían pensamientos infundados y mentirosos de la manera que querían. No obstante, respondió algunas veces para evitar que los débiles se escandalizaran de su silencio.

2. ¿Por qué les temes a seres mortales? Hoy están, y mañana no aparecen. Teme a Dios y no te espantarás de los hombres. ¿Qué te pueden hacer con palabras e insultos? A ellos les hace más daño que a ti porque, sean quienes sean, no podrán escaparse del juicio de Dios. Tú, ten a Dios presente y no combatas contra las palabras quejosas. Si ahora parece que sucumbes y padeces la humillación que no merecías no te indignes por eso no sea que por tu impaciencia disminuyas tu premio; mírame bien a Mí en el Cielo porque tengo poder para liberarte de toda confusión y ofensa y dar a cada uno según sus obras (Rm 2,3).

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Tercero, Capítulo 36)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 29)

¡Oh Pastor amantísimo, que por amor de vuestras ovejas, no satisfecho de morir una vez en el ara de la cruz, quisisteis quedaros en el divino Sacramento hasta la consumación de los siglos, para estar siempre cerca de nosotros!

¡Si yo supiese gozar de vuestra amable compañía como vuestra Esposa santa, la cual decía: "Me senté a la sombra de aquel a quien mucho había deseado!" (Cant. II) Si yo os amase de veras, amabilísimo Jesús mío, entonces ¡Cuánto desearía, y cuán eficazmente perseveraría días y noches enteras al pie de un copón o una custodia, y descansando allí junto a vuestra Divina majestad, aunque cubierto con el velo de las sagradas especies, probaría aquellas delicias celestiales y aquellos contentos especialísimos que hayan aquí las almas que mucho os aman!

Señor, llamadme a Vos con el atractivo de vuestra hermosura, y con aquel inmenso amor que me manifestáis en este Sacramento. Si así lo hacéis, Redentor mío, dejaré las criaturas y todos los placeres del mundo, y correré apresurado a Vos.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 422.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!