EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 26

MEDITACIÓN

De la venida del Espíritu Santo sobre María Santísima y los discípulos.

1. Consideraré cómo María y las santas mujeres con los discípulos se recogieron en el Cenáculo, perseverando diez días en oración para recibir el Espíritu Santo. María enfervorizaba a todos con su ejemplo, y pedía con encendidísima caridad que viniese ya el Espíritu Santo para bien de todo el mundo. Como apresuró María con su oración la Encarnación del Hijo, podemos decir que apresuró con su oración la venida del Espíritu Santo. Preparémonos con oración perseverante para recibir al Divino Espíritu, y roguemos a María que le pida por nosotros.

2. Consideraré cómo vino el Espíritu Santo en lenguas de fuego sobre María y los Apóstoles, y todos fueron llenos del Espíritu Santo, aunque la plenitud de María excede sin comparación a la plenitud de todos. ¿Qué gracias dio María al Padre y al Hijo por haber enviado al Divino Espíritu? ¿Qué gracias dio al mismo Espíritu por haber venido para tanto bien del mundo? Demos gracias a Dios con María por tan inefable don; demos gracias al Espíritu Divino, porque llenó a María, nuestra Madre amantísima, y porque llenó a los Apóstoles para que fuesen nuestros maestros. Demos gracias a María, porque nos solicitó con su oración este don de dones.

3. Consideraré el gozo de María cuando oyó predicar a los Apóstoles en varias lenguas las glorias de su Hijo. Cuando vio que en aquel mismo día San Pedro convirtió con el primer sermón cerca de tres mil; y después iban conociendo a su Hijo muchos millares por la predicación de todos los Apóstoles, empezando la Iglesia en que su Hijo había de ser servido y alabado, y los predestinados habían de conseguir la bienaventuranza. Alcanzadme, Señora, que yo viva como hijo de esta Iglesia, y que mi lengua se ocupe en alabanzas de mi Redentor.

(P. Francisco García, S.J.)



ORACIÓN (Día 26)

Oración a la Santísima Virgen.

¡Oh Purísima Virgen María, Madre de Dios y Madre mía amantísima, centro de las delicias y complacencias del Altísimo, por ser la más perfecta de todas sus obras y el más fiel espejo de sus perfecciones divinas! ¿Qué gracias te daré, Señora, por los inmensos favores y beneficios que por tu intersección he obtenido del cielo? ¡Cuantos años hace que yo ardería en el infierno, si, cual poderosa Abigail, no hubieses aplacado al Supremo Juez irritado contra mí?

A tí vengo, pues, Reina del cielo y de la tierra, y después de Dios, única esperanza y refugio del pecador en este valle de lágrimas; a tí acudo, Abogada universal, que a nadie desechas; Abogada poderosísima, a quien nada rehusa el Omnipotente; a tí clamo desde el profundo abismo de miserias en que estoy sumido. Pongo bajo tu amable imperio mis bienes, mi salud, mi corazón, alma, potencias, sentidos, vida, todo cuanto tengo y soy. En tí, después de Jesús, tengo mi confianza.

Sé siempre mi amparo y mi defensa, oh Virgen poderosa; y en el terrible trance de la muerte, cuando el dragón infernal haga desesperados esfuerzos para tragarme, vuela a mi socorro, oh Madre amantísima, y alcánzame la perseverancia final. No me dejes un solo instante, hasta que feliz contigo cante tus glorias y las misericordias de tu Hijo en el cielo por eternidad de eternidades.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 26)

Cómo al que ama a Dios le es éste muy sabroso en todo y sobre todo.

Discípulo:

1. ¡Aquí está mi Dios y mi Todo! ¿Qué más quiero y qué mayor felicidad puedo desear? Frase excelente y agradable para quienes aman al Señor no al mundo ni a lo que hay en el mundo. ¡Dios mío Tú eres todo para mí! A quien entiende le basta lo dicho y repetirlo muchas veces es un gusto para los que aman. Porque cuando Tú estás presente, todo es agradable cuando Tú estás ausente todo causa fastidio. Tú das tranquilidad al corazón, gran paz y alegre festejo. Tú haces sentir bien de todos y alabarte por todos; nada puede causar placer sin Ti. Pero si debe agradecerse y sentirse bien es imprescindible que tu gracia esté presente y se sazone con tu propio sabor. A quien Tú agradas ¿qué no le sabrá bien?, y a quien no siente tu sabor ¿qué le podrá agradar? Pero los sabios de este mundo y los que saborean los bajos placeres se pierden en tu sabiduría porque en eso hay un gran vacío y allí se encuentra la muerte. En cambio quienes te siguen, despreciando lo mundano y dominando sus instintos, son reconocidos como auténticos sabios porque pasan de la vanidad a la verdad y de lo material a lo espiritual. Estos aprecian a Dios y cualquier cosa buena que encuentran en la Creación toda la orientan en alabanza a su Creador. Sin embargo es diferente y muy diferente el sabor del Creador y de lo creado de la Eternidad y del tiempo limitado de la Luz no creada y de la luz reflejada.

3. ¡Luz perpetua que supera a todas las luces creadas envía desde lo alto el resplandor que penetre hasta lo más íntimo de mi corazón! Purifica, alegra, ilumina y vivifica mi espíritu con todas mis facultades para que me una contigo con el máximo júbilo. ¿Cuándo llegará este bendito y deseado momento en que me sacie tu presencia y seas todo para mí? Mientras esto no suceda no tendré felicidad completa. ¡Qué pena! Todavía vive en mí el hombre viejo no está del todo crucificado, no ha muerto definitivamente, todavía tiene fuertes deseos contrarios al espíritu, todavía pelea internamente y no soporta que esté en paz el gobierno del alma.

4. Pero Tú, que puedes dominar el mar y calmar el movimiento de sus olas dispersa a la gente que quiere la guerra, doblégala con tu poder, manifiesta tus maravillas para que tu Mano sea glorificada porque no hay otra esperanza ni refugio para mí sino en Ti, Señor Dios mío.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Tercero, Capítulo 34)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 26)

Permitidme que en este día hable con Vos, Corazón amantísimo de Jesús, del cual salieron todos los Sacramentos, y principalmente este de tanto amor. Quisiera daros tanta gloria y honra cuanta Vos dais en él a vuestro Padre celestial. Sé muy bien que en ese altar me estáis amando con aquel mismo amor con que me amasteis dando en la cruz la vida por mí.

Iluminad, oh Corazón divino, a todos los que no os conocen. Librad con vuestros merecimientos, o a lo menos aliviad en el purgatorio a aquellas almas afligidas, que son ya vuestras eternas esposas. Os adoro, os alabo y os amo con todas las almas que en esta hora os están amando en la tierra y en el cielo.

Purificad, Corazón santísimo, purificad el mío de cualquier afecto desordenado a las cosas terrenas, y llenadle de vuestro santo amor.

Poseed, Corazón dulcísimo, todo mi corazón de tal modo, que desde hoy en adelante sea todo vuestro.

Estampad, Corazón amabilísimo, en el mío las amarguras que por tantos años sufristeis en la tierra por mi amor, para que yo por el vuestro sufra con paciencia las penalidades de esta vida mortal.

Corazón humildísimo de mi Jesús, hacedme humilde de corazón. Corazón mansísimo, comunicadme vuestra mansedumbre alejando de mí todo lo que os desagrade, y convertidle a Vos, de modo que no quiera ni desee sino lo que Vos quisiereis. Disponed, finalmente, que viva sólo para obedeceros, sólo para amaros, sólo para complaceros. Conozco que es mucho lo que os debo, y que me tenéis muy obligado.

¡Ay Señor! Poco haría, aunque me consumiera todo muriendo por Vos.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 391.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!