EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 25

MEDITACIÓN

De la ascensión gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.

1. Cumplidos ya los cuarenta días después que salió victorioso del sepulcro nuestro divino Redentor, en los cuales se apareció a los suyos diferentes veces, hablándoles del reino de Dios y confirmándolos con repetidas pruebas y argumentos en la verdad de su resurrección; y siendo ya llegada la hora en que tenía determinado dejar el mundo con su presencia corporal y visible, y volverse al seno del Padre, les manda que esperen en Jerusalén la venida del Espíritu Santo que les había prometido.

Con igual disposición y deseo, espera tú también el cumplimiento de la misma promesa, conservado la paz del alma en medio del mundo, "levantando al cielo las manos puras" (S. Tim.2), conociendo tu impotencia y nulidad para todo lo bueno, persuadiéndote de la necesidad que tienes de ser revestido de la virtud de lo alto, y pidiendo con instancia que descienda sobre ti el Espíritu divino con la plenitud de sus dones; pues así serás dócil y obediente a las inspiraciones interiores y apto instrumento para las empresas de la gloria divina.

2. Lleva el Señor sus discípulos la cima del monte, se despide de ellos amorosísimamente, les da con ambas manos su bendición paternal, y a presencia de todos empieza a levantarse en el aire, y subir a los cielos por su propia virtud. Y ellos le van siguiendo con los ojos y el corazón, hasta que le recibe y oculta una nube resplandeciente. Detengámonos aquí a considerar todas las circunstancias, porque todas serán para nosotros de grande utilidad. Elige volver triunfante el monte de los Olivos, donde empezaron las penas e ignominias de la Pasión, para enseñarnos que con los padecimientos ganó la gloria, y que los trabajos y humillaciones de esta vida son el camino más seguro para llegar al cielo. ¿Y qué gloria? Gloria inmensa y eterna. Las jerarquías celestiales le van acompañando y con himnos de alabanza y júbilo aclamando por vencedor de la muerte, Rey de los siglos y Señor de los cielos.

La multitud de los Patriarcas, Profetas y demás justos, libres de las prisiones le van siguiendo y bendiciendo sin cesar. Abre con su mano invictísima las puertas de la gloria, ya conquistada para sí y para todos sus escogidos, y el Padre le recibe en sus brazos con amor infinito, le coloca a su diestra y le da posesión de aquel reino dichoso que no tendrá fin.

¡Oh Salvador mío! Arrebatad con Vos al cielo mi espíritu, y mientras viva en el cuerpo en este valle de lágrimas, ponga toda mi dicha en imitar vuestros ejemplos y virtudes, ocupado siempre en el ejercicio de buenas obras, y acumulando méritos para la patria celestial, donde después os vea, ame y ensalce para siempre en compañía de todos los bienaventurados.

3. Alzados tenían los santos apóstoles brazos, ojos y corazones, cuando apareciéndose allí dos ángeles, les dijeron: "Varones de galilea, ¿qué hacéis mirando arriba? El mismo Jesús que habéis visto subir al cielo bajará otra vez con la misma gloria." Los santos al instante dejaron el monte, y llenos de gozo y esperanza en la promesa del Señor, entraron en la ciudad como les había mandado.

A su ejemplo conservaré yo también en la memoria este aviso y benévola amonestación de los mensajeros del cielo para unir la confianza con temor y temblor al negocio importante de mi salvación eterna, conforme a la palabra del apóstol; no olvidaré nunca esta subida gloriosísima de mi divino Redentor a los cielos, y procuraré que mi fe sea viva y animada con la certeza de su segunda venida al mundo para juzgar a buenos y malos según sus obras, palabras y pensamientos agradables a vuestros divinos ojos, y pues sois mi Abogado amantísimo para con el Padre, llevadme de vuestra mano en este destierro por la senda recta, mantened en mi alma siempre encendida y vigorosa la llama de vuestro santo amor, y sellad vuestras misericordias con la dicha de veros y gozaros después en la gloria por los siglos de los siglos. Amén.



ORACIÓN (Día 25)

Oración a santa Margarita María Alacoque.

Vida de santa Margarita María Alacoque

¡Oh bienaventurada Margarita, que por una especial predilección fuisteis escogida de Dios para propagar la evoción y culto del Sacratísimo Corazón de su Hijo Santísimo!

Por el encendido amor que os infundió el Espíritu Santo hacia el Divino Corazón de Jesús, por las grandes contradicciones y trabajos que sufristeis en llevar a cabo vuestra empresa, por los méritos eminentes y corona inmortal con que os hallais dichosamente adornada en la gloria, os suplico me alcanceis del Señor un amor ardiente, tierno y constante al Sagrado Corazón de Jesús, y que a imitación vuestra se haga mi corazón semejante al suyo; y que, recibiendo copiosamente sus influencias, me consagre del todo a su amor y servicio y viva sólo para Él, y muera en el seno de su amor, a fin de que mi alma pase a glorificarle eternamente en el cielo en vuestra compañía.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 25)

En esta vida no hay seguridad de carecer de tentación.

Jesucristo:

1. Hijo, nunca te sientas seguro en esta vida porque mientras vivas necesitas siempre armas espirituales. Estás entre enemigos y te atacan a derecha e izquierda. Si no utilizas por todas partes el escudo de la paciencia y no fijas tu corazón en Mí con la voluntad dispuesta a padecer todo por Mí no podrás soportar este fuego ni obtener el premio de los Santos. Te conviene pues, atravesar todo valientemente y luchar con energía contra lo que se te oponga. Porque al vencedor se le dará el maná (Ap 2,17) y al flojo le quedará mucha miseria.

2. Si buscas descanso en esta vida, ¿cómo llegarás entonces al descanso eterno? No te prepares a mucha tranquilidad sino a gran paciencia. Busca la auténtica paz en el Cielo, no en la Tierra, no en los seres humanos ni en las demás criaturas sino en Dios sólo. Por amor a Dios debes sobrellevar todo de buena gana, las pesadumbres y los dolores las tentaciones, ofensas, ansiedades, necesidades, enfermedades, injurias, murmuraciones, reprensiones, humillaciones, equívocos, correcciones y menosprecios. Estas cosas ayudan a la virtud, prueban al soldado de Cristo y confeccionan la corona del Cielo. Yo otorgaré favores eternos por un pequeño trabajo y gloria infinita por un desconcierto pasajero.

3. ¿Piensas acaso que siempre tendrás consolaciones espirituales según tu voluntad?. Mis santos no las tuvieron siempre sino más bien muchas pesadumbres, variadas tentaciones y gran desolación. Pero las soportaron todas con paciencia y confiaron más en Dios que en sí mismos conocedores de que no son proporcionales los padecimientos presentes a la futura gloria prometida. ¿Pretendes tú tener al instante lo que muchos después de muchas lágrimas y grandes esfuerzos apenas consiguieron?. Espera en el Señor, trabaja vigorosamente y serás reconfortado; no desconfíes, no huyas sino ofrécete constantemente en cuerpo y alma por la gloria de Dios. Yo te recompensaré completamente; Yo estaré contigo en cualquier dificultad (Sal 91,15).

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Tercero, Capítulo 19)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 25)

¡Oh Jesús amantísimo, arrebatado de amor de los hombres!

Permitidme hablar así, pues os veo anteponer su bien a vuestra honra. ¿No sabíais, Señor, cuántos desprecios habíais de recibir en este divino Sacramento? Veo, y mucho mejor veis Vos, que gran parte de los mortales no os adoran ni os quiere reconocer por lo que sois en ese Sacramento, y sé que muchas veces han llegado a pisar las sagradas hostias, y a arrojarlas por tierra, y en el agua y en el fuego.

También veo, Dios mío, que parte de los mismos cristianos, en vez de reparar tantos ultrajes con adoraciones, o vienen a las iglesias a disgustaros más con irreverencias, u os dejan olvidado en los altares, despojados a veces hasta de luces, y desnudos de los precisos adornos.

¡Ah! ¡Si pudiese yo, dulcísimo Salvador, lavar con mis lágrimas y aun con mi sangre aquellos infelices lugares en que fue en ese Sacramento tan ultrajado vuestro amor y amantísimo Corazón! Mas si esto no se me concede, a lo menos deseo y propongo venir muchas veces para adoraros, como ahora os adoro, en reparación de los desprecios que recibís de los ingratos en este divino misterio.

Aceptad, Padre Eterno, este corto servicio que, en desagravio de las injurias hechas a vuestro Hijo sacramentado, hoy os ofrezco aunque soy el pecador más desagradecido y despreciable del mundo. Aceptadle en unión de aquella honra infinita que Él os dio y continuamente os da en el Santísimo Sacramento.

¡Ay Jesús mío!

Si pudiera conseguir que todas las criaturas os amasen aquí ardientemente, lo haría de muy buena voluntad, aunque me costase los mayores trabajos, fatigas y penalidades imaginables.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 384.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!