EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 24

MEDITACIÓN

De cómo se apareció Jesucristo resucitado a su Madre Santísima.

1. Consideraré cómo Jesucristo nuestro Señor, luego que salió del sepulcro resucitado y glorioso, se presentó a su madre amantísima antes que a ninguna otra persona, pues aunque lo calla el Evangelio, no lo debe nadie poner en duda. ¿Quién podrá comprender los afectos de admiración, amor y alegría que en aquel instante sintió en su corazón la Madre felicísima? Del abismo de la tristeza pasó de repente al extremo contrario de gozo y felicidad. Ve delante de sí al Hijo querido, no ya vilipendiado, desfigurado y cubierto de llagas, sino vestido de luz, hermosura, inmortalidad y gloria, acompañándole y ensalzándole las jerarquías angélicas, las almas de los patriarcas, reyes y profetas libres por su mano de las prisiones, y muchos santos resucitados aquel día por especial privilegio.

¡Oh Madre purísima, con qué profusión os premia el Señor de la fiel compañía que le hicisteis en la calle de la amargura y al pie de la cruz! Digna sois de la dicha que ahora gozáis. Os doy mil veces el parabién, y me alegro en el alma de la gloriosa resurrección de vuestro dulcísimo Hijo, dándole gracias y bendiciones por el consuelo y júbilo de que os inunda con su divina presencia, suavísimas palabras y abrazos amorosos. Esta es ocasión muy propicia de que le pidáis algo por mí. Pedidle, Madre mía, que me mire con ojos de misericordia. Suyo y vuestro quiero ser en tiempo y eternidad.

2. Mira ya manifiesta con maravillosos efectos la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, que había estado como oscurecida en la Pasión. Contémplale consolando y alegrando a sus escogidos como padre y dulcísimo consolador, y ve cuánto exceden sus consolaciones a todas las del mundo. Mira qué prueba nos da tan evidente de su omnipotencia triunfando de la muerte y de todos sus enemigos, y acreditando con tan ilustre victoria la infalibilidad de su palabra, pues habiendo dicho a los judíos hablando de su sagrado cuerpo: "deshaced este templo, y en tres días le volveré a edificar", sale en efecto del sepulcro vivo, inmortal y glorioso al despuntar las aurora del tercer día.

Atiende con qué largueza recompensa las tribulaciones sufridas por su amor. Colma de gozo a su Madre Santísima la primera de todos, y con más fe, amor y compasión; y después a los demás fieles y amigos suyos, a la medida de lo sufrido por cada uno, además de la prenda y segura esperanza que con esto les deja de que también resucitarán a su tiempo para ser coronados de gloria inmortal.

En comprobación le acompañan, asimismo gloriosos, los patriarcas y profetas de la antigua ley, que habiendo figurado y representado en sus personas los padecimientos del futuro Mesías, reciben ahora el premio superabundante; y le ven y siguen donde quiera que va, y dentro de poco subirán con él a los cielos.

Animados nosotros con igual esperanza, alegrémonos también de su resurrección gloriosísima, y siguiendo sus huellas y las de los santos en este valle de lágrimas, por donde caminamos, perseveremos constantes en su divino servicio hasta que llegue el día de verle y bendecirle en la patria celestial por todos los siglos. Amén.

3. Mira por último en Jesucristo resucitado un motivo poderosísimo de la renovación espiritual que nos pide San Pablo cuando dice "que empecemos a vivir vida nueva a imitación de Cristo resucitado de entre los muertos"; porque así como el Señor nunca más ha de volver a morir, así también nos hemos de levantar nosotros de la muerte del pecado, y despojarnos enteramente del hombre viejo con todas sus concupiscencias y malas inclinaciones, para vivir en adelante con rectitud y santidad, renovados y revestidos del espíritu de Jesucristo nuestro Dios y Señor. Diga, pues, cada uno con generosa resolución:

"Vayan para siempre lejos de mí todas las cosas de la tierra, porque ya sólo aspiro a las celestiales. Jesucristo será mi modelo, mi Rey, mi Caudillo, mi herencia y mi única felicidad; y así en pensar como en hablar y proceder, todos los que me vean conocerán que he resucitado con él, y que ya no me propongo más fin que la gloria de Dios, la utilidad del prójimo y el bien de mi alma.

Me uniré con María Santísima tomando parte en el gozo sumo que experimentó en su espíritu de la gloria de su divino Hijo, y pidiéndole que me alcance esperanza firme de resurrección feliz, paciencia y fortaleza en los contratiempos de esta vida, perseverancia en el servicio del Señor, y después la bienaventuranza."



ORACIÓN (Día 24)

Oración a santa Teresa de Jesús.

Dios omnipotente e infinitamente bueno, que os habeis complacido en derramar con admirable generosidad vuestras luces en el entendimiento, y la abundancia de vuestros dones en el corazón de vuestra sierva santa Teresa de Jesús, para que fuese en tiempos calamitosos una gran lumbrera en vuestra Iglesia, y una víctima abrasada en el fuego de vuestro amor, capaz de templar vuestra ira, provocada por los pecados del mundo.

Por aquel amor ardentísimo que ella siempre profesó a la Iglesia católica; por aquel celo abrasador que la devoraba por la salvación de las almas, por aquella fe tierna, sencilla, ardiente y animosa, con que estaba pronta a derramar su sangre por defender vuestra gloria y la de vuestra esposa inmaculada la Iglesia, que fundasteis con la sangre preciosa de vuestro Hijo unigénito, conceded, Señor, paz y prosperidad a esta misma Iglesia.

Haced que vuestro reino se extienda por toda la tierra, para que en todas partes y por todos los hombres sea vuestro nombre bendecido y glorificado. Proteged con vuestros soberanos auxilios al Sumo Pontífice y a todos los que con él defienden la causa de vuestra gloria; y derramad en su corazón el bálsamo divino de vuestros consuelos, para que no desmaye jamás bajo el peso de la tribulación. Iluminad a los que yerran, convertid a los que os ofenden, salvad a todos los redimidos; vengan todos a formar en la tierra un solo rebaño bajo un solo pastor, para reinar todos en el cielo por los siglos de los siglos.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 24)

De la obediencia y rendimiento a Dios en el modo de servirle.

1. Nunca se desconsuele uno de poder poco, pues puede amar mucho a Dios. Muchas veces conviene que no haga nada, para que pueda hacer cosas grandes. Treinta años estuvo en silencio Cristo, y no mereció menos que el día que padeció tan rigurosos tormentos, y los tres años que predicó. La ocupación principal del alma nunca ha de cesar, aunque no esté ocupado el cuerpo. El hacer lo que Dios quiere, es la principal hacienda de una criatura. Y mucho hace si mucho ama, y quiere hacer mucho; que cuando no puede más, se le pasarán en cuenta sus deseos. No te ha menester tu Criador; no te inquietes por no poder hacer más. Sin ti hará el Señor lo que quiere. Si no es para hacerle bien, de nadie tiene Dios necesidad.

2. Muchas veces te convendrá más mortificarte alguna afición, que si predicaras en mil lugares, e hicieras grandes penitencias. Y si te quita la salud, antes te añade materia de merecimiento. No busques servir a Dios sino como Él quiere. ¿Qué aprovecha a un criado trabajar mucho, si no es con gusto de su amo? Porque después de grande quebranto, estará en desgracia de su Señor. Si no quiere Dios que obres grandes cosas, buena recompensa es que padezcas. Si te quita con la poca salud las penitencias, sabe que es mejor la obediencia que el sacrificio; y rendir tu voluntad con paciencia, que hacer por tu gusto grandes abstinencias y asperezas. No porfíes en andar el camino que Dios te cierra. Aconséjate con tu padre espiritual, y rinde tu juicio. Camina en la obediencia al cielo, en hombros ajenos. Guárdate, que no pienses que es inspiración lo que es inclinación o vicio.

3. No quieras ser santo de otra manera que lo que Dios gusta. Poco humilde eres, si presumes ser más que los justos, que, según dijo el Espíritu Santo, caen siete veces al día. No es muy desgraciada caída la que es para que no caigas más bajo. Si te humillas con tus faltas, es grande fruto de ellas. Conviene que estés fundado en humildad, y así no quieras ser más santo de lo que Dios quiere que seas, pero quiere que lo seas mucho, fundado en humildad. Mira que el Eclesiastés dice: "No quieras ser justo demasiadamente." Inquietarte has si quieres y piensas ser justo, de manera que nunca faltes ni te descuides en nada. Este pensamiento y cuidado demasiado, aunque sea de ser santo, te puede desasosegar y con él perderás la paz por donde quieres procurarla, y te enlodarás por donde quieres purificarte.

P. Juan Eusebio Nieremberg, S.J.



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 24)

¡Oh amor infinito de mi Dios, digno de infinito amor!

¿Cómo llegasteis a abatiros tanto que para morar con los hombres y uniros con ellos, os humillaseis hasta esconderos bajo los accidentes de pan?

¡Oh Verbo divino! Extremado fuisteis en humillaros, porque lo sois en el amor. ¿Cómo podré yo dejar de amaros con toda el alma sabiendo los excesos que habéis hecho por cautivar mi amor? Os amo con todas mis fuerzas, y antepongo vuestro beneplácito a todos mis intereses y satisfacciones, siendo mi gusto daros en todo gusto, Jesús mío, Dios mío, amor mío y todo mi bien.

Encended, Señor, en mí un deseo eficaz de estar de continuo delante de Vos sacramentado, de recibiros muchas veces y haceros fiel compañía. Desde ese sagrario me estáis convidando, y sería yo un ingrato indigno de perdón si no aceptase convite tan dulce y suave.

¡Ay Jesús mío! Destruid en mí todo afecto a las cosas criadas, pues sólo Vos, Criador mío, debéis ser el blanco de todos mis suspiros y de todo mi amor. Os amo, bondad amabilísima, y fuera de Vos nada quiero. De hoy más despreciaré todos mis gustos y satisfacciones, porque sólo quiero hacer en todas las cosas vuestra santísima voluntad. Aceptad, Jesús mío, este buen deseo de un pecador que propone amaros, ayudándome Vos con el auxilio de vuestra gracia, y haciendo que, pues por mi desgracia fui tantos años esclavo del enemigo, sea desde hoy siervo leal de vuestro amor.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 374.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!