EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 23

MEDITACIÓN

De las ignominias y afrentas que padeció Cristo nuestro Señor en su sagrada Pasión.

1. Acompañemos a nuestro pacientísimo Salvador y valiente Caudillo en los pasos de su sagrada Pasión, y le veremos sumamente deshonrado y vilipendiado, ya sea que atendamos a la dignidad de su persona, pues siendo Dios crecen al infinito las injurias que recibe, y en cuanto hombre le causan tanto más vivo sentimiento, cuanto es de más alto y generoso corazón; ya sea que le veamos caído de la altura de estimación y aprecio en que era tenido, a lo más profundo de la ignominia, porque el pueblo que antes le reverenciaba y estimaba tanto, viéndole ahora tan afrentosamente preso, atado y llevado por los tribunales, se da por engañado, y procura deshacer el yerro con toda suerte de injurias y denuestos, pidiendo a gritos y con violencia su muerte.

Ya sea que consideremos las personas que le deshonran o bien con más iniquidad y malicia, que son los letrados, ancianos, sacerdotes, pontífices, magistrados y jueces, de quienes por ser la gente más autorizada en religión y letras, menos se debía presumir injusticia, pasión o ignorancia; o bien con más crueldad y vilipendio, que son los soldados gentiles, gente soez y sin Dios, los cuales con gran desvergüenza y descortesía ponen las manos en Él como verdugos y ejecutores de tanta maldad; ya finalmente si advertimos el desamparo en que se ve, pues uno de sus discípulos le vende, otro le niega, y todos huyen y se esconden, dejándole solo en poder de sus enemigos, lo cual, aunque su Madre Santísima no hace, no le puede ayudar ni defender, antes con su presencia le acrecienta a lo sumo el sentimiento.

2. Los delitos que le acumulan son muchos y gravísimos; acusándole de impío y blasfemo por decirse Hijo de Dios, e igual en todo al Padre. De rebelde y usurpador, haciéndose rey y prohibiendo que se paguen sus derechos y tributos al César; de vago, embustero y alborotador; que inquieta y amotina al pueblo, juntando escuela y enseñando doctrina perniciosa; de encantador y hechicero, que con milagros aparentes, hechos por arte del demonio, trae la gente engañada y embelesada; y otros muchos crímenes tan enormes como éste especificados y repetidos muchas veces, acompañados y agravados de envidia maligna, de ira y odio mortal, de instancias y gritos descompuestos, ante diversos jueces y tribunales, a cada cual peor; y todo con tanta mayor furia, encono y altivez, cuanto le tenían por más desvalido y desventurado, y con más paciencia, humildad y mansedumbre le veían sufrirlo todo sin desplegar sus labios.

3. Crece en fin la ignominia por los insultos con que le ofenden y maltratan, en los cuales juntan a porfía dolor y deshonra. Le prenden de noche, en el campo y con alboroto. Le llevan por la ciudad atado con afrenta. Examinan con odio y violencia su causa. Le injuria de palabra un siervo vilísimo y al mismo tiempo le da una bofetada como a descortés y mal hablado, y delante de todo el concilio de los sacerdotes; y los que le guardan hasta el día siguiente, pasan toda la noche en injuriarle y atormentarle, ya con venderle los ojos y escupirle, ya con darle de puntapiés, puñadas y bofetones, ya riéndose y burlándose de él como de profeta falso y mentiroso, ya con otras mil invenciones de gran dolor y desprecio.

Le llevan por las calles, de unos tribunales a otros, diferentes veces. Herodes le mofa y manda poner un saco blanco como a loco. Pilatos le desnuda con suma vergüenza en su pretorio, para azotarle como a ladrón y esclavo. Los soldados romanos le hincan con palos y golpes la corona de espinas en la cabeza, y le adoran riendo como a rey de burlas. Los judíos no sólo le desechan con indignación, sino que puesto en competencia con un sedicioso homicida y bandolero, dan al homicida libertad, y tienen por indigno de vivir al autor de la vida, pidiéndole a voces para ser crucificado.

Le condena el juez a muerte de juez, y siendo este suplicio en sí tan ignominioso, le aumentan la infamia con la compañía de dos ladrones, y haciéndole llevar por toda la ciudad el madero afrentoso, en él le clavan cruelísimamente y le alzan en alto con algazara a vista de innumerable gente. Y como si esto no bastase, estando agonizando y con las ansias de la muerte, le hacen gestos y le dicen palabras feas, dándole en rostro con los delitos que él no ha cometido, y ellos le han levantado. Ahora bien, tú, sabiendo quién es, al llegar aquí, con todos los afectos del alma, y los ojos bañados en llanto, díle de esta o semejante manera:

¡Oh Dios infinito, Salvador amoroso y honrador y honra de los hombres! ¿Quién así os ha deshonrado por ellos? ¡Oh ceguedad la mía, que preciándome de cristiano, busco mi estimación de cristiano, busco mi estimación y aplauso con tantas ansias y diligencias! Dadme gracias, Señor, para imitaros de hoy en adelante, pues veo que teniendo Vos opción para elegir entre el gozar y el padecer, os abrazasteis con la cruz, no haciendo caso de la ignominia y confusión, para persuadirme con vuestro ejemplo además de la fe y promesa de vuestra palabra, que si por medio de la mortificación padezco y muero con Vos, viviré y reinaré con Vos, por todos los siglos de los siglos.

Amén.

Padrenuestro y Alma de Cristo.



ORACIÓN (Día 23)

Oración a la Santísima Trinidad.

¡Oh! amabilísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en esencia y trino en Personas, incomprensible en los secretos, admirable en la providencia e infinito en todas las perfecciones; yo os adoro con el más profundo respeto, en Vos creo y espero firmemente, os amo sobre todas las cosas; pésame en el alma de haberos ofendido; pésame, Padre omnipotente; pésame, Hijo misericordiosísimo; pésame, Espíritu Santo amantísimo.

Haced que nunca más ofenda yo a Trinidad tan augusta, tan santa y tan amable; sino que alabándoos y sirviéndoos ahora con todos los Justos, logre después alabaros con los Ángeles, y amaros con los Serafines eternamente.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 23)

De la tolerancia de las injurias, y cómo se prueba el verdadero paciente.

Jesucristo:

1. ¿Qué es lo que dices, hijo? Deja de quejarte considerando mi Pasión y la de los santos. Todavía no has soportado hasta derramar sangre. Es poco lo que tú padeces, en comparación con lo mucho que soportaron otros, tan fuertemente tentados, tan pesadamente mortificados, tan frecuentemente puestos a prueba y presionados. Te conviene, pues, recordar las cosas muy graves de otros para que con facilidad lleves tus pequeñeces. Y si no te parecen pequeñeces mira que la causa no sea tu impaciencia. Pero sean cosas grandes o pequeñas procura soportarlas pacientemente a todas por igual. En la medida que mejor estés dispuesto a la paciencia, actuarás sabiamente y más mérito tendrás; te pesarán menos teniendo el ánimo y la costumbre preparados, sin flojera para esto.

2. No digas: no tengo valor para soportar esto de esa persona, ni debo aguantar semejante cosa porque me causó grave daño y dice de mí lo que nunca pensé, pero de otra soportaré lo que me haga según me parezca que se debe sufrir. Es desatinada esta idea, que no considera la virtud de la paciencia ni por quién será premiada sino que más bien mira a las personas y a las injurias que le hacen.

3. No es realmente paciente quien no desea padecer sino cuando a él le parece y de quien le acomoda. El verdadero paciente no se fija qué persona le molesta, sea su superior, igual o inferior, sea bueno y santo o perverso e indigno, sino que, indistintamente de qué persona reciba algo adverso, de cualquier medida y todas las veces acepta todo con gusto de la mano de Dios y estima que es una gran ganancia: porque nada de cuanto se padece por Dios, así sea poco, puede pasar sin mérito ante Dios.

4. Estáte, pues, dispuesto a la lucha, si quieres obtener la victoria. Sin certamen no puedes obtener la corona de la paciencia; si no quieres padecer, impides que te coronen. Si quieres que te coronen pelea valerosamente, soporta pacientemente. Sin esfuerzo no se consigue el descanso ni sin pelea se alcanza la victoria.

Discípulo:

5. Quiero, Señor, que se haga posible por tu gracia lo que me parece imposible por la naturaleza. Tú sabes lo poco que puedo resistir y qué pronto caigo cuando surge una pequeña adversidad. Deseo que por tu Nombre cualquier práctica de paciencia me sea amable y elegible porque padecer y ser maltratado por causa tuya es muy saludable para mi alma.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Tercero, Capítulo 19)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 23)

¡Ay, amantísimo Señor de mi alma!

Ya que con tanta piedad me llamáis, aunque me veis tan indigno y tan ingrato a vuestra bondad, no quiero desanimarme con la consideración de mi flaqueza y multitud de los pecados que he cometido, sabiendo que Vos podéis convertir en un instante a cualquier pecador.

Convertidme, pues, a mí, que soy el mayor de todos, arrancando de mí cualquier amor que no vaya dirigido a vuestra gloria, cualquier deseo que no se conforme con lo que Vos queréis, cualquier pensamiento que no sea de vuestro mayor servicio.

Mi Jesús, mi amor, mi tesoro y todo mi bien, sólo a Vos quiero contentar, sólo Vos merecéis mi amor, y a Vos solo quiero amar con toda mi alma.

Separadme de todo lo que no sois Vos, y uníos conmigo, pero de suerte que jamás me separé de Vos ni en esta ni en la otra vida.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 366.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!