EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 22

MEDITACIÓN

De los dolores de Cristo Señor nuestro en su Pasión santísima.

1. Consideraré los dolores que padece Jesucristo nuestro Rey ocultando la gloria de su divinidad, y permitiendo que sufra la humanidad sacratísima. Son tantos, que desde la planta del pie hasta lo más alto de la cabeza, está todo hecho una llaga, sin haberle quedado color, hermosura ni aspecto por donde ser conocido. Las espaldas abiertas y todo el cuerpo llagado de los azotes, los hombros molidos con el peso de la cruz, el pecho en ella estirado y descoyuntado, la cabeza traspasada con espinas, los cabellos mesados, la barba arrancada, el rostro abofeteado, la boca seca y sedienta, la lengua amarga con la hiel y vinagre, las venas desangradas, las piernas y brazos tan estirados, que se le pueden contar los huesos, las manos y pies barrenados y colgados de tres clavos en un madero por sus mismas heridas, y con el peso del cuerpo desgarrándose más y más; en una palabra, todo Él tan cubierto de llagas, tan lleno de dolores, y con el corazón tan afligido y angustiado, que al fin el rigor de tantas penas le quita la vida.

Al veros, Redentor mío, de esta manera, conozca la gravedad de mis pecados, lloro mi conducta pasada, detesto los regalos y deleites carnales, y con vuestra gracia propongo imitar cuanto pueda las hazañas de vuestra pelea, refrenando los sentidos, amando la hermosura de la castidad, y buscando en todas ocasiones ejercicio santo de la penitencia y mortificación.

2. A tantas penas de nuestro divino Capitán y Salvador amantísimo se añade la pobreza en que le ves, que por cierto es la mayor que se ha visto ni se verá, pues ni una cama tiene en que morir, ni un lienzo con que cubrir su desnudez, ni un vaso de agua para apagar la sed, ni otro alivio que le conforte en la agonía de la muerte sino hiel y vinagre.

Y siendo así que los que mueren, por pobres que sean, tienen derecho a una sepultura y una mortaja, o a lo menos al vestido que les cubre las carnes, aun de esto carece el Señor, pues le entierran en sepultura ajena, con una sábana dada en limosna, y hasta de sus vestidos le despojan los soldados, para repartírselas y sortearlas a su gusto.

¡Oh, riqueza de los cielos! ¡Con qué extrema pobreza peleáis contra el desorden de mi avaricia! Ahora que os veo tan pobre, tan desnudo, tan despreciador de todo lo terreno, ahora que lucháis con tanta valentía por enseñarme y animarme, no sólo conozco el menosprecio que merecen los bienes llamados de fortuna, sino también el daño que producirán en mi alma, si los estimo y apetezco. Por lo cual, de hoy en adelante apreciaré como un tesoro, no ya oculto, sino manifiesto, el espíritu y la realidad de la pobreza, santificada por Vos, para enriquecer a todos los que la profesan con dones de gracia y con bienes eternos.

3. Pídele ahora licencia para entrar en lo más secreto de su interior, y con todo el sentimiento y compasión que te sea posible, detente a contemplar las angustias y penas de aquella alma santísima, hecha no sólo blanco de la crueldad y furor de sus enemigos, sino mucho más de la justicia de su Eterno Padre, que por salvar a los esclavos y usar con ellos de misericordia, se vuelve contra el Hijo amantísimo, y descarga en su sagrada humanidad todo el rigor que merecían nuestros pecados.

Principalmente has de fijar la vista en las virtudes admirables que nos enseña en medio de tantas aflicciones. La paciencia, humildad, mansedumbre y silencio con que todo lo sufre, sin abrir sus labios para quejarse ni defenderse. La caridad y prontitud con que se entrega por los hombres a muerte tan ignominiosa y cruel. La generosidad con que perdona. El fervor con que pide por sus perseguidores. La piedad y filial amor para con su afligida Madre. La liberalidad en dárnosla también por Madre y Abogada. La resignación y obediencia al decreto de su Padre celestial. El celo de su honra y gloria. La confianza y amor con que se pone y encomienda en sus manos. Y sobre todo la fortaleza y perseverancia en beber el cáliz amargo de su Pasión hasta la última gota, por nuestro rescate, ejemplo y eterna felicidad.

¡Oh Salvador mío! Dadme también a mí por vuestra misericordia el esfuerzo que necesito para seguir vuestras huellas, imitar vuestras virtudes, pelear a vuestro lado con fidelidad y constancia, merecer ahora la dicha de parecerme en algo a Vos, y alcanzar después la posesión eterna del reino de la gloria.



ORACIÓN (Día 22)

Oración a la Santísima Virgen.

¡Oh Señora mía, Santa María! Yo encomiendo mi alma y mi cuerpo a tu bendito patrocinio y singular protección, y en el seno de tu misericordia la deposito ahora y siempre y en la hora de mi muerte. En tus manos pongo toda mi esperanza y consolación, todas mis angustias y miserias, mi vida y el fin de ella, para que por tu santísima intersección y méritos todas mis obras reciban y lleven impreso el sello de tu beneplácito y el de tu divino Hijo.

Amén.

(San Francisco de Asís y san Luis Gonzaga)

El papa Pio IX concedió tres años de indulgencia cada vez que se rece esta oración.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 22)

Debemos llevar con igualdad las miserias temporales, a ejemplo de Cristo.

Jesucristo:

1. Hijo, yo bajé del Cielo por tu salvación: acepté tus infortunios impulsado por la caridad, no por necesidad para que aprendieses a ser paciente y soportases sin indignarte las adversidades de la vida. Desde el momento de mi nacimiento hasta mi muerte en una cruz, no me faltaron dolores que sufrir. Tuve gran carencia de bienes materiales, frecuentemente escuché quejas contra Mí, soporté con benevolencia despropósitos y ofensas, recibí ingratitud a cambio de beneficios, blasfemias por los milagros y reprensiones por enseñar.

Discípulo:

2. Señor: ya que fuiste paciente en tu vida principalmente cumpliendo los mandatos de tu Padre es justo que, perverso pecador, sufra con paciencia según tu voluntad, y mientras Tú lo quieras lleve por mi salvación el peso de esta vida breve. Porque, aunque la vida presente se siente pesada, sin embargo se ha convertido en muy meritoria por tu gracia y más tolerable y transparente gracias a tu ejemplo y el de tus santos y hasta de mucho más consuelo que la Ley Antigua cuando estaba cerrada la puerta del Cielo y parecía más oscuro el camino a la salvación, cuando tan pocos se preocupan de buscar el Reino de Dios y ni siquiera podían entrar a él los que eran buenos y se iban a salvar hasta que llegó tu Pasión y el pago de tu sagrada Muerte.

3. ¡Cómo debo agradecerte que me hayas mostrado a mí y a todos tus fieles el camino bueno y recto al Reino Eterno! Porque tu vida es nuestra vía y por la paciencia santa caminamos hacia Ti, que eres nuestra corona. Si Tú no nos precedieras y enseñaras ¿quién tendría cuidado de seguirte? ¿Cuántos quedarían lejos y retrasados si no mirasen tus preciosos ejemplos? Si todavía somos negligentes, pese a que hemos conocido tus manifestaciones y tu doctrina, ¿qué sería si no tuviéramos tanta luz para seguirte?

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Tercero, Capítulo 8)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 22)

¡Oh Dios mío! ¡Oh amor incomprensible!

Ya que os dignáis ser tan afable con vuestras criaturas, que por estar en nuestra compañía bajáis a nuestros altares, quiero participar de vuestros favores, proponiendo firmemente visitaros repetidas veces para gozar cuanto me fuere posible de vuestra dulcísima presencia, que hace bienaventurados a los Santos en el paraíso.

¡Oh si pudiera habitar siempre aquí, delante de vuestra Divina Majestad, adorándoos y haciendo continuos actos de amor! Reprendedme, Señor, cuando por tibieza o por los negocios del mundo deje de visitaros, y excitad en mí un vivo deseo de estar siempre cerca de Vos en este Sacramento.

¡Ay, amoroso Jesús mío! ¡Quién siempre os hubiera amado! Mas a lo menos mi mayor consuelo es ver que aun me queda tiempo de amaros, no solo en la otra vida, sino también en la presente.

Así lo quiero ejecutar y amaros de veras, sumo Bien mío, mi amor, mi tesoro, y toda mi felicidad; quiero amaros con todas mis fuerzas.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 356.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!