EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 21

MEDITACIÓN

De la oración del huerto.

1. Veamos como presente a nuestro redentor que va caminando hacia el huerto de los olivos en compañía de sus discípulos, como Padre en medio de sus hijos, consolándolos, esforzándolos y con ánimo invicto dirigiendo los pasos al sitio de su oración ordinaria, bien sabido de Judas, para que todos veamos que de su libre y espontánea voluntad se ofrece a padecer por obediencia al Padre, y amor a los hombres.

Llegado al monte, deja primero a ocho de sus apóstoles encargándoles vigilar y orar, e internándose con Pedro, Juan y Santiago, permite que desde aquel instante se apodere de su alma como una avenida de tribulación y amargura, y empieza a sentir grandísimo temor, hastío, tristeza y congoja. Temor del cúmulo de penas, bofetadas, azotes, espinas, clavos y muerte de cruz que estaba ya cerca. Hastío de todas las cosas de este mundo, considerando la ingratitud de los hombres a tan soberano beneficio. Tristeza inconsolable de ver las iniquidades con que ofendemos a Dios, las persecuciones que por su causa habían de sufrir los justos hasta el fin del mundo, y la próxima ruina y devastación de aquel pueblo tan favorecido por él, y tan ingrato y contumaz. Finalmente opresión y congoja de ánimo, nacida del escándalo de sus discípulos aquella noche, del sentimiento de la traición y fin desastrado de Judas, y del amor y compasión de su afligida Madre, cuyas angustias y dolores tenía muy presentes y estampados en su corazón.

2. Adelantándose un poco más y dejando también no sin grave pena a sus tres más amados apóstoles, se postra en tierra, y con sumo respeto, profundos suspiros y copia de lágrimas principia su oración así: "Padre mío, si es posible pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo lo quiero, sino como tú". Teme naturalmente la muerte y pasión; y pide al Padre con humildad que le libre del cáliz amargo; pero al mismo tiempo se resigna y sujeta con perfectísima abnegación a la divina voluntad, anteponiendo muerte cruelísima, a la dulzura de vivir, cuando eso sea del beneplácito divino.

Segunda y tercera vez repite la misma súplica, y en oración prolongada y perseverante, interrumpida sólo por buscar algún alivio, que no halla, con sus apóstoles, se ofrece animoso a beber el amargo cáliz. Pero el Padre que le ve tan afligido y desamparado, le manda un Ángel que le conforte, y éste con sumo respeto y veneración le representa la voluntad y gloria divina, la redención del mundo, la dilatación de la fe, la estabilidad de la Iglesia, la salvación de las almas y los demás frutos de su Pasión sagrada. Todo lo sabe el piadosísimo Señor; pero con humildad y atención lo escucha de boca se su siervo, por ser enviado de su Eterno Padre, por alentarse a padecer, y para así enseñarnos a nosotros.

3. Así declarada la resuelta voluntad del Padre, crece mucho más en el espíritu del Salvador obediente el temor de las injurias y tormentos; pero insistiendo en su oración ferventísima, y armado de celo de la honra divina y amor de los hombres, renueva con mayor esfuerzo el combate interior, el cual es tan terrible, que le pone en agonía mortal, y hace que de todos los miembros y poros de su sacratísimo cuerpo brote sangre y corra hasta la tierra con abundancia.

¡Oh Dios mío, esposo de las almas! Mis pecados son la causa de sudor tan copioso y extraño. Mis pecados son el peso que oprime y martiriza vuestro afligido corazón. Permitidme, Redentor de mi alma, que aquí a vuestros pies, bañado con este precioso licor, llore amargamente de haberos ofendido, y también llore de amor y compasión. Aquí estaré gimiendo, adorando en silencio este misterio y paso dolorosísimo, y sintiendo y participando en mi alma la acerbidad de vuestras penas. Por ellas, Jesús mío, y por la sangre que derramáis, os pido mil veces perdón de mis pecados, y esfuerzo para vencer todas las contradicciones y dificultades que se me oponen en vuestro divino servicio, y la dicha de imitaros y seguiros por el camino que me enseñáis para parecerme a Vos en este mundo, y gozaros después eternamente.



ORACIÓN (Día 21)

Oración a san Luis Gonzaga.

¡Oh una y mil veces admirable joven san Luis Gonzaga! Admirable en la modestia de los ojos tan recatados, que os avergonzabais de mirar el rostro aun a nuestra propia Madre; admirable en la penitencia con que atormentabais vuestro inocente cuerpo con cilicios y desapiadadas disciplinas hasta derramar la sangre; admirable en la abstinencia, siendo tan parca vuestra comida, que a veces no pasaba de una onza; admirable en la oración, en que gastabais cada día muchas horas, hasta tener una entera sin distracción alguna; admirable en la inocencia, conservando la gracia bautismal hasta la muerte; admirable en la vocación a la Compañía de Jesús, en la que os mandó entrar con voz sensible la soberana Reina de los Cielos, Nuestra Señora del Buen Consejo.

¡Oh! ¡Y cuánto me confundo al verme tan distinto a vos! Proteged a la tierna edad y alejadla de los peligros, ¡oh amable protector de la juventud! Y ya que no supe imitaros en la inocencia de la vida, alcanzadme al menos del señor que imite vuestra penitencia, si no en los santos rigores que pasman y exceden mi delicadeza, siquiera en la victoria de mis pasiones y mortificación de los sentidos; a fin de que, caminando por la única senda que conduce a los pecadores al cielo, os acompañe en el triunfo en la gloria.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 21)

El amor propio nos estorba mucho el bien eterno.

Jesucristo:

1. Hijo, conviene que lo des todo por el Todo y no seas nada de ti mismo. Debes saber que el amor propio te hace más daño que cualquier otra cosa en el mundo. Según sea el amor y el apego que tienes a las cosas estarás más o menos adherido a ellas. Si tu amor fuese puro, simple y ordenado no estarás cautivo de las cosas. No se debe desear lo que es ilícito tener. No se debe tener lo que te puede impedir y privar de la libertad interior. Es de sorprender que no te entregues tú mismo a Mí desde el fondo del corazón, con todo lo que puedes tener o desear.

2. ¿Por qué te desgastas con inútil tristeza? ¿Por qué te fatigas con cuidados superfluos? Compórtate según mi voluntad y no sufrirás menoscabo. Si buscas esto o aquello, si deseas estar aquí o allí por tu conveniencia o propia voluntad, nunca estarás tranquilo ni libre de preocupaciones porque en todas las cosas hay alguna falla y en todo lugar hay adversarios.

3. No hace provecho cualquier cosa alcanzada o multiplicada exteriormente sino más bien la desechada y arrancada de raíz del corazón. No sólo entiendas lo anterior de las propiedades y riquezas sino también de la ambición de ser famoso o el deseo de vacías adulaciones que transcurren como el mundo. Poco importa el lugar si falta el fervor del espíritu, ni durará mucho la paz buscada sólo externamente si falta su verdadero fundamento en la disposición del corazón. Es decir, si no estás en Mí, puedes cambiar pero no mejorar. Porque manifestada la ocasión, y aceptada encontrarás lo que evitabas, y hasta más.

4. Oración para pedir la purificación del corazón y la sabiduría divina: Confírmame, Señor, en la gracia del Espíritu Santo. Dame energía para fortalecerme interiormente y para vaciar mi corazón de toda preocupación inútil y angustiosa, para que no me arrastre el deseo de cualquier cosa vulgar o valiosa; sino que mire todo como pasajero, y a mí mismo igual porque nada permanece bajo el sol, todo es vacío y aflicción para el espíritu (Ecl 2,17). Qué sabio es el que piensa así: Concédeme Señor la sabiduría celestial para que aprenda a buscarte y encontrarte sobre todas las cosas, sobre todo, apreciarte y amarte y entender lo demás como es, de acuerdo con tu Sabiduría. Dame prudencia para apartarme del adulador y paciencia para soportar al adversario. Porque la verdadera sabiduría consiste en no moverse por el ruido de las palabras, ni prestar atención a los cantos de sirena de los aduladores, porque así se transita con seguridad la vía comenzada.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Tercero, Capítulo 27)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 21)

¡Ay Jesús mío!

Sabiendo que por mi amor habéis venido a estar continuamente con nosotros, quisiera, si me fuera posible, permanecer con Vos de día y de noche; porque si los Ángeles están aquí pasmados del amor que nos tenéis, razón es que, viéndoos por mi amor en ese altar, os procure yo dar gusto, a los menos no apartándome fácilmente de vuestra presencia, y alabando el amor y bondad con que tratáis a esta vil criatura.

"Delante de los Ángeles os alabaré; vendré a vuestro templo a adoraros, y ensalzaré vuestro santo nombre por vuestra misericordia y verdad" (Sal. 137).

¡Oh Dios sacramentado, pan de los Ángeles, sustento divino!

Os amo; mas ni yo ni Vos estamos contentos de mi amor. Os amo, sí, mas o amo muy poco; haced Vos, Jesús mío, que conozca la belleza y bondad inmensa que amo; haced que mi corazón despida de sí todos los afectos terrenos, y de todo el lugar a vuestro amor. Vos, para enamorarme de vuestra bondad y uniros a mi alma, bajáis todos los días del cielo a nuestros altares; razón es que no cuide yo de otra cosa que de amaros, adoraros y daros gusto.

Os amo con toda mi alma y con todos mis afectos. Si me queréis pagar este amor, dadme más amor, más llamas que me abrasen, que me estimulen siempre a serviros y a desear siempre obedeceros.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 346.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!