EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 20

MEDITACIÓN

Meditación del Santísimo Sacramento.

1. Consideraré primeramente que tanto más estimable y precioso es un don canto mayor en sí, más crecido el afecto de la persona que le da y más ventajas y utilidades nos proporciona. Estas tres circunstancias concurrieron en sumo grado en la dádiva inestimable que nos hizo el Señor de su cuerpo y sangre en el Santísimo Sacramento. La grandeza del don no pudo subir más de punto, porque fue como el sello y muestra mayor de todos sus beneficios, comunicando en él a cada uno de los fieles todos sus bienes y tesoros, cuerpo, sangre, alma y divinidad, con todos sus méritos, gracias y virtudes; y con invención tan maravillosa, que ni al entendimiento del más encumbrado serafín le hubiera ocurrido por toda la eternidad prodigio tan estupendo, fineza de amor tan extremado. De suerte que con ser Dios infinitamente sabio, bueno y poderoso, no puede en esta vida darnos bien y tesoro que valga más.

Gracias os doy, amantísimo Señor y Dios mío, de vuestra infinita liberalidad para con esta vil criatura confundiéndome al mismo tiempo de haber sido hasta ahora de mi parte tan mezquino para con Vos. Pero con pesar y arrepentido os pido humildemente que añadáis a este soberano favor el de concederme un espíritu y corazón nuevo, para que en adelante le estime como es justo, y corresponda a tan señalada merced con todo amor y fidelidad.

2. Consideraré en segundo lugar la grandeza del efecto, en el cual consiste propiamente la excelencia del beneficio, porque fue afecto de amor ardentísimo, que es lo más digno de estimación. Llama más viva de lo que se puede pensar ardía en su pecho la noche en que instituyó para nuestro bien este divino Sacramento.

A la misma hora en que los hombres se estaban apandillando para venir a prenderle y darle infame y cruel muerte, sabiéndolo el Señor, celebraba estas bodas como Esposo amantísimo, para quedarse con ellos hasta la consumación de los tiempos. Hízonos además este regalo en forma de festín bajo los accidentes de pan y vino, para ser comida y bebida nuestra, y juntarse con nosotros espiritual y corporalmente con tan íntima unión, que así como no hay arte que pueda separar el alimento convertido en la substancia del cuerpo, así no haya ni arte ni fuerza, ni cosa alguna que nos aparte de él.

Pero en lo que más descubrió su finísima caridad fue, en que sabiendo todas las injurias, irreverencias y sacrilegios, que mientras el mundo durase había de recibir en la Hostia consagrada de parte de los infieles, herejes y malos cristianos; pasó por todo, y no se detuvo en favorecernos así, con tal de alimentarnos con su misma carne, y unirse a nuestras almas estrechamente, y hacernos de verdad felices, y colmar los deseos de su amorosísimo Corazón.

¿Quién hubiera nunca imaginado estos excesos, si no nos diese la fe seguridad de su certeza? ¿Y cómo es que tú correspondes a tan gran merced con tanta frialdad, o, por mejor decir, ingratitud o perfidia? ¿Cómo habiendo tenido muchas veces este fuego divino dentro del pecho, todavía no arde en él la llama celestial? Conoce tu miseria, llórala con amargura, reanima tu espíritu con actos repetidos de contrición, de fe, de esperanza y de caridad, y pide al amantísimo Jesús que se digne visitarte de nuevo con su presencia, para que unido con él íntimamente en la Sagrada Comunión, perseveres hasta la muerte en su amistad y gracia, y después en el cielo le goces y bendigas por los siglos.

3. Consideraré finalmente las utilidades y ventajas que nos proporciona este pan divino, llamado Comunión, porque en él comunica el Señor a cada uno de los fieles que le recibe en gracia el tesoro de virtudes, dones y merecimientos ganados en su santísima vida, pasión y muerte, descubriendo con esta fineza, no sólo el amor con que dio su vida por todos, sino la pronta y generosa voluntad con que de nuevo moriría por la misma causa, si fuese menester.

Y como si para salvarnos fuera poco haber ofrecido una vez su Sagrado Cuerpo en el ara de la Cruz, le multiplica prodigiosamente innumerables veces cada día en el Altar por ministerio de los sacerdotes con el mismo fin. Ni satisfecho con participarnos los dones de su gracia por los demás Sacramentos y otros canales de beneficencia y misericordia, viene personalmente, y de su propia mano nos colma en este Sacramento de celestiales riquezas, iluminándonos el entendimiento, inflamándonos la voluntad, mitigando el ardor de nuestras pasiones, reformando nuestros sentidos, y dejándonos hasta en la misma carne la semilla de la inmortalidad, con que resucitemos algún día por vivir eternamente.

¡Oh Dios mío! ¡Cuán admirable os habéis mostrado en este compendio de vuestras maravillas argumento de entrañable amor y prenda segura de eterna felicidad! ¡Y yo cuán ingrato a tan alto beneficio! ¡Cuán escaso y mezquino para quien no se cansa de ser mi liberalísimo Bienhechor! ¡Qué poco fruto he sacado del uso y frecuente participación de esta fuente de todos los bienes! ¿Y qué digo fruto, si cada día soy peor, cada día más indevoto, más vano, más impaciente, más interesado, más ansioso de los placeres de la tierra?

Con gran confusión lo confieso en vuestro divino acatamiento. Baste ya de ingratitud, baste de perversidad y dureza de corazón. Ayudadme con vuestra gracia poderosa, triunfe en mí vuestro amor; y ya que para ser alimento de mi alma, obráis tantos milagros en este admirable Sacramento, encended hoy en mi pecho la hoguera de vuestra caridad con la que siempre viva en gracia vuestra, y después en la gloria os goce y glorifique por toda la eternidad.

Amén.



ORACIÓN (Día 20)

Oración al Sagrado Corazón de Jesús.

              Con flecha ardiente,
              dueño y Señor,
              abre en mi pecho
              una llaga de amor.

              ¡Ay, Jesús mío!
              ¡Mis culpas fueron
              la que te hirieron!
              ¡Yo fuí, yo fuí!

              ¡Delirio insano!
              ¡Infausta suerte!
              Yo dura muerte,
              mi Bien, te dí.

              Tu amante pecho,
              no fue el soldado,
              fue mi pecado
              quién lo rasgó.

              Mi horrenda culpa,
              ¡Ay, infeliz!
              ¡Qué es lo que hice!
              le atravesó.

              Pero la sangre
              de ese costado
              que yo he rasgado
              me ha de lavar.

              Porque con ella
              a tu homicida
              salud y vida
              ¡le quieres dar!

              Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 20)

No debe dejarse fácilmente la sagrada comunión.

Jesucristo:

1. Frecuentemente debes recurrir a la fuente de la Gracia y la divina Misericordia a la fuente de Bondad y de toda Pureza para que puedas sanar de tus apasionamientos y vicios y merezcas llegar a ser más fuerte y vigilante contra todas las tentaciones y engaños del diablo. El enemigo, consciente del fruto y remedio máximo que se encuentra en la Sagrada Comunión se esfuerza cuanto puede, de toda forma y en cualquier ocasión, por apartar e impedir que los fieles y devotos se acerquen a ella.

2. Cuando alguien mejor se prepara a la Sagrada Comunión padece peores tentaciones del demonio. Este espíritu nefasto, como está escrito en el libro de Job: se mete entre los hijos de Dios (Job 1,6) para perturbarlos con su acostumbrada maldad o hacerlos excesivamente temerosos y perplejos, para de esta manera disminuir su afecto o arrancarles la fe combatiéndola en ellos, logrando así que abandonen totalmente la Comunión o lleguen a ella con desgano. Pero no debemos prestar atención a sus astucias y tentaciones así sean vergonzosas y horribles sin devolverle a él mismo todas sus solicitaciones. Debe despreciarse a este miserable, burlarse de él no vaya a ser que por sus insultos y la conmoción que produce termino uno omitiendo la Sagrada Comunión.

3. Con frecuencia también nos dificulta la exagerada solicitud por estar bien dispuesto y cierta ansiedad por confesarse perfectamente. Sigue los consejos de los santos, depón la ansiedad y el escrúpulo porque impiden la gracia de Dios y destruyen la interior devoción. No dejes la sagrada Comunión por alguna pequeña turbación o molestia sino acude pronto a reconciliarte y perdona de buena gana cualquier ofensa que hayas recibido. Si, en cambio, tú a alguien ofendiste pide perdón humildemente y Dios de buena gana te perdonará a ti.

4. ¿De qué aprovecha retardar más la confesión o diferir por más tiempo la Sagrada Comunión? Purifícate en recibir el remedio y te sentirás mejor que si lo retardas más tiempo. Si hoy lo dejas por estas pequeñeces, mañana quizás suceda algo más grave y así por más tiempo estás impedido de comulgar y te irás haciendo cada vez más inepto. Lo más pronto que puedas líbrate de la presente pesadez e inercia porque nada se gana con angustiarse y turbarse separándose de Dios por los obstáculos cotidianos. En cambio, hace mucho daño dilatar por más tiempo la Comunión porque esto nos puede llevar a un gran entorpecimiento. ¡Qué pena! Algunos desanimados y deshonestos prefieren retrasar lo más posible su reconciliación y desean diferir igualmente la Comunión para no verse obligados a cambiar de vida.

5. ¡Qué poco amor tienen, y débil disposición, los que tan fácilmente posponen la Sagrada Comunión! ¡Qué feliz se encontrará y será aceptable a Dios quien viva cuidando la pureza de su conciencia!, de manera que cada día esté preparado y animado a comulgar si esto le fuera posible sin llamar la atención. Si por causa de su humildad o por un legítimo impedimento alguno se abstiene de comulgar, debe ser reconocido por su respeto al sacramento. En cambio, si es inducido por la indolencia, debe animarse a sí mismo y hacer lo que esté de su parte y el Señor ayudará a su deseo por la buena disposición en la que Él se fija especialmente.

6. Pero cuando se encuentre legítimamente impedido, tenga siempre buena voluntad y piadosa intención de comulgar y así no carecerá del todo del fruto del sacramento. Cualquier persona bien dispuesta puede acceder todos los días y a cualquier hora, sin ninguna prohibición, a la saludable comunión espiritual de Cristo y por supuesto, algunos días, en el tiempo oportuno debe recibir sacramentalmente el Cuerpo de su Redentor con afectuoso respeto procurando más la alabanza y el honor de Dios que su propia satisfacción. Porque todas las veces que recuerda con devoción el misterio de la Encarnación o la Pasión de Cristo comulga místicamente y de manera invisible se nutre encendiéndose en su Amor. De otra manera, el que no se prepara sino cuando es inminente la celebración o la costumbre lo apremia, con frecuencia se hallará mal dispuesto.

7. Feliz quien se ofrece a Dios en entrega total cada vez que celebra o comulga. No seas demasiado prolijo o apremiado en la celebración sino respeta las buenas maneras de las personas con quienes vives. No debes ocasionar a los demás molestia o tedio sino seguir el camino ordinario instituido por los maestros espirituales atendiendo más a la utilidad de los presentes que a la personal devoción y afecto.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Cuarto, Capítulo 10)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 20)

¡Oh Dios de amor, que os dais a nosotros en la santa Comunión y estáis siempre en el altar oyendo nuestras súplicas!

Atraed más y más con vuestro dulce amor los corazones, que enamorados de vuestra infinita bondad no tienen más deseo que agradaros, y atraed también, Señor, mi corazón miserable, que ya desea amaros y vivir esclavo de vuestro amor.

De hoy en adelante renuncio todos mis intereses, esperanzas y afectos, mi alma y mi cuerpo en manos de vuestra infinita bondad. Disponed, Señor, de mí lo que fuere de vuestro agrado. No quiero quejarme más, amor mío, de vuestras santas disposiciones, pues se que nacen todas de vuestro amoroso Corazón para mi bien. Lo que Vos queráis es lo que yo quiero en tiempo y eternidad. Haced lo que os agrade en mí y de mí. Todo me uno a vuestra voluntad, porque sé que es toda buena, santa, perfecta y amable.

¡Oh voluntad de mi Dios! ¡Cuán agradable me eres! Resuelvo vivir y morir siempre unido y abrazado con Vos, porque vuestro gusto es mi gusto, y vuestros deseos quiero que sean los míos.

Dios mío, Dios mío, fortalecedme, y de hoy en adelante viva sólo para Vos, sólo para amar vuestra infinita bondad. Muera por vuestro amor, ya que Vos moristeis por mí. Detesto aquellos días en que hice mi voluntad contra vuestro gusto.

Te amo, voluntad divina, cuanto amo a Dios, porque eres el mismo Dios. Te amo con todo mi corazón, y a Ti me entrego todo.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 336.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!