EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 19

MEDITACIÓN

De la vida pública de Jesucristo.

1. Comencemos mirándole como ejemplar y modelo perfecto en la práctica de las obligaciones para con Dios. Bien hubiera podido dispensarse de la observancia de los ritos y ceremonias de Moisés; pero queriendo enseñarnos prácticamente a obedecer lo que Dios manda, veámosle cómo va todos los años a orar en el templo de Jerusalén, cómo santifica los sábados, cómo asiste a la celebración de la pascua, y cómo inculca sumisión a los escribas y fariseos, porque, aunque malos, ocupaban la cátedra de Moisés.

Consideremos el celo con que vuelve por la gloria de su Padre y restaura su reino, anunciando incansablemente por tres años consecutivos la nueva feliz de su Evangelio, reprendiendo con severidad a los hipócritas y soberbios, corrigiendo a los demás con dulzura y misericordia, instruyendo a los rudos e ignorantes con paciencia indefensa, y ganándolos a Dios. Y no contento con las palabras, confirma con los hechos su misión divina, y ni de día no de noche interrumpe el ejercicio santo de la oración, deseoso de alcanzarnos a todos la gracia del cielo con profusión y largueza.

Entra después dentro de ti, y pregúntate cómo cumples los divinos preceptos, qué haces por la gloria de Dios, cómo das a conocer con las obras que le amas de todo corazón, y qué empeño pones en que otros también le amen y glorifiquen.

2. Considérale en segundo lugar como modelo de las obligaciones para consigo. Él nos dice: "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón"; y con la parsimonia, o por mejor decir, uso escasísimo que hace de las cosas criadas, nos enseña la ninguna estimación en que hemos de tener los bienes y conveniencias de este mundo. Es tan pobre, que ni tiene donde reclinar su cabeza. Ayuna en el desierto. Vive en medio del bullicio con abnegación completa de todo lo terreno. Viste sencillamente, y con la serenidad de su semblante y dulzura de sus palabras, lleva las gentes en pos de sí, colgadas de su boca y hasta olvidadas del necesario sustento.

El mundo muchas veces le paga los beneficios con persecuciones, calumnias, y aun amagos de muerte; pero él con mansedumbre, rectitud de intención, y tranquilidad inalterable, vive inflamado en celo de la gloria divina y atento únicamente a la obra de nuestra salvación. Aprende, examina y propón.

3. Por último, considérale ejercitando con gran perfección las virtudes para con el prójimo. Verdad es que en su ánimo daba la preferencia al retiro y trato íntimo con su Eterno Padre en la oración y contemplación, por ser lo más perfecto; pero como había venido al mundo para guiarnos a todos por el camino del cielo, se entrega a la predicación y ministerio de enseñar y salvar las almas.

Recibe y abraza a los niños con muestras de singular complacencia; distingue y prefiere las personas más sencillas y pobres, y admite benignamente a los pecadores, sin hacer caso de cuanto dicen los fariseos. Y de esto darán testimonio la samaritana, Zaqueo, Magdalena, Mateo, la mujer adúltera, y tantos otros a quienes prodigiosamente sanó de los males del cuerpo y alma, y libró del poder del demonio.

En suma, por donde quiera iba haciendo bien, hablando de la vida eterna y plantando en los corazones el reino de Dios. ¡Dichoso tú si le tomas por ejemplar!



ORACIÓN (Día 19)

Oración a San José.

Poderoso patrón del linaje humano, amparo de pecadores, seguro refugio de las almas, eficaz auxilio de los afligidos, y agradable consuelo de los desamparados.

José gloriosísimo, el último instante de mi vida ha de llegar sin remedio, y mi alma sin duda ha de agonizar con la formidable representación de mi mala vida y mis muchas culpas. El paso a la eternidad me ha de ser sumamente espantoso. El demonio, nuestro común enemigo, me ha de combatir terriblemente con todo el poder del infierno, a fin de que yo pierda a Dios eternamente. Mis fuerzas en lo natural han de ser ningunas, yo no he de tener en lo humano quién me ayude. Desde ahora, para entonces, te invoco, gloriosísimo Santo mío, y me acojo a tu protección. Asísteme, Santísimo Patriarca, en aquel terrible trance para que no falte en la Fe, Esperanza y Caridad.

Cuando tú moriste, tu Santísimo Hijo y mi Dios, tu Santísima esposa y mi Señora ahuyentaron a los demonios para que no se atreviesen a combatir a tu espíritu. Por este favor, y por los que en vida te hicieron, te pido ahuyentes a estos mis enemigos, para que yo acabe la vida en paz, y la acabe amando a Jesús, a María y a tí, José amabilísimo y protector mío.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 19)

Reglas para sentir rectamente de la doctrina, costumbres, ritos y ceremonias de la santa Iglesia.

1. Primero: depuesto el juicio propio, debemos siempre tener el ánimo preparado y pronto para obedecer en todo a nuestra Santa Madre Iglesia, esposa de Jesucristo nuestro Señor.

Segundo: debemos alabar el uso de confesar y comulgar una vez al año con la debida disposición, y más cada mes, y mucha más de ocho días en ocho días.

Tercero: y no menos el oír misa frecuentemente y asistir al oficio divino, cantos, salmos, horas canónicas, largas oraciones y cualquier otro ejercicio de oración en la Iglesia y fuera de ella.

Cuarto: alabar mucho religiones, virginidad y continencia, y más que el estado de matrimonio.

Quinto: alabar votos de entrar en religión, y de obediencia, pobreza y castidad dentro y fuera del claustro, y otras obras de supererogación y perfección. Y aquí se advierte que como la materia del voto es de cosas concernientes a las perfección evangélica, no se debe hacer de las que se alejan de ellas, como de ser mercader o casado.

Sexto: alabar y venerar las reliquias de los Santos, haciéndoles oración, y asimismo decir bien de estaciones, cruzadas y otras gracias, y del uso de poner velas encendidas en las Iglesias.

Séptimo: alabar ayunos y abstinencias de cuaresma, témporas, viernes, sábados y vigilias. Igualmente, penitencias internas y externas.

Octavo: alabar ornamentos sagrados, templos, ermitas y capillas dedicadas al culto divino, y también imágenes, recomendando su debida veneración, conforme a los que representan:

Nono: alabar finalmente cualquier precepto de la Iglesia nuestra madre, con ánimo dispuesto a buscar razones en su defensa, y de ningún modo a impugnar o censurar lo que nos mandan.

2. Décimo: debemos estar siempre prontos en abono y defensa de los estatutos, consejos y costumbres de nuestros mayores y superiores, porque dado que algunos fuesen o sean menos rectos o laudables, hablar o predicar contra ellos al pueblo menudo, indignándose contra sus mayores espirituales o temporales. Pero avisar a quien pueda remediar el daño puede ser útil.

Undécimo: elogiar la doctrina, y Teología positiva y escolástica; porque los doctores positivos, cuales son San Jerónimo, San Agustín, San Ambrosio, etc., nos mueven con sus escritos al amor y servicio divino, y los escolásticos Santo Tomás, San Buenaventura, el Maestro de las sentencias y otros, acomodados a nuestros tiempos, y también iluminados y esclarecidos de la virtud divina, defines y declaran las cosas necesarias a la salud eterna; descubren e impugnan los errores y falacias de las herejías, y como más modernos no sólo se valen de la Sagrada Escritura en su verdadera inteligencia, y de la doctrina de los Santos Padres y doctores antiguos, sino también de los concilios, cánones y constituciones posteriores de nuestra Santa Madre Iglesia.

Duodécimo: guardémonos de comparar los vivos a los bienaventurados, cosa en que se yerra fácilmente como diciendo: "éste sabe más que San Agustín; es otro, o más que San Francisco, es otro San Pablo en bondad y santidad, etc."

3. Décimotercero: para acertar en todo debo creer que lo blanco que veo es negro, si así me lo dice la Santa Iglesia; no dudando que el espíritu con que nos rige y gobierna es el mismo que el de su esposo Jesucristo.

Décimocuarto: aunque es cierto que sin ser predestinado, y tener fe y gracia, nadie se puede salvar, mucha advertencia pide el hablar de esto, y saberlo explicar acertadamente.

Décimoquinto: así, pues, no conviene tener costumbre de discurrir mucho de la predestinación; pero si alguna vez se hace, sea de manera que el vulgo no incurra en error.

Décimosexto: ni se hable tanto, sin distinguir y declarar, de la excelencia y don de la fe, que se de ocasión a que algunas personas se entibien y decaigan en el bien obrar antes o después de tener la fe formada por la caridad, que quiere decir, antes o después de estar en gracia de Dios.

Décimoséptimo: ni tampoco de la gracia se discurra en términos que se engendre veneno contra nuestra libertad. Encarézcase enhorabuena la fe y la gracia, cuando uno alcance con el auxilio divino; pero sea de forma que no perjudique o se tengan por nada las obras y el libre albedrío, mayormente en estos tiempos tan peligrosos.

Décimooctavo: en fin, aunque el servir mucho a Dios por puro amor se ha de estimar sobre todo, debemos también exhortar y recomendar no poco el temor de su Divina Majestad, siendo cierto que no sólo el temor filial es cosa pía y santísima, sino que el servil, cuando el hombre no alcance cosa más útil o mejor, ayuda mucho a salir del pecado mortal; y una vez salido, fácilmente llega al amor filial, que es del todo acepto y grato a Dios, por estar en uno con el amor divino.

(San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 19)

¡Ay Señor mío!

Permitidme que os diga con las hermanas de Lázaro: "Ved que está enfermo el que amáis". Señor, yo soy aquel miserable que amáis; tengo mi alma llena de llagas, que en ella abrieron mis enormes delitos, y vengo a Vos, médico divino, a que me sanéis, ya que si queréis, podéis sanarme. Sanad, pues, mi alma, porque he pecado contra Vos.

Atraedme, dulcísimo Jesús, con los encantos de vuestro amor, pues estimo en más vivir unido con vuestro Corazón, que ser árbitro y señor de toda la tierra, ni otra cosa deseo en este mundo sino amaros. Poco o nada tengo para daros. Mas si poseyese todos los reinos del mundo, solamente los quisiera para renunciar a ellos por vuestro amor.

Os entrego cuanto soy y valgo, cuanto tengo y poseo, parientes, comodidades, gustos y hasta los mismos consuelos espirituales, poniendo a vuestra disposición mi libertad, mi voluntad y todos mis afectos.

Os amo, Bondad infinita, os amo más que a mí mismo, y espero amaros eternamente.

Amén. (San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 323.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!