EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 18

MEDITACIÓN

Sobre la ida del Señor al templo.

1. Caminan hacia Jerusalén Jesús, María y José con espíritu religiosísimo, y exteriormente con singular modestia y compostura. José va deseoso de cumplir el precepto divino, la Reina de los Ángeles de ofrecer de nuevo por nuestra salud a su Santísimo Hijo, y Jesús de dar entero cumplimiento a la voluntad de su Eterno Padre.

Entran en el templo, y postrándose con suma reverencia delante de la Divina Majestad, le presenta cada uno sus ofrendas y dones de lo más íntimo del corazón. Mira especialmente en el de Jesucristo la obediencia rendida y el amor abrasado con que se ofrece al Padre como víctima de propiciación por tus pecados, por reconciliarte con él, por la salvación de tu alma, para enseñarte, estimularte y atraerte a sí con dulces vínculos de caridad.

Y tú, ¿a quién has de dar el corazón? ¿De quién ha sido hasta aquí? ¿De quién ha de ser en adelante? ¡Oh Jesús mío, y qué tarde conozco vuestro ardentísimo amor para conmigo! Dichosos los Santos que habiéndolo conocido con tiempo, tuvieron la suerte de consagrarse a Vos en la flor de su edad! ¡Infeliz de mí, que he malogrado tantos años en servir al mundo y a mis pasiones! Perdonadme, Salvador de mi alma, y ya que me veis desengañado, dignaos aceptar a lo menos esto poco que me resta de vida, y seré vuestro hasta la última hora, para serlo después eternamente.

2. Considera cuál sería el dolor de María Santísima y de San José, cuando advirtieron que habían perdido a Jesús, aunque sin culpa, y la inquietud y desconsuelo con que le buscaban y preguntaban por él en todas partes. Bien conocía el Niño divino cuál había de ser especialmente la agonía de su Madre amantísima; mas a pesar del ternísimo cariño con que la amaba, y de la repugnancia natural que sin duda sintió en separarse de su lado, la deja de repente sin decirle siquiera una palabra, porque así era la voluntad del Eterno Padre, porque entonces convino mostrar en presencia de los doctores un rayo de su divinidad, y muy particularmente porque ya desde aquella edad quiso enseñarnos con su ejemplo lo que de palabra dijo después: "el que ama a su padre o madre más que a mí, no es digno de mí."

Y en efecto, si cuando un rey llama a cualquiera a su corte y servicio, éste se tiene por muy favorecido y corre allá gustoso dejándolo todo, ¿por qué llamando Dios a servirle y prestarle obsequio no se le ha de obedecer gustosísimamente siendo gracia mucho mayor y de más honra y felicidad? ¿Por qué tardamos en reformar nuestra conducta, y vivir con toda la rectitud y perfección de nuestro estado? ¿Por qué nos hacemos sordos y renuentes a las voces divinas?

3. Oye ahora la sentida queja de la tierna Madre: "Hijo mío, ¿por qué con nosotros lo has hecho así? Con gran dolor te hemos buscado tu padre y yo." Sí, ésta fue una de las mayores penas y angustias de la afligidísima Madre. Acompáñala en el sentimiento, y por él pídele desde luego que permita pierdas nunca pecando la gracia y amistad de su divino Hijo. Oye ahora la respuesta del Salvador: "¿Ignorabais que en lo que pertenece a mi Padre es donde debo estar?" La Virgen Santísima hablaba del padre putativo; pero el Niño dice quién es su Padre verdadero, y claramente nos enseña a todos, como principio fundamental, que nadie debe estar sino donde quiere Dios, donde quiere el Padre.

Tú también habrás quizá sentido en la oración o en otra circunstancia algún toque interior, algún santo deseo, algún estímulo poderoso; habrás visto acaso alguna nueva luz que te hubiera llevado al cielo seguramente colmado de méritos; pero después, imaginando que para tal empresa sería preciso vencer respetos humanos, romper algún lazo, sufrir una separación, amargar el ánimo de algún pariente, te acobardaste, mudaste de pensamiento y te quedaste como antes eras. ¿No te avergüenzas? ¿No merece Dios todo tu corazón? Remedio hay todavía. Repite finalmente con toda resolución las palabras de la verdad eterna: "en lo que es de mi Padre, en donde manda mi Padre debo yo estar", y así quiero vivir y perseverar hasta la muerte.



ORACIÓN (Día 18)

Oración a san Ignacio de Loyola.

Santísimo padre San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús; escogido entre millares para dilatar la gloria de Dios por los cuatro ángulos del mundo; varón eminentísimo en toda clase de virtudes, pero especialmente en la pureza de intención con que siempre anhelabais la mayor gloria de Dios; héroe insigne de penitencia, humildad y prudencia; infatigable, constante, devotísimo, prodigiosísimo; de caridad excelentísima para con Dios, de vivísima fe y de esperanza robustísima.

Gózeme, amado padre mío, de veros enriquecido con tantas y tan eminentes prerogativas, y os suplico alcanceis a todos vuestros hijos aquel espíritu que os animaba, y a mí una intención tan recta, que hasta en las menores cosas busque puramente la gloria divina, a imitación vuestra, y logre por este medio ser de vuestra compañía en la gloria.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 18)

Reglas para el ministerio y distribución de las limosnas.

1. Si he de distribuir a parientes, amigos u otras personas, a quienes me siento aficionado, me servirán de guía las cuatro advertencias hechas en el ejercicio de la elección, a saber, que el mayor o menor amor o inclinación que a ella me mueva, proceda del amor de Dios, y no de otro afecto o estímulo inferior y terreno. Que tome para mí lo que aconsejaría a un desconocido en el modo de guardar el medio justo, para mayor gloria de Dios, y mayor perfección de su alma. Hacer lo que querré haber hecho a la hora de la muerte, y en el tribunal divino.

2. A la que se añaden otras tres: que si al dar se siente aficionada la voluntad a quien quiera que sea, se detenga la mano, y examine bien la persona su afición a la luz de dichas cuatro reglas, y no de la limosna hasta que sienta el ánimo despojado, y desnudo de su afición torcida o menos recta, dado que no hay culpa en conservar uno de sus bienes para emplearlos y distribuirlos debidamente, cuando Dios le llame por esta vía; con todo, si hay algo que por defecto o exceso se haya de reformar en cuanto a la porción o parte que debe dar o aplicarse a uno mismo, le ayudarán las sobre dichas reglas.

3. Por esta y otras muchas razones, cuanto más uno cercene de los gastos de su casa y estado, y más se conforme a Jesucristo Nuestro Señor, Pontífice sumo, y regla y dechado de toda virtud y perfección, será cosa mejor y más segura.

Conforme a lo cual, el tercer Concilio de Cartago, al que asistió San Agustín, manda que el ajuar del obispo sea vil y pobre. Cuya moderación también tiene lugar en los demás estados, más o menos, proporcionalmente; como en el del matrimonio tenemos ejemplo de San Joaquín y Santa Ana, que hacían tres partes de los frutos de hacienda, dando al templo una, a los pobres otra, y aplicando la tercera al sustento de su casa y familia.

(San Ignacio de Loyola, S.J.)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 18)

¡Ay, Jesús mío!

Arda yo en vuestro amor, y no piense, ni suspire, ni busque bien ninguno fuera de Vos. Dichoso fuera si me dejase abrasar todo de este sagrado fuego, y mil veces dichoso si al mismo paso que se van consumiendo mis años, se fuesen destruyendo mis todos los afectos terrenos.

¡Oh Jesús mío! Pues os veo sacrificado y anonadado por mi amor en ese altar, razón es que así como Vos os sacrificáis haciéndoos víctima de amor por mí, yo todo me consagre a Vos. Sí, mi Dios y supremo Señor, hoy os consagro toda mi alma y voluntad, mi vida y todo cuanto soy y puedo.

¡Padre Eterno! Deseo unir este mi pobre sacrificio con el infinito valor con que se ofreció a Vos vuestro Hijo y mi Salvador en el ara de la cruz, y os renueva tantas veces todos los días en los altares. Aceptadlo, Señor, por sus infinitos merecimientos, y dadme gracia de repetir esta oferta todos los días de mi vida, y de morir dedicado a vuestro amor y obsequio. Deseo la gracia concedida a los mártires de morir por vuestro amor; mas si no soy digno de tan señalada merced, por lo menos concededme que os dedique con entera voluntad mi propia vida, abrazando con perfecta resignación la muerte que me quiera enviar vuestra divina providencia.

Señor, habéis de hacerme esta gracia, y es morir con la voluntad de honraros y daros gusto; y desde ahora pongo en vuestras manos mi vida y muerte cualquiera que sea.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 315.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!