EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 16

MEDITACIÓN

Sobre el amor y la voluntad que Dios nos tiene.

1. Este título de amor aún es mayor que el de padre y hermano y otros que hemos dicho, aunque entren los de buenas obras y beneficios; porque más se estima una buena voluntad, que cuantos servicios se hacen y beneficios se reciben. Ante los dones no se estiman tanto por lo que son, cuanto porque son prendas de la voluntad; y un jarro de agua que se le dio con voluntad, más estimó un rey de Persia, que grandes tesoros con menos afición. Y la viejecilla del Evangelio más hizo en dar su cornadillo, y más lo estimó Dios, que otras dádivas de gran precio de los ricos; porque no hay cosa más de estimar que el amor y voluntad y ser querido.

Miremos ahora cómo debemos estimar ser queridos de Dios, y la buena voluntad que nos tiene, y la afición y deseo con que nos llena de beneficios, en los cuales, fuera de su grandeza y multitud, es inestimable la voluntad con que los hace y deseo que tiene de hacerlos mayores. Tal es su amor y afición, que aunque fuera tan pobre que no nos hubiera hecho bien, por sólo su voluntad con que desea nuestro bien, debiera ser querido con todas las ansias de nuestros corazones.

2. Miremos con qué constancia y firmeza nos ha querido y amado, y cuán probada tenemos su buena voluntad con mil experiencias; no era necesario más que ver nuestro desagradecimiento y olvido, y que con todo eso persevera en amarnos. ¿Qué merecerá, pues fuera del olvido y poco reconocimiento que tenemos a su infinita caridad, le hacemos mil ofensas? Y él constantemente no deja, con todo eso, de querernos bien, perseverando en amarnos como si le hubiéramos obligado con grandes servicios y finezas; y aun después de haber llegado a poner manos en su sacratísimo cuerpo, azotándole, crucificándole y abandonándole, no por eso dejó de querernos bien, ni su buena voluntad y deseo de nuestro bien se enfrió ni disminuyó en nada.

Esta forma de amor, esta ley, esta fineza, claro está que merece grande amor. Demos que nos hubiera hecho Dios grandes agravios; si después se trocara y nos tuviera semejante voluntad y afición como tiene ahora, le habíamos de perdonar todos, y no estimar ni amar cosa ninguna más que a tal amador. ¿Pues por qué merece ahora menos, pues no nos ha hecho agravio, sino beneficios inmensos, y desde una eternidad nos tuvo la misma afición y amor, sin trocarse jamás?

¡Oh infinito amor! ¡Oh caridad inmensa! No he menester vuestros beneficios para amaros; bastaba que no me quisierais mal, que me sufrierais con paciencia. ¿Qué os deberé ahora, pues me queréis tan bien, pues me amáis tanto, pues no solo con palabra y afecto (como dicen otros amantes que se mueren de amor), pero con afecto, moristeis por mí?

3. Estimemos ya los beneficios de Dios, no sólo por su grandeza y multitud, sino por la voluntad de donde nacen, que aunque no nos hubiera dado sino una gota de agua, con tal voluntad da todo lo que da, que se debía estimar infinito. Estimemos todas las cosas que nos envía, por adversas que sean, pues para nuestro bien son. Y si los hombres sufren yerros y daños grandes de otros, cuando ven que no nacen de mala voluntad, ¿por qué no hemos de sufrir las adversidades que Dios nos envía, pues proceden de la mejor voluntad que hay, y más deseosa de nuestro bien, mucho más que nosotros lo estamos? Y no yerra, sino que con sumo consejo y sabiduría las envía para nuestro provecho y dicha eterna.

(Padre Juan Eusebio Nieremberg, S.J.)



ORACIÓN (Día 16)

Oración a la Virgen del Carmen.

Soberana Emperatriz de cielos y tierra, Virgen Purísima y Madre de mi Redentor Jesucristo, que en el monte Carmelo fuísteis misteriosamente mostrada al mundo para consuelo de los miserables hijos de Adán, os suplico, Madre ambilísima, que extendais sobre mi alma la sombra prodigiosa de vuestra protección. Bien sabeis, Señora, cuánta es mi necesidad. Combatido de poderosos enemigos, recurro a Vos como a soberana valedora, a quien el Cielo constituyó amparo de afligidos y refugio de tristes desconsolados. Todos los cristianos nos confesamos deudores a vuestra piadosa protección.

Yo os imploro, María madre amante, or ruego y suplico que os digneis aceptar el obsequio, por demás pequeño, que mi corazón os ofrece, compadeceos en particular de las necesidades de mi alma, acudid a socorrerla, consoladla en sus aflicciones, fortalecedla en sus peligros, sostenedla en sus propósitos, y alcanzadme la gracia que necesito para servir a vuestro Hijo, y para no desmentir del carácter de esclavo y devoto vuestro.

Si fuere de vuestro agrado el que yo pida a mi Dios por vuestra intersección lo que mi corazón desea, dirigid mis súplicas, como Vos sabeis que deben ser hechas, para que lleguen eficaces al Trono del Padre de las misericordias, y consiga los auxilios de la divina gracia, con que pueda vivir y morir en el amor y servicio de mi Dios, para bendecirlo, amarlo y gozarlo en vuestra amabilísima compañía por los siglos de los siglos.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 16)

De la prueba del verdadero amante.

Jesucristo:

1. Hijo: todavía no eres fuerte e inteligente en el amor.

Discípulo:

¿Por qué, Señor?

Jesucristo:

Porque por una pequeña contradicción abandonas lo que empezaste y con gran avidez buscas la consolación. Quien ama con fortaleza se mantiene estable frente a las tentaciones y no acepta las astutas insinuaciones del enemigo. Así como Yo le agrado en la prosperidad, no le desagrado en la adversidad.

2. Quien ama inteligentemente no considera tanto el don del amante como su amor. Presta mayor atención al afecto que al obsequio y considera todo regalo como inferior a quien lo da. Por esto no está todo perdido si algunas veces sientes menos aprecio del que quisieras por Mí o por mis santos. El afecto que de vez en cuando percibes en ti es bueno y agradable porque es consecuencia de la presencia de la gracia y algo así como saborear por adelantado la patria del Cielo; sobre esta sensación no debe uno apoyarse mucho porque va o viene. Pero pelear contra los malos estímulos y despreciar las sugerencias del diablo es señal de virtud y gran mérito.

3. No te vayan a perturbar las extrañas imaginaciones de diversos asuntos que se te ocurren; mantente firme en tu propósito y en la intención recta hacia Dios. No es ilusión cuando alguna vez te sientes elevado y de inmediato retornas a las acostumbradas ineptitudes de corazón, porque más las sufres contra tu voluntad que las causas y siempre que te desagradan y las rechazas es mérito y no perdición. Puedes estar convencido que el enemigo antiguo, por todos los medios, trata de impedir tu deseo del Bien y apartarte de todo ejercicio espiritual como la veneración de los santos, la piadosa evocación de mi Pasión, el recuerdo conveniente de los pecados, el cuidado de los propios afectos y el firme propósito de progresar en la virtud.

4. El demonio sugiere muchos malos pensamientos para causarte desgano y temor a fin de que abandones la oración y la lectura sagrada. Le molesta la confesión humilde y, si pudiera, haría que dejes de comulgar. No le creas ni le prestes atención aunque muchas veces prepare trampas para hacerte caer. Cuando te traiga pensamientos malos y sucios atribúyeselos a él, y dile: "Fuera, inmundo; avergüénzate miserable eres muy sucio porque me traes esas cosas a la imaginación. Retírate de mí, seductor malísimo, no tienes nada que ver conmigo, porque Jesús estará junto a mí como fuerte guerrero y tú quedarás perplejo. Prefiero morir y soportar todos los sufrimientos que consentir contigo. Calla, enmudece, no te oiré ya por más que me molestes. El Señor es mi luz y mi salvación ¿a quién temeré? Aunque se enfrenten ejércitos contra mí no temerá mi corazón (Sal 27,3). El Señor es mi ayuda y mi Redentor".

5. Pelea como un buen soldado y si llegas a caer por debilidad, procura con más fuerza que antes confiar más ampliamente en mi gracia y cuídate mucho de complacerte vanamente y de ser arrogante. Por esto muchos cometen errores y vienen a caer en una ceguera casi incurable. La ruina de estos altaneros que presumen de sí tontamente te debe servir para ser cauteloso y siempre humilde.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Tercero, Capítulo 6)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 16)

¡Ah, Señor y Dios mío!

Vos dijisteis que quien os ame será amado de Vos, y que vendréis a habitar en él; pues yo os amo más que a todas las cosas. Amadme Vos, Señor, porque estimo más ser amado de Vos que de todos los potentados de la tierra. Venid, Señor, y poned vuestra morada en la pobre casa de mi alma, de forma que nunca os separéis de mí, o por mejor decir, que yo nunca me separe de Vos.

No os ausentéis Vos de vuestra criatura, si ella no os echa de sí pecando; y como yo tantas veces os he arrojado fuera de mi alma en el tiempo pasado, temo que me vuelva a suceder tan gran desdicha en lo venidero. No permitáis que acaezca en el mundo esta enorme maldad y horrenda ingratitud, que después de haber recibido tantos favores y misericordias de vuestra bondad, llegue a echaros otra vez fuera de mi alma. Mas ¡ay que puede suceder! Por eso, Señor mío, prefiero antes la muerte, si es de vuestro agrado, para que muriendo unido con Vos, con Vos unido viva eternamente.

Sí, Jesús mío, así lo espero, y abrazado con Vos me quiero unir a vuestro santísimo Corazón. Ameos yo siempre, y amadme siempre Vos.

¡Amabilísimo Redentor mío! Siempre os amaré, siempre me amaréis esperando que nos amaremos por toda la eternidad.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 296.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!