EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 14

MEDITACIÓN

Sobre que Dios nos es todos los bienes, es nuestro, nuestra herencia y patrimonio, y nuestro Señor.

1. Si todo esto no basta para conocer las infinitas obligaciones que tienes de amar a tu Criador, y si no te necesita a amarle ser tu carne y cuerpo el Hijo de Dios, ámale por ser todo bien, y serte todas las cosas y todos los bienes. Porque aunque ha habido hombres que hayan aborrecido a sus padres, y hermanos, y mujeres, y a los que eran sus amigos, y a su cuerpo mismo, y a su vida, tanto que se hayan privado de ella, con todo eso no ha habido ningún desesperado, ni le podrá haber, que haya aborrecido todo bien.

Antes por deseo de algún bien o comodidad que aprende en huir de algún mal, ejecuta por alcanzarla los medios tan arduos, como es privarse de la vida; y así, ni hay persona ni estado en que no deba uno más amar a Dios que a sí mismo y que otro cualquier bien, porque todo bien que es imaginable, está en Dios con infinito exceso, y el mismo deseo nuestro de amar o querer otra cosa, sin comparación alguna; porque la misma codicia de un avariento con que desea una pieza de plata, le hace querer más una de oro, y dejar la de plata por la de oro, porque en la de oro está todo el valor de la de plata, y fuera de eso mucho mayor precio.

Pues si todo bien está en Dios con infinito exceso, claro está que se debe amar y escoger antes que otro bien menor; y todo es infinitamente menor que Él. ¡Oh codicia y apetito humano! ¿Qué deseas sino a Dios? Y si deseas otra cosa, por el mismo caso le debes desear más. Los gustos, las riquezas, las honras, la vida, todo está en Dios; y cualquier otro bien, sombra es del que es bien infinito. Siempre deberíamos andar con ansias de este bien, que es todos los bienes, y a cualquier deseo de nuestra voluntad, cebarle y llenarle con tan gran bien, que solamente la puede contentar y satisfacer. ¿Qué andas mendigando bienes rateros del mundo? Ea, que en una pieza los puedes tener juntos; en tu Dios se encierran todos, a Él solo desea, a Él solo codicia, por Él solo suspira, en Él solo piensa. Bástete a ti Dios, pues se basta a sí mismo.

2. Avivárase la consideración de este título de amor tan interesado, con entender que no sólo es Dios todo bien, así como quiera, sino muy seguro y fácil, porque muchos bienes hay que no sirven sino para atormentar a los que los desean, o por la dificultad, o por la imposibilidad que hay de su posesión. Mas Dios es un bien de bienes, que es nuestro, y en parte ya gozamos, y que en la otra vida hemos de poseer y gozar totalmente.

Es un bien tan nuestro, que no hay en el mundo cosa que sea más nuestra, ni aun nosotros mismos. Y no es exageración lo que dice San Bernardo: "Verdaderamente, ningún hombre que es esclavo de otro es tan propio suyo como el Verbo Eterno, y la imagen del Padre se dio, concedió y entregó a todos los hombres y a cada uno de por sí." ¡Cuánta dicha es ésta! ¡Cuán dulce memoria, que un bien tan sumo sea tan propio! Acabemos, pues, de amarle, siquiera por ser cosa nuestra, y posesión, y hacienda propia, que ni aun este título de propiedad falta para quererle con mil voluntades.

Y si los hombres aman su hacienda, sus patrimonios, sus posesiones, y todas las cosas que son suyas; pues si Dios es más nuestro que ninguna cosa, ¿por qué no le amamos? ¿Por qué no amamos a esta posesión y hacienda tan rica que tenemos? ¡Oh prodigalidad humana, que tan gran herencia desperdiciamos, no haciendo caso de tan rico patrimonio! ¡O cuán desatinado fui, pues en una mano perdí más que valen millones de mundos! ¡Oh Dios infinito! Yo soy el pródigo, que te perdí a ti, que perdí todos mis bienes con perderte a ti. Conozco mi locura, a tus brazos quiero tornar y arrodillarme a tus pies, para que hallándote a ti me enriquezca, y posea en ti todo bien, pues tú solo eres mío, y me eres todos mis bienes.

Miremos cómo los codiciosos aman su hacienda, que aun por no menoscabarla se dejan morir de hambre. Siquiera cuidemos tanto de nuestra hacienda y posesión eterna como los avarientos por la temporal, que con dolor han de dejar.

3. Y si no basta ser Dios nuestro para amarle, consideremos que nosotros somos suyos, que éste es otro título de amor. El vasallo ama a su rey, el siervo a su amo; hasta un perro conoce a su señor. Vasallos somos de Dios, esclavos somos de muy buen Señor, que nos trata amorosamente y como a hijos; amemos a tan buen dueño y tan buen monarca y legítimo señor, y cáigasenos la cara de vergüenza por haberle sido más traidores y descomedidos de lo que fueron Absalón y y Semeí con David.

¡Oh Dios mío, si acabara yo de entender que sois mi dueño y que soy yo vuestro esclavo por todo derecho y por mil títulos! Vos me comprasteis con vuestra sangre, Vos me criasteis, y no hay arbolito que plante un labrador que no quiera que sea suyo. Sin esto, vuestro ser excelentísimo merece el dominio de todas las cosas, aunque no las hubierais hecho. Porque si el hombre, por la excelencia de su naturaleza, es naturalmente señor de los animales, y el varón de la mujer, ¿cuánto más merece vuestro infinito ser?

Vos también me cautivasteis con vuestros beneficios, con vuestro amor, con vuestra hermosura. Vos sois todo mi bien, y habéis de ser mi bienaventuranza, que deseo con todas las ansias de mi corazón, y no hay quien no sea esclavo de lo que codicia. Vuestro soy también, porque para Vos solo nací, y todas las cosas son de su fin, y vuestro soy y tengo que ser, porque quiero y me he entregado a Vos por esclavo, y tengo jurado serviros como a mi legítimo Rey y Señor, como a mi libertador, mi bienhechor, mi padre, mi esposo, mi amigo.

(Padre Juan Eusebio Nieremberg, S.J.)



ORACIÓN (Día 14)

Oración a San José.

Acordaos, oh castísimo esposo de la Virgen María, y amable protector mío San José, que jamás se ha oido decir que ninguno que haya invocado vuestra protección, e implorado vuestro auxilio, no haya sido consolado. Lleno, pues, de confianza de vuestro poder, vengo a vuestra presencia y me encomiendo a vos con todo fervor.

¡Ah! No desecheis mis súplicas, oh padre putativo del Redentor, antes bien, acogedlas propicio y dignaos acceder a ellas piadosamente.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 14)

En qué consiste la paz firme del corazón y el verdadero aprovechamiento.

Jesucristo:

1. Hijo, yo he dicho: "Mi paz os dejo, mi paz os doy; y os la doy no como la da el mundo" (Jn 14,27). Todos desean la paz pero no todos se preocupan de lo que concierne a la verdadera paz. Mi paz está con los humildes y sosegados de corazón. Tú paz estará en la mucha paciencia. Si me escuchas y sigues mi voz, podrás disfrutar de mucha paz.

Discípulo:

2. ¿Qué haré pues?

Jesucristo:

Atiende en todo a ti mismo, qué haces, qué dices y dirige toda tu intención a mi exclusivo beneplácito, y nada desees o busques fuera de Mí, no juzgues temerariamente los dichos o hechos ajenos ni te impliques en asuntos que no te hayan encomendado, con esto podrá ser poco o rara vez te desconciertes.

Porque jamás sentir alguna confusión, o no sufrir molestia interna o externamente corresponde al estado de eterna quietud, no a esta vida. No vayas a considerar que encontraste la verdadera paz si no sientes alguna pesadumbre ni que todo está bien cuando tus adversarios no te causan molestias ni que todo es perfecto si todo se realiza conforme con tu voluntad. Ni te creas más grande que otro o estimes que eres especialmente elegido si sientes una gran devoción o dulzura, porque en estas cosas no se reconoce al verdadero amante del bien ni consiste en ellas el provecho y la perfección de las personas.

Discípulo:

3. ¿Entonces en qué, Señor?

Jesucristo:

En ofrecerte de todo corazón a la voluntad de Dios, no buscando tu interés, ni poco ni mucho, ni en el tiempo ni en la eternidad, de manera que con la misma actitud permanezcas agradecido en lo próspero y en lo adverso pesándolo todo con la misma balanza.

Si fueras tan firme y constante en la esperanza que incluso al quitársete la consolación interior, prepares tu corazón a soportar más todavía y no te justifiques como si no debieras padecer tanto, sino que consideres mi acierto y me alabes por Santo en todo lo que disponga entonces caminarás por la auténtica y recta vía de la paz y podrás tener esperanza cierta de ver con alegría nuevamente mi rostro. Si llegas al total rechazo de tu egoísmo sabrás entonces que gozarás de paz abundante según las posibilidades de tu destierro.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Tercero, Capítulo 25)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 14)

¡Oh amabilísimo Unigénito del Padre Eterno!

Conozco que sois dignísimo de ser amado, y deseo amaros cuanto merecéis, o a lo menor cuanto puede amaros un alma, y aunque no puedo negar que he sido ingrato a vuestro amor, y que no merezco amaros, ni estar cerca de Vos, como estoy ahora en esta iglesia, también se que Vos mismo me pedís que os ame, y oigo que me decís: "Hijo mío, deme tu corazón. Amarás a tu Dios y Señor de todo corazón."

Si me habéis conservado hasta ahora la vida sin precipitarme en el infierno como por culpas tenía merecido, ha sido para que vuelva en mí, y me convierta del todo a Vos. Pues, Señor, ya que de mí queréis ser amado, aquí me tenéis, Dios mío, entregado y rendido a Vos que sois todo bondad y todo amor.

Os elijo por el único dueño y señor de mi corazón, y pues me lo pedís, os lo quiero dar. Frío y endurecido está, mas si os dignáis a aceptarlo, Vos lo mudaréis. Mudadme, Dios mío, mudadme. No quiero vivir ingrato por más tiempo ni en adelante amar tan poco como hasta ahora a quien es bondad infinita, a quien tanto me ama y merece amor infinito.

Ordenad que de hoy en adelante os ame con tal ardor que supla de algún modo la ingratitud y tibieza de la vida pasada.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 279.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!