EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 8

MEDITACIÓN

Sobre la encarnación del Hijo de Dios.

1. Consideraré cómo sabiendo el Eterno Padre varios modos de ejecutar su decreto de que su Hijo se hiciese hombre, o dándole un cuerpo glorioso, como de hecho le tiene en el cielo, o inmortal e impasible, como en el estado de la inocencia, o criando un cuerpo entero y perfecto de barro, como crió el de Adán, nada de esto escogió, sino que se hiciese hombre, naciendo de una mujer con carne pasible y mortal, sujeto a las miserias de los demás hombres, al hambre, al frío, al calor, al cansancio, al dolor y a la misma muerte.

Aquí tengo que ponderar, que pues el Eterno Padre quiso que su Hijo hecho hombre estuviese sujeto a las miserias de hombre, no obstante el derecho que como Hijo de Dios tenía a carecer de días y tener gozos y descansos eternos, debo corresponder y agradecer tanta merced, procurando de veras otro tanto para imitar mejor a su precioso Hijo.

2. Consideraré cómo quiso el Eterno Padre que su Hijo, en cuanto al alma, estuviese todo lleno de gracias y virtudes, viendo claramente desde el primer instante la Divina Esencia, y en ella las criaturas del mundo con todas las obras que habían de hacer. En particular puso los ojos aquella alma benditísima en tres cosas:

Primero, en la infinita bondad de Dios, e infinitos beneficios que la había comunicado, encendiéndose con esto en un inmenso amor de la divina bondad, deseando ocasiones en que mostrar las finezas de su amor.

Lo segundo, puso los ojos en los infinitos pecados y miserias de los hombres, que ya eran sus hermanos según su naturaleza, doliéndole sumamente las injurias que hacían contra su Eterno Padre, del daño que se hacían a sí mismos. Con esta compasión se encendió en un deseo excesivo de remediarlos.

Lo tercero, puso los ojos en la voluntad del Eterno padre, con que quería que se encargase de este remedio, y al punto que la vió, sin más tardanza ni deliberación, con un amor sin medida se ofreció a remediar a los hombres, por pagar con ésto algo de lo mucho que debía a su Eterno Padre, volviendo por su honra, remediando a sus hijos, y obedeciendo a tan recta y santa voluntad.

De todo lo dicho tengo que sacar afectos y propósitos semejantes para imitar a Cristo, amando aquella infinita bondad, deseando ocasiones en que mostrar mi amor, y ofreciéndome al cumplimiento de su divina voluntad.

3. Consideraré cómo viendo el Eterno Padre la voluntad de su precioso Hijo tan resignada y deseosa de remedio del mundo, en aquel mismo instante reveló a aquella alma santísima todos los medios de que había de usar para ejecutar el cargo de Redentr, viviendo en pobreza, desprecios, dolores y trabajos, hasta morir en la Cruz.

Descubrióle más, todo el discurso de su vida, cómo había de nacer en un portal, ser circuncidado, huir a Egipto, hacer oficio de carpintero, predicar, ayunar, orar; fuera de esto, el discurso de su Pasión desde el Huerto hasta el Sepulcro, sin encubrirle acción ni circunstancia alguna.

Y aquella alma santísima, con la misma voluntad y amor lo aceptó todo, ofreciéndose a cumplirlo, sin que le quedase jota ni tilde por cumplir, pareciéndole aún poco para lo mucho que desaba hacer. En este deseo perseveró hasta que en la Cruz pudo decir: Todo lo que mi padre me ordenó he ejecutado para remedio del hombre. Y fue este deseo tan grande, que la dilación de cumplirle fue una cruz pesadísima, la cual trajo siempre sobre sí.

En todo esto tengo que hacer reflexión para agradecer a Cristo tal voluntad y deseo, procurando imitarle en la ejecución de todo cuento entendiere ser de su gusto.



ORACIÓN (Día 8)

Oración a la Inmaculada Virgen.

¡Oh purísima e inmaculada siempre Virgen María! a Vos, altísima Princesa de los cielos y tierra, a Vos, Madre piadosísima y tesorera de todas las gracias, a Vos, templo y sagrario de la Santísima Trinidad, yo indignísimo devoto vuestro os encomiendo hoy y por todos los días de mi vida, mi alma y cuerpo, mi memoria, entendimiento y voluntad, mis apetitos y sentidos, para que me alcanceis, según la voluntad de mi Señor, vuestro Santísimo Hijo, una grande fe, una ardiente esperanza y una fervorosa caridad; un vivo celo de la mayor gloria de Dios y de la salvación de las almas.

Y al mismo tiempo profunda humildad, firme paciencia, pronta obediencia, constante castidad, fuerte magnanimidad; y, en fin, todas las virtudes, para que adornado con ellas, crezca y persevere constantemente en el santo servicio y amor del mismo vuestro preciosísimo Hijo, de manera que, acabada finalmente mi vida, tenga el consuelo de verle y alabarle junto con Vos en la gloria por todos los siglos de los siglos.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 8)

De la familiar amistad de Jesús.

1. Cuando está Jesús todo es bueno, y nada se nos hace trabajoso; pero si no está, todo se hace pesado. Si Jesús no nos habla al corazón, poco es el consuelo; mas si una sola palabra nos dice, gran consuelo sentimos. ¿No se levantó al punto María Magdalena de donde estaba sentada llorando, al decirle Marta: "Ya llegó el Maestro, y te llama"? (Jn. 11,28).

¡Dichosa la hora en que Jesús llama de las lágrimas a la alegría del corazón! ¡Qué árido y duro está tu corazón cuando Jesús no está contigo! ¡Qué insensato y frívolo eres cuando deseas algo fuera de Jesús! ¿No pierdes en ella más que si todo el mundo perdieras?

2. Sin Jesús, ¿que podrá darte el mundo? Vivir sin Jesús es vivir en horrible infierno; vivir con Jesús, vivir en un paraíso de delicias.

Si Jesús está contigo, no podrá dañarte ningún enemigo. Quien a Jesús encuentra, rico tesoro encuentra; más aún: el bien sobre todos los bienes. Mas quien a Jesús pierde, terrible pérdida sufre; pierde más que si todo el mundo perdiera. Quien vive con Jesús es riquísimo; quien vive sin Él, pobrísimo.

3. Saber vivir con Jesús es gran ciencia; saber conservarlo, gran sabiduría. Sé humilde y pacífico, y Jesús estará contigo. Sé piadoso y sosegado, y Jesús se quedará contigo.

Pronto puedes hacer que Jesús se retire, y perder su amistad, si derramas al exterior tu espíritu. Y si hicieras que te abandonase, y lo perdieras, ¿en quién te refugiarías? ¿Qué otro amigo buscarías? Sin un amigo no puedes vivir feliz. Y si Jesús no fuere tu más querido amigo, vivirás muy triste y sin consuelo.

Procedes como un mentecato cuando en otro confías, o con otro te alegras. Es mejor tener a todo el mundo por enemigo, que a Jesús ofendido. Entre todos los que amas, sólo a Jesús ten amor especial.

4. A todos se debe amar por Jesús; a Jesús, por sí mismo. Sólo a Jesús se debe amar especialmente, pues de todos los amigos es el único bueno y fiel. En Él y por Él ama a todos, amigos y enemigos, y por todos pide, para que le conozcan y amen.

Nunca quieras que te amen o elogien particularmente: ésa es prerrogativa de Dios; no hay nadie como Él. No pretendas que nadie ocupe su corazón con tu amor, ni ocupes el tuyo con el amor de nadie. Sea Jesús el dueño de tu corazón y de los corazones de todos los buenos.

5. Vive en tu interior con pureza y libertad sin que criatura alguna te embarace.

Si quieres probar la infinita dulzura del Señor, necesitas despegar tu corazón de las criaturas, y tenerlo puro y elevado hacia Dios.

Ten por seguro que si la gracia de Dios no te mueve y atrae, nunca llegarás al punto de dar de mano a todo lo creado y unirte a Dios solo con toda tu alma.

Cuando la gracia de Dios visita al hombre, se siente con fuerzas para todo. Mas cuando se le retira, se siente débil y miserable, como si sólo para sufrir aflicciones se le dejase la vida. No debe entonces desmayar ni perder la esperanza, sino someterse tranquilo a la voluntad de Dios, y sufrir por la gloria de Cristo cuento le viniere, porque al invierno sigue el verano; a la noche, el día, y gran calma a la tempestad.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Segundo, Capítulo 8)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 8)

Aquí me tenéis, Dios mío y Salvador mío, delante de este altar, donde habitáis de día y de noche por mi amor.

Vos sois la fuente de todo bien, Vos el médico de todos los males, Vos el tesoro de los pobres. Pues aquí tenéis ahora a vuestros pies un pecador, de entre todos el más pobre y el más enfermo, que os pide misericordia. Tened, Señor, compasión de mí.

Grande es mi indignidad y miseria, mas no pierdo el ánimo viendo que en ese Sacramento bajáis todos los días del cielo a la tierra por mi bien. Os adoro, os alabo y os amo; y si queréis que os pida alguna limosna, os pido ésta: que me oigáis, Señor, pues deseo no ofenderos más, y que me deis luz y gracia para amaros con todas mis fuerzas.

Señor, os amo con toda mi alma, os amo con todos los afectos de mi corazón. Haced Vos que lo diga de corazón, y que lo diga siempre en esta vida y por toda la eternidad.

Virgen Santísima, Santos mis abogados, Ángeles y bienaventurados, ayudadme todos a amar a mi amabilísimo Jesús.

Amén.

(San Alfonso María de Ligorio, Arzobispo)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 222.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!