EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 7

MEDITACIÓN

Sobre el reino de Cristo.

1. Consideraré a Cristo Señor nuestro constituido del Eterno Padre por Rey de todos los hombres; pero muy diferente en lo temporal de los demás reyes que aquí, porque vivió siempre en pobreza, desprecio, trabajo y dolor; mas en lo espiritual lleno de inefables riquezas, de poder, caridad, sabiduría, liberalidad, con odos los demás dones y cualidades de un rey perfectísimo.

Me gozaré de tener tal rey, agradeciéndole a quien me lo dió, y procuraré con todas veras privar con su Majestad.

2. Consideraré el razonamiento que hace a sus vasallos. Mi vluntad no es otra que hacer la guerra a mis enemigos, demonio, mundo y carne, destruir los pecados, ganar las almas, y así entrar triunfando en el reino de mi Eterno Padre.

Quien quisiere seguirme en esta empresa,viva como yo, trabaje como yo, imíteme en lo que hiciere, que conforme a su trabajo recibirá el premio. Aquí tengo que ponderar cuán justa y convenible es esta propuesta, que viva un vasallo como su rey, y trabaje como él; y esto para ser premiado.

Consideraré aquí cómo vivió Cristo Señor nuestro en esta vida, y hallaré que toda la gastó en pobreza, cruz, obediencia, oración, vigilias y ayunos, con perseverancia hasta la muerte.

Sacaré, pues, vivos propósitos de imitar a este Señor, para acompañarle en la empresa a que me convida, y conseguir el premio que me ofrece.

3. Consideraré tres géneros de vasallos. Unos no hacen caso de este llamamiento; ponderaré su sinrazón, y el castigo tan merecido por no seguir un Rey tan poderoso, tan liberal y tan bienhechor suyo.

Otros hay que se ofrecen a seguirle, pero quedándose con su honra, con su hacienda y con regalo, porque se contentan con imitarle en lo forzoso para salvarse; ponderaré que aunque éstos hagan bien, corren su peligro, y será corto su premio.

Otros, finalmente, se ofrecen a seguirle con perfección en todo, viviendo en humildad, y renunciando a riquezas, deleites y a su propia voluntad, abrazándose con los desprecios y cruz de Cristo. De estos últimos quiero ser yo.

(Padre Luis de la Puente, S.J.)



ORACIÓN (Día 7)

Oración a san Francisco de Gerónimo.

¡Oh amadísimo padre mío San Francisco! Entre los muchos títulos que mereciste, de ángel por tu pureza; de sacerdote santo por tus relevantes virtudes; de apóstol y taumaturgo por tus innumerables conversiones y prodigios, yo me complazgo en darte el dulcísimo nombre de padre.

Sí; padre te dicen a boca llena los enemistados, a quienes con tu prudencia y blandura hermanabas: padre te apellidan los pobres, a quienes con tantos sudores y fatigas proporcionabas el sustento: padre te llaman las vírgenes consagradas a Dios, los justos que aspiran a la perfección, los encarcelados, los enfermos, y aún las mujeres públicas y los pecadores más obstinados; pues para todos tuviste entrañas de verdadero y tiernísimo padre.

Padre te aclaman en el cielo mil y mil bienaventurados; pues a unos redujiste cn tu voz de trueno a reformar las costumbres estragadas, y a otros con tu sabia dirección elevaste a la más eminente santidad.

Padre fuiste de los napolitanos, y de todos cuantos poblaron los lugares circunvecinos, a quienes por espacio de cuarenta años diste el precioso sustento de la divina palabra.

Más que padre, los convidaste mensualmente y preparaste a comer el pan de los ángeles; viendo, con tanto consuelo tuyo, como provecho de las almas, comulgar en los terceros domingos de cada mes hasta quince y veinte mil personas, traidas por tus dulces y eficaces sermones.

¡Ojalá me comunicases tu santo celo, para inflamar con mis palabras y ejemplos a los que conversan conmigo!

¡Ojalá aficionases mi alma al divino manjar y la dispusieses a comulgar digna y frecuentemente!

Hazlo así, oh dulce padre mío; para que, creciendo de virtud en virtud, merezca yo un día ser agregado a la multitud de almas que por este medio condujiste al cielo.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 7)

De la vida interior.

1. "El reino de Dios está dentro de vosotros" (Lc 17,21), dice el Señor.

Conviértete a Dios de todo corazón, abandona este mundo miserable, y tu alma encontrará la paz. Aprende a despreciar las cosas exteriores y a entregarte a las interiores, y verás venir a ti el reino de Dios. El reino de Dios es "paz y alegría en el Espíritu Santo" (Rom 14,17), lo cual no se da a los impíos.

Vendrá Cristo a visitarte y derramar sobre ti sus consuelos, si en tu interior le preparas digna morada. Toda su belleza y ornato son interiores, y en lo interior le gusta estar. A menudo visita al hombre interior, le dice dulces palabras, suavemente le consuela, le infunde profunda paz, le demuestra intimidad maravillosa en extremo.

2. ¡Vamos, alma fiel: prepara el corazón a tu esposo, para que se digne a visitarte y morar contigo! Porque Él dice así: "Quien me ame guardará mis preceptos; a él vendremos y con él moraremos" (Jn 14, 23). Haz, pues, lugar a Cristo, y niega la entrada a todo lo demás.

Cuando tengas a Cristo serás rico; Él te bastará. Él mismo cuidará de ti, y te arreglará fielmente todos tus negocios, de modo que no necesites atenerte a los hombres. Porque los hombres son muy variables y pronto perecen; mas "Cristo dura para siempre" (Jn 12, 34), y nos ayuda eficazmente hasta el fin.

3. No hay que confiar mucho en los hombres frágiles y mortales, aunque sean útiles y amables; ni debemos tampoco entristecernos mucho, si a veces nos contradicen o contrarían. Los que hoy están contigo, mañana pueden estar en contra, y viceversa: son tan variables como el viento.

Pon toda tu confianza en Dios, y sea Él tu temor y tu amor. Él hablará por ti, y hará bien lo que más te convenga.

No eres ciudadano del mundo. Extranjero y viajero serás dondequiera que vivieres; ni encontrarás nunca la paz mientras no te unas a Cristo con toda tu alma.

4. ¿Qué buscas aquí? ¿Por qué miras a todos lados como si fuera éste el lugar de tu residencia? El cielo es donde habrás de vivir: por eso debes mirar todo el mundo como quien va de paso. Todas las cosas van de paso; y tú igualmente con ellas. Guárdate de apegar tu corazón a las cosas pasajeras, para que no te aprisionen y perezcas.

Que tu pensamiento esté fijo en el Altísimo, y tu plegaria se eleve a Cristo sin cesar. Si no sabes meditar en cosas celestiales y sublimes, descansa tu corazón en la pasión de Cristo y detente, con delicia, en la contemplación de sus llagas sagradas. Si te refugias devotamente en las preciosas llagas de Jesús, sentirás gran consuelo en las tribulaciones, no te turbarán mucho los desprecios de los hombres, y sufrirás fácilmente las murmuraciones.

5. También Cristo fue despreciado en este mundo por los hombres y, en la mayor necesidad, sus amigos y conocidos los dejaron solo entre los que lo escarnecían. Cristo quiso padecer y ser despreciado, ¿y tú te atreves a quejarte? Cristo tuvo enemigos y detractores, ¿y tú quieres que todos sean tus amigos y protectores? ¿De qué sufrimientos te premiará Dios, si ninguna adversidad te sucede? ¿Cómo serás amigo de Cristo, si no quieres sufrir adversidades?

Padece por Cristo y con Cristo, si quieres reinar con Cristo.

6. Si por fin entraras bien hasta lo íntimo de Jesús y gustaras un poco de su ardiente amor, no te preocuparías ya de tus ventajas o desventajas, sino que gozarías de sufrir oprobios; porque el amor de Jesús hace al hombre despreciarse a sí mismo.

Quien ama a Jesús y a la verdad, quien es de veras un hombre de vida interior y está libre de apetitos desordenados, puede volar libremente hacia Dios, elevándose sobre sí con el espíritu, descansar en Él y gozar de Él.

7. Quien juzga de todo como en realidad es, no como se dice o se cree, ése es verdaderamente sabio, enseñado de Dios más bien que de los hombres.

El que sabe vivir la vida del espíritu y hacer poco caso de las cosas exteriores no necesita lugares adecuados, ni espera horas determinadas para entregarse a ejercicios piadosos. El hombre de vida interior se recoge pronto, porque su espíritu jamás se derrama todo al exterior. Las obras exteriores no le impiden recogerse, ni las ocupaciones imprevistas tampoco: se acomoda a todo como le viene.

El que tiene bien ordenada y arreglada su vida interior no tiene curiosidad de saber las hazañas de los hombres, ni sus escándalos. En la proporción en que se mezcle el hombre en las cosas exteriores estará impedido para la vida del espíritu y dividido su corazón.

8. Si estuvieras bien en lo del alma y bien purificado de tus vicios, todo te serviría para tu bien y aprovechamiento.

La razón de que tantas cosas te desagraden y suelan perturbarte es que no estás aún bien muerto a ti mismo ni has renunciado enteramente a todo lo terrenal. No hay cosa que tanto manche y embarace el corazón del hombre como el amor impuro a las criaturas. Si renuncias a consuelos exteriores, podrás contemplar las cosas celestiales y sentir a menudo alegría espiritual.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Segundo, Capítulo 1)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 7)

¡Jesús mío!

Ya que estáis en esa custodia oyendo las súplicas de los miserables, oíd ahora los ruegos del pecador más ingrato que vive entre los hombres. Arrepentido vengo a vuestros pies, conociendo el grave mal que hice en disgustaros, y primeramente os pido que me perdonéis todos mis pecados.

¡Quien nunca os hubiera ofendido!

Conociendo también ahora en vuestra presencia vuestra gran bondad, me siento vivamente excitado a amaros y serviros; mas si Vos no me ayudáis, no tengo fuerzas para ejecutarlo. Dad, gran Dios, dad a conocer a toda la corte celestial vuestro sumo poder e infinita misericordia, haciendo de este abominable pecador un fino amante vuestro. Vos lo podéis hacer: hacedlo así, Dios mío, supliendo lo que me falta para que llegue a amaros mucho, o a lo menos tanto cuanto os tengo ofendido.

¡Os amo, Jesús mío! Os amo sobre todas las cosas; os amo más que a mi propia vida, Dios mío, amor mío y todo mi bien.

Amén.

(San Alfonso María de Liborio)

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 214.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!