EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 6

MEDITACIÓN

Sobre la gloria de los bienaventurados.

1. Consideraré la excelencia y hermosura de la ciudad celestial, y nobleza de sus ciudadanos. Si debe ser la corte conforme a la grandeza y majestad del rey, ¿cuál será la corte de Dios, que es el rey de los reyes, y señor de los señores, y más habiéndola fabricado para ostentación de su infinito poder, sabiduría y liberalidad?

De este lugar está desterrado el dolor, la tristeza, la enfermedad, el hambre, la guerra, el pecado y todos los males; porque es la patria de todos los bienes, y el lugar de todas las felicidades.

Aquí habitan los ángeles y santos, los querubines y serafines, los patriarcas, apóstoles, profetas, mártires y todos los amigos de Dios, en gran paz y conformidad, y mayor amistad que si fueran hermanos de un mismo vientre.

¿Quién no apetecerá vivir en esta ciudad, conversar con los apóstoles, tratar con los mártires, hablar con los serafines, conocer a los profetas, ver a María Santísima?

Muchas cosas se han dicho de tí, Ciudad de Dios: ¿cuándo será el día que yo entre en tus tabernáculos para no salir jamás?

2. Consideraré la gloria del cuerpo bienaventurado, y de todos sus sentidos. El cuerpo estará vestido de cuatro dotes de gloria, que son: claridad con que resplandecerá más que el sol; impasibilidad con que estará exento de dolor, enfermedad y muerte; agilidad para moverse con suma ligereza, sin faliga ni cansancio, a todas partes; sutileza con que se penetrará con cualquier cuerpo, como si fuera espíritu, y no necesitará de comida ni bebida.

Sus ojos verán la hermosura del cielo, de Cristo, de María Santísima y de todos los santos; su olfato será recreado de suavísimos olores; su paladar de dulzuras celestiales, y todo el cuerpo será anegado en castísimos, purísimos deleites.

Este premio se da a los que motifican su carne y la crucifican con sus vicios y concupiscencias. ¿Quién no padecerá en esta breve vida pequeños trabajos, por gozar en la eterna tan inmensos deleites?

3. Consideraré la gloria del alma bienaventurada. Verá a Dios claramente, y poseerá el Sumo Bien perfectamnte, en que consiste la gloria esencial de los bienaventurados. Verá con sumo gozo lo que ahora cree con grande mérito: cómo Dios, siendo uno en esencia, es trino en las personas: cómo el Padre, conociéndose a sí mismo, engrenda al Hijo ab aeterno: cómo pudo la persona del Verbo unirse a nuestra carne; entenderá las ideas de la sabiduría, las obras de la omnipotencia, los efectos de la justicia, las piedades de la misericordia, los arcanos de la providencia y los secretos juicios de Dios; sabiendo más en el primer instante de su bienaventuranza, que han discurrido en seis mil años todos los sabios del mundo.

La memoria, entendimiento y voluntad del bienaventurado estarán satisfechas y llenas de Dios, conociendo, amando y abrazando al Sumo Bien, en quien están todos los bienes, y la felicidad que abraza todas las felicidades.

Por gozar un día solo de esta gloria, dice san Agustín que se habían de despreciar innumerables años de delicias en esta vida: ¿cuánto más se deben despreciar por gozar esta gloria por toda una eternidad? Por gozar gloria eterna, dice el mismo san Agustín que se había de padecer pena eterna: ¿cómo se me hacen pesados los trabajos de esta vida, con que puedo comprar la eternidad de la gloria?

(Padre Francisco García, S.J.)



ORACIÓN (Día 6)

Oración a san José.

Castísimo José, honra de los patriarcas, varón segun el corazón de Dios, cabeza de la sagrada familia, ejecutor de los inefables designios de la sabiduría y misericordia infinita, padre putativo de Jesús y esposo dichosísimo de María; ¡cuánto me regocijo de veros elevado a tan alta dignidad y adornado de las heroicas virtudes que requiere!

Por aquellos dulces abrazos y suavísimos ósculos que dísteis al niño Dios, os suplico me admitáis desde ahora en el dichoso número de vuestros esclavos.

Proteged a las vírgenes, oh tutor de la virginidad de María, y alcanzadnos la gracia de conservar sin mancilla la pureza de cuerpo y alma.

Apiadaros de los pobres y afligidos, y por aquella extremada pobreza, por aquellos sudores y congojas que padecísteis por sustentar y salvar al Criador y Salvador del universo, dadnos el alimento corporal, y haced que llevando con paciencia los trabajos de esta vida, atesoremos riquezas infinitas para la eternidad.

Sed el amparo de los casados, oh Patriarca dichoso, y haced que los padres y madres sean imágenes de vuestras virtudes y perfectísimo dechado de piedad a sus hijos.

Proteged a los sacerdotes y a los institutos religiosos, y haced que, imitando vuestra vida interior, llenen los cargos de su ministerio con la perfección con que cumplisteis las obligaciones de vuestro estado.

Llenadlos en vida de copiosas bendiciones, y en el trance de la muerte, cuando el infierno haga el último esfuerzo para perdernos, no nos desampareis, poderoso abogado de los que están agonizando; y pues tuvisteis la dicha de morir en los brazos de Jesús y María, alcanzadnos que expiremos penetrados de un vivo dolor de nuestros pecados y pronunciando con ferviente afecto los dulcísimos nombres de Jesús, María y José.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 6)

Sobre el día de la eternidad y de las angustias de esta vida.

1. ¡Oh bienaventurada morada de la ciudad soberana! ¡Oh día clarísimo de la eternidad, que no le oscurece la noche, sino que siempre resplandece en él la suma verdad; día siempre seguro y siempre sin mudanza! ¡Oh! ¡Si ya amaneciese ese día, y se acabaran todas estas cosas temporales! Alumbra, por cierto, a los santos con perpetua claridad, mas no así a los que están en esta peregrinación, sino de lejos y como en espejo.

2. Los ciudadanos del cielo saben cuán alegre será aquel día; los hijos de Eva desterrados gimen de ver cuán amargo y enojoso será este de acá. Los días de este tiempo son pocos y males, llenos de dolores y angustias, donde se mancha el hombre con muchos pecados, se enreda con muchas pasiones, es angustiado de muchos temores, agravado con muchos cuidados, distraído con muchas curiosidades, envuelto en vanidades, confundido en muchos errores, quebrantado con muchos trabajos, acosado de tentaciones, enflaquecido con los deleites, atormentado de pobreza.

3. ¡Oh, cuándo se acabarán todos estos trabajos! ¡Cuándo estaré libre de la miserable servidumbre de los vicios! ¡Cuándo me acordaré, Señor, de Ti solo! ¡Cuándo me alegraré cumplidamente en Ti! ¡Cuándo estaré sin ningún impedimento en la verdadera libertad, sin ninguna pesadumbre de alma y cuerpo! ¡Cuándo tendré firme paz, paz sin perturbación y segura, paz interior y exterior, paz estable de todos modos!

¡Oh buen Jesús! ¡Cuándo estaré para verte! ¡Cuándo contemplaré tu gloria! ¡Cuándo me serás todo en todas las cosas! ¡Cuándo estaré en tu reino, en ese reino que has preparado eternamente para tus escogidos! Dejado me has pobre y desterrado en la tierra de los enemigos, donde hay continua guerra y graves desgracias.

4. Consuélame en este destierro y alivia mi dolor, porque todos mis suspiros se elevan hacia ti. Cuanto consuelo me ofrece el mundo, para mí no es más que amargura. Quiero unirme a ti con toda mi alma y gozarte, mas no puedo abrazarte. Deseo vivir absorto en las cosas celestiales; mas las cosas mundanas y mis pasiones inmortificadas me arrastran hacia la tierra. Con el espíritu quiero señorear sobre todas las cosas; con la carne me veo forzado a servirlas. Así yo, ¡infeliz de mí!, vivo en eterna lucha contra mí, y "para mí mismo soy pesado" (Job 7, 20): porque el espíritu quiere subir, y la carne, bajar.

5. ¡Ay, cuánto sufre mi alma cuando en la oración una chusma de pensamientos carnales me asalta mientras la inteligencia contempla las cosas celestiales!

¡Dios mío, no te alejes de mi, ni "en tu ira le vuelvas la espalda a tu siervo"! (Salmo 26, 9). Enciende tu relámpago y disipa esas imágenes sensuales, dispara tus flechas y haz que se espanten todas esas diabólicas fantasías. Recoge en ti mis sentidos. Haz que olvide todo lo del mundo, y que deteste pronto y rechace esas imágenes de pecado.

¡Sostenme, Verdad eterna, para que ninguna vanidad me haga flaquear! ¡Ven, suavidad celeste, que huya de mi toda impureza!

¡Perdóname, clemente y misericordioso, todas las veces que, orando, me distraigo pensando en lo que tú no eres! Pues sinceramente confieso que habitualmente me distraigo mucho. Muchas veces no estoy donde corporalmente estoy parado o sentado, sino donde la imaginación me ha llevado. Donde está mi pensamiento allí estoy yo. Y donde está el objeto de mi amor también suele estar mi pensamiento. ¡Pronto se me ocurre lo que por naturaleza o por hábito me deleita!

6. Por eso, Verdad eterna, claro nos dijiste: "Donde está tu tesoro allí está tu corazón" (Mt 6, 21). Si amo al mundo, me alegro de la prosperidad mundana, de sus infortunios me entristezco. Si amo a la carne, suelo imaginarme lo carnal. Si amo al espíritu, me deleito pensando en lo espiritual. De lo que amo quiero hablar cuando vuelvo a casa, esos pensamientos traigo conmigo. Mas dichoso el hombre, Señor, que por tu amor renuncia a toda cosa creada, que a la naturaleza hace violenta y que crucifica los deseos de la carne con el fervor del espíritu, para ofrecerte oración pura con tranquila conciencia, y merecer hallarse entre los coros de los ángeles, excluyendo de dentro y fuera de sí todo lo de la tierra.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Tercero, Capítulo 48)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 6)

¡Oh, Jesús amabilísimo, vida, esperanza, tesoro y único amor de mi alma!

¡Cuánto os costó quedaros con nosotros en ese divino Sacramento! Cuando le instituisteis conocíais ya las ingratitudes, vituperios y desacatos con que os habrían de tratar los mortales, pero vuestra ardiente caridad para con ellos fue mucho mayor que nuestra maldad y vileza.

Sí, todo lo venció el gran amor que nos tenéis, y el excesivo deseo de ser amado por nosotros. Venid, pues, Señor; venid, entrad dentro de mi corazón, y cerrad la puerta para siempre, sin dejar que entre en él criatura alguna a tomar parte en el amor que quiero consagrar únicamente a Vos.

Amado Redentor mío, hablad a mi corazón, que vuestro siervo escucha; mandad, Señor, que quiero obedeceros fielmente; y si alguna vez no os obedezco bien, castigadme, y así quede advertido y resuelto a agradaros como Vos queréis.

Haced que no desee otra cosa ni busque otro contento que el de serviros, de visitaros muchas veces delante de los sagrados altares, y de recibiros en la comunión. Quien quisiere ande enhorabuena tras otros bienes, que yo no amo ni deseo otra cosa que el tesoro de vuestro amor, y esto es lo que siempre he de pediros. Haced que me olvide de mí, para no acordarme sino de vuestra infinita bondad. Serafines bienaventurados, no os tengo envidia por la excelencia de vuestro ser, pero sí del amor que tenéis a mi Dios. Enseñadme lo que he de hacer para servirle y amarle.

(San Alfonso María de Ligorio, Arzobispo)

Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 204.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!