EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 5

MEDITACIÓN

Sobre el infierno.

1. Consideraré las penas de los sentidos del condenado. Los ojos serán atormentados con espesas tinieblas, con la vista de los condenados y demonios, que los espantarán con horribles figuras de dragones, monstruos, quimeras, etc.

Los oidos con clamores y alaridos, blasfemias y maldiciones contra Dios, contra la Virgen, contra los Santos y contra sí mismos. Las narices con el hedor incomparable que saldrá de los condenados y demonios. El gusto con hambre canina y sed rabiosa. Y todo el cuerpo con un fuego tan ardiente, que el de acá es como pintado en su comparación; a lo que se añadirán otros tormentos de azote, ruedas, cuchillos, etc., sin haber dolor que no experimente el miserable condenado.

De esta manera se pagan los deleites de lo sentidos y se verifica lo que dice la Escritura: "Cuanto se glorificó en las delicias, tanto le dan de tormento y llanto". ¡Ay de mí! si no puedo sufrir la llama de una candela en solo dedo por espacio de un Ave María, ¿podré sufrir aquel fuego en todo el cuerpo y alma, por toda una eternidad? Quiero cerrar mis ojos, y mis oidos, y mi boca, a toda maldad y peligro de cometerla, y mortificar todos mis sentidos en el mundo, para que no sean atormentados en el infierno.

2. Consideraré las penas de las potencias del alma. La memoria será atormentada con el recuerdo de los deleites que se acabaron, del tiempo perdido y de las ocasiones malogradas. El entendimiento estará lleno de errores, sin saber más de lo que le ha de causar tormento. La voluntad estará obstinada en las culpas y siempre hará lo que no quiere, y nunca hará lo que quiere; deseará lo que no ha de conseguir, y aborrecerá lo que no puede evitar.

Hágase tu voluntad, Dios mío, así en la tierra como en el cielo; hágase en mí, y por mí tu voluntad en esta vida, para que no se haga en mí, y por mí en el infierno la voluntad de mi enemigo.

Mi memoria se acordará de tí solo, Dios mío; mi voluntad te amará a tí solo, mientras viviere en esta vida, para que siendo mis potencias ahora bien empleadas, no sean después eternamente atormentadas.

3. Consideraré la pena de daño, que es carecer para siempre de la vista de Dios, a que se sigue carecer de la vista y compañía de la Virgen, de los Ángeles y Santos, y de toda la gloria que poseen.

Ponderaré lo que dice San Crisóstomo, que mil fuegos del infierno juntos en uno, n atormentarán tanto a un condenado, cuanto le atormentará solo carecer de la vista de Dios. Esta, dice Santo Tomás, es una pena infinita, porque priva de la posesión de un bien infinito.

Mucho sienten los hombres perder un rico mayorazgo a que tenían derecho; más sintieran perder un reino que fuera suyo; pero todo esto no tiene comparación con el sentimiento que tendrá el condenado de perder el mayorazgo de la gloria, y el reino de los cielos.

¡Ay miserable de mí, si fuera tan desgraciado, que no viese jamás aquella belleza infinita, aquel Ser divino, que abraza todas las bellezas y hermosuras, aquella Trinidad una, y Unidad trina, aquel abismo de misterios! ¡Si en lugar de la compañía de la Virgen y de los Santos, estuviese yo en compañía de los demonios y condenados por una eternidad!

¡Oh mal haya el pecado mortal, que me ha puesto tantas veces en peligro de perder tanto bien, y padecer tanto mal! yo le detesto y abomino, y propongo firmemente de morir mil veces antes que cometerle.

(Padre Francisco García, S.J.)



ORACIÓN (Día 5)

Oración a la Santísima Virgen.

Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir que fuese de Vos abandonado ninguno de cuantos han acudido a vuestro amparo, implorando vuestra protección y reclamando vuestro auxilio.

Aminado en esta confianza, a Vos también acudo, oh Virgen de las vírgenes; y gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante vuestra soberana presencia.

No desecheis mis súplicas, oh madre del Verbo divino, antes bien, oídlas y acogedlas benignamente.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 5)

Cómo se han de considerar los secretos juicios de Dios, para que no nos envanezcamos.

1. Señor, tus juicios me asombran como un espantoso trueno, y hieren todos mis huesos, penetrados de temor y temblor, estremeciéndose de ellos mi alma. Estoy atónito y considero que los cielos no están limpios a tus ojos. Si en los ángeles hallaste maldad, y no los perdonaste, ¿qué será de mí? Si cayeron las estrellas del cielo yo, que soy polvo, ¿de qué presumo? Aquellos, cuyas obras parecían muy dignas de alabanza, cayeron a lo más profundo, y los que comían pan de ángeles vi deleitarse con el manjar de animales inmundos.

2. No hay santidad si tú, Señor, apartas tu mano. No aprovechará discreción, si tú dejas de gobernar. No hay fortaleza que ayude, si tú no la defiendes. Ninguna propia guarda aprovecha, si falta tu santa Providencia; porque en dejándonos, nos vamos al fondo y perecemos; mas visitados por ti, nos levantamos y vivimos. Mudables somos, mas por ti estamos firmes; nos entibiemos, pero tú nos enciendes.

3. ¡Oh! ¡Cuán vil y bajamente debo sentir de mí, en cuán poco de debo tener, aunque parezca que tenga algún bien! ¡Oh Señor! ¡Cuán profundamente me debo sujetar y hundir en el abismo de tus juicios, donde no he hallo ser otra cosa en mí, sino ser nada en todo! Pues, ¿en dónde estará escondido siquiera algún fundamento de mi propia gloria? ¿Dónde estará la confianza de mi propia virtud? Anegose toda vanagloria en la profundidad de tus juicios.

4. ¿Qué es toda carne en tu presencia? ¿Acaso podrá en vil barro enorgullecerse contra quien lo formó? ¿Cómo podrán elogios vanos levantar el corazón de quien se humilla de veras ante Dios? A quien la verdad misma hizo que se le humillase, ni todo el mundo hará que se enorgullezca. Ni el aplauso general hará vacilar la firmeza de quien ha puesto sólidamente en Dios toda su esperanza. Porque esos mismos hombres que aplauden, son nada. Como el sonido de sus palabras, así se desvanecerán; pues "la verdad de Dios permanece para siempre" (Salmo 116, 2).

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Tercero, Capítulo 14)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 5)

¡Oh Corazón amabilísimo de Jesús!

A vista del olvido con que os tratan los hombres, estando Vos de día y noche real y verdaderamente en la Hostia consagrada, por amor nuestro, quisiera en este día visitaros en todas las iglesias del mundo donde os halláis sacramentado, ofreceros en holocausto los corazones de todos los hombres, y unir mis débiles esfuerzos a los obsequios y adoraciones de los justos fervorosos que viven en la tierra, y de todos los Santos y bienaventurados del cielo. Ahora conozco vuestra infinita paciencia.

Me pesa mil veces haberos yo también olvidado y ofendido, oh misericordioso Jesús. Dadme gracia para amaros y serviros de hoy en adelante con gran fervor, fidelidad y constancia. Iluminad, Señor, mi entendimiento, inflamad mi voluntad, purificad mi corazón, y dadme a mí y a todos los hombres una verdadera devoción, con la que veneremos y adoremos este divino Sacramento, que es tesoro riquísimo y fuente de todas las gracias. Así lo espero de vuestra bondad y misericordia infinita, para alabaros y engrandeceros después en la gloria por los siglos de los siglos.

Y vos, Señora, madre de Dios y Madre mía, por la pureza y santidad de vuestro dulcísimo Corazón, alcanzadme una verdadera y constante devoción al Sagrado Corazón de vuestro amantísimo Hijo Jesús, de modo que, unido con él estrechamente, cumpla como es debido todas mis obligaciones, y con alegría y gozo de corazón sirva siempre, y en especial durante el presente mes, a su benignísimo y piadosísimo Corazón.

Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 196.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!