EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 4

MEDITACIÓN

Sobre el Juicio Final.

1. Consideraré, cómo habiendo precedido espantosas señales en el cielo y en la tierra, a la voz de aquella trompeta, que llamará a los muertos a juicio, resucitarán todos los hombres, para aparecer en cuerpo y alma ante el tribunal de Jesucristo.

¿Con qué gusto entrarán las almas de los justos en sus cuerpos, para que participen de su gloria los que se la ayudaron a ganar, sufriendo el ayuno, la disciplina, el cilicio?

¿Con qué rabia y despecho se vestirán de sus cuerpos las almas de los pecadores, viendo que, por dar gusto a muladares tan hediondos, han de penar juntamente con ellos por toda una eternidad?

¿Con qué gozo irán los justos resucitados en sus cuerpos gloriosos a parecer en el valle de Josafat delante de Cristo, su redentor, y su amoroso padre?

¿Con qué pesar irán los malos arrastrados de los demonios a parecer delante del Juez, a quien ofendieron y despreciaron?

¿Cómo quiero yo resucitar? ¿En cuál de estas compañías quiero ir? Ahora está en mi mano la elección. Quiero entablar una buena vida, para merecer una gloriosa resurrección.

2. Consideraré, cómo estando todos los hombres resucitados en el valle de Josafat, saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de los buenos, poniendo los buenos a la derecha, y los malos a la siniestra. Apartarán al padre de su hijo, a la mujer de su marido, al hermano de su hermano, al amigo de su amigo, al señor de su siervo; y al uno pondrán a la mano de los escogidos, y al otro a la mano de los réprobos.

¿De quién me apartarán a mí? ¿A qué lado me pondrán? ¿A la mano derecha con los ángeles y predestinados, o a la siniestra con los demonios y condenados? ¿Estaré con Caín y con Judas, los moros y los gentiles, o con san Pedro y san Pablo, los mártires y confesores? ¿Acaso al esclavo y al pobrecillo, a quien yo desprecio, le pondrán a mano derecha, y a mi me pondrán a mano siniestra?

¡Ay de mí, que en el mundo procuro el mejor lugar, y no procuro para este día la mano derecha!

3. Consideraré, cómo estando todos en sus lugares, examinará Cristo las conciencias de todos los hombres, y dará sentencia según el mérito de la causa. En aquel tribunal se pedirá cuenta estrecha de todas las obras, palabras y pensamientos, y se publicarán las torpezas y abominaciones de los pecadores con grande confusión suya.

¿Qué cuenta dará en aquel día quien ha vivido tan sin cuenta, quien ha quebrantado todos los mandamientos divinos, quien se ha hecho sordo a las divinas inspiraciones, quien ha estado ciego a los buenos ejemplos, y quien ha sido ingrato a tantos beneficios?

De mil cargos que me haga Cristo no podré responder a uno solo. ¿Qué sentencia puedo esperar, sino la que pronunciará contra los malos? "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, porque tuve hambre y no me disteis de comer": esto es, porque no socorrísteis al pobre, al enfermo, al peregrino, al necesitado.

Quiero juzgarme ahora a mí mismo con rigor para ser juzgado aquel día con misericordia; acusaré mis culpas con dolor y confusión; me condenaré a hacer por ellos una justa penitencia; socorreré a los necesitados, según mi posibilidad, para oir de la boca de Cristo la amorosa sentencia de los justos: "Venid, benditos de mi Padre, a poseer el Rein que se os está preparado desde el principio del mundo, porque tuve hambre y me dísteis de comer".

(Padre Francisco García, S.J.)



ORACIÓN (Día 4)

Oración al sagrado Corazón de Jesús.

Corazón sagrado de mi amado Jesús, yo, aunque vilísima criatura, os doy y consagro mi persona, mi vida, mis acciones, penas y padecimientos, para no servirme de ninguna parte de mi ser, sino para amaros, honraros y glorificaros.

Esta es mi voluntad irrevocable; ser todo vuestro y hacerlo todo por vuestro amor, renunciando de todo mi corazón a cuanto pueda desagradaros.

Os tomo, pues, oh Corazón sagrado, por el único objeto de mi amor, por el protector de mi vida, esperanza de mi salvación, el remedio de mi inconstancia, el reparador de todos los defectos de mi vida, y mi asilo seguro en la hora de mi muerte; sed, pues, oh Corazón bondadoso, mi justificación para con Dios Padre, y alejad de mí los rayos de su justa cólera.

¡Oh Corazón amoroso! pongo toda mi confianza en Vos, pues aunque lo tema todo de mi debilidad, sin embargo lo espero todo de vuestra misericordia.

Consumid en mí todo lo que os desagrada o resiste, y que vuestro puro amor se imprima tan íntimamente en mi corazón, que jamás pueda olvidaros ni ser separado de Vos.

Os suplico por vuestra misma bondad que escribais mi nombre en Vos mismo, pues quiero hacer consistir toda mi dicha en vivir y morir como vuestro esclavo.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 4)

Sobre el Juicio y las penas del pecador.

1. Mira el fin en todas las cosas, y de qué suerte estarás delante de aquel Juez justísimo, al cual no hay cosa encubierta, ni se amansa con dones, ni admite excusa, sino que juzgará justísimamente. ¡Oh ignorante y miserable pecador!¿Qué responderás a Dios, que sabe todas tus maldades, tú, que temes a veces el rostro de un hombre airado? ¿Por qué no te previenes para el día del juicio, cuando no habrá quien defienda, ni ruegue por otro, mas cada uno tendrá que hacer por sí? Ahora tu trabajo es fructuoso, tu llanto aceptable, tus gemidos son oídos, tu dolor satisfactorio.

2. Aquí tiene grave y saludable purgatorio el hombre sufrido, que recibiendo injurias, se duele más de la malicia del injuriador que de su propia ofensa. Él ruega a Dios por sus enemigos de buena gana, y de corazón perdona los agravios, y no dilata el pedir perdón a cualquiera, y más fácilmente tiene misericordia que se indigna. Él se hace violencia muchas veces, y procura sujetar del todo su carne al espíritu. Mejor es purgar ahora los pecados y cortar los vicios, que dejarlos para purgar en lo venidero. Por cierto nos engañamos a nosotros mismos, por el amor desordenado que nos tenemos.

3. ¿En qué otra cosa se cebará aquel fuego, sino en tus pecados? Cuanto más aquí te perdonas y sigues tu propio amor, tanto más gravemente después serás atormentado; pues guardas mayor materia para quemarte. En lo mismo que peca el hombre, será más gravemente castigado. Allí los perezosos será punzados con aguijones ardientes, y los golosos serán atormentados con gravísima hambre y sed. Allí los lujuriosos y amadores de deleites será abrasados con ardiente pez y azufre, y los envidiosos aullarán con dolor como rabiosos perros.

4. No hay vicio que no tenga entonces su propio castigo. Allí a los soberbios se los colmará de humillaciones, y los codiciosos se verán reducidos a la última miseria. Más terrible será entonces una hora de sufrimiento que en esta vida cien años de durísima penitencia. Allá no hay descanso ni consuelo para los condenados; acá se descansa a veces de los padecimientos y se goza del consuelo de los amigos. Ahora es cuando debes preocuparte y dolerte de tus pecados, para que entonces estés seguro con los bienaventurados. Porque "entonces se levantarán los justos con gran entereza contra los que los atribularon y humillaron" (Sab 5, 1). Entonces se sentará a juzgar quien ahora se somete humildemente al juicio de los hombres. El pobre y humilde tendrá entonces gran confianza, mientras que el soberbio se espantará de todo.

5. Se verá entonces que los verdaderos sabios aquí en el mundo fueron los que aprendieron a parecer insensatos por Cristo, y a ser despreciados por su amor. Toda tribulación sufrida con paciencia será entonces agradable y "toda maldad enmudecerá" (Sal 106, 42). Alegres estarán entonces todos los piadosos, y tristes todos los impíos. Más regocijo tendrá entonces la carne mortificada, que si hubiere sido siempre alimentada en delicias. Brillará entonces el vestido pobre, y la ropa lujosa perderá su esplendor. Más ayuda prestará entonces la invicta paciencia que toda la potencia del mundo. Más se exaltará entonces a la sencilla obediencia que a toda la astucia mundana. Más consolará entonces la conciencia buena y pura que la docta filosofía. Más valdrá entonces el desprecio de las riquezas que todos los tesoros de la tierra. Más contento sentirás entonces de haber orado devotamente que de haber comido delicadamente. Más te alegrarás entonces de haber guardado el silencio que de haber tenido larga conversación. Más valdrán entonces las buenas obras que las muchas y bellas frases. Más placer se sentirá entonces de una vida de estrechez y áspera penitencia que de todos los deleites del mundo. Ahora aprende a sufrir lo más leve, para que entonces te libres de sufrir lo más grave. Primero haz aquí la prueba de lo que después podrás padecer. Si ahora puedes sufrir tan poco, ¿podrás sufrir después los tormentos eternos? Mira bien que no puedes tener dos goces: el de los placeres del mundo, acá, y el del reino de Cristo, allá.

6. Si hubieras vivido hasta hoy gozando de honras y deleites, ¿de qué te serviría todo si en este punto hubieras de morir? Luego, todo es vanidad, menos el amar a Dios, y a Él solo servir. Porque quien ama a Dios con toda el alma no teme la muerte, ni el juicio, ni los tormentos, ni el infierno; pues el amor perfecto le asegura la entrada al reino de Dios. Pero nada tiene de extraño que todavía tema la muerte y el juicio quien todavía se deleita en pecar. Pero es bueno que, si el amor no te aparta del mal, te contenga al menos el miedo al infierno. Mas quien descuida el temor de Dios no podrá perseverar mucho en el bien, pues muy pronto en los lazos del diablo caerá.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Primero, Capítulo 24)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 4)

¡Oh sacratísimo Corazón de mi amado Jesús!

Aquí me presento ante el acatamiento de vuestra soberana Majestad, traspasado de dolor al considerar la atroz injuria que contra Vos cometen muchos cristianos, especialmente cuando se acercan a recibiros en pecado mortal, renovando la traición de Judas y la maldad de los judíos.

Venced Vos, Jesús mío, con vuestra misericordia la obstinación de tantos corazones ingratos; iluminadlos, y traedlos a vuestro amor como divino médico, pastor, esposo y amoroso padre, y no permitáis que en adelante llegue a recibiros sacramentado ningún cristiano en pecado mortal.

Así os lo ruego por vuestro dulcísimo Corazón y el de vuestra Madre amorosísima. Hacedme, Señor, esta gracia en la tierra, y la de veros y gozaros eternamente en el cielo.

Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 188.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!