EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 3

MEDITACIÓN

Sobre la muerte.

1. Consideraré la incertidumbre de mi muerte. Ninguno puede excusar la muerte, como nos lo dice la misma experiencia de cada día, y así he de morir yo, como murieron mis padres, parientes, amigos y vecinos: y como oigo tocar a muerto por otros, y los veo enterrar, llegará el día en que doblen por mí y me lleven a enterrar.

Imaginaré que mi cuerpo, que ahora ve, oye, habla, anda, se regala y adorna, estará algún día ciego, sordo, mudo, sin movimiento, sin adorno, sin hermosura; antes bien, estará hediondo, horroroso, despreciado.

Quiero mortificar ahora mi cuerpo, para vertirle de gloria y belleza inmortal en la resurrección. Por dar gusto a mi cuerpo no quiero poner en peligro mi alma.

2. Consideraré cómo es incierto el día y el lugar, y el modo en que he de morir. No tengo hora ni lugar seguro; porque en todas las edades, y en todos los lugares mueren los hombres; y no hay modo de muerte que padezca otro hombre que no pueda yo padecer.

Puedo morir este año, y en este día, y en esta hora, y en este lugar donde estoy, y puedo quedarme muerto de repente. ¿por qué vivo tan descuidado como si tuviera seguros muchos años de vida? ¿Por qué no temo la muerte en todos los lugares, pues en todos me puede coger?

Si ahora me cogiera la muerte de repente, ¿que sería de mi alma?

Locura es vivir en el estado en que quisiera morir; quiero salir de él, pues no tengo una hora segura.

3. Consideraré cómo la muerte no es más que una; de donde se sigue, que los yerros que se cometen en ella son irremediables. Si muero mal una vez, quedo condenado para siempre.

Las cosas que tienen alguna dificultad se yerran ordinariamente la primera vez; ¿cómo acertaré a la primera la muerte, que es la acción más dificultosa que hace el hombre en toda su vida?

Ensayaré muchas veces a morir en vida, para acertar a morir de una vez bien en el momento de mi muerte; pensaré que cada día es el último de mi vida, y viviré comosi en él hubiera de morir.

(Padre Francisco García, S.J.)



ORACIÓN (Día 3)

Oración a san Francisco Javier.

Gloriosísimo padre San Francisco Javier, apóstol de las Indias; vaso escogido del Señor para llevar su santo nombre a las más remotas partes del mundo; sol cuyos rayos de santidad y celo alumbraron a la ciega gentilidad, bautizando a un prodigioso número de infieles y convirtiendo a casi infinitos pecadores; taumaturgo esclarecido, a cuya poderosa intercesión deben vista los ciegos, oído los sordos, manos los mancos, pies los cojos, fecundidad las estériles, salud los enfermos, puertolos náufragos, y vida los difuntos.

Hacedme, Santo mío muy amado, participante de vuestro celo; abrasadme en deseos de ganar almas a Dios: pero viviendo de suerte que mi conducta irreprensible sirva a todos de exhortación a la virtud. Echad desde el cielo una mirada compasiva sobre el Japón y sobre tantos reinos, regados con vuestros apostólicos sudores y envueltos de nuevo en las tinieblas del error.

Obtened del Padre de familias muchos y fervorosos operarios que cultiven aquella dilatada viña, pero no consintais que la América y Europa, y en particular vuestra querida España, sea arrastrada por el torrente de la irreligión y del libertinaje.

Haced, por fin, que a imitación vuestra, venciéndonos a nosotros mismos, despreciando lo temporal y apreciando lo eterno, demos gloria a la Trinidad Santísima por los siglos infinitos.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 3)

Sobre el pensamiento de la muerte.

1. Muy pronto acabarán tus días, y se habrán concluido todos tus negocios; por eso mira cómo vives. Hoy vive el hombre, y mañana no parece. En quitándolo de los ojos, se va presto también de la memoria. ¡Oh torpeza y dureza del corazón humano, que solamente piensa en lo presente, sin cuidar de lo porvenir! Así habías de haberte en toda acción y pensamiento, como si luego hubieses de morir. Si tuvieses buena conciencia, no temerías mucho la muerte. Mejor sería para ti huir del pecado que de la muerte. Si hoy no estás preparado a ello, ¿cómo lo estarás mañana? El día de mañana es incierto; y ¿qué sabes si amanecerás otro día?

2. ¿Qué aprovecha vivir mucho, cuando tan poco nos encomendamos? La larga vida no siempre encomienda lo pasado, antes muchas veces aumenta el número de los pecados. ¡Oh, si hubiéramos vivido siquiera un día bien en este mundo! Muchos cuentan los años de su conversión; pero muchas veces es poco el fruto de la enmienda. Si es temible el morir, puede que sea más peligroso vivir mucho. ¡Bienaventurado el que tiene siempre la hora de la muerte delante de sus ojos, y se prepara cada día a morir! Si viste morir algún hombre, piensa que por la misma carrera has de pasar.

3. Cuando fuere de mañana, piensa que no llegarás a la noche, y cuando fuere de noche, no te atrevas a prometerme la mañana. Por eso estate siempre dispuesto, y vive de tal manera que nunca te halle la muerte desapercibido. Muchos mueren de repente; porque en la hora en la que se no piensa vendrá el Hijo del hombre. Cuando viniere aquella hora postrera, de otra suerte comenzarás a sentir de toda tu vida pasada, y te dolerá mucho el haber sido tan negligente y perezoso.

4. ¡Qué dichoso y prudente quién se esfuerza por ser en vida tal como quiere que lo halle la muerte! Gran confianza de morir bien nos infundirá el entero desprecio del mundo, el ardiente deseo de progresar en la virtud, el amor a la observancia, la dura penitencia, la prontitud en la obediencia, la abnegación de sí mismo y el sufrimiento de cualesquiera adversidades por amor a Cristo. Muchas obras buenas puedes hacer en salud; ya enfermo, quien sabe qué podrás hacer. Por una enfermedad pocos se enmiendan, y de entre los que mucho viajan, pocos se santifican.

5. No esperes en parientes o amigos, ni dejes tu salvación para después, porque más pronto de lo que crees, todos te olvidarán. Es mejor prevenirte haciendo buenas obras ahora, que es tiempo, que esperar a que después nos ayuden otros con las suyas. Si tú no te preocupas ahora por tu salvación, ¿quién se preocupará después de muerto? El tiempo presente es muy precioso. "Éstos son los días de salvación; éste es el tiempo aceptable" (2 Cor 6, 2). Mas, ¡ay dolor, que no emplees mejor este tiempo en que puedes merecer la vida eterna! Ya llegará el momento en que quisieras un día, una hora al menos, para enmendarte, y ¿quién sabe si la obtendrás?

6. ¡Oh, mi querido amigo! ¡De cuán gran peligro escaparás, de cuán terrible sobresalto te librarás, si ahora andas siempre con la barba al hombro recelando de la muerte! Procura vivir ahora tan bien que a la hora de la muerte puedas alegrarte más bien que aterrarte. Aprende ahora a morir al mundo, para que comiences entonces a vivir con Cristo. Aprende ahora a desligarte de todas las cosas, despreciándolas, para que puedas entonces caminar sin estorbo alguno hacia Él. Mortifica ahora tu cuerpo con la penitencia, para que tengas entonces firme confianza.

7. ¡Oh insensato! ¿Cómo piensas vivir muchos años, si ni un solo día tienes seguro? ¡Cuántos se habían hecho esas ilusiones, a quienes se les arrancó inopinadamente el alma del cuerpo! ¡Cuántas veces no has ido decir que éste cayó al filo de la espada, que aquél se ahogó, que el uno se quebró la nuca al caer de arriba, que el otro se quedó tieso comiendo, y aquel otro acabó la vida jugando! Unos mueren en las llamas; otros, a cuchillo; otros, de pestilencia; otros, a manos de bandidos; así acaban todos por morir, y así pasa veloz como una sombra la vida del hombre sobre la tierra.

8. ¿Quién se acordará de tí después de tu muerte? ¿Quién rezará por tí? Haz ahora, querido amigo, todo lo que puedas; hazlo ahora: porque no sabes cuándo morirás, ni qué seguirá después de tu muerte. Mientras tengas tiempo, atesora riquezas inmortales. Sólo piensa en tu salvación; sólo cuida de las cosas de Dios. Hazte ahora amigos venerando a los santos e imitando sus virtudes, para que "cuando partas de este mundo, te reciban en la eterna mansión" (Lc 16, 9).

9. Vive sobre la tierra como pasajero y huésped a quien los negocios del mundo nada le importan. Guarda tu corazón desprendido de las criaturas, elevado hacia Dios, porque no eres tú ciudadano del mundo. Eleva diariamente al cielo tus oraciones, lágrimas y gemidos, para que al morir merezca tu alma volar hacia el Señor. Así sea.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Primero, Capítulo 23)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 3)

¡Oh amabilísimo Corazón de Jesús, injuriado continuamente en ese adorable Sacramento por la rebeldía y obstinación de los herejes!

Os adoro con todo el pobre afecto de mi corazón; y para reparar de alguna manera tantos agravios, convido a los espíritus bienaventurados para suplir con sus alabanzas las injurias e ingratitudes de los hombres y junto mis tibios afectos al encendido amor de los Serafines, deseando vivamente desagraviar vuestro amor ultrajado, y no cesar de bendeciros y ensalzaros todos los instantes de mi vida.

Haced, Señor, que os glorifiquen los corazones de todos los hombres, y unan sus alabanzas a las de todos los Ángeles y Santos de la corte celestial, y a las bendiciones que os da continuamente el purísimo Corazón de vuestra Santísima Madre. En fin, Vos mismo, soberano Señor Sacramentado, que sois reparación del honor divino, Vos habéis de ser digna satisfacción de tantos ultrajes. Admitid, oh Padre Eterno, mis humildes súplicas, unidas con los sentimientos del Corazón de vuestro unigénito Hijo, que con Vos y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos.

Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 180.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!