EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 2

MEDITACIÓN

Sobre el pecado

1. Consideraré la multitud de pecados que he cometido, la cadena tan larga que de ellos tengo hecha después que tuve uso de razón, y aún después que soy cristiano, discurriendo por los siete pecados mortales de soberbia, lujuria, avaricia, ira, gula, envidia y pereza, ponderando que cada día he pecado, y muchos pecados, y en todas materias, considerando en cada materia una cadena de innumerables eslabones.

En materia de soberbia, tantas vanaglorias, ambiciones, hipocresías, jactancias, vanas ostentaciones en letras, en linaje, en virtud; finalmente, en todo tipo de cosas. Discurriré de esta manera en las demás materias por todo el discurso de mi vida, tocando las especies, como quien hace una cnfesión general delante del mismo Dios.

Luego levantaré los ojos a Dios, airado contra mí con tanta razón, por ver mi protervia y porfía en añadir culpas a culpas; diré con vergÜencia y confusión: "Más son mis pecados que las arenas del mar: me hallo indigno de levantar mis ojos al cielo"; pero confiado en que son más infinitas sus misericordias que mis pecados y miserias volveré otra vez a decirle: "Por tu nombre perdonarás mis culpas, que son muchas, Señor".

2. Consideraré quien soy yo, que me he atrevido a ofender a la Majestad de un Dios tan grande con tan innumerables pecados, discurriendo por las razones y obligaciones que había de parte mía para no cometerlos.

Primero, en cuanto hombre, por ser hechura de sus manos, criado a imagen y semejante suya, por lo cual estaba obligado a servir a mi Criador; pero en lugar de servirle le he injuriado, borrando su imagen con mis pecados.

Segundo, en cuanto cristiano, por ser esclavo de Jesucristo, comprado con su preciosa sangre, y por ser su esclavo debía ocuparme en servir a este Señor; pero yo me he ocupado en ofenderle y en servirle flojamente.

3. Consideraré quién es Dios ofendido, y las razones que hay de su parte para no ser ofendido.

Primero, por ser infinitamente sabio, infinitamente poderoso y digno de ser servido, amado y respetado con infinitos servicios, si fuera posible; pues ¿qué mayor maldad que ofender y servir tan mal a tan gran Señor?

Segundo, por ser infinito bienhechor mío, haciéndome con liberalidad infinitos beneficios en número y grandeza, sin cesar de hacerme sigulares mercedes; discurriré por ellas.

Es mi criador, mi conservador, mi redentor, mi procurador, mi protector, etc., pues ¿qué ingratitud mayor que ofender a tan gran bienhechor, y no como quiera, sino haciendo contra Él infinitas ofensas? Hacer memoria de ellas para mi mayor confusión.

(Padre Luis de la Puente, S.J.)



ORACIÓN (Día 2)

Oración a la beata Mariana de Jesús

Oh, bienaventurada Mariana de Jesús, que ilustrada por el Espíritu Santo supiste conservar en el siglo, y en medio de una ciudad populosa, el candor y fragancia de la hermosa azucena de la virginidad, ofreciéndola a los diez años de edad a Jesucristo juntamente con los votos de pobreza y obediencia perpetua.

Mas ¡qué extraño fueses tan pura, si a la oración y al recogimiento de los sentidos supiste juntar el ayuno y otras penitencias inauditas practicadas desde la cuna hasta el sepulcro sin mitigación alguna!

Te ruego encarecidamente me alcances de tu divino Esposo los dones de la oración y mortificación, para que gustando aquí las amarguras de la penitencia, merezca gozar después de esta peregrinación las inefables delicias de la gloria por los siglos de los siglos.

Amén.



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 2)

De la alegría de la buena conciencia.

1. La gloria del hombre bueno es el testimonio de la buena conciencia. Ten buena conciencia, y siempre tendrás alegría. La buena conciencia muchas cosas puede sufrir, y muy alegre está en las adversidades. La mala conciencia siempre está con inquietud y temor.

2. Suavemente descansarás si tu corazón no te reprende. No te alegres sino cuando hicieres algún bien. Los malos nunca tienen paz interior, porque dice el Señor: "No tienen paz los malos"; y si dijeran: "en paz estamos, no vendrá mal sobre nosotros, ¿quién se atreverá a ofendernos?", no les creas; porque de repente se levantará la ira de Dios, y pararán en nada sus obras, y perecerán sus pensamientos.

3. Gloriarse en las tribulaciones no es dificultoso al que ama; porque gloriarse de esta suerte es gloriarse en la cruz del Señor. Breve es la gloria que se da y se recibe de los hombres. La gloria del mundo siempre va acompañada de la tristeza; la gloria de los buenos está en sus conciencias, y no en la boca de los hombres. La alegría de los justos es de Dios, y en Dios y su gozo está la verdad. El que desea la verdadera y eterna gloria no hace caso de la temporal; y el que busca la temporal, o no la desprecia de corazón, señal es que no ama del todo la celestial. Gran quietud de corazón tiene aquel a quien no se le da nada de las alabanzas ni de las afrentas.

4. Quien tenga la conciencia pura, fácilmente estará contento y tranquilo. No porque te alaben serás más santo, ni más vil porque te desprecien. Lo que eres, eso eres; ni puedes ser más de lo que Dios sabe que eres. Si miras lo que eres dentro de ti, no tendrás cuidado de lo que de ti hablan los hombres. El hombre ve lo de fuera, mas Dios el corazón. El hombre considera las obras, y Dios pesa las intenciones. Hacer siempre bien y tenerse en poco, señal es de un alma humilde. No querer consolación de criatura alguna, señal es de gran pureza y de cordial confianza.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Segundo, Capítulo 6)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 2)

¡Oh benignísimo Jesús, Salvador de mi alma!

Os doy infinitas gracias por los innumerables beneficios que he recibido de vuestra divina mano, y señaladamente por las muchas veces que os habéis dignado entrar en mi pecho, derramando a manos llenas vuestras misericordias, sin agotarse nunca el copioso caudal de vuestro dulcísimo Corazón, de donde proceden de continuo las inspiraciones y toques interiores con que me llamáis, deseando sujetarme al yugo suave de vuestro amor.

Aquí, pues, me tenéis ya rendido a vuestros pies; no quiero resistir por más tiempo a vuestros amorosos deseos. Triunfad y reinad Vos solo en nuestros corazones. Que todos os conozcan, amen y correspondan a las finezas de vuestro divino Corazón, para que todos os amemos y bendigamos en la gloria.

Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 173.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!