EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

SEGUNDA PARTE. Cuatro prácticas particulares para los días del mes.

DÍA 1

MEDITACIÓN

1. Sobre el fin del hombre.

1. Consideraré el fin para el que fuí creado, que es para servir y amar a Dios en esta vida y gozarle en la otra, discurriendo por estas tres circunstancias. ¿Quién me creó? Dios. ¿Por qué? No por mis merecimientos, sino porque quiso por su infinita bondad. ¿Para qué? No para su provecho, sino para el mío.

Ponderare dos cosas. Primera, que toda la buena dicha, honra y gozo de esta vida y de la otra está en amar a Dios y servirle, por ser nuestro último fin; y al contrario, toda nuestra desdicha, deshonra y descontento está en apartarnos de este fin y perderle.

Segunda, ponderaré por menor, cómo es el fin de todas mis potencias interiores y exteriores, de los ojos, del gusto, de la lengua, de la memoria, del entendimiento, de la voluntad y de las demás. Me volveré a cada una como hablando con ella; v. gr., a mis ojos, y les preguntaré: ¿sabeis para qué os creó Dios? Para que veais lo que os pueda ayudar a amarle y servirle. Me confundiré de no haberlo hecho así, animándome a hacerlo en adelante, y a este modo discurriré por las demás.

2. Consideraré el fin para que creó Dios las demás cosas fuera del hombre, que fué para que me ayuden a amar y servir a Dios para que me salve. Para este fin creó Dios estas cosas que se perciben con los ojos y con los oídos y demás sentidos; las riquezas, los regalos, los amigos, las dignidades, los oficios, las ciencias, todas las creó Dios para que me sirviesen de medio para amarle y servirle.

Pero yo, por amar los mismos medios, he dejado de amar al Dador de ellos, siéndome por mi culpa, causa y ocasión de entibiarme en el amor y servicio de mi Creador.

Me avergonzaré mucho de esto, animándome a usar de ellos para el fin que Dios los creó.

3. Me pondré indiferente para todo lo creado, no queriendo más que aquello que me pueda servir a este Dios, no queriendo más salud que enfermedad, honra que deshonra, riqueza que pobreza, etc.

Y si me tengo que inclinar a algún extremo, ha de ser al que más me ayude a conseguir mi fin, que es la pobreza, la deshonra, la cruz; examinando por menudo, si reina en el corazón alguna afición que quite esta indiferencia y tuerza mi voluntad, procurando quitarla, para que quede indiferente, como Dios quiere que lo esté.

Acabaré con un coloquio a Cristo Señor nuestro, pidiéndole, que pues vino Su Majestad al mundo a enseñar a los hombres su fin, el uso de las cosas creadas, y la indiferencias con que las habían de mirar, se sirva de darme su luz, amor y fuerzas, para buscar y obrar todo esto con perfección.

(Padre Luis de la Puente, S.J.)



ORACIÓN (Día 1)

Oración a la Santísima Trinidad

¡Oh, Trinidad amabilísima, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en la naturaleza, y trina en las personas, incomprensible en los secretos, admirable en las providencias y divina en todas las perfecciones!

Os adoro como mi primer principio y mi último fin, con el más profundo respeto; os glorifico por todos cuantos son vuestros soberanos atributos, y me confieso enteramente obligado a vuestros beneficios.

Quiero alabaros con todos los ángeles, serviros con todos los justos, y amaros con todos los serafines. A ser posible, os amara como Vos misma os amáis; y en testimonio, el mayor que puedo daros de esta verdad, me resigno desde esta hora enteramente en vuestras manos.

Si me queréis atribulado, vengas tribulaciones; si me queréis perseguido, vengan persecuciones; si me queréis tentado, vengan tentaciones. Venga lo más desabrido, lo más sensible, lo más amargo de esta y aún de la otra vida; que como venga de vuestra mano, será bien admitido.

Pero, ¡ah, mi Dios! que temo mucho, por más que sean éstos al presente mis sentimientos, la frágil contextura de mi barro, si no me da la mano vuestra omnipotencia, si no me ayuda un rayo de vuestra sabiduría, si no me alumbra el fuego de vuestro amor.

Sea así, Criador mío dulcísimo, para que venza mis pasiones, adquiera las virtudes, os ame cual siervo fiel aquí en la tierra, y os goce eternamente allá en la gloria.

Amén.

(Padre Francisco Javier Hernández, S.J.)



LECCIÓN ESPIRITUAL (Día 1)

Todas las cosas de deben referir a Dios, como a su último fin.

1. Hijo, yo debo ser tu supremo y último fin, si deseas de verdad ser bienaventurado. Con este propósito su purificará tu deseo, que vilmente se abate muchas veces a sí mismo y a las criaturas; porque si en algo te buscas, luego desfalleces en ti y quedas árido. Atribuye, pues, todo lo bueno principalmente a Mí, que soy el que te doy todos los bienes. Así considera cada cosa como venida del Sumo Bien; y por eso todas las cosas se deben reducir a Mí, como a su propio principio.

2. De Mí sacan agua como de fuente viva el pequeño y el grande, el pobre y el rico; y los que me sirven de buena voluntad y libremente, recibirán gracia por gracia; mas el que se quisiere glorificar fuera de Mí, o deleitarse en algún bien particular, no será confirmado en el verdadero gozo, ni deleitado en su corazón, sino que estará impedido y angustiado de muchas maneras. Por eso no te apropies a ti cosa alguna buena, ni atribuyas a algún hombre la virtud, sino refiérelo todo a Dios, sin el cual no tiene el hombre cosa alguna. Yo lo di todo. Yo quiero que se me vuelva todo, y con gran razón exijo que se me den gracias.

3. Esta es la verdad con que se destruye la vanagloria; y si la gracia celestial y la caridad verdadera entrare en el alma, no habrá envidia alguna, ni quebranto de corazón, ni te ocupará el amor propio. La caridad de Dios lo vence todo, y dilata todas las fuerzas del alma. Si bien lo entiendes, en Mí solo te has de gozar, en Mí solo has de tener esperanza; porque ninguno es bueno, sino sólo Dios, el cual es de alabar sobre todas las cosas, y debe ser bendecido de todas ellas.

(Tomás de Kempis, "Imitación de Cristo", Libro Tercero, Capítulo 9)



VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO (Día 1)

¡Oh amabilísimo Corazón de Jesús Sacramentado!

Os adoro profundamente en ese augusto Sacramento, y os doy rendidas gracias por haber instituido ese compendio de maravillas, resumen de vuestras finezas y evidente testimonio de ternura de vuestro amor; y para dároslas más incesantes, convido a todos los justos de la tierra y bienaventurados del cielo, uniendo con ellos los afectos de mi corazón, y deseando ardientemente alabaros y ensalzaros por toda la eternidad.

Os adoro también con el ánimo y deseo resarcir de algún modo las injurias que en ese Sacramento recibís de los infieles y malos cristianos, especialmente por la ingratitud y olvido con que los hombres os dejan solo en tantos sagrarios, en todos los cuales os adoro humildemente desde aquí, uniendo mis débiles obsequios con el fervor y devoción de los Santos más fieles y amantes de vuestro Corazón santísimo. Admitid, Jesús amoroso, mis ardientes súplicas, para que adorándoos en esta vida sacramentado por nuestro amor, os bendiga y ensalce después eternamente.

Amén.

Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 165.

Oración por mis hijos






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!