EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

PRIMERA PARTE: Prácticas espirituales de cada día.

Capítulo XX

Al acostarse.

I

Pasados los cuidados del día, y volviendo el tiempo del reposo, no debe el cristiano entregarse al sueño, imagen de la muerte, sino preparado a morir. ¿Quién puede asegurarle que al día siguiente se levantará vivo y sano, pues que no puede dudar que muchos en el mundo, asaltados mientras duermen de algún accidente súbito, truecan el sueo con la muerte?

Postrado, pues, delante de Dios, su juez supremo, primeramente déle gracias de los muchos y grandes beneficios recibidos en toda la vida y en aquel día, numerándolos y considerándolos lo mejor que pueda y sepacon afecto íntimo de ánimo agradecido. Y luego, habiendo pedido luz para conocer bien sus culpas, coteje con los beneficios de Dios sus malas obras trayendo a la memoria, y confesando con gran confusión lo que en aquel día hubiere pecado de pensamiento, palabra, obra y omisión, contra la ley de Dios, o sin ajustarse a ella.

Juntas así las culpas, reprendiéndose por ellas y detestándolas con profundo dolor, quémelas y abráseles en la hoguera del amor divino, que sólo tiene poderosa eficacia para consumirlas. En suma, con verdadera contrición proceda de caridad perfecta para con Dios, sumamente amable, se esfuerce con todo su corazón a cancelarlas y anularlas. En fin, proponga con ánimo muy resuelto, no consentir jamás en cosa pecaminosa. Implore además el auxilio divino, para mantener sus promesas, con los coloquios con Cristo, la Virgen, Ángel Custodio y otros santos.

(San Francisco Javier, S.J.)

II

Antes de meterte en la cama piensa un poco en lo siguiente:

    ¡He de morir, y no sé cómo! ¡Seré juzgado de Dios, y no sé cuándo! Si fuese esta noche, ¿qué cuenta le daría? ¿Qué sentencia me tocaría? ¿Sería de salvación o de condenación? ¿Y con esta incertidumbre, no lloraré mis pecados y teniendo ahora tiempo, no enmendaré mi vida?

Metido en la cama recuerda brevemente lo que ha de ser objeto de la meditación para la mañana siguiente, y reza las siguientes jaculatorias:

    Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía.

    Jesús, José y María, asistidme en la última agonía.

    Jesús, José y María, al morir, recibid en vuestros brazos el alma mía.

El 25 de abril de 1806, el papa Pio VII concedió 100 días de indugencia por cada una de estas jaculatorias.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 162.






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!