EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

PRIMERA PARTE: Prácticas espirituales de cada día.

Capítulo XIX

Examen del día.

I

No sin particular misterio se compara el alma del justo a un jardín, porque sin duda las almas de los justos son unos amenísimos jardines, adonde Dios baja a recrearse con ellos, y va cogiendo las flores de las virtudes que ellos ve, para fabricarles de ellas la corona que les ha de dar en el cielo. Mas gusta mucho este Señor que nsotros hagamos con este jardín de nuestra alma lo que los cuidadosos jardineros suelen hacer con los jardines materiales, en los cuales verás que en diversos cuadros suele haber hechas de la misma hierba diversas labores, como de un león o un águila, y a este modo otras diferentes figuras. Y para que perseveren las labores y no crezca la hierba, de suerte de que aquellas figuras bien proporcionadas se vengan a hacer unos mosntruos, y totalmente se borre la pintura, andan cada día con la tijera afeitando y cortando la hierba que sobresale dela labor, para que así se conserve el cuadro en su hermosura por mucho tiempo.

Pues eso mismo me perece a mí que ha de hacer el que desea que en su alma se conserven las virtudes que Dios ha plantado en ella; ha de ir cortando con la tijera la misma hierba que crece, y que, apenas haya comenzado a brotar la pasión o mala inclinación, cuando ya esté cortada. Y esto se hace en el examen de conciencia, porque en él conoce uno, y echa de ver cómo crece la hierba, y si no está ajustada y anivelada con la ley de Dios, la corta y arranca antes que crezca, y venga a borrar toda esa buena labor de la virtud, haciendo unos infernales monstruos de vicios en el cuadro en donde solía estar tanta hermosura de virtudes.

La importancia de este examen de la conciencia es tan grande, que la encarecen mucho los santos, en particular San Basilio, San Agustín, San Bernardo y San Juan Crisóstomo, aconsejándonos que hagamos cada día este examen antes de acostarnos, y dan dos razones muy buenas: la primera para que el día siguiente estemos más lejos de caer en las culpas que el día antes hemos llorado; porque claro está que el haber uno concido la gravedad de una culpa y arrepentídose de ella, le ha de enfrenar para que no la torne a cometer.

La segunda razón es, porque el mismo saber que nos hemos de tomar cuenta a la noche, y que si la hubiéramos hecho, la hemos de pagar, nos detendrá para que no caigamos, y otros muchos bienes que hay en hacer este examen. Mas porque sale mejor lo blanco junto a lo negro, y un contrario junto a otro, será bien decir ahora los grandes daños que se le siguen a un alma descuidada y que no examinase su conciencia, los cuales nos dijo el Espíritu Santo por una muy propia comparación: "Pasé por el campo del hombre perezoso y por la viña del necio, y vi que todo ello estaba lleno de ortigas y espinas, hecho un erial y destruida la cerca."

¿Qué piensas que es el alma de un perezoso, que no cuida de ella ni examina sus obras, sino una viña lena de malezas y ortigas, de vicios y pecados, y con cuyas espinas se ahogan las cepas, y así no llegan a dar fruto? Porque como la tierra de nuestro corazón es de suyo tan viciosa, si no se anda continuamente con la tijera en la mano, y con la escardilla cortando la mala hierba de la pasión y torcida inclinación, cuando comienza a nacer en el alma, en breve tiempo crece de suerte esta mala hierba, que pone a un hombre tan de raiz en sus vicios, que yo no trata de su remedio, ni de arrancarlos, como ve que todo está lleno de estas espinas del pecado, y que se ha arraigado tanto por la mala costumbre, y que le ha de costar sangre el arrancarlas, y así deja su alma como heredad perdida, para que pazcan en ella las bestias, que son los demonios; lo cual no hiciera, ni viniera a tan grande daño, si en viendo que comenzara a asomar la espina y la mala hierba, la cortara y arrancara en tiempo que le podía costar tan poco trabajo.

Porque claro está que si acá un labrador viese que una heredad suya se le había llenado de abrojos y espinas, y que no se había de poder servir de ella si primero no andaba a mano arrancándolas y derramando sangre, que antes dejaría la tierra por perdida, que querer pasar tanto trabajo en cultivarla de nuevo. Pues esto acontece cada día a los malos y perezosos, que no cuidan de sus conciencias, ni se piden cada día la cuenta que Dios quiere y fuera razón; y si tú no quieres ser de la suerte de éstos, cuyas almas son heredades del demonio, conviene que hagas todo lo contrario, y que examines cada día tu conciencia, que esto es el ir a ver la viña; y si hallas en el examen que has cometido alguna culpa, y que comienza a nacer en tu alma alguna mala hierba, echa mano de la tiejera y córtala, pues sobresale en la labor que hacen las virtudes antes que crezama más, doliéndote muy de corazón de haberla cometido, pidiendo perdón a Dios y proponiendo la enmienda.

(Padre Juan Eusebio Nieremberg, S.J.)

II

1. Acción de gracias.- Gracias os doy, Dios mío, por todos vuestros beneficios, y particularmente por todos los de este día, espirituales y corporales.

2. Petición de luz.- Dadme, Señor, luz para conocer mis faltas, y gracia para llorarlas, por ser contra vuestra bondad y majestad infinita.

3. Examen de las culpas.- Aquí examinarás las culpas cometidas en el día por pensaiento, palabra, obra y omisión contra Dios, contra el prójimo y contra tí mismo. Es bueno examinarse en particular sobre lo que se adelanta o atrasa en vencer la pasión dominante, anotando las faltas que se cometen cada día, cada semana y cada mes, y comparando unas con otras, e imponiéndose alguna leve penitencia cuando se falte.

4. Dolor de los pecados.- Creador y Redentor mío, dulce Jesús de mi alma, me pesa de haberos ofendido, por los castigos terribles que he merecido por mis pecados, por vuestra bondad infinita, por ser quien sois, y porque os amo sobre todas las cosas.

5. Propósito de enmienda.- Propongo firmemente nunca más pecar, y apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confiando, no en mis propias fuerzas, sino en las de vuestra gracia.

6. Señor mío Jesucristo. Un acto de contrición bien hecho puede cerrar las puertas del infierno y abrir las del cielo.

7. Yo pecador.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 154.






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!