EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

PRIMERA PARTE: Prácticas espirituales de cada día.

Capítulo XVI

Oir pláticas y sermones.

I

Una de las señales más ciertas de predestinación es oir con gusto la palabra de Dios; como al contrario, no hay más cierta señal de reprobación eterna que no ser aficionados a oir sermones.

Esta fue aquella sentencia temerosa que dijo Cristo en su cara a los fariseos, estrellandoles en la frente una verdad tan fuerte como fue decirles: "El que es de Dios, oye las palabras de Dios; y por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios". Y en otra parte dijo: "Que son bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la guardan", siendo como principio del guardarla el oirla.

Sea, pues, el hermano del Sagrado Corazón muy aficionado a oir sermones; y aunque tal vez le parezca no tiene tan precisa necesidad de ellos, no por eso los deje, que no sabe si le tiene librada nuestro Señor su salvación en ese sermón que deja de oir.

Para aficionarse más a la divina palabra, servirá el considerar la asistencia y protección grande que tiene Dios sobre los que están oyendo sermón, que sin duda es singularísima, moviéndoles muchas veces, y enseñándoles más por este medio que por otros que parecen más eficaces. Todo lo cual nace de ser grandes los auxilios de gracia que tiene guardados en su palabra para ablandar nuestros corazones y convertirlos a sí.

Los santos ángeles de nuestra guarda asimismo están alegrísimos cuando nos ven atentos y devotos, y entonces es cuando más amor y eficacia nos enseñan, alumbran y amonestan. Y como entre ellos alumbra Dios a los inferiores por medio de los superiores de las jerarquías más altas, así lo hace en la Iglesia militante, enseñando, alumbrando y moviendo al pueblo con lo que a sus predicadores da para este fin, a los cuales la Escritura, en varios lugares, llama ángeles.

Pero porque no hay medicina tan eficaz que no requiera su disposición para que entre en provecho, así es necesario disponernos para oir la divina palabra, de suerte que consigamos el fruto de ella.

(Padre Bernardino de Villegas, S.J.)

II

Esta disposición se reduce a tres cosas. La primera es necesaria humildad y remordimiento, oyendo al predicador como si fuera el mismo Cristo en persona el que habla; pues Él dijo que quien a sus ministros oye, a Él le oye; que habla por su boca, y a ellos les da la dulce y provechosa doctrina con que mantengan para la vida eterna a sus escogidos, como a niños que tiernamente ama.

Considérate, hermano, cual otra Magdalena a los pies del Salvador, y oye con atención sus palabras, sin que por entonces te diviertan negocios ni cuidados de tierra; que no hay otro negocio ni cuidado mayor que éste.

Dile a su Majestad de lo íntimo de tu corazón: Hablad, Señor, que vuestro siervo escucha; que más de dos veces te leerá el corazón y te dirá lo que pasa por tu alma, y te admirarás de ver la divina misericordia, que por medio de su palabra así destierra nuestras ignorancias, y despierta nuestros fervores.

Lo segundo, es necesaria atención y deseo de aprovechar, no dejándose llevar de vana curiosidad de oir cosas nuevas o extraordinarias, o de ver la gracia, acción, estilo y lenguaje del predicador: que aunque es verdad que causa esto un poco de gusto natural, cuando el predicador lo tiene; pero no ha de ser eso lo que habemos de ir a buscar al sermón, pues esa vana curiosidad o gesto humano podría impedir el fruto de la divina palabra, pues no se va a oir a Dios, sino a hombres; no con deseo de oir verdades que aprovechen, sino curiosidades que deleiten.

Lo tercero, no te contentes, hermano, con oir, sino trata luego de ejecutar, porque el que oye la palabra de Dios, y sabe su voluntad y no la cumple, éste merece doblado castigo. Vicio es éste que de ordinario se acompaña de gente noble y de buen tono; grandes censuradores de sermones, y que no perderán el sermón, culto o crítico, que ellos llaman, por cuanto hay en el mundo; pero no pasan de ahí; tan curiosos se salen del sermón como se entraron, y nunca tratan de enmendar su vida. Semejantes al rey Herodes, que deseó grandemente ver a Cristo, para que hiciese delante de él algún milagro, u oir de su boca algunos ocultos misterios en que cebar su curiosidad; pero tan amancebado se quería estar y se estuvo después de haber visto a Cristo como estaba antes.

(Padre Bernardino de Villegas, S.J.)

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 146.






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!