EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

PRIMERA PARTE: Prácticas espirituales de cada día.

Capítulo XIV

Trisagio a la Santísima Trinidad.

Se conocen por Trisagio todos los himnos en honor de la Santísima Trinidad, en la que se repite tres veces la palabra «santo».

ORIGEN DEL TRISAGIO

No es invención del ingenio humano el santísimo Trisagio, sino obra del mismo Dios, que lo inspiró al profeta Isaías cuando oyó como lo cantaban los Serafines para enaltecer la gloria del Creador.

En la escuela de los mismos Serafines y demás coros celestiales fue donde lo aprendió milagrosamente un niño de corta edad que, a la manera de San Pablo, fue arrebatado al cielo como lo refieren las historias eclesiásticas.

En el año 447, y siendo Teodosio el Joven emperador de Oriente, se experimentó un terremoto casi universal y muy violento, y que por su duración y espantosos estragos se hizo el más notable de cuantos hasta entonces se habían visto. Fueron incalculables los daños que seis meses de sacudimientos casi continuos causaron en los más suntuosos edificios de Constantinopla y en toda la famosa muralla del Quersoneso. Se abrió la tierra en muchos puntos, y quedaron sepultadas en sus entrañas ciudades enteras; secáronse las fuentes, y manifestábanse otras nuevas; y era tal la violencia de los sacudimientos, que arrancaban árboles muy corpulentos, aparecían montañas donde había antes llanuras y profundas concavidades donde antes había montañas. El mar arrojaba a las playas peces de gran magnitud, y las playas y los barcos se quedaban sin aguas, que iban a inundar grandes islas.

Ante esta situación, se creyó prudente abandonar las poblaciones, y así lo hicieron los moradores de Constantinopla, con el emperador Teodosio, su hermana Pulqueria, San Proclo, patriarca entonces de aquella Iglesia, y todo su clero. Reunidos en un paraje llamado el Campo, dirigían al cielo fervorosas súplicas y grandes clamores, pidiendo socorro en necesidad tan apurada, cuando un día, entre ocho y nueve de la mañana, fue tan extraordinario el sacudimiento que dio la tierra, que faltó poco para que causase los mismos estragos que el diluvio universal. A este susto sucedió la admiración del prodigio siguiente: Un niño de pocos años fue arrebatado por los aires, a la vista de todos los del Campo, que le vieron subir hasta perderle de vista. Después de largo rato, descendió a la tierra del mismo modo que había sido arrebatado al cielo; y luego, puesto en presencia del Patriarca, del emperador y de toda la multitud, pasmada, contó cómo, siendo admitido en los coros celestiales, oyó cantar a los Ángeles estas palabras: Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal, tened misericordia de nosotros; y cómo se le había mandado poner esta visión en conocimiento de todos los allí reunidos. Dichas estas palabras, el niño murió.

San Proclo y el emperador, oído este relato, mandaron unánimemente que todos entonasen en público este sagrado cántico, e inmediatamente cesó el terremoto y quedó quieta toda la tierra. De aquí provino el uso del Trisagio, que el Concilio General de Calcedonia prescribió a todos los fieles, como un formulario para invocar a la Santísima Trinidad en tiempos funestos y de calamidades. De aquí ha venido el merecer la aprobación de tantos Prelados de la Iglesia, que han apoyado su práctica enriqueciéndola con el tesoro de las indulgencias, y de aquí, finalmente, ha venido que se haya impreso y reimpreso tantas veces, siempre con universal aplauso y aceptación de todos, teniéndolo como un escudo impenetrable contra todos los males que Dios envía a la tierra en castigo de nuestros pecados.

San Antonio María Claret, después de una locución que tuvo en la Granja (Segovia), el día 27 de agosto de 1851, en la Iglesia del Rosario, dijo que "la salvación de España se cifraba en tres devociones: el Trisagio, el Santísimo Sacramento y el Rosario". La hermana Lucía de Fátima, durante su estancia en Tuy /Pontevedra), en junio de 1929, tuvo una visión de la Santísima Trinidad e igualmente era muy amante de esta devoción.

En los tiempos actuales, el Padre Pío de Pietrelcina exhortaba a sus fieles a tener gran devoción a la Santísima Trinidad, especialmente el rezo del Trisagio, y la famosa estigmatizada española, Madre Esperanza de Jesús Alhama, fundadora de las Esclavas e Hijos del Amor Misericordioso, también lo rezaba diariamente, y cuando surgía algún problema o se veían en alguna necesidad, inmediatamente comenzaba el rezo con todas sus monjas y mandaba también que se recitara en todas sus Casas y durante largas temporadas.

FUENTE: Extraido del libro "Camino recto hacia el Cielo", de San Antonio María Claret. Ver Apostolado eucarístico.

I


Ofrecimiento para ganar las indulgencias siempre que se rece el Trisagio.

Rogámoste, Señor, por el estado de la Santa Iglesia y prelados de ella, por la exaltación de la fe católica, extirpación de las herejías, paz y concordia entre los cristianos, conversión de todos los infieles, herejes y pecadores; por los agonizantes y caminantes, por las benditas almas del purgatorio, por el aumento de la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y María, y demás piadosos fines de nuestra Santa Madre Iglesia. Amén.

P: Bendita sea la Santa e indivisible Trinidad, ahora y siempre y por todos los siglos de los siglos.
R: Amén.

P: Abrid, Señor, mis labios.
R: Y mi voz pronunciará vuestra alabanza.

P: Dios mío, en mi favor benigno entiende.
R: Señor, a mi socorro presto atiende.

Gloria sea dada al Padre,
Gloria al Eterno Hijo,
Gloria al Espíritu Santo,
Por los siglos de los siglos.
Amén. Aleluya.

Desde el Domingo de Septuagésima hasta el Sábado Santo, en lugar de Aleluya se dice los siguiente: "Alabanza sea dada a Tí, Señor, Rey de la eterna gloria".

Acto de contrición

Amorosísimo Dios, Trino y Uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en quien creo, a quien adoro, en quien espero, y a quien amo con todo mi corazón, cuerpo, alma, sentidos y potencias; por ser Vos mi Padre, mi Señor y mi Dios, infinitamente bueno y digno de ser amado sobre todas las cosas.

Me pesa, Trinidad Santísima; me pesa, Trinidad misericordiosísima; me pesa, Trinidad amabilísima, de haberos ofendido sólo, por ser quien sois; propongo y os doy palabra de nunca más pecar; espero en vuestra suma bondad y misericordia infinita en que me habeis de perdonar todos mis pecados, y que me dareis gracia para perseverar en un verdadero amor y cordiabilísima devoción a vuestra siempre amabilísima Trinidad. Amén.

Himno

Ya se aparta el sol ardiente.
Y así, oh luz perenne unida,
infunde un amor constante
a nuestras almas rendida.

En la aurora te alabamos,
y también al mediodía,
aspirando por gozar
en el cielo de tu vista.

Al Padre, al Hijo y a Tí,
Espíritu que das vida,
ahora y siempre se den
alabanzas infinitas. Amén.

Novenario

Padrenuestro y Gloria.

Repite nueve veces lo siguiente:

P: Santo, Santo, Santo, Señor, Dios de los ejércitos; llenos están los cielos y la tierra de la Majestad de vuestra gloria.

R: Gloria.

Todo el conjunto desde el Padrenuestro y Gloria se repite por segunda y por tercera vez.

Antífona


A tí, Dios Padre Ingénito.
A tí, Hijo Unigénito.
A tí, Espíritu Santo Paráclito.

Santa e individua Trinidad, de todo corazón te confesamos, alabamos y bendecimos. A tí se dé la gloria por los siglos de los siglos.

P: Bendigamos al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
R: Alabémosle y ensalcémosle en todos los siglos de los siglos.

Oración

Dios Uno y Trino, dadnos continuamente vuestra gracia, vuestra caridad y la comunicación de Vos para que en tiempo y eternidad os amemos y glorifiquemos. Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, en una Deidad, por todos los siglos de los siglos. Amén.

Gozos a la Santísima Trinidad


Dios Uno y Trino, a quien tanto
Arcángeles, Queribines,
Ángeles y Serafines
dicen "Santo, Santo, Santo"

Gózate, amable Deidad,
en tu incomprensible esencia,
y de que por tu clemencia
perdonas nuestra maldad,
en místico y dulce canto.

Ángeles y Serafines
dicen "Santo, Santo, Santo"

¡Oh, inefable Trinidad!
Bien sumo, eterno, increado,
al hombre comunicado
por exceso de bondad;
y porque en la eternidad
esto te complace tanto,

Ángeles y Serafines
dicen "Santo, Santo, Santo"

Gózate, pues Tú, luz pura,
con ser tan esclarecida,
no llega a ser comprendida
por alguna criatura.
Por eso al ver tu hermosura,
con sagrado horror y espanto,

Ángeles y Serafines
dicen "Santo, Santo, Santo"

Antífona

Bendita sea la Santa e individua Trinidad, que todas las cosas cría y gobierna, ahora y siempre, y por los infinitos siglos de los siglos. Amén.

P: Bendigamos al Padre, y al Hijo con el Espíritu Santo.
R: Alabémosle y ensalcémosle en todos los siglos.

Oración

Omnipotente y sempiterno Dios, que te dignaste revelar a tus siervos en la confesión de la verdadera fe la gloria de tu eterna Trinidad, y de que adorasen la unidad de tu Augusta Majestad: te rogamos, Señor, que por la fuerza de esa misma fe nos veamos siempre libres de todas las adversidades y peligros, por Cristo Señor nuestro. Amén.

Bendita y alabada sea la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, el Santísimo Sacramento del altar y la Purísima Concepción de María Santísima, Señora nuestra, concebida sin mancha de pecado original en el primer instante de su ser natural. Amén.

Oración

Piadosísimo Señor mío Jesucristo: confieso que eres en el cielo majestuoso, en la tierra poderoso, y en el infierno terrible. Pero atraido del suave olor de tus bondades, estoy persuadido que has venido no a condenar sino a salvar, no a buscar glorias sino a repartir misericordias. Sí, Señor, Tú que eres médico, abogado y maestro; que eres padre, pastor y esposo; sí, Tú nos aseguras que estarás con nosotros hasta el fin de los siglos para concedernos cuanto pidiésemos en tu Nombre.

¡Ea!, benignísimo Padre, acuérdate de tus antiguas misericordias: olvida nuestras ingratitudes, perdona nuestras deudas, cría un corazón contrito, un espíritu principal, una intención recta. Haz que nuestras obras y proyectos se animen de caridad. En fin, sin olvidarte del purgatorio, haz que todos cumplamos las obligaciones de nuestro estado, para que perseverando en tu gracia, bajo la protección de tu dolorosa y nuestra dulce Madre María, merezcamos con ella alabarte por toda la eternidad. Amén.

FUENTES:

  • El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 116.

  • Misalito Regina, del padre Luis Ribera, claretiano. Editorial Regina, S.A. Barcelona, 1965, pág. 63.






  • ¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
    ¡Solo tú!