EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

PRIMERA PARTE: Prácticas espirituales de cada día.

Capítulo XIII

Lectura de una lección espiritual.

I

No verás a nadie que trate de veras de su aprovechamiento que no sea dado a la lección de libros espirituales; porque si el ánimo está caído y desmayado, ellos le levantan y afervoran; si tibio y frío, le encienden; si altivo y soberbio, le humillan; si triste y congojado, le alegran.

No hay enfermedad que no curen, llaga que no sanen, trabajo que no alivien, dolor que no aplaquen. Ellos hacen tener trato y comunicación con Dios, porque con Dios hablamos cuando oramos, y a Dios oímos cuando leemos; ellos son armas defensivas y ofensivas contra nuestros enemigos; ellos son platos de manjar celestial con que el alma se satisface y harta; ellos son espejos donde se ve nuestros interior, y lo bueno o malo que tenemos; ellos son consejeros verdaderos, predicadores secretos y maestros ingeniosos, que enseñan callando; letrados de Cámara, que si se les manda callar, callan; si tornar a repetir lo dicho, lo repiten; no se cansan de esperar, ni desesperan de aprovechar.

Por ellos se acuerda el hombre de lo que ha olvidado; ellos nos descubren las cosas que se han de creer, los premios que se han de esperar, los castigos que se han de huir, los preceptos que se han de agradecer, lo que se ha de desear, pedir y meditar; ellos avisan a los que titubean en la fe, que estén firmes en ella; a los que han perdido la caridad, que hagan penitencia y la restauren; a los tibios, que se afervoren; a los desconfiados, que confien; a los tentados, que resistan; a los perseguidos, que sufran; a los justos, que se perfeccionen; y a los perfectos, que perseveren y aprovechen a sus prójimos.

Y por decirlo todo en breve, ellos enseñan nuestra ignorancia, resuelven nuestras dudas y corrigen nuestros yerros, mejoran nuestras costumbres, descubren nuestros vicios, alientan nuestras virtudes, incitan nuestro fervor, pónennos miedo y horror al pecado, recrean el ánimo afligido, y consuelan al desconsolado.

Si la carne flaquea, si la prosperidad nos daña, si el mundo nos persigue, si los males nos amenazan, si trabajos nos cercan, si nos falta el sustento, la salud, la honra, para todo hallaremos remedio y consuelo en la lección espiritual; mas si tú quieres experimentar estos efectos, guarda los siguientes consejos:

1º. Antes de comenzar a leer, levanta el corazón a Dios y pídele gracia para aprovecharte, y busca en el libro la verdad, no la elocuencia; la utilidad, no la sutileza; el desengaño, no el entretenimiento; la devoción, no la profundidad; el saber salvarte, no el sabor para entretenertey recrearte.

2º. Haz cuenta que Dios te habla y dice lo que lees, no solo para que lo sepas, sino para que lo pongas por obra.

3º. No ha de leer apresuradamente, no de corrida, como quien lee historia, sino con pausa y ponderación, no tanto para consolarte, como para enmendarte; no solo para divertirte, sino para corregirte, dando lugar a que Dios te hable al corazón.

4º. Cuando hallares alguna sentencia o lugar devoto que te mueva, detente un poco pensando en ello, aficiona tu voluntad, desengaña tu entendimiento, consérvalo en la memoria para pensarlo entre día y aprovecharte de ello en las ocasiones, y no inquieras quien lo ha dicho, sino qué tal es el dicho.

5º. No leas mucho de una vez; porque así como no sustenta al cuerpo la mucha comida, sino la moderada bien digerida, así tampoco sustenta al alma la lección larga, sino el digerirla bien.

6º. No remudes muchos libros, que varios remedios dañan al enfermo y diversos manjares descomponen y estragan el estómago.

(Padre Francisco de Castro, S.J.)

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 105.






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!