EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

PRIMERA PARTE: Prácticas espirituales de cada día.

Capítulo XI

Almuerzo y comida.

I

Es vecino al convite el pecado; que, como se pecó la primera vez por comer, así casi siempre en el comer y en el beber de los banquetes se peca. Y el corazón humano, por una parte engolosinado con el sabor del manjar, y por otra parte distraído de sí, y como sacado afuera con la abundancia y la sobra, y encendido con el vino y metido en placer, y con esto y con la risa y conversación lanzado en el gusto de estos bienes sensibles, dentro de sí se abraza y se casa o amanceba con ellos; y viene (veces hay) a decir de sí mismo: "Ésto bueno es, apacible, suave; déjenoslo Dios, y él estese en el cielo." Y en esta manera, como preciando a Dios, le desprecia, y como conociéndole, le desconoce, y con dejarle su bienaventuranza y grandeza, calladamente se ríe de ella y le antepone la suya. Comienza, pues, la comida haciendo una breve oración.

(Fray Luis de León, agustino)

II

Reglas para ordenarse y moderarse en el comer.

La primera regla es que del pan conviene abstenerse menos, porque no es manjar en que el apetito se propase tanto o a que instigue con tanta fuerza la tentación, como a los otros manjares.

La segunda, en el beber parece que la abstinencia es más útil y necesaria: y por eso mírese bien lo que puede aprovechar o dañar para que no se pase de la justa medida.

La tercera, de los otros manjares se debe procurar mayor abstinencia, porque así el apetito en desordenarse, como la tentación en estimular son más prontos en esta parte; y por lo mismo para evitar exceso, es bien habituarse a comer manjares gruesos, y si delicados, en poca cantidad.

La cuarta, salvo siempre el cuidado de la salud, cuanto más uno cercene, más pronto dará con el medio que debe guardar en la comida y bebida y por dos razones; 1º, porque ayudándose y disponiéndose de este modo, sentirá mejor las internas noticias, consolaciones y divinas inspiraciones, que le guíen y enseñen el medio justo: 2º, si por razón de la abstinencia se empieza a desfallecer el sujeto, y falta la disposición necesaria para los ejercicios espirituales, fácilmente vendrá a conocer el alimento que le conviene o necesita.

La quinta, durante la comida imagine que ve a Cristo nuestro Señor comer con sus Apóstoles, y cómo bebe, y cómo mira, y cómo habla, y procure imitarle, de manera que la principal parte del entendimiento se ocupe en la consideración de Nuestro Señor, y la menor en el sustento corporal. Así adquirirá mayor concierto y orden para saberse gobernar en esto.

La sexta, otras veces puede, mientras come, pensar en la vida de los santos u otra pía contemplación o negocio espiritual; y así percibirá menos el deleite de los manjares.

La séptima, sobre todo guárdese de tener puesto y fijo todo el ánimo y atención en lo que come, ni por mucho apetito vaya apresurado; sino sea señor de sí, tanto en la cantidad, como en la manera de comer.

La octava, a este fin aprovecha no poco que, levantada la mesa, u a otra hora en que no sienta apetito, determine cada uno la porción de comida y cena que le bastará para después, de la cual no exceda por apetito ni tentación; antes para refrenar la gula y vencer la instigación del enemigo, si es tentado a comer más, coma menos.

(San Ignacio de Loyola)

Oraciones

Antes de comer

Dadnos, Señor y Dios mío, vuestra bendición, y bendecid también el alimento que vamos a tomar, para mantenernos en vuestro divino servicio. Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

Después de comer

Gracias os damos por todos vuestros beneficios, oh Dios omnipotente, que vivís y reinais por los siglos de los siglos. Amén. Padrenuestro, Avemaría y Gloria.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 100.






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!