EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

PRIMERA PARTE: Prácticas espirituales de cada día.

Capítulo VIII

Trabajo y labor de manos.

I

Conviene huir la ociosidad, madre de todos los vicios. Lo cual es en tanta manera verdad, que entre cuatro causas que señala el profeta Ezequiel por donde Sodoma llegó al extremo de todos los males, ésta dice que fue una de ellas.

Doctrina es también de aquellos padres del yermo, que el monje cupado no tenía más que una sola tentación; mas que el ocioso tenía muchas: porque para todas hallaba el demonio entrada en él por la puerta de la ociosidad. De suerte que, bien mirado, la ociosidad tiene dos cosas por las cuales debe ser de todos los buenos grandemente aborrecida.

La una, que, como está dicho, abre la puerta a todos los males; y la otra, que la cierra a todos los bienes. Porque como ningún bien hay en el mundo que no se alcance con trabajo, sea virtud, sea ciencia, sea honra o hacienda; por el mismo caso que un hombres es enemigo del trabajo, carece del instrumento general con que se alcanzan todos los bienes.

Pues ¿quién no aborrecerá un vicio que trae consigo tan grandes males como estos dos? ¿qué mayor mal podría tener una ciudad que tener dos puertas, una por donde le entrasen todos los bienes, y otra por donde le entrasen todos los males, y que la primera estuviese siempre cerrada y la segunda siempre abierta? ¿qué cosa más semejante al estado de los que están en el infierno condenados? Pues tal está el alma del hombre ocioso: la cual para todos los males tiene abierta la puerta; y para todos los bienes cerrada; pues ningún bien quiso la naturaleza que se alcanzase sin trabajo: de que el ocioso es enemigo.

Pues por esta causa procure el hombre ordenar de tal manera su vida, y trazar los tiempos del día, que nunca tenga rato desocupado.

Las personas pobres o de bajo estado ocúpense en sus oficios y en obras de manos: mas aquellas a quien no es dado esto, ninguna ocupación pueden hacer más dulce, ni más provechosa, ni más durable, después de la comunicación con Dios, y gobierno de sus casas, que es darse a leer en buenos libros. Casiano escribe de aquellos padres del yermo, que tenían por tan importante cosa ésta para perseverar en la observancia de la virtud y la religión, que cuando algún monje vivía tan apartado de la compañía de los hombres, que no le podía prestar para nada su trabajo, no por eso dejaba de trabajar: y al cabo del año pegaba fuego a sus trabajos para desembarazar la celda: y comenzaba de nuevo a trabajar. Y aún dice más: que aquel trabajo de manos no les impedía el uso de la oración interior; porque con las manos hacían la obra, y con el corazón vacaban a Dios.

(Fray Luis de Granada, dominico)

Oración

Haced la señal de la cruz: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, amén.

Dios mío, bendecid este trabajo y aceptadle en unión de los muchos que Vos sufrísteis por mí.
Amén.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 87.






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