EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

PRIMERA PARTE: Prácticas espirituales de cada día.

Capítulo VI

Al oir la Santa Misa.

I

La misa es una memoria y representación de la pasión y muerte de Cristo. Quiso el Redentor del mundo que este santo sacrificio fuese memoria de su pasión y del amor que nos tuvo: porque entendió que acordándonos de lo que por nosotros padeció, nos sería esta continua memoria un despertador grande para amarle y servirle, y que no seríamos como el otro pueblo, que se olvidó del Señor que los salvó y sacó de Egipto. Y así una de las buenas devociones que podemos tener en la misa, conforme a esto, es ir considerando los misterios de la pasión que en ella se nos representa, sacando de allí actos de amor y propósitos de servir mucho al Señor.

Para esto nos ayudará mucho saber las significaciones de lo que se hace y dice en la misa, para que así vayamos entendiendo y gustando más de los misterios tan grandes que allí se nos representan, porque no hay palabra, ni signo, ni ceremonia, que no tenga grandes significaciones y misterios, y todas las vestiduras y ornamentos con que se viste el sacerdote para decir misa nos representan también eso mismo.

  • El amito dicen los Santos que representa el velo con que los judios cubrieron el rostro a Cristo nuestro Redentor, cuando se burlaban de él, hiriéndole en el rostro: Adivina quién te dió.

  • La alba, la vestidura blanca con que Herodes, haciendo burla y escarnio de Él, con su ejército le envió vestido a Pilato.

  • El cíngulo representa, o las primeras ataduras y sogas con que fue atado cuando le prendieron, o los azotes con que fue azotado por mandato de Pilato.

  • El manípulo significa las segundas ataduras con que ataron a Cristo las manos a la columna cuando le azotaron. Se pone en el brazo izquierdo, que está más cerca del corazón, para denotar el amor grande con que recibió aquellos crueles azotes por nuestros pecados, y el amor con que es razón que nosotros correspondamos a tan grande amor y beneficio.

  • La estola representa las terceras ataduras, que fue aquella soga que le echaron al cuello cuando llevaba la cruz a cuestas para ser crucificado.

  • La casulla representa la vestidura de grana que le vistieron para hacer burla y escarnio de él, o, según otros, representa aquella túnica inconsútil que le desnudaron para crucificarle.

El entrar el sacerdote en la sacristía para vestirse de estas vestiduras sacerdotales representa la entrada de Cristo en este mundo, en el sagrario sacratísimo del vientre virginal de la Virgen María madre suya, donde se vistió de las vestiduras de nuestra humanidad, para ir a celebrar este sacrificio en la Cruz. Y al salir el sacerdote de la sacristía canta el coro el introito de la misa, el cual significa los grandes deseos y suspiros con que aquellos santos padres esperaban la encarnación del Hijo de Dios. Y tórnase a repetir otra vez el introito, para significar la frecuencia de estos clamores y deseos que tenían aquellos santos padres de ver a Cristo en el mundo vestido de nuestra carne.

El decir el sacerdote la confesión, como hombre pecador, significa que Cristo tomó sobre sí todos nuestros pecados, para pagar por ellos, y quiso parecer pecador y ser tenido por tal, como dice el profeta Isaías, para que nosotros fuésemos justos y santos.

Los Kyries, que quieren decir: Señor, misericordia, significan la grande miseria en que estábamos todos antes de la venida de Cristo.

Sería cosa muy larga discurrir por todos los misterios en particular; basta entender que no hat cosa en la misa que no esté llena de misterios, y todos aquellos signos y cruces que hace el sacerdote sobre la hostia y el cáliz es para representarnos y traernos a la memoria los muchos y varios tormentos y dolores que padeció Cristo por nosotros en la Cruz; y el levantar en alto la hostia y el cáliz, en acabando se consagrar (además de que lo hace para que el pueblo lo adore), nos representa cuando levantaron la cruz en alto, para que todos lo viesen crucificado.

Cada uno puede entretenerse en la consideración de un misterio o dos que más devoción le diere, sacando de ello fruto para sí y procurando corresponder a tan grande amor y beneficio; y eso será más provechso que el pasar de corrida muchos misterios por la memoria.

(Padre Alonso Rodríguez, S.J.)

II

Os ofrezco, Dios mío, este augusto sacrificio para honrar vuestras inefables perfecciones, para agradeceros todas las gracias de que me habeis colmado, para pediros perdón de todas mis ingratitudes, y alcanzar de Vos nuevos favores.

Yo os pido, Jesús mío, atención continua, profundo respeto, fe viva y tierna devoción durante el adorable sacrificio. Abrasadme en vuestro amor para que pueda participar más y más de los méritos que me habeis granjeado con el precio de vuestra sangre.

EL SACERDOTE AL PIE DEL ALTAR

¡Divino Jesús mío! Vos sois la víctima que habeis cargado con todas las iniquidades del mundo: las habeis amargamente llorado, y las habeis expiado con los más horribles tormentos, muerte afrentosa y cruel. Yo vengo a mezclar con vuestras lágrimas las mías; y confieso en vuestro acatamiento, en presencia de la purísima Virgen María y de todos los Santos, que he pecado gravemente, y que son mis ingratitudes las que han atravesado vuestro Corazón. ¡Oh Dios Salvador mío! por vuestras lágrimas, por vuestra agonía en el Huerto de los Olivos, por vuestro Corazón, perdonadme y concededme la remisión de mis pecados.

AL INTROITO

Adoremos al Corazón de Jesús que tanto nos amó, postrémonos en su presencia, y lloremos nuestros pecados. Dadnos, Señor, un corazón contrito y humillado; y haced que el homenaje de nuestras adoraciones os sea tan agradable como si os ofreciésemos millares de víctimas.

A LOS KIRIES

¡Padre infinitamente misericordioso, compadeceos de vuestros hijos! ¡Jesús inmolado por nosotros, aplicadnos los méritos de vuestra sangre preciosa! ¡Espíritu Santo, Dios Santificador, descended a nuestros corazones y abrasadlos con vuestro amor!

AL GLORIA IN EXCELSIS

¡Qué dicha para nosotros, Jesús bendito! Os habeis dignado morar entre nosotros, y no satisfecho con tanta bondad nos ofreceis una mansión inefable en vuestro divino Corazón. Tened a bien, Señor, mezclemos nuestras voces con las de los Ángeles para agradecer debidamente favor tan insigne, y deciros con ellos: ¡Gloria a Dios en las alturas!

¡Padre todopoderoso! os alabamos, bendecimos, adoramos y agradecemos cuan encarecidamente podemos por los innumerables beneficios que nos otorgais. ¡Oh Cordero sin mancilla, que borrais los pecados del mundo, tened piedad de nosotros! Vos solo sois el Santo, el Señor, que reináis con el Apdre y el Espíritu Santo en la gloria, y que merecéis en la tierra todos nuestros homenajes.

A LAS ORACIONES

Jesús divino, manantial inagotable de todo bien, abridnos el interior de vuestro Corazón, para que introducidos en este augusto santuario por medio de piadosas meditaciones, fijemos en él para siempre nuestros corazones, como en el lugar donde sól pueden encontrarse el descando y la felicidad de las almas santas: así os lo pedimos, Señor, que siendo Dios, vivís y reináis por los siglos de los siglos.

A LA EPÍSTOLA (Isaías, cap. 53)

"El Mesias crecerá a los ojos del pueblo comouna humilde planta, y brotará como una raiz en tierra árida: no es de aspecto bello, ni es esplendoroso. Nosotros le hemos visto, dicen, y nada hay que atraiga nuestros ojos, ni llame nuestra atención hacia él. Le vimos después despreciado, el desecho de los hombres, varón de dolores y que sabe lo que es padecer; su rostro, como cubierto de vergüenza, y afrentado, por lo que no hicimos ningún caso de él. Es verdad que él mismo tomó sobre sí nuestras dolencias y pecados, cargando con todas nuestras penalidades: pero nosotros le reputamos entonces como un leproso y como un hombre humillado y herido de la mano de Dios.

Siendo así que por causa de nuestras iniquidades fue llagado él y destrozado por nuestras maldades. El castigo de que debía nacer nuestra paz con Dios, descargó sobre él, y con sus cardenales fuimos nosotros curados. Como ovejas descarriadas, cada cual se desvió de la senda del Señor para seguir su propio camino, y a él solo le ha cargado el Señor sobre las espaldas la iniquidad de todos nosotros. Fue ofrecido en sacrificio porque él mismo lo quiso; conducido será a la muerte sin resistencia suya, como va la oveja al matadero; y guardará silencio sin abrir la boca delante de sus verdugos, como el corderito que está mudo delante de que le trasquila. Arrancado ha sido de la tierra de los vivientes: para la expiación de las maldades de mi pueblo le he herido yo, dice el Señor".

AL GRADUAL

Derrámense nuestros corazones ante el acatamiento del Señor; viertan lágrimas nuestros ojos día y noche, y levantemos nuestras manos al cielo.

¡Corazón de Jesús! perdona a tus hijos, y no cesaremos jamás de cantar tus misericordias.

AL EVANGELIO

¿Jesús, Señor nuestro, enseñadnos lo que hemos de hacer para alcanzar la vida eterna!

"Hijos míos, yo voy a haceros un mandamiento nuevo: amaos unos a otros como yo os he amado. El mundo conocerá que sois mis discípulos por el amor que os tengais recíprocamente. Si me amais, guardad mis mandamientos. Yo rogaré a mi Padre os de el espíritu de verdad que no conoce el mundo. No os dejaré huerfanos: vendré a vosotros, conocereis que yo estoy en mi Padre, vosotros en mí, y yo en vosotros.

El que guarda mis mandamientos, ese me ama: ahora bien, el que me ama es amado de mi Padre, yo le amaré también y le abriré mi corazón ... Morad en mí: porque si alguno no morare en mí será echado afuera como sarmiento que se secará: lo echarán al fuego y arderá: si morais en mí, y si mis palabras se quedan grabadas en vosotros, pedireis cuanto querais y lo alcanzaréis. Quiere mi Padre que lleveis buen fruto y seais discípulos míos.

Dentro de poco no me vereis ya; llorareis y gemireis, cuando el mundo se regocijará: pero volveré a veros, y entonces se reanimará vuestro júbilo, sin que el mund os lo pueda robar. Tendreis que padecer muchas penas en el mundo, pero confiad en mí, porque lo tengo vencido.

Padre santo, conservadme cuantos me habeis dado para que sean una misma cosa con nosotros. No os ruego yo que los quiteis del mundo, sino que los preserveis del pecado. Padre mío, yo deseo que en donde esté yo, estén también conmigo los que me habeis dado, para contemplar vuestra gloria y la mía."

AL CREDO

Creo, Dios y Señor mío, las verdades que habéis revelado a vuestra Iglesia, y en esta fe quiero vivir y morir. Haced, Señor, que sea conforme mi vida a mi fe, que no me avergüence jamás de manifestarme católico, y defienda siempre los intereses de vuestra santa Religión.

¡Oh Santa Iglesia Romana! las persecuciones que habeis experimentado, muy lejos de disminuir mi fe, la aumentan, pues que habían estado ya profetizadas por vuestro divino Esposo. ¡Ah! ¡cuán dignos de lástima son los que de tí se separan! ... Yo te prometo inviolable y eterna fidelidad. Señor, estrechad los lazos que me unen a vuestra Santa Iglesia, dotad a mi corazón de perfecta y sincera docilidad a sus pastores legítimos: en su seno he sido hecho vuestro hijo, y en su seno quiero vivir y morir.

AL OFERTORIO

¡Oh Jesús! nos acercamos confiadamente a vuestro Sagrado Corazón; echad sobre nosotros, os suplicanos, una mirada de misericordia, y recibir la ofrenda que os hacemos de nuestros espíritus y corazones.

DESDE EL OFERTORIO AL PREFACIO

Enemigos de Dios nos había hecho el pecado, pero Jesucristo con su muerte ns ha reconciliado con su Padre: obróse tamaña reconciliación en el Sagrado Corazón.¡Oh alma mía! ¡cuánto no nos ha amado Jesucristo! ¡a qué precio nos ha redimido! No con oro, no con riqiezas, sino con la efusión voluntaria de su sangre: se ha sacrificado por nosotros, y no vivimos sino por él; justo es, pues, que por él nos ofrezcamos en sacrificio.

Vos quereis, dulce Jesús, sea yo víctima de amor enteramente consagrada a vuestro divino Corazón: este es, Señor, mi más vivo deseo. Innumerables son vuestros beneficios; habeis roto las cadenas de mi esclavitud, me habeis adoptado por hijo vuestro, me admitís a vuestro celestial banquete, me habeis no solamente dado entrada en vuestro Corazón, sino señalándome lugar en él; y aun ahora, a pesar de mis prevaricaciones continuas, me teneis preparada bienventuranza sin fin; ¿cómo es posible olvide yo beneficios tantos? ¡Ah! yo quiero publicar vuestras misericordias y no cesar nunca de amaros con todo el ardor de mi corazón. Pero ¡oh Dios mío! no tiene bastante amor mi corazón, ni harto fervor para hacer una ofrenda digna de Vos. ¿Qué podré ofreceros? Vuestro propio Hijo; sí. Este hijo, el objeto más digno de vuestras complacencias, suplirá mi cortedad: dignaos abajar vuestras miradas hacia esta víctima.

AL PREFACIO

Levantad Vos mismo, Señor, mi corazón hacia Vos. Lejos de mí pensamientos profanos y afectos terrenales. Haced que sea yo enteramente del cielo, en donde recibe adoraciones dignas vuestro Corazón, y del altar donde va muy presto a mostrárseme a mí. Mi vida, Señor, no es sino una serie de beneficios; no sea, pues, sino una contínua serie de acciones de gracias; y pues que vais a renovar el mayor sacrificio que pueda haber en cielos y tierra, ¿cómo no he de manifestar yo el más vivo reconocimiento? Tened, pues, a bien, Señor, que una yo mi débil voz a la de las celestiales inteligencias y que en concierto con ellas, exclame con transporte de júbilo y admiración:

Santo, Santo, Santo es el sacratísimo Corazón de Jesús, el digno objeto de las complacencias de la Divinidad y de los homenajes de cielos y tierra. Lleno está de su gloria y misericordia el universo todo; y lleno esté de su amor mi corazón.

AL CANON

¡Oh Dios infinitamente santo! si mis pecados os irritan contra mí y me hacen objeto de horror a vuestros ojos, mirad al Cordero sin mancilla que va a sacrificarse por borrar los pecados del mundo todo, y en vista de sus méritos olvidad mis ingratitudes. Acordaos que he tenido la dicha de ser introducido en el Corazón de vuestro divino Hijo, y que le estoy íntimamente unido. Ese Corazón, infinitamente misericordioso ha rogado por mí en el Calvario, y muy pronto va a ofrecerse por mí en sacrificio.

Ojalá tuviera y, ¡oh Dios mío!, toda la contrición que tenía Jesús, el hombre de dolores, cuando abrumado bajo el peso enorme de mis pecados y pronto a expiarlos con cruelísimos tormentos, se deshacía en lágrimas en el Huerto de los Olivos, y que cubierto su cuerpo todo de sudor de sangre, desagraviaba por mí a vuestra misericordia con profundos suspiros y tiernos gemidos. Yo deseo tener esta viva contrición: os la pido con todo mi corazón. Confieso, Señor, que he hecho muy mal en ofenderos, pagando así vuestros beneficios con ultrajes: nada hay que no esté dispuesto yo a hacer para expiar tantas culpas, y me tendría por muy venturoso en derramar mi sangre toda por satisfacer a vuestra justicia.

Pero, ¿qué es lo que sobre el altar estoy mirando? ¿No está allí aquella santa víctima que ha de reconciliarme con mi Dios, borrar mis pecados y abrirme el cielo? ¡Oh alma mía! ese pan que en el altar divisas va a convertirse en Cuerpo del Hijo de Dios, y ese vino, en su sangre: y cambio tan maravilloso se obrará, ¡asómbrate!, por efecto de una solo palabra. Una sola bastó en el principio para crear todo el universo; hoy, una sola va a obrar también el mayor de los prodigios, y lo irá renovando hasta el fin del mundo. María, Madre de Dios, bienaventurados Espíritus que rodeais el trono del Altísimo, Santos y Santas del cielo, venida a ser testigos del prodigio que ha de asegurar mi ventura.

¡Alma mía, detente! Cree que Jesucristo está realmente presente en la Santa Eucaristía. Sí, Dio mío, "ese es vuestro Cuerpo y esa es vuestra Sangre". Vos lo decís; callo, creo y adoro.

DESDE LA CONSAGRACIÓN AL PATERNOSTER

¡Oh Jesús, víctima de vuestra ternura por nosotros! comunicadme en este momento los ardores de los Santos que más tiernamente os hayan amado, y las llamas de los Serafines que gozan de la dicha de contemplaros. Haced penetrar hasta mi corazón el fuego que consumió el vuestro, para que animado de vuestros sentimientos, viva ya con nueva vida.

¡Oh Salvador mío! constantemente estáis ante vuestro Padre mostrándole las cicatrices de vuestras llagas, y la abertura de vuestro Corazón, siempre lleno de vida para interceder por nosotros. En este altar, ¿no llenais acaso el mismo ministerio? Totalmente preocupado de mis necesidades, las estais exponiendo a vuestro Padre, le presentais vuestro Corazón para apaciguar su ira y alcanzarme gracia. ¡Oh intercesor divino! yo deposito a vuestros pies todos mis deseos: dignaos ofrecerlos a vuestro Padre. Yo os pido la conversión de los pecadores, la perseverancia de los justos, y el triunfo de nuestra santa religión.

¡Oh Jesús, que por todos habeis muerto! traed al gremio de la Iglesia los que están separados: alumbrad a los infieles y herejes, bendecid los esfuerzos de los que tratan de convertirlos. Dejaos aplacar en favor de las almas del purgatorio, perdonad sus deudas, y dadles refrigerio, paz y luz perpetua. Compadeceos especialmente de N. y N...

AL PATERNOSTER

Padre mío, si todavía es permitido a un hijo culpable llamar con nombre tan dulde a un Dios ultrajado, haced que yo me emplee en la gloria de vuestro nombre, y suspire sin cesar por el cielo. Alimentadme del pan celestial con que manteneis a los hijos queridos de vuestro Corazón. Sírvame de modelo para perdonar a los que me hayan agraviado, el perdón que otorgasteis a vuestros verdugos. Concededme superiores espirituales y temporales que os amen, compañeros que fielmente os sirvan; y si alguna vez me expusiera al pecado, libradme, Señor, del peligro, para que nunca jamás ultrajes vuestro Corazón.

AL AGNUS DEI

Cordero de Dios, que borras los pecados del mundo, compadécete de mí. Dame la paz que no me puede dar el mundo; la paz contigo por una verdadera reconciliación y sumisión perfecta a tu voluntad; la paz conmigo por el sosiego de las pasiones; la paz con el prójimo por la unión de una caridad sincera con todos los hijos de Adán. Da la paz al mundo, apagando todas las divisiones y guerras que lo destrozan.

Si tienes la dicha de comulgar, dí:

¿Hay amor que compararse pueda a vuestro amor? Si en la Cruz ofrecisteis vuestro sacrificio, Salvador mío, en mi corazón quereis consumarlo. ¡Oh Dios Eterno! ¡es posible que escojais por sepultura vuestra un corazón tan miserable! ¡Ah! ¡yo soy un pecador! ¿Por qué, Señor, a pesar de mi indignidad, quereis vaya yo a sentarse a vuestro celestial banquete? Pues que esa es vuestra voluntad, mandad, y mi alma quedará purificada. Decidme como a la Magdalena: "tus pecados te son perdonados"; y como a Zaqueo: "en tu casa quiero morar hoy".

Si no tienes la dicha de comulgar, dirás:

¡Oh amante Salvador! pues que no tengo la dicha de recibiros hoy, tened a bien recoja las migajas preciosas que caen de vuestra Mesa, y que me una a vuestro divino Corazón con la fe, con la esperanza y con el amor. Lo confieso, Señor; yo no merezco el pan de los Hijos; me atrevo, sin embargo, a pediros el de vuestros criados; y os protesto que mi alma, lejos de Vos está en sequedad inquieta, y mi corazón en tristeza inconsolable. Venid, pues, a mí, Jesús divino; venid a mi espíritu para iluminarlo con vuestras luces; venid a mi corazón para enardecerlo con vuestro santo amor, y para unirlo íntimamente al vuestro; que yo no viva ya en mí, sino que seais Vos quien viva en mí y en mí reinareis para siempre jamás.

A LA COMUNIÓN

"Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallareis descanso en vuestras almas: Mi yugo es suave, y mi cruz ligera."

A LA POSTCOMUNIÓN

Hemos tenido la dicha, Señor, de penetrar en el santuario de vuestro divino Corazón; concedednos la gracia de fijar para siempre en él nustra morada, para que podamos alcanzar la felicidad con que galardonais a vuestros escogidos. Así sea, Señor.

A LA BENDICIÓN

Corazón de Jesús, no me separaré yo de Vos sin que me hayais bendecido. Bendecidme en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Derrámese vuestra bendición sobre todos aquellos por quienes yo debo ofrecer mis oraciones.

AL ÚLTIMO EVANGELIO

¡Oh Verbo eterno, que os hicisteis hombre para hacer hijos de Dios a los hombres! yo os agradezco este inefable favor. ¡Ah! ¡que dicha para mí llevar el nombre de hijo de Dios, y de serlo realmente! Haced, Jesús mío, que conserve yo este hermoso título imitando fielmente a vuestro Sagrado Corazón, y mostrándome más y más lleno de amor por vuestra santa ley. Si fiel persevero, me asegurais seré vuestro coheredero, y que gozaré de la felicidad que me habeis adquirido a costa de vuestra preciosísima sangre. Esto espero, Señor, de vuestra misericordia.

DESPUÉS DE LA MISA

¡Cuán venturoso fuera yo, Señor, si asstiendo al divino sacrificio, hubiere ganado todas las gracias que otorgais a cuantos asisten con fe viva y puro corazón! Aceptad la reparación y desagravio que os ago pr todas las culpas de que he podido hacerme reo al de los altares. Voy a emplearme en el cumplimiento de las ordinarias tareas y ocupaciones que me depara la Providencia vuestra. Haced, Señor, que tenga continuamente presentes al espíritu vuestra paciencia en las adversidades, vuestra obediencia a José y María, y vuestra tiernísima caridad en sufrir al prójimo con paciencia. Libradmede todo pecado: hacedme firme e incontrastable en la fe; y, en fin, transforfadme en Vos, Jesús mío, por manera que vuestro Corazón y el mío no formen sino uno solo en el tiempo y en la eternidad.

Oraciones

Oración para mientras se dice Misa.

Clementísimo y soberano Criador del cielo y de la tierra, yo el más vil de todos los pecadores, juntamente con la Iglesia te ofrezco este preciosísimo Sacrificio, que es tu unigénito Hijo, por todos los pecados que yo he hecho, y por todos los pecados del mundo. Mira, clementísimo Rey, al que padece, y acuérdate benignamente por quien padece.

Por ventura, ¿no es este, Señor, el Hijo que entregaste a la muerte por remedio del siervo desagradecido? Por ventura, ¿no es éste el autor de la vida, el cual llevado como oveja al matadero, no rehusó padecer un tan cruelísimo linaje de muerte? Vuelve, Señor Dios mío, los ojos de tu Majestad sobre esta obra de inefable piedad. Mira el dulce Hijo extendido en un madero, sus manos inocentísimas corriendo sangre; y ten por bien de perdonar las maldades que cometieron las mías. Considera su pecho desnudo, herido con un cruel hierro de lanza; y renuévame con la sagrada fuente que de ahí creo haber salido. Mira esos sacratísimos pies, que nunca anduvieron por el camino de los pecadores, atravesados con duros clavos; y ten por bien enderezar los míos en el camino de tus mandamientos. Por ventura, ¿no consideras, piadoso Padre, la cabeza descaecida del amantísimo Hijo, su blanca cerviz inclinada con la presencia de la muerte?

Mira, clementísimo Criador, cuál está el cuerpo del Hijo tan amado; y ten misericordia del siervo redimido. Mira cóm está blanqueando su pecho desnudo, cómo bermejea su sangriento costado, cómo están secas sus entrañas estiradas, cómo están descaídos sus ojos hermosos, cómo está amarilla su real figura, cómo están yertos sus brazos tendidos, cómo están colgadas sus rodillas de alabastro, cómo riegan sus atravesados pies los arroyos de aquella sangre divina. Mira, glorioso Padre, los miembros despedazados del amantísimo Hijo; y acuérdate de las miserias de tu vil criado. Mira el tormento del Redentor y perdona las culpas del redimido.

Este es nuestro fiel Abogado delante de tí, Padre poderoso. Este es aquel sumo Pontífice que no tiene necesidad de ser santificado con sangre ajena, pues él resplandece rociado con la suya propia. Este es el Sacrificio santo, agradable y perfecto, ofrecido y aceptado en olor de suavidad. Este es el Cordero sin mancilla, enmudecido ante los que le trasquilaban: el cual, herido con azotes, afeado con salivas, injuriado con oprobio, no abrió su boca. Este es el que no habiendo hecho pecados, padeció por nuestros pecados, y sanó nuestras heridas con las suyas.

Pues ¿qué hiciste tú, oh dulcísimo Señor, por que así fueses juzgado? ¿qué cometiste, inocentísimo Cordero, por que así fueses tratado? ¿qué fueron tus culpas, y qué la causa de tu condenación? Verdaderamente, Señor Dios mío, yo soy la llaga de tu dolor, yo la ocasión de tu muerte, y la causa de tu condenación. ¡Oh maravillosa dispensación de Dios! Peca el malo, y es castigado el bueno: ofende el reo, y es herido el inocente; comete la culpa el siervo, y págala su Señor. ¡Hasta dónde, oh Hijo de Dios, hasta dónde descendió tu humildad! ¡hasta dónde se extendió tu caridad! ¡hasta dónde procedió tu amor! ¡hasta donde llegó tu compasión! Yo cometí la maldad, y tú sufres el castigo; yo hice los pecados, y tú padeces los tormentos; yo me ensoberbecí, y tu eres humillado; yo fuí el desobediente, y tú hecho obediente hasta la muerte, pagas la culpa de mi desobediencia. He aquí, Rey de gloria, he aquí tu piedad, y mi impiedad, tu justicia y mi maldad.

Mira, pues, ahora, Padre Eterno, cómo hayas de haber misericordia de mí, pues devtamente te he ofrecido la más preciosa ofrenda que se te podía ofrecer, hete presentado a tu amantísimo Hijo, y puesto entre tí y mí este fiel Abogado. Recibe con serenos ojos al buen Pastor, y mira la oveja descarriada que él trae sobre sus hombros. Ruego, Rey de los Reyes, por ese Santo de los Santos, que sea yo unido con él en espíritu, pues él no tuvo asco de juntarse conmigo por carne. Y te suplico humildemente, que por esta oración le merezca yo tener por ayudador; pues de gracia (sin que yo te lo mereciese) me lo diste por redentor.

(Fray Luis de Granada, dominico)

Otra oración.

Te adoro, alabo y glorifico, Señor Jesucristo: te bendigo, y te doy gracias, Hijo de Dios vivo, porque tus dignísimos miembros quisiste que por mi remedio fuesen en tantas maneras afligidos y lastimados. Yo los saludo a todos, uno a uno por tu honra y amor. Os saludo, pies de mi Señor, por mí cansados, afligidos y con duros clavos transpasados. Os saludo, venerables rodillas tantas veces por mí en la tierra hincadas, y tantas veces cansadas en caminar. Te saludo, pecho florido, por mí con cardenales y heridas afeado. Te saludo, costado sacratísismo, que fuiste por mí con lanza herido y transpasado. Te saludo, corazón amabilísimo, suavísimo y piadosísimo, por mí rompido y alanceado. Os saludo, espaldas, por mí con azotes rasgadas y ensangrentadas. Os saludo, dulcísimos y carísismos brazos, por mí en la Cruz tendidos y estirados. Os saludo, delicadas manos, cruelmente por mí con duros clavos heridas y transpasadas.

Os saludo, hermosísimos hombros, por mí con el peso de la Cruz molidos y quebrantados. Te saludo, boca y garganta suavísima, por mí con vinagre y hiel amargada. Os saludo, benignísimos oídos, por mí ofendidos con injurias y afrentas. Os saludo, bienaventurados ojos, llovidos de lágrimas por mis pecados. Te saludo, venerable cabeza, por mí coronada con espinas, llagada con heridas, y con la caña lastimada.

Clementísimo Jesús, saludo todo tu precioso cuerpo, por mí azotado, llagado, crucificado, muerto y sepultado. Te saludo, nobilísima ánima, por mí entristecida y angustiada. Amabilísimo Señor, te ruego por tus santísimos miembros, que santifiques los míos, y laves todas las mancillas que yo les pegué, usando mal de todos ellos. Tú que vives y reinas en los siglos de los siglos por siempre jamás. Amén.

(Fray Luis de Granada, dominico)

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 50.






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!