EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

PRIMERA PARTE: Prácticas espirituales de cada día.

Capítulo IV

Lectura de una meditación espiritual.

I

La meditación es luz del alma, desengaño de las cosas del mundo y puerta de las verdades eternas, considerándolas a la vista de Dios, porque, como dijo el Profeta: Está destruida la tierra porque no hay quien piense de corazón; por lo cual el remedio es la consideración profunda (que llegue a herir el corazón) de las cosas de Dios, vanidad del mundo, miseria humana y postrimería del hombre, lo cual se hace en la oración mental.

Oración mental no es otra cosa que hablar con Dios nuestro Señor, no con palabras exteriores, sino con afectos del corazón y oirle también lo que nos dice por medio de las santas inspiraciones, y sacar desengaños para bien de nuestra alma. Que todo esto se hace en la oración mental, para lo cual es menester que intervenga el ejercicio de las potencias de nuestra alma, acordándose la memoria del punto que quiere meditar, considerándole y discurriendo sobre él el entendimiento, para que así se aficione la voluntad a tomar o dejar alguna cosa, conforme fuere lo que meditare el entendimiento.

Pongo por ejemplo: quiere uno engrendrar en su alma un grande aborrecimiento al pecado; para esto ha de considerar el entendimiento la fealdad de la culpa, y los males que por ella nos vienen, de donde nacerá que la voluntad se mueva a aborrecerla, y de aquí a poner todos los medios para no caer en pecado, como son huir las ocasiones y malas compañías, y vivir con mucho recato en pensamientos, palabras y obras, y el hacer propósito de no ofender a Dios, y antes dar la vida que hacer un pecado mortal, y pedirle su gracias para ello.

En esto consiste la oración mental, comunmente más provechosa, y la que hemos de procurar, juntamente con la mortificación, porque lo de contemplaciones y éxtasis, dalo Dios a quien su Majestad es servido, y para eso no se pueden dar reglas bastantes, porque el mismo Señor que lo da, es maestro de divina ciencia. Y así, no trato ahora de esa contemplación y silencio que tiene el alma, sin que de lugar a que obre el discurso, solamente empleándose en estarse callando y amando a Dios, porque no es cosa que se puede alcanzar con reglas ni enseñanza humana.

Pero este otro modo de oración es muy seguro, y puerta para la contemplación, y en éste se debe ejercitar el cristiano primero, porque es el Sancta donde se entra en el Sancta Sanctorum. Y ejercítese en esto hasta que mortifique muy bien sus pasiones, que cuando menos piense, el mismo Jesucristo, si él le sirve como es razón, le dirá: Amigo, venid, subid más arriba; y entonces, si Dios lellamare a esta contemplación, él le enseñará que es el Maestro de ella.

Desbes, pues, tener un ratico señalado para cada día, aunque no sea más que media hora, en el cual te has de recoger a algún lugar quieto y sosegado, sino pudieses en la iglesia, y allí, puesto ante el acatamiento de Dios, con la postura y modo más decente que pudieres, (aunque, si estar de rodillas te inquieta, mejor es que esté de pie, o en el modo que te hallares más quieto, para que el desasosiego del cuerpo no te lleve la atención del alma, que es lo que aquí se pretende); luego, habiéndote santigüado y presentado ante la presencia de Dios, que está en todo lugar, le has de pedir luz para que te aproveches de este breve rato, como su Majestad pretende, y lo particular a que por entonces enderezas la consideración que quieres tener. Y hecho esto, has de ir considerando el misterio o cosa que quieres meditar, lo cual has de llevar ya prevenida antes de entrar en la oración, o trayéndola en la memoria, o leyéndola en algún libro que trate de ella.

La consideración ha de ser atenta, y trayendo razones para convencer al entendimiento, para que así se mueva mejor la voluntad. Pongo por ejemplo, si quieres considerar en la muerte, has de imaginar que estás ya en ese trance, con todoslos accidentes que en él suele haber. Luego pide a Dios que te de a sentir esta hora con verdader sentimiento, para que hagas lo que en ella querrías haber hecho en el discurso de tu vida. Luego considera cuán cierto es que has de morir, que es de fe, como dice san Pablo: Decreto de Dios es que todos los hombres mueran, y no más de una vez, para que veas que el yerro que se hiciere en la muerte, no hay remedio de tornarle a deshacer con la enmienda, porque no ha de ser más de una vez. Mira luego la incertidumbre del día y la hra en que esto será, porque nadie lo sabe si Dios no lo revela. Considera, si te cogiera ahora la muerte, qué sintieras y cómo quisieras haber vivido; y si hallas algo en tu alma que te de pena, o por no haberlo confesado bien y con las circunstancias que se requieren, o por cualquiera razón, remedialo con tiempo, asegurando cosa que no te va menos que tu salvación.

Mira cuánto te holgarás en esta hora de haber servido a Dios y de no haber hecho pecado mortal, de haberte mortificado y hecho penitencia de tus culpas. Y esto mismo procura hacer ahora que tienes tiempo, no guardando para entonces, cuando así por los dolores de la enfermedad, como por la turbación de los sentidos, muy mal lo podrás hacer; y la regla más cierta y más común es que quien vive mal, muere mal. Y cuando veas que tu voluntad se ha movido con la consideración de esta verdad, propón hacer alguna obra de virtud o quitar algún vicio. Determina de hacerlo así con la divina gracia, acabando tu oración con pedir a Dios Nuestro Señor que te de favor para que pongas por obra el buen sentimiento que te ha dado.

Las meditaciones que se pueden tener por el discurso del mes serán las de la Segunda parte, sin que entiendas que se cierra la puerta para que tengas otras, conforme más te consolares, y el camino por donde te llevare Dios, de rigor o de blandura. Pero pónense éstas, porque suelen ser comunmente más eficaces para hacernos perseverar en la virtud y huir del pecado.

(Padre Juan Eusebio Nieremberg, S.J.)

II

Preparación remota.

1º. Mortificación de los sentidos
2º. Recogimiento habitual
3º. Profunda humildad.

Preparación próxima

1º. Leer la noche anterior el asunto de la meditación que se halla en la Segunda parte de este libro.
2º. Pensar en ella antes de dormirse y al despertar.
3º. Excitar en tu corazón sentimientos análogos a la meditación.
4º. Empezarla con sosiego, confianza y humildad.

Principio de la meditación

Ponerse a algunos pasos del sitio en que se va a hacer la meditación, pensar algunos instantes que Dios nos ve, y mira lo que vamos a hacer.

Preguntarse: ¿Quién soy yo? - ¿Qué voy a hacer? - ¿En presencia de quién? - ¿Y por qué?

Oración preparatoria

Dios mio, os suplico me concedais la gracia de que todas las facultades y operaciones de mi alma se dirijan sinceramente a honra y gloria vuestra.

Preludios

1º. Recordar ligeramente la verdad que se va a meditar.
2º. Composición de lugar.
3º. Pedir una gracia especial, conforme al asunto de la meditación, y a la necesidad en que nos hallemos, que nos haga conocer, querer y practicar lo que nos convenga.

Cuerpo de la meditación

Ejercitar la memoria, el entendimiento y la voluntad.

Memoria

Recordar el asunto de la meditación con sus circunstancias.

Entendimiento. Examinar:

1º. Lo que debo considerar.
2º. La conclusión práctica que debo sacar.
3º. Cuáles son los motivos. Reflexionar cuán conveniente, necesaria, agradable, útil y fácil sea dicha conclusión.
4º. ¿Cómo la he observado hasta aquí?
5º. ¿Qué debo hacer en adelante?
6º. ¿Qué obstáculos debo superar?
7º. ¿Qué medios debo emplear?

Durante la meditación

Excitar la voluntad, y hacer actos de fe, de caridad, de contrición, de gratitud, gozo, alabanza, etc., según el asunto lo pida.

Voluntad

1º. Ante todo no olvidarse de unir la oración a estos sentimientos del corazón.

2º. Hacer propósitos prácticos, personales, apropiados al estado presente del alma, y apoyados en la humildad y desconfianza de sí mismo y confianza en Dios, acompañándolos de súplicas para obtener la gracia de cumplirlos.

Conclusión de la meditación.

Recapitular la meditación, y afirmarse en las resoluciones que se hayan tomado.

Coloquios

Dirigirse a Dios Padre, a Jesucristo, a la Virgen Santísima, o a algún Santo de nuestra devoción, pidiéndoles aquella gracia que más necesitemos para la reformación de nuestras costumbres y provecho espiritual. Terminaremos con alguna oración vocal.

Exámen de la oración

1º. ¿Cómo he hecho la meditación?
2º. ¿en qué ha consistido, y porqué la he hecho bien o mal?
3º. ¿Qué conclusiones prácticas he sacado? ¿por qué motivos? ¿a qué efectos me he sentido movido? ¿qué actos, qué peticiones he hecho? ¿qué resoluciones he tomado? ¿cuáles han sido las luces que más me han impresionado?
4º. Tomar una de estas luces, un pensamiento o sentencia que nos pueda servir de ramillete espiritual durante el día.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 39.






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!