EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

PRIMERA PARTE: Prácticas espirituales de cada día.

Capítulo III

Ofrecer obras.

I

Habemos de procurar referir y enderezar actualmente todas nuestras obras a Dios; y en esto hay más y menos. Cuanto a lo primero, a la mañana en levantándonos habemos de ofrecer a Dios todos los pensamientos, palabras y obras de aquel día, y pedirle que todo sea para gloria y honra suya, para que después, cuando viniere la vanagloria, podamos responder con verdad: Tarde venís, que ya está dado. Y más, no nos habemos de contentar con ofrecer y referir actualmente a Dios, cuando nos levantamos, todo lo que habemos de hacer aquel día, sino que habemos de procurar acostumbrarnos, cuanto pudiéremos, a no comenzar cosa que no vaya primero actualmente referida a mayor gloria de Dios.

Así como el cantero o albañil que fabrica suele tener la plomada o regla en la mano, y aplicarla a cada piedra o ladrillo que asienta; así nosotros cada obra la habemos de reglar y enderezar con esta regla de la voluntad a mayor gloria de Dios. Y más, así como no se contenta el oficial con echar la regla o la plomada una vez al principio, sino que la echa una y otra vez hasta que la piedra está bien acabada de asentar; así nosotros no nos habemos de contentar con referir a Dios una vez al principuo las obras que hacemos, sino también al tiempo que las hacemos, de tal manera las habemos de hacer, que siempre las estemos ofreciendo a Dios, diciendo: Señor mío, por Vos hago esto, porque Vos me lo mandais, porque Vos así lo quereis.

(Padre Alonso Rodríguez, S.J.)

Oraciones

Oraciones para ofrecer a Dios las obras diarias.

I

Altísimo Dios de todo lo criado; Verdad infalible, en quien creo; Clemencia inefable, en quien espero; Bondad infinita, a quien amo sobre todas las cosas, y a quien me pesa de haberos ofendido por ser quien sois: os agradezco los beneficios que me habeis hecho esta noche, y os ofrezco todos los pensamientos, palabras, obras y trabajos del presente día con intención de ganar cuantas indulgencias pueda, rogándoos por los fines que tuvieron los Sumos Pontífices en concederlas.

No permitais, Padre mío amorosísimo, que os ofenda en este día: apartadme de los lazos que me tiene preparados el enemigo, dadme fortaleza para vencer mi pasión dominante, y haced que cumpla con el fin para que estoy en el mundo. Inspiradme lo que fuere de vuestro mayor agrado, para vivir el día de hoy como si fuera el último de mi vida, solícito de lo que más me importa, que es la salvación de mi alma. Así sea por los méritos de mi Señor Jesucristo, con los cuales deseo unir los míos, y por la intersección de la siempre Virgen María, de mi Santo Ángel de la Guarda, del Santo de mi nombre, y demás patronos y abogados míos.

(Padre Francisco Javier Hernández, S.J.)

II

¡Oh Jesús mío! Por medio del Inmaculado Corazón de María Santísima, os ofrezco las oraciones, obras y trabajos del presente día, para reparar las ofensas que se os hacen y por las demás intenciones de vuestro Sagrado Corazón. Os las ofrezco en especial por las intenciones recomendadas a los socios del Apostolado para este mes y para este día. Amén.

¡Oh Señora y Madre mía! Me ofrezco del todo a Vos, y en prueba de mi cordial afecto, os consagro en este día mis ojos, oídos y lengua, mi corazón y todo mi ser. Ya que soy todo vuestro, oh Madre de piedad, guardadme y defendedme como cosa y posesión vuestra.

III. Al Santo Ángel de la Guarda

Oh fidelísimo compañero y custodio mío, destinado por la Divina Providencia para mi guarda y tutela; protector y defensor mío, que nunca te apartas de mi lado, ¿que gracias te daré yo por la fidelidad que te debo, por el amor que me profesas y por los innumerables beneficios que a cada instante estoy recibiendo de tí? Tú velas por mí cuando yo duermo; si estoy triste me consuelas; si desmayado, me alientas; tú apartas de mí los peligros presentes, me enseñas a precaver los futuros, me desvías de lo malo, me inclinas a lo bueno, me exhortas a penitencia cuando caigo y me reconcilias con Dios.

Mucho tiempo ha que estaría ardiendo en los infiernos, si con tus ruegos no hubieras detenido la ira del Señor. Te suplico que nunca me desampares; consuélame en lo adverso, modérame en lo próspero, líbrame en los peligros, ayúdame en las tentaciones para no dejarme vencer de ellas jamás. Presenta al trono de Dios mis oraciones, mis gemidos y todas mis buenas obras, consiguiéndome que desde esta vida sea trasladado a la eterna. Amén.

¡Oh Santo mío!, cuyo nombre tengo la dicha de llevar, protégeme y pide a Dios por mí, a fin de que yo le sirva con perfección en la tierra, y contigo le glorifique eternamente en el cielo.

Un Padrenuestro.

Un Avemaría y Gloria.

Un Credo.

Jaculatoria: "Corazón de mi amable Salvador, haz que arda y siempre crezca en mí tu amor".

Amén.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 32.






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!