EL DÍA SANTIFICADO, por el padre Antonio Sagrest, S.J.

PRIMERA PARTE: Prácticas espirituales de cada día.

Capítulo I

Al levantarnos.

I

Es cosa digna de admiración que, siendo algunos en todo lo demás grandes seguidores, o por mejor decir, grandes esclavos de su deleite, pierden por un vicioso dormir lo más deleitoso de la vida, que es la mañana. Porque entonces la luz, como viene después de las tinieblas, y se halla como después de haber sido perdida, parece ser otra e hiere el corazón del hombre con una nueva alegría, y la vista del cielo entonces, y el colorear de las nubes y el descubrirse la aurora (que no sin causa los poetas la coronan de rosas), y el aparecer la hermosura del sol, es cosa bellísima.

Pues el cantar de las aves ¿qué duda hay sino que suena entonces más dulcemente, y las flores y las yerbas y el campo, todo despide de sí un tesoro de olor? Y como cuando entra el Rey de nuevo en alguna ciudad se adereza y hermosea toda ella, y los ciudadanos hacen entonces plaza y como alarde de sus mejores riquezas; así los animales y la tierra y el aire, y todos los elementos, a la venida del sol se alegran, y como para recibirle, se hermosean y mejoran y ponen en público cada uno de sus bienes.

Y como los curiosos suelen poner cuidado y trabajo por ver semejantes recibimientos, así los hombres concertados y cuerdos, aun por solo el gusto, no han de perder esta fiesta que hace la naturaleza al sol por las mañanas; porque no es gusto de un solo sentido, sino general contentamiento de todos, porque la vista se deleita con el nacer de la luz y con la figura del aire y con el variar de las nubes; a los oidos las aves hacen agradable la armonía; para el oler el olor que en aquella sazón el campo y las yerbas despiden de sí, es olor suavísimo; pues el fresco del aire de entonces templa con grande deleite el humor calentado con el sueño, y cría salud y lava las tristezas del corazón, y no se en qué manera le despierta a pensamientos divinos antes que se ahogue en los negocios del día.

Pues, si puede tanto con estos hijos de tinieblas el amor de ellas, que aun del día hacen noche, y pierden el fruto de la luz con el sueño, el hermano del Sagrado Corazón, que es hijo de la luz, levántese con ella, y abra la claridad de sus ojos, cuando descubriere sus rayos el sol, y con pecho duro levante sus manos limpias al Dador de la luz, ofreciéndole con santas y agradecidas palabras su corazón, diciendo:

(Fray Luis de León, agustino)

Oración

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo. Amén.

¡Oh amabilísimo Corazón de Jesús! Os ofrezco este mi primer suspiro salido de lo más íntimo de mi corazón, y os suplico encarecidamente que os digneis a dirigirlo a gloria de la Santísima Trinidad, así como todos los demás actos de mi alma y de mi cuerpo en este día; también os pido que endereceis y purifiqueis mis intenciones, uniéndolas a las vuestras, y las ofrezcais en perpetua alabanza y acción de gracias a vuestro Padre Celestial. Amén.

(Persignarse)

Por la señal de la Santa Cruz,
De nuestros enemigos
líbranos Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.

FUENTE: El día santificado, del padre Antonio Sacrest, S.J. Instituto Pontificio para las artes cristianas, Einsiedeln, Suiza, 1894, pág. 25.






¡QUÉ GRANDE ES DIOS!
¡Solo tú!