Conquista de la ciudadela de Mesina por el ejército español del marqués de Lede.





La ciudadela de Mesina era una de las más fuertes de la época; construida a finales del siglo XVII, sirvió de modelo para otras en Italia y Flandes. Era una fortificación abaluartada edificada junto a la ciudad sobre pilotes hincados en el mar, interrumpiendo con su presencia el paso hacia una estrecha franja o lengua de tierra pantanosa en forma de media luna que cerraba el puerto de Mesina por el este, en cuya punta se había construido el fuerte del Salvador. La ciudadela tenía forma pentagonal, con cinco baluartes, dos contraguardias, dos revellines y un martillo. Toda la construcción estaba rodeada por el agua del mar a modo de foso inundado, excepto uno de los lados de un baluarte, que estaba unido a la franja de tierra.



Ciudadela de la plaza de Mesina, con los nombres de sus baluartes, contraguardas y revellines. (Fuente: Elaboración propia en una foto del sitio web de la ciudadela de Mesina).

El lado de la ciudadela que miraba a la ciudad estaba formado por dos baluartes, un martillo o batería rectangular y un revellín, protegidos por un foso que era parte de las aguas del puerto. Delante del foso un camino cubierto recorría el frente que daba a la ciudad (número 19).

  • Los baluartes de San Esteban y San Carlos eran los más próximos a la ciudad, San Esteban sobre las aguas exteriores del mar (número 4 del mapa de más abajo) y San Carlos sobre las aguas interiores del puerto (número 5). Para su defensa de ataques procedentes de la ciudad, cada baluarte tenía delante una contraguardia, que recibía el nombre de su correspondiente baluarte (números 11 y 12). Ambos baluartes tenían sendos caballeros para emplazar en él Artillería, terraplenes sobre casamatas y bóvedas a prueba de bomba que servían de cuarteles seguros para el descanso de la guarnición.

  • La cortina que unía ambos baluartes, donde se hallaba la puerta de acceso principal a la ciudadela (número 2) estaba adelantada y en ella se había construido una batería rectangular formando un martillo (número 10), con sus flancos retirados y bajos, y cuyos fuegos, protegidos a prueba de bomba, defendían eficazmente tanto la cortina como la puerta principal de entrada a la ciudadela.

  • Entre las contraguardias de los dos baluartes, orientado hacia la ciudad y construido de forma adelantada a ellos sobre el agua, se erigía el revellín de Santa Teresa (número 14), con terraplén y bóvedas a prueba de bomba, comunicado mediante un acceso cubierto con la batería rectangular a retaguardia.





Plano de la ciudadela de la plaza de Mesina, levantado en 1718, con la numeración de sus baluartes, contraguardas, revellines, caminos cubiertos y demás obras. (Fuente: Biblioteca Virtual de Defensa, Ref: Ar.H-t.7-c.8/245).

El lado contrario de la ciudadela, el que miraba a la otra parte de la lengua de tierra, un terreno pantanoso que cerraba el puerto por el este, estaba formado por dos baluartes con caballero y un revellín, todos ellos con sus terraplenes sobre bóvedas a prueba de bomba que servían de cuarteles para la guarnición, y el conjunto rodeado de las aguas del puerto formando un foso; delante del foso un camino cubierto (número 20) recorría todo el frente a este lado de la lengua de tierra:

  • El baluarte de San Francisco Javier estaba orientado las aguas interiores del puerto (número 7). El baluarte de Santiago estaba orientado hacia las aguas exteriores del mar (número 8); uno de sus lados estaba pegado a tierra y era el único punto de unión de la fortaleza con tierra firme, defendido por una batería llamada Lochoviat (número 17); el resto del perímetro de la ciudadela estaba rodeado por agua de mar.

  • Delante de la cortina que unía los baluartes de San Francisco Javier y Santiago estaba el revellín de La Gracia (número 15), orientado hacia la lengua de tierra de cerraba el puerto por el este, construido sobre el foso y con una entrada cubierta a retaguardia que le unía con la cortina.

La punta de la ciudadela que mira hacia el interior del puerto estaba formado por el baluarte de Grunemberg (número 6)y las cortinas que lo unían con los baluartes de san Carlos y san Francisco Javier, construidos sobre el mar.

La ciudadela podía albergar hasta un centenar de cañones para la protección del puerto y evitar el desembarco en la lengua de tierra pantanosa al este. En aquel momento la fortaleza estaba guarnecida por un cuerpo de unos 4.000 soldados alemanes y piamonteses, y contaba con otro cuerpo de unos 6.000 soldados más alemanes en la costa calabresa que podía reforzar la ciudadela enviando tropas en barcazas tras una breve navegación de unas dos horas.



El 1 de agosto, los cestones, faginas y demás materiales necesarios para los trabajos de excavación de trincheras y construcción de baterías fueron trasladados por un gran número de gastadores hasta el pie del baluarte de Don Blasco, situado en el extremo de la muralla de la ciudad que linda con el mar (número 36 en el mapa de debajo), así como bombas y muchos efectos necesarios para comenzar a construir en el lugar una primera batería de morteros para batir la ciudadela que, al advertirlo, comenzó a disparar contra aquel sitio sin conseguir grandes efectos.

Ese mismo día, el jefe de escuadra Fernando Chacón llegó a aguas de Mesina procedente de Cerdeña con un convoy de 190 barcos de transporte y con el grueso de la flota española que había partido de Palermo el 18 de julio. Pasado el sitio de Santa Ágeda, ancló frente a la playa de Santa María de Lorenzo, junto el resto de la flota llegada días antes, y desembarcó allí las tropas que transportaba. Por su parte, el jefe de escuadra don Baltasar de Guevara, al mando del navío San Luis, y el capitán de altobordo don Francisco Guerrero, al mando del navío San Juan, partieron con rumbo a Malta, con objeto de recoger allí las galeras de Sicilia, que se habían acogido en este puerto desde Siracusa desde que tuvieron noticia de la llegada de los españoles a Palermo. Como ya habían advertido algunos, el Gran Maestre de la Orden de los Caballeros Hospitalarios, el catalán Ramón Perellós y Rocaful, que era simpatizante de la causa de los Habsburgo, se negó a entregar las galeras, y como Guevara no llevaba tropas suficientes para forzar la entrega, tuvo que regresar sin ellas.



Vista de la ciudadela en un plano de la plaza de Mesina de 1718, con el fuerte de El Salvador en la punta de la lengua de tierra que cerraba el puerto. En la leyenda lateral el baluarte de Santiago es llamado "San Francisco" (número 8), y el baluarte de San Francisco Javier es llamado "San Jorge" (número 7); desconocemos la razón (Fuente: Biblioteca Virtual de Defensa, Ref: Ar.H-t.7-c.8/245).

El 2 de agosto continuó el desembarco de las tropas, artillería y municiones llegadas de Cerdeña en la playa de Santa María de Lorenzo; se formó un parque de artillería a las afueras de la ciudad, en el llano del hospital de Santa Lucía, delante del baluarte de Don Blasco (número 36 en el mapa); ese día comenzó la construcción de una segunda batería de seis morteros no lejos de la anterior, en las murallas de Don Blasco; ambas baterías estaban protegidas por una fuerza de dragones desmontados.

El 3 de agosto la primera batería de morteros disparó de tal forma que mantenía de continuo doce bombas en el aire; el ataque cogió desprevenidos a los piamonteses, que sufrieron más de 100 soldados muertos o heridos, según informaron algunos desertores. El 4 de agosto la segunda batería de morteros comenzó sus disparos, manteniendo 18 bombas continuamente en el aire, para agrado y esparcimiento de los vecinos que acudían a ver el espectáculo; los cañones de la ciudadela y del fuerte del Salvador dispararon a su vez, sin efectuar daños sobre los españoles. Los cañones de este último se dirigían también contra el llano de Santa María de Jesús, que tenían enfrente, lugar donde el marques de Lede tenía su cartel general y en cuyas cercanías se encontraba el campamento del ejército español. Al amanecer del 5 de agosto abrió fuego una batería de seis cañones que se había construido frente la puerta de Pertugio (no he podido localizarla); no disparaba contra ningún objetivo concreto, sino que lo hacía para cansar a la guarnición enemiga. La tónica de los siguientes días fue la misma de intercambio de disparos de cañón y mortero.

El 8 de agosto un oficial alemán procedente de Nápoles, posiblemente un oficial de Ingenieros, logró introducirse en la ciudadela para discutir con el marqués de Andorno las necesidades de defensa de la ciudadela. También llegaron a ambas partes las noticias de lo que estaba ocurriendo en el mar.

Los trabajos de construcción de faginas, cestones, salchichones estacas, sacos terreros y todo tipo de material para sitio, así como su acopio a los lugares de emplazamiento de baterías y construcción de fortificaciones, continuaban a buen ritmo en Mesina, tanto en los llanos de santa Catalina, santa Lucía y san Elías (frente a la cortina de don Blasco con santa Clara), como en otros muchos parajes seguros de la ciudad. El 9 de agosto, en el arrabal de San Leo ya se había formado en las cercanías del convento de Santa María de Jesús un terraplén para emplazar dos baterías más de cañones y una de morteros desde las que batir el fuerte del Salvador que tenían enfrente.

El 11 de agosto el conde de Montemar informó desde Palermo que había reforzado el cerco de la guarnición de Trapana con 190 dragones del regimiento de Tarragona al mando del teniente coronel D. Ramón Escallar. También comenzaron a llegar noticias poco favorables de la batalla naval que estaban librando las flotas española y británica, en contra de lo esperado pues ambas naciones se encontraban en paz. Al anochecer, el teniente general Verboom, acompañado por un grupo de oficiales de Ingenieros, reconoció el lugar donde debía abrirse la primera paralela, frente al revellín de Santa Teresa que daba a la ciudad.

Todos los días se cañoneaba y bombardeaba la ciudadela desde las baterías de emplazadas en el baluarte de don Blasco a primeros de mes, con objeto de tratar de derruir algún paramento, pero especialmente para alterar el descanso y fortaleza de la guarnición. Los días 12 y 13 de agosto se unieron al fuego contra el fuerte del Salvador las baterías que comenzaron a contruirse dos días antes: una de ocho cañones el día 12, emplazada en la casa de Sanidad, y otra de tres cañones al día siguiente, colocada en el fortín de Puerto Salvo.

Aprovechando la ausencia de la flota española, derrotada en Passaro el 11 de agosto, los defensores recibían suministros por mar, que compraban a precios muy altos a los numerosos pescadores que se acercaban a la ciudadela desde las costas de la vecina Calabria, los cuales, además de agua, les proveían de toda clase de víveres.

El 15 de agosto hubo un motín popular en la ciudad contra el príncipe de la Arderia por suponerle causante de la subida del precio del pan en la poplación. La turba quemó las puertas de su casa, entró en ella a saquearla y el príncipe salvó la vida por la intervención de parte de la nobleza y la oportuna llegada del teniente general Espínola con dos piquetes de soldados, que lograron calmar la furia de la gente. El marqués de Lede decidió no castigar a los autores del motín, por considerar que necesitaba el apoyo del pueblo en la campaña contra los saboyanos, y decidió nombrar gobernador de la ciudad al teniente general Espínola, bien conocido de los sicilianos cuando sirvió a las órdenes del virrey español marqués de los Balbases entre 1707 y 1713. Espínola entró en la ciudad el 16 de agosto al frente de unas tropas, siendo recibido con gran entusiasmo por la población.

En la playa de Loreto seguían acumulándose los efectos de guerra debidamente clasificados y separados por tipos en el llano del Hospital. Finalizado el desembarco, el campamento de la playa se trasladó a un paraje fuera de la ciudad situado al noroeste, frente a la puerta de la Leña, en el extremo más alejado del puerto. Mientras, continuaba la construcción de faginas, cestones, estacas y demás efectos necesarios para el sitio.

El 18 de agosto comenzó su fuego una batería de ocho morteros contra los barcos piamonteses anclados junto al lazareto cercano a la ciudadela; pero ni esta batería ni las del baluarte de don Blasco hicieron efecto alguno sobre las naves.


Cercano ya el momento de formalizar el sitio de la ciudadela de Mesina, considerando que la guarnición saboyana debía estar bastante fatigada por el continuo fuego que recibían desde primeros de mes, y sopesando las consecuencias de la derrota naval española en el cabo Passaro, el marqués de Lede convocó un consejo de guerra a propuesta del plenipotenciario José Patiño. Asistieron al mismo siete tenientes generales (Lucas Espínola, José Armendáriz, el conde Climes, Jorge Próspero de Verboon, el caballero de Lede, Juan Caraciolo y Feliciano Bracamonte) y otros tantos mariscales de campo (el marqués de Villadarias, Antonio Piñateli, el barón Duart, el conde de Zuebeghem, el marqués de Reves, Gerónimo de Solís y el conde de Roydeville).

El marqués de Lede pintó el sombrío panorama que se ofrecía al ejército español, enfrentado ahora no solo al duque de Saboya, sino que tanto Austria como Inglaterra se habían unido a él. La inesperada derrota de la flota española mediante el ataque inglés por sorpresa cerraba la posibilidad de la llegada de socorros y suministros procedentes desde la península. Además, dentro de la ciudadela había un cuerpo de alemanes, y había otro acampado en Calabria, al otro lado del estrecho, para relevar sus fuerzas, retirar sus heridos y abastecerla de víveres y municiones. En definitiva, el ejército español se encontraba en una difícil y ardua posición. A continuación el marqués solicitó una deliberación a los convocados sobre el camino a seguir, advirtiendo de antemano que él era partidario de proseguir el sitio de la ciudadela ”aunque hayamos de perecer contra sus murallas”. A continuación Patiño tomó la palabra para solicitar un aplazamiento de veinticuatro horas para que los asistentes al consejo meditasen su respuesta, pasadas las cuales la mayoría de los generales se inclinó por respaldar la decisión de su jefe y proseguir con el asedio.

Decidido, pues, a formalizar el sitio, el marqués de Lede ordenó al jefe de Ingenieros, Próspero de Verboon, que redactara la propuesta de ataque, que se haría desde la parte de la ciudad, a la vez que ordenó al coronel Sebastián de Matamoros, jefe de la Artillería, que preparara las piezas para el ataque.

El marqués de Lede tenía concentrados en Mesina y sus alrededores una fuerza de 19.750 soldados de Infantería, encuadrados en 32 batallones procedentes de 18 regimientos (Guardias Españoles y Guardias Valonas; regimientos de Castilla, Guadalajara, Saboya, Córdoba, Burgos, Valladolid, Asturias, Madrid, Navarra, Aragón, Milan, Irlanda, Hibernia, Ultonia, Borgoña y Henau). A ellos se unían 360 jinetes de tres escuadrones de Caballería del regimiento Farnesio y 1.800 soldados de Dragones encuadrados en doce escuadrones de los regimientos Batavia, Frisia y Edimburgo.



Despliegue del ejército español de Sicilia en agosto de 1718 (Fuente: Biblioteca Nacional de España).


El resto de las tropas del ejército español desembarcado en Sicilia eran las siguientes:

  • En Palermo, al mando del teniente general conde de Montemar: 2.900 soldados de Infantería, encuadrados en 4 batallones de los regimientos Cantabria, Nápoles y Utrech; 360 jinetes de tres escuadrones del regimiento de Caballería Borbón y 600 dragones de cuatro escuadrones del regimiento Tarragona.

  • En Floridia, bloqueando Siracusa, al mando del brigadier Vallejo: 600 dragones en cuatro escuadrones del regimiento Numancia y 360 jinetes en tres escuadrones del regimiento de Caballería Milán.

  • Frente a Melazzo, para bloquear esta plaza, al mando del mariscal Luquesi: 600 dragones en cuatro escuadrones del regimiento Lusitania y 360 jinetes en tres escuadrones del regimiento de Caballería Salamanca.

  • En Catania, al mando del brigadier Cortada: 720 jinetes en seis escuadrones de los regimientos de Caballería Flandes y Brabante.

El tren de Artillería para el sitio era de 130 cañones (100 piezas de a 24 pulgadas, 6 de la 16, y 24 de la 8 y 4) y 30 morteros (20 de a 12 pulgadas, y 10 de 10, 9 y 7), conducidos por un millar de ”semovientes” (600 mulas de tiro y 400 acémilas de carga), servidos por un total de 650 artilleros del regimiento de Artillería.


Tras un reconocimiento realizado el 19 de agosto, el 21 de agosto el enemigo realizó, con gastadores venidos de Calabria, un camino cubierto y una trinchera desde el exterior de la ciudadela hasta la Linterna, que continuó por el borde exterior de la media luna donde se asentaba la fortaleza hasta el castillo del Salvador, en la punta de la lengua de tierra, con objeto de proteger las barcas que les aprovisionaban diariamente de víveres, agua y municiones desde la costa calabresa.




EL PLAN DE ATAQUE ESPAÑOL.

La noche del 24 al 25 de agosto se formalizó el asedio con la apertura de la trinchera, como mandaban las reglas de la guerra de entonces: una fuerza de 800 trabajadores, protegidos por 300 granaderos, 1700 fusileros y 200 jinetes, a las órdenes del teniente general más antiguo, Lucas Espínola, y el mariscal de campo marqués de Villadarias, se dirigió hacia el arrabal de Terranova (número 18 en el mapa de arriba) situado frente a la ciudadela para comenzar la excavación.



Esbozo del plan de ataque a la cuidadela de Mesina llevado a cabo por el marqués de Lede en agosto yseptiembre de 1781 (Fuente: elaboración propia sobre un mapa de la Biblioteca Virtual de Defensa, Ref: Ar.H-t.7-c.8/241).

El plan de ataque era el imperante en la época. Se trataba de acercarse a la ciudadela mediante la construcción de trincheras paralelas que iban aproximándose a la fortaleza tras la excavación de ramales a vanguardia. En una primera fase ya se habían emplazado una batería de diez morteros (número 7 en el mapa), otra de trece cañones (número 10) y otra de cuatro cañones (número 13) en el foso y en el terraplén del baluarte de don Blasco.

La segunda fase, que comenzaba en aquel momento, consistía en construir dos nuevas baterías delante de las anteriores, con sus correspondientes ramales de acceso, con 16 y 13 cañones de a 24, que serían dirigidas por los coroneles Sebastián Matamoros y conde de Mariani respectivamente. A continuación, se iniciarían los trabajos de excavación de un ramal, paralelo al mar y perpendicular a la ciudadela, a lo largo del arrabal de Terranova para acercarse lo más posible a la fortificación por la derecha de los españoles y desde el punto alcanzado comenzar la excavación de una trinchera paralela. Simultáneamente se emplazarían dos baterías más a la izquierda del frente de ataque español con diez morteros y siete cañones, cuyos ramales y trincheras de acceso se continuarían excavando al frente para unirse con la trinchera paralela. Las cuatro nuevas baterías, junto con las tres anteriores, tendrían por misión castigar al máximo los parapetos y troneras de las contraguardias de San Carlos y San Esteban y del revellín de Santa Teresa, desmontar los cañones allí instalados y hacer bajas y desgastar a la guarnición enemiga para no dejarla descansar.

En una tercera fase se excavarían tres ramales a vanguardia desde la primera paralela hacia los lados derecho, central e izquierdo del frente de la ciudadela, con objeto de excavar una segunda paralela lo más próximo posible al camino cubierto de la fortaleza y emplazar en ella una batería continua de unos 40 cañones de a 24 para abrir brechas en los muros de las contraguardias y el revellín de Santa Teresa.

Una vez conseguidas las brechas, llegaría la fase del primer ataque. Para ello los españoles deberían cegar del foso, atravesarlo, asaltar las brechas, consolidar su posición en las obras exteriores situadas en el lado este de la ciudadela y emplazar en ellas nuevas baterías para abrir brechas en los muros de los baluartes y de la batería rectangular. Una vez abiertas, se lanzaría un segundo asalto por las nuevas brechas para acceder al interior de la ciudadela. En definitiva, el sitio se presentaba a los ojos del marqués de Lede como algo costoso, sangriento y duradero.

Cuatrocientos trabajadores comenzaron a cavar pasada una hora después de anochecido del 24 de agosto, mientras el resto permanecía en reserva para turnarse con ellos. Estuvieron trabajando durante tres horas sin que los centinelas enemigos se percataran de su presencia, hasta que los destellos de unas chispas por el roce con las piedras provocaron la alarma de los saboyanos, quienes coronaron los parapetos de inmediato y comenzaron un nutrido fuego de fusilería y cañón con metralla sobre los españoles que duró hasta el amanecer. A pesar del fuego enemigo los trabajos de la noche finalizaron con un coste de siete soldados muertos, y tres oficiales y once soldados heridos. Durante el día se adelantaron algunos cañones y se procuró cubrir a la tropa; los trabajos de zapa continuaron perfeccionando lo excavado y fortaleciendo la trinchera para que pidiera resistir los cañonazos de la ciudadela. El terreno ”era duro al pico”, como nos informe el marqués de la Mina en su relato de la campaña, pero los trabajadores excavaban protegidos por cestones.

La noche siguiente, del 25 al 26 de agosto, se realizó el relevo de trabajadores y tropa de protección, mandados en esta ocasión por el teniente general José Armendáriz y el mariscal de campo Antonio Piñateli. Esta fue la tónica imperante durante todo el sitio: la fuerza de trabajo y protección se relevaba al atardecer de un día y permanecían veinticuatro horas en el lugar al mando de un teniente general, quien iba acompañado de un mariscal de campo que hacía las veces de ”jefe de trinchera”. Con este sistema de mando cada general volvería a estar con las tropas una vez a la semana.


CONSTRUCCIÓN DE LAS DOS BATERÍAS DE LOS CORONELES MATAMOROS Y MARIANI.
(27 de agosto – 3 de septiembre).

La tercera noche de trabajo, del 26 al 27 de agosto estuvo mandada por el teniente general Próspero de Verboon, cuartel maestre general y jefe de Ingenieros, y el mariscal de campo barón Duart. Sobre las 23:00 horas los saboyanos hicieron una salida y se abalanzaron sobre los trabajos españoles con 200 granaderos y 300 fusileros, pero una fuerza de caballería española se lanzó contra ellos y los puso en fuga.

La cuarta noche, del 27 al 28 de agosto estuvo al mando del teniente general Grimes y el mariscal de campo Zueveghem. Los trabajos de la batería de Matamoros estuvieron casi acabados, mientras que los de la batería de Mariani eran los más atrasados por ser los más atacados por el fuego de cañón enemigo. A las 09:00 horas un tropel de soldados enemigos, sin al parecer ningún oficial al frente que los mandase, salió de la ciudadela para atacar a los españoles, pero fueron recibidos por un nutrido fuego de fusilería que les obligó a retirarse. Ese día se recibió la noticia en Mesina de la rendición del castillo de la Mola, en la ciudad de Taormina. También se vio desde Mesina un convoy de unas 60 tartanas, escoltadas por tres navíos de guerra ingleses, que desembarcaron tropas alemanas en Regio de Calabria. Por eso, el marqués de Lede envió un destacamento de Infantería y Caballería a la localidad de Roccalumera, situado en la costa a unos 36 km al sur de Mesina, para fortificar el lugar, pues sus playas ofrecían buenas condiciones para desembarcar.

La quinta noche, el 28 al 29 de agosto, en que le tocó el turno al teniente general caballero de Lede y al mariscal de campo marqués de Reves, cayó una enorme tormenta que inundó los trincheras en la que murieron algunos soldados. La sexta noche, del 29 al 30 de agosto, estuvieron al mando el teniente general Juan Caraciolo y el mariscal de campo Gerónimo Solís; el coronel Mariani fue herido en una pierna, pero se negó a ser evacuado y permaneció en su batería en construcción. Aquella noche se finalizó una batería de seis morteros pedreros, que comenzaron a disparar al amanecer. Además, se aumentó hasta 10 cañones la antigua batería de Calabrio para poder responder al fuego de la ciudadela, que causaba bastantes estragos entre los trabajadores españoles.

La séptima noche, del 30 al 31 de agosto, les tocó el turno de mando al teniente general Feliciano Bracamonte y al mariscal de campo caballero de Ruideville, en la que se construyó una batería de cuatro cañones en la playa para proteger los suministros de toda clase que los españoles había depositado, y se comenzó a construir otra batería de seis cañones para atacar el revellín. Dos desertores de la ciudadela informaron que el fuego de cañón y mortero de los españoles les habían causado gran número de muertos y heridos, que recibían toda clase de suministros desde Calabria, pero que el agua escaseaba.

La del 31 de agosto al 1 de septiembre fue la octava noche, en que el turno de mando regresó al teniente general Espínola y al mariscal Villadarias. En la batería de Matamoros se adelantaron las plataformas y se construyó el subterráneo para almacén de pólvora. En la de Mariani se utilizaron sacos de tierra para cubrir los merlones, dada la cantidad de fuego enemigo y bajas que sufría. Ese día se comenzó a trabajar en el ramal a vanguardia hacia la fortaleza, que fue muy castigado por el fuego enemigo y ocasionó bajas entre los españoles. Dos navíos ingleses se acercaron a la playa de Lorenzo, en el costado del baluarte de don Blasco, y dispararon contra el destacamento de guarnición en el lugar y los suministros almacenados. Los españoles emplazaron una batería de cuatro cañones al pie del muro del baluarte de don Blasco para responder al fuego de los navíos, que se retiraron; los cañones quedaron en el lugar para disparar contra las naves calabresas que abastecían la ciudadela.

Del 1 al 2 de septiembre, novena noche, continuó el turno de mando, con el general Armendáriz y el mariscal Piñateli. Ese día se llevaron 15 cañones de a 24 a la batería del coronel Matamoros, y la vecina batería de morteros se aumentó a once piezas.

La noche siguiente, del 2 al 3 de septiembre, la décima, el marqués de Lede visitó los trabajos y se llevaron trece cañones de a 24 a la batería del coronel Mariani. También se volaron dos casas que ocultaban la dirección de tiro del coronel Matamoros. Poco antes del amanecer las dos baterías comenzaron a disparar implacables contra la ciudadela, logrando al final de día haber desmontado todos los cañones de los caballeros de los baluartes de San Esteban y San Carlos, tres de la contraguardia de San Esteban y volado dos almacenes de pólvora, cuyo estallido ocasionó numerosas bajas entre los saboyanos.

Los disparos españoles duraron todo el día, alcanzando algunos cañones hasta noventa disparos en el día, ”sin más descanso que el preciso de refrescar el cañón, que lo regular son dos horas con pieles de carnero, empapadas en vinagre para que no reviente”. Algunos desertores confirmaron que dentro de la ciudadela se alojaban unos 2.000 soldados alemanes y que los muertos, heridos y enfermos eran reemplazados por igual número de soldados venidos de Calabria, por lo que la guarnición de la ciudadela permanecía siempre constante. Volvieron a confirmar los estragos que hacían los disparos españoles y la grave escasez de agua que tenían. Aquella tarde comenzó su fuego contra la fortaleza otra batería emplazada sin más ánimo que maltratar a la guarnición.


AVANCE DE LOS RAMALES Y TRINCHERAS A VANGUARDIA, CONSTRUCCIÓN DE UNA BATERÍA A LA IZQUIERDA.
(4 – 11 de septiembre).

Del 3 al 4 de septiembre correspondió el mando al caballero Lede y al mariscal de campo Zuevegeni. El cañoneo español continuó sin descanso, y observándose que la respuesta de los sitiados disminuía por los daños ocasionados por lo españoles que obligaba a los saboyanos a efectuar continuas reparaciones en los parapetos; no obstante, la batería del coronel Mariani sufrió bastante los efectos del fuego enemigo, con las consiguientes bajas entre los artilleros.

Del 4 al 5 de septiembre, estando el teniente general Caraciolo y el mariscal Reves al mando, se adelantó bastante el ramal que se pretendía unir al camino cubierto, y se aumentó a siete piezas la batería de morteros del llano de Santa Cruz. Los defensores tan solo contestaban con nueve cañones y el estrago del fuego español era visible en la ciudadela. Aquel día unos desertores informaron que el jefe que mandaba el contingente alemán, el general mayor Redi, se había opuesto a la salida que había propuesto el marqués de Andorno, gobernador de la ciudadela, y que como consecuencia de la disputa había quedado cortado el camino a retaguardia del revellín de Santa Teresa.

Del 5 al 6 de septiembre el mando correspondió al general Bracamonte y al mariscal Solís. Se comenzó a trabajar en un ramal o segunda paralela cuyos trabajos ocasionaron numerosas bajas entre los zapadores debido a los fuegos de enfilada del fuerte del Salvador, en el otro extremo de la lengua de tierra del puerto; también se llevaron más morteros a la batería emplazada bajo el muro del baluarte de don Blasco. Aquel día se observó un convoy de chalupas y naves pequeñas que se acercó a la ciudadela desde Calabria llevando tropas y víveres y regresando con heridos y enfermos. Los saboyanos trataban de reparar los destrozos de la ciudadela con sacos de tierra, pero el fuego español volvía de destrozar lo reparado; al caer la noche los caballeros de los baluartes ya no disparaban.

Del 6 al 7 de septiembre el teniente general Espínola y el mariscal de campo Roydeville se hicieron cargo del mando. El revellín de Santa Teresa disparaba seis cañones que los españoles no habían sido capaces de desmontar contra los trabajos de aproche, causando bastantes bajas. Por lo tanto, dos horas antes de anochecer un centenar de hombres dieron comienzo los trabajos de construcción de otra batería de ocho cañones de a 24, que quedaría al mando del coronel teniente provisional de Artillería don Juan Berneti. Los nuevos trabajos fueron blanco de los fuegos enemigos, que fueron respondidos por los españoles mientras sus zapadores continuaban sus labores. Al amanecer la nueva batería no estaba cubierta del todo. Para entonces las baterías de los coroneles Matamoros y Mariani habían desecho todos los parapetos del frente enemigo y comenzaron a batir las grietas y cortaduras que comenzaban a manifestarse en las contraguardias de la ciudadela.

Del 7 al 8 de septiembre correspondió el mando al general Armendáriz y al mariscal Villadarias. Se iniciaba la decimoquinta noche. Se trabajó en finalizar la batería del coronel Berneti. Las baterías de los coroneles Matamoros y Mariani lograron silenciar los cañones del frente enemigo, y tan solo contestaban al fuego los cañones del fuerte del Salvador. Una fuerte lluvia cayó sobre Mesina que duró cuatro horas y que obligó a suspender los trabajos y los fuegos de cañón. La noche siguiente, del 8 al 9 de septiembre, continuó la lluvia e impidió completar el emplazamiento de los ocho cañones de la batería de Berneti, que finalizó el día con tan solo tres cañones. A pesar del agua caída, se logró construir un ramal de acceso a la citada batería para cubrir a la tropa de Infantería que debía protegerla. Aquella noche y al día siguiente el fuego realizado contra la ciudadela disminuyó debido a la lluvia.

Ese día ocurrió un hecho curioso. La mujer de un coronel de Infantería suizos al servicio de saboya, un tal Belmonte, se encontraba refugiada en un monasterio de Mesina y quiso tener noticias de su marido, por lo que solicitó una suspensión temporal de los ataques, a la que ambas partes accedieron. Por este motivo, ”estuvieron gran rato las trincheras y las murallas pobladas de oficiales y soldados, llevados de la curiosidad y validos del indulto.”

Del 9 al 10 de septiembre se finalizó la batería de Berneti, se emplazaron los cañones que faltaban y se volaron los obstáculos que estorbaban su tiro. Por la mañana comenzó a disparar contra la contraguardia y baluarte de Santiago. Los defensores tan solo podían responder con fuego de fusil, bombas y piedras y algún cañón que aún permanecía en pie. Sin embargo, el fuerte del Salvador permanecía muy activo y disparando contra todo objetivo que advertía.

La noche del 10 al 11 de septiembre los sitiados intentaron una salida contra la batería de Berneti, pero su vanguardia, compuesta por unos 30 granaderos, fue descubierta por la Infantería que la protegía, disparando sobre ellos y obligándolos a retirarse a la ciudadela dejando algunos muertos en el campo.


LLEGADA AL CAMINO CUBIERTO (12 - 18 de septiembre).

La noche del 11 al 12 de septiembre la fuerza de zapadores aumentó a 1.600 trabajadores y la de la gente de armas aumentó hasta los 3.000 soldados de protección. Durante todo el día arreció el fuego por ambas partes, protegiendo unos y atacando otros los trabajos de construcción de los ramales y trincheras hacia el frente, de modo que las baterías de Matamoros y Mariani dejaron de hacer fuego para no herir a los zapadores propios.

La tónica de las noches y días siguientes fua la misma, avanzando poco los trabajos, y no fue hasta la noche del 16 al 17 de septiembre que los trabajos de zapa permitieron a los españoles llegar al camino cubierto de la ciudadela, que fueinmediatamente abandonado por los saboyanos, quienes se retiraron en barcas a la ciudadela. Los españoles iniciaron la construcción de un recinto a modo de alojamiento para tropa, cuyo acceso protegían con cestones, pero los cañones y fusilería enemigos disparaban sin piedad desde el revellín de Santa Teresa y de la batería del Martillo, ocasionando gran número de bajas entre los gastadores. Entrado el día, las baterías del baluarte de don Blasco comenzaron a disparar de nuevo contra los saboyanos, logrando proteger los trabajos de los españoles.

Del 17 al 18 de septiembre comenzaron los trabajos para emplazar tres baterías sobre el camino cubierto para ”tirar el brecha”, a derecha, izquierda y centro. Al día siguiente, mientras continuaban los trabajos, se vio como cuatro navíos ingleses de 70 y 80 cañones salían de Calabria y tomaban rumbo hacia Mesina, donde se pusieron al pairo delante de la cortina de don Blasco y comenzaron un terrible fuego de cañón, disparando también fuego de fusil su marinería desde las gavias. Los españoles tardaron algo en contestar, pero finalmente lo hicieron dos baterías que había emplazadas en el lugar obligando a los navíos ingleses a retirarse y abandonar el lugar. Al fuego del cañón se unieron las Guardias Españolas bajo el mando del brigadier Martín de Mayorga, y una compañía de granaderos del regimiento de Infantería de Milán, que avanzaron hasta un espaldón de la playa. El teniente general Espínola, que mandaba la tropa aquel día, puso a los soldados sobre las armas por si los sitiados intentaban una salida en coordinación con el ataque de los navíos ingleses.


CONSTRUCCIÓN DEL FRENTE DE CAÑONES (19 – 28 de septiembre).

Del 22 al 23 de septiembre se acabaron las obras de las tres baterías del camino cubierto y se emplazaron catorce cañones de a 19, doce de 24 y otros doce de a 24 en ellas respectivamente, para hacer brecha en el revellín de Santa Teresa y las contraguardias. Simultáneamente, se comenzó otra batería de nueve piezas para disparar contra el martillo situado detrás del revellín. En esta fase del ataque español comenzó a hacer efecto el fuego enemigo procedente del baluarte de Grunemberg. También se comenzaron las obras de otras dos baterías más de cuatro cañones cada una, situadas a derecha e izquierda de los extremos del camino cubierto, cuyo objetivo eran los flancos de los baluartes de Grunemberg y Santiago y los granaderos enemigos que los guarnecían.

Aquella noche los sitiados redoblaron con tal ímpetu su fuego que la trinchera española que ésta se vio sorprendida por la inusitada intensidad del fuego enemigo. El general de aquel día, el general Caraciolo, ordenó encarecer la vigilancia. No fue en vano su sospecha, pues a medianoche los sitiados hicieron una salida por su izquierda para atacar la derecha española, guarnecida por los Guardias Españoles. 500 granaderos alemanes de los regimientos de Staremberg y Vilez, acompañados de 400 gastadores con instrumentos para clavar la artillería española e incendiar las trincheras enemigas salieron de la ciudadela al amparo de la oscuridad. Los escuchas y centinelas españoles tenían orden de no disparar y dejar aproximarse al enemigo, de forma que cuando éste creyó que cogería por sorpresa a los sitiadores, al llegar a las faginas fueron recibidos con fuego de fusil y cargas a la bayoneta de los Guardias Españoles, que les desorganizaron y obligaron a retirarse con muchos heridos, dejando numerosos muertos en el campo, entre los que se encontraban el teniente coronel jefe del regimiento de Staremberg que mandaba el ataque, dos capitanes, uno de cada regimiento, dos oficiales y 70 soldados.

Al despuntar el día 23 de septiembre, las baterías del camino cubierto abrieron fuego para conseguir alguna brecha. Poco tiempo después un tambor saboyano con una carta solicitó una tregua para recoger los cadáveres del frustrado ataque nocturno, para lo que el marqués de Lede concedió una hora de suspensión de hostilidades, pasada la cual los cañones españoles reanudaron el fuego. El jefe de Ingenieros fue llamado para aprovechar la tregua y observar las defensas enemigas. Próspero de Verboom cayó en la cuenta de que la zona de la contraguardia de San Esteban hasta el mar, a la derecha del dispositivo español, se hallaba en malas condiciones y concibió la idea de atacar por aquella parte. El resto del día los cañones españoles continuaron batiendo los muros de la ciudadela.

Durante los dos días siguientes, mientras los cañones proseguían su castigo, los gastadores reparaban los destrozos del fuego enemigo en las trincheras propias, rebajaban las cañoneras para ser capaces de batir el pie de las brechas y finalizaban las dos baterías de los extremos del camino cubierto. Al amanecer del 25 de septiembre la línea española alineó 48 cañones de a 24 contra el frente de la ciudad de la ciudadela, cuyos fuegos dejaron al descubierto los arcos de las bóvedas de los cuarteles de debajo. Los sitiados que tan solo respondían con los cañones del fuerte del Salvador y del baluarte de Grunemberg, y construyeron unas trincheras con doble estacada en la lengua de tierra que había entre el mar y el foso a la altura de la contraguardia de San Esteban, la zona identificada por el general Próspero de Verboom.

Al amanecer del 26 de septiembre los españoles tenían 52 cañones de a 24 emplazados en seis baterías. Las brechas no estaban aún practicadas del todo en los muros enemigos y se seguía disparando sobre ellas y sobre los flancos de los baluartes de Grunemberg y Santiago. Mientras tanto, se continuaba trabajando en los costados del alojamiento del camino cubierto, para mejorar su protección. Varios soldados de confianza se lanzaron al agua del foso para reconocerle, descubriendo una zona delante de una contraguardia con unos seis palmos de agua. De esta manera comenzaron los preparativos para cruzar el foso con barcas, arrimándose ”muchas bozas, tablones, caballetes, sacos de lana y otras máquinas que faciliten el asalto”. Los españoles realizaban todos los trabajos al descubierto, por carecer el enemigo de troneras, parapetos y defensas que les permitiera cubrir su escaso fuego de fusil. Desgraciadamente, el incendio del repuesto de una batería española mató a treinta de sus sirvientes. A lo largo del día las brechas se ampliaron y se pensó que podían servir para dar el asalto. A pesar de ello, los defensores no las despejaron y permanecieron a la espera de que los españoles comenzasen a cegar el foso.

Del 27 al 28 de septiembre comenzó a llover de nuevo, y las balas de los cañones se embutían entre las ruinas de las brechas, que ahora además estaban mojadas y absorbían mejor el impacto. Volvió a repetirse la desgracia de incendiarse el repuesto de otra batería, perdiendo la vida en el suceso 13 soldados españoles y resultando ocho mal heridos.


Del 28 al 29 de septiembre el número de soldados españoles aumentó en la trinchera a mil granaderos y 900 gastadores. A las 21:00 horas un primer cuerpo de seis compañías de granaderos españoles, al mando del brigadier caballero de Salas, y un segundo cuerpo de mil granaderos, todo bajo el mando del mariscal de campo Villadarias, cuyo turno de mando le correspondía aquel día, atacaron la primera de las trincheras enemigas construida en la lengua de tierra, en la zona identificada días antes por el teniente general Próspero de Verboom. Un tercer cuerpo de otros mil fusileros permanecía prevenido en la trinchera, dispuesto a unirse al ataque en caso de necesidad.

Conocemos la composición y algunos nombres de los oficiales del primer cuerpo, facilitados por el marqués de la Mina en su relato. Dos compañías de Guardias Walonas, uno de los cuales era el regimiento Cuxac; Dos compañías del regimiento de Saboya, y dos compañías del regimiento de Castilla, de los que conocemos los nombres del primer cabo, Felipe Segura, natural de Granada; del segundo cabo, Martín de Vicens, natural de Quinto, en Aragón; y del tercer cabo, Jorge Chinchón Ginobés. Por su comportamiento en la acción el Rey Felipe V les concedió un escudo de ventaja. Martín de Vicens fue posteriormente teniente de las Guardias del Rey de Nápoles.

La distancia que debían recorrer los granaderos hasta la primera trinchera enemiga era de unas 140 varas (unos 120 metros). Estaba defendida por 70 granaderos y 100 fusileros quienes, sorprendidos por el ataque español, abandonaron el puesto, quedando prisioneros los más rezagados y lentos en hacerlo. Los granaderos españoles, espoleados por el éxito inicial y guiados por sus oficiales, avanzaron sin descansar apenas y tomaron la segunda cortadura.

Simultáneamente al ataque español, los saboyanos hicieron una salida por el mismo terreno con un gran número de refuerzos llegados de Calabria, al mando del general alemán Ros, también recién llegado de Calabria, con objeto de atacar la trinchera y clavar los cañones de la batería de la derecha española. Pero la mala suerte quiso que su ataque, a pesar de su superioridad numérica, se viese desordenado por la avalancha de defensores de las primera y segunda cortadura que huían de los españoles, quienes les seguían detrás y les atacaron con gran ímpetu. Los españoles no les dieron tiempo a rehacer su formación, pusieron en fuga el ataque saboyano y les ocasionaron numerosas bajas. El general alemán Ros, tres de sus oficiales y muchos soldados de su vanguardia fueron hechos prisioneros. Los restos de la formación saboyana logró entrar de nuevo en la ciudadela, y con ellos lo hicieron nueve granaderos españoles llevados de su espíritu ofensivo, los cuales ”fueron tratados por el Gobernador con agasajo y regalo debido a su espíritu.”

Tras el exitoso ataque, los españoles trataron de consolidar su posición en el terreno conquistado, pero tuvieron que abandonarlo debido a que los saboyanos les hacían un implacable fuego desde las murallas, situada escasamente a tiro de pistola, ya que en esa parte de la ciudadela la fortaleza conservaba intactos los parapetos y troneras que la coronaban. Tampoco los sitiados se atrevieron a salir de la seguridad de sus murallas a recobrar el terreno y las trincheras perdidas. En el ataque de esa noche los españoles sufrieron 200 soldados muertos y heridos; entre los oficiales resultó herido el brigadier Lahini, un coronel, dos capitanes de granaderos, varios oficiales subalternos y varios oficiales de Ingenieros. La mortandad entre los defensores tuvo que ser grande, pues solo en prisioneros se tomaron un general, tres oficiales, cuatro sargentos y 80 soldados

Durante el resto de la noche continuó el fuego entre ambas partes. Al amanecer del 29 de septiembre arreció el fuego de los cañones contra las brechas, mientras que los españoles observaban que los enemigos habían desaparecido de las cercanías de la brechas, de sus obras exteriores, y que debían estar retirados en el interior de la ciudadela. A las 10:00 horas los sitiados solicitaron una tregua para retirar sus muertos y heridos, a lo que el marqués de Lede accedió.


Estando aún vigente la tregua, los saboyanos repitieron el toque de llamada de nuevo antes de las 12:00 horas para capitular. La noticia de la capitulación sorprendió mucho al marqués de Lede, pues creía que las condiciones de la ciudadela le permitían resistir bastantes días más. Las brechas no eran aún accesibles para los españoles, pues antes debían cegar y cruzar un profundo foso; después debían atacar y vencer la resistencia de las obras exteriores, que podía ser resistido por tropas frescas venidas de Calabria. Tras esto los españoles debían construir varias baterías para batir los baluartes y murallas del perímetro pentagonal de la fortaleza, y volver a dar un segundo asalto contra el cuerpo de la ciudadela, contando con que los sitiados podrían levantar detrás de las brechas una cortadura servida por tropas frescas venidas del otro lado del estrecho.

No obstante, hubo acuerdo entre alemanes y piamonteses para capitular ante el empuje de los españoles, pues creían que estos, al haber perdido los defensores las cortaduras o trincheras que la defendían, podrían tomar la lengua de tierra y cortar la comunicación con el fuerte del Salvador y la Calabria y tomar prisionera a la guarnición de la ciudadela, acciones que el marqués de la Mina en su relato consideraba inviable de llevar a cabo por los españoles.

El mariscal de campo Villadarias, jefe de trinchera de aquel día, entró en la ciudadela acompañado del coronel Jorge de Bé, capitán de Guardias Walonas, ambos en calidad de rehenes. Por su parte, los jefes enemigos que salieron como rehenes para conferenciar con el marqués de Lede y el plenipotenciario José Patiño fueron el marqués de Estrasves, antiguo gobernador de Mesina y mariscal de campo del Piamonte, y el coronel alemán Oferfler. Tras las conversaciones, en la mañana del 30 de septiembre ambas partes concertaron las siguientes condiciones de capitulación:

      1. Que la guarnición saldrá por la puerta de Gracia con todos sus honores de guerra para ir a Regio por mar, con sus armas y bagajes, banderas desplegadas y tocando cajas, con doce cañones y cuatro morteros.

      2. Que mediante las otras capitulaciones se entregará la Plaza en el estado que está, sin hacerle daño alguno, ni con el fuego ni con las minas, que no se rompan las cisternas, y en el mismo tiempo se entregará el Salvador en el mismo estado que se halla, y se entregarán los dos navíos que estáne n el puerto, en la misma conformidad.

      Concedido.

      3. Que el enemigo dará tiempo necesario para evacuar las tropas y bagajes, aunque el tiempo sea contrario o que sucediese algún accidente improviso, que detuviese la ejecución del tratado; en tal caso será lícito servirse de los víveres de los almacenes para la subsistencia de las tropas.

      Se concede dos días de tiempo para la evacuación de la Ciudadela y Salvador, y en caso de que el tiempo no permita el embarco, acamparán en la isla, entregando la Ciudadela y Salvador a las tropas del Rey, y se le permitirá sacar los víveres necesarios para la subsistencia de las tropas por el tiempo que quedaren.

      4. Que luego que el tratado será firmado, se entregará al enemigo la puerta del Principal, y se guardará la de Gracia hasta la entera evacuación, y no se permitirá a ninguno entrar en la Plaza, que al Comisario nombrado, a quien se consignarán de buena fe los almacenes de víveres y guerra y efectos Reales.

      Concedido, a condición de que desde mañana 30, antes del mediodía, entreguen a las tropas del Rey una puerta por la que puedan cómodamente entrar para tomar posesión de ella, y al mismo tiempo entregará de buena fe al Comisario de S.M. todos los almacenes de víveres y municiones de guerra, para cuyo efecto se le franquearán las llaves.

      5. No se permitirá se haga ningún agravia no extorsión a la guarnición, y se privará a los soldados y paisanos que entren en la isla.

      Concedido.

      6. En caso que los soldados Imperiales y Piamonteses heridos no estén en estado de marchar, el enemigo se obligue a hacerlos curar y de enviarlos a Regio cuando estén sanos, de lo que se le pagarán el gasto.

      Concedido, a la reserva de los que tomasen partido.

      7. Se pide al enemigo de hacer volver 44 soldados sicilianos y piamonteses que se han quedado enfermos en el hospital de Mesina.

      Concedido, a excepción de los que han tomado partido.

      8. Se pide al enemigo permita que el conde Recoyo, que se halla en Mesina, se vuelva con su familia a Regio.

      Concedido.

      9. Que en el tiempo que se tratará no puedan adelantar los trabajos de una ni otra parte, y que nadie salga de las trincheras a reconocerlas.

      Concedido.

      10. Todo esto se ejecutará, y se entregará el Salvador, como está dicho, volviéndose a un mismo tiempo los rehenes de una y otra parte.

      Concedido, y al mismo instante que se entregará la puerta de la Ciudadela, entregarán los almacenes del Salvador al Comisario de Guerra, debiendo quedar para cuidar de ellos, y las tropas evacuarán y entregarán a las del Rey al mismo tiempo que la Ciudadela.

      11. Se permitirá a los sicilianos que están dentro de la Plaza de retirarse en el Reino o a Regio, donde les pareciere, sin que se les pueda molestar en nada.

      Concedido.

      12. Que todos los prisioneros hechos durante el sitio de una parte y otra, se volverán.

      Concedido: que los prisioneros hechos de la guarnición de la Ciudadela por el tiempo del sitio serán restituidos, excepto los que hayan tomado partido.

    Estas capitulaciones se entienden concedidas, admitiéndose por el enemigo dentro del término que corre hasta medianoche, y pasado se entienden negadas.

    Campo de Mesina, a 29 de septiembre de 1718.
    El marqués de Lede = El marqués de Andorno.

Tras firmar las capitulaciones, el marqués de Villadarias entró en la ciudadela de Mesina al frente de cuatro compañías de granaderos para ocupar las obras batidas y la puerta que mira a la ciudad. Los alemanes se negaron a incluirse en la capitulación y se embarcaron en la Linterna en unas embarcaciones que habían venido a recogerles desde Calabria para reunirse en su campamento de Pendemele.

El 2 de octubre unos 3000 soldados piamonteses se embarcaron en la Linterna junto con el marqués de Andorno en unas galeras venidas de Nápoles. Ese mismo día se retiró la tropa de las trincheras, pues había quedado en ellas durante el tiempo que duró la negociación y la retirada de la guarnición.


La ciudadela de Mesina se defendió durante 37 días de trinchera abierta, desde el 25 de agosto hasta el 30 de septiembre de 1718. Según informes de los saboyanos, murieron en el sitio 2300 oficiales y soldados de su ejército.

Las bajas españolas fueron un millar de muertos y un millar y cuarto de heridos:

  • 1 oficial de Ingenieros, muerto.

  • 1 mariscal de campo y dos brigadieres, heridos.

  • 5 oficiales de Ingenieros, heridos.

  • 11 oficiales y 1.080 soldados y sargentos muertos.

  • 30 oficiales y 1222 soldados y sargentos heridos.

La unidad más castigada fue la de Artillería, con un total de 195 muertos y 184 heridos, seguida por los Guardias Españoles, con 158 muertos y 188 heridos, y los Guardias Valones, con 151 muertos y 169 heridos.

FUENTES: