Completa derrota de la flota española en Sicilia, que supuso el aislamiento del ejército expedicionario en Sicilia, lo que propició el paso a la defensic¡va del marqués de Lede por la falta de refuerzos y reemplazos logísticos, que sólo podían llegar por mar.





Ya dijimos en su momento que el 1 de agosto llegaron a Palermo noticias de que se había avistado una numerosa flota británica con rumbo de Levante a la altura del cabo Pulla de Cerdeña, lo que significa que Inglaterra movilizó y movió su flota antes de la firma del trata de la Cuádruple Alianza, que se firmaría el 2 de agosto. La presencia británica en aguas de Cerdeña aconsejó al conde de Montemar dejar el regimiento Borbón, recién llegado desde Cerdeña, en Palermo para patrullar las costas y las playas de los alrededores de la plaza.

La flota británica había parado en Nápoles, donde el virrey austriaco, el conde Daum, y la nobleza napolitana la había recibido con alivio, pues dudaban que los españoles no trataran de invadir el reino una vez tomada la isla de Sicilia. Allí embarcaron una fuerza de unos 3.000 soldados alemanes para transportarlos y desembarcarlos frente a Mesina en Reggio (Calabria), al mando del general Wetzel.



La flota británica del almirante Byng anclada en la bahía de Nápoles el 1 de agosto de 1718. Pintado por Gaspar Butler. (Fuente: Wikipedia).

El 6 de agosto una tartana francesa llegó a Mesina diciendo que veinte días antes había encontrado en Cerdeña una flota británica de 32 navíos de guerra rumbo hacia Nápoles. Ese mismo días, el almirante Byng zarpó de Nápoles con su flota en dirección a Sicilia.

Al día siguiente, 7 de agosto, una faluca procedente de la isla de Lípari, situada a unos 55 kilómetros de la costa norte de Sicilia, en el archipiélago de las islas Eolias, informó que el día anterior la flota británica había arribado a su isla. Con estas alarmantes noticias, el marqués de Lede y los jefes de Marina fueron convocados a la casa de José Patiño quien, en calidad de Plenipotenciario del rey Felipe V, presidió una reunión para discutir la situación.

La mayoría de los marinos aconsejaron recibir a los británicos con las debidas cautelas y reservas de la guerra, aunque ésta no estuviese declarada. Propusieron evitar el encuentro y poner la flota española a salvo, sobre todo teniendo en cuenta que tan solo doce de los navíos españoles eran de guerra.

El jefe de escuadra George Camocke, irlandés de nacimiento y antiguo oficial de la Royal Navy, propuso dejar anclada la flota en la rada del Paraíso, donde se hallaba en aquel momento, donde podría ser apoyada por alguna batería que pudiera emplazarse en la costa. Su argumento fue que el fuego de los españoles y las fuerte corrientes del estrecho de Mesina a la altura del Faro impedirían a los navíos británicos acercarse a los españoles. Pero José Patiño y el Comandante General de la Armada, don Antonio Castañeda, fueron de otra opinión; ya que las cartas enviadas por el cardenal Alberoni, primer ministro del rey Felipe V, no anunciaban amenaza alguna, manifestaron que la escuadra británica no vendría en actitud agresora, afirmando además que el rey de la Gran Bretaña no declararía la guerra contra España arriesgándose a perder las ventajas que le estaba proporcionando a su país el comercio con España.

El jefe de escuadra marqués de Mari fue quien más insistió en mantener la reserva ante la presencia británica en aquellas aguas, la importancia de conservar los buques y evitar ningún enfrentamiento contra fuerzas navales superiores. Finalmente, prevaleció la confianza dictada por Patiño y no se adoptó ninguna medida de defensa. Los marinos regresaron a sus buques y la flota zarpó hacia el sur de la isla, al parecer para refugiarse en Malta. Adoptaron una formación con 15 buques en línea, seguidos de 11 fragatas, las bombaradas y brulotes y siste galeras. Castañeta dejó dos fragatas en la torre del Faro para intercambiar mensajes: La Tolosa, al mando de don José Goycochea, y la Don Fernando el Chico, del capitán don Francisco Llano.



La batalla del cabo de Passaro. A: El Real. B: San Isidro y El Águila. C: La Sorpresa. D: Bastimentos que escaparon. E: San Felipe el Real, 1ª posición. EE: San Felipe El Real, 2ª posición. F: Almirante inglés. G: La Volante. H: San Luis. Y: San Juan. K: La Perla. L. San Juan el Chico. M: Príncipe de Asturias. N: La Rosa. O: San Fernando. P: Santa Isabel. Q: Armada inglesa. R: La Tolosa. S: San Fernando el Chico. T: Brulote que maltrató al San Felipe. (Fuente: Guzmán-Dávalos y Spínola, Jaime de, marqués de la Mina. Planos de la guerra de Cerdeña y Sicilia. Biblioteca Nacional de España. MSS 6408).

En aquellos días le llegaron al almirante Byng órdenes de su gobierno de tratar a los españoles como enemigos a pesar de no haber sido declarada la guerra entre España e Inglaterra. El almirante Byng despachó una faluca con una carta dirigida al marqués de Lede, en la que el británico le solicitaba dos meses de suspensión de las hostilidades y cláusulas de amistad, aunque en ellas se leían veladas amenazas. El marqués, aconsejado por Patiño, contestó que tenía órdenes para hacer la guerra y no tenía facultades para conceder ningún armisticio. Tras esta carta no quedaban dudas de las intenciones del almirante, quien tras la respuesta del marqués no dudó en apoyar a los imperiales del reino de Nápoles y a los saboyanos de Sicilia en su lucha contra los españoles. Por su parte, ni el marqués de Lede ni Patiño hicieron nada para tomar a los británicos como enemigos, a pesar de ya estar enterados del transporte de tropas imperiales que habían realizado los buques británicos. Posteriormente, José Patiño afirmaría cínicamente que, si bien él ordenó zarpar de la torre del Faro a la flota española, una vez en el mar correspondía a su comandante tomar las medidas necesarias ”para su salvación”.

El 9 de agosto se avistó la flota británica en el cabo de la torre del Faro. Las dos fragatas españolas que allí estaban avisaron a su jefe y al día siguiente, en que los británicos anclaron en el lugar, levaron velas y se hicieron a la mar, siendo perseguidos por los británicos, quienes lo hicieron de forma descuidada, no reunidos, disimulando sus intenciones reales. Mientras tanto, la flota española mantenía su rumbo hacia el sur de la isla, quizás para dirigirse posteriormente a Malta.

El almirante Byng era puntualmente informado de la situación de la flota española por falucas napolitanas que salían de la costa de Calabria. A su paso frente a Mesina, los mercantes ingleses allí amarrados saludaron a la flota británica, y la ciudadela, en manos de los saboyanos, disparó unos noventa cañonazos a modo de saludo.

Las dos fragatas españolas dieron aviso con el cañón y señales a la flota española de la cercanía de los británicos. El jefe de Escuadra marqués de Mari pasó de su navío La Real al navío capitana, el San Felipe el Real, para entrevistarse con el comandante general don Antonio Castañeta y solicitar que salvara la escuadra española sin enfrentarse a los británicos; por su parte, el jefe de Escuadra de Galeras, don Francisco Grimau, envió al capitán de la galera La Soledad, don Donato Domas para conocer las intenciones de Castañeta. Pero éste esgrimió las cartas de Alberoni y el parecer de Patiño para no tomar ninguna prevención contra los ingleses.

Los diarios contemporáneos y fuentes posteriores de ambos bandos difieren en los detalles sobre el número de cañones, tripulaciones, horarios y navíos participantes en la batalla. Con toda seguridad, la flota inglesa estaba formada por 22 navíos con 1.444 cañones y 10.900 marineros: 1 navío de 90 cañones, dos de 80 cañones, nueve de 70 cañones, siete de 60 cañones, dos de 50 cañones y uno de 44 cañones, además de seis barcos menores. Sin embargo, hay discrepancias sobre los barcos participantes; si bien parece ser que participaron los doce navíos, hay discrepancias sobre el número de fragatas, si bien no son significativas para el estudio y entendimiento de la batalla.



Relación de los 22 navíos de la flota británica que combatió en la batalla del cabo Passaro. (Fuente: Guzmán-Dávalos y Spínola, Jaime de, marqués de la Mina. Planos de la guerra de Cerdeña y Sicilia. Biblioteca Nacional de España. MSS 6408).




Si bien durante la madrugada del 11 de agosto el tiempo fue bueno, con vientos suaves y mal calma, la flota española acabó dispersa y dividida en dos grupos. En este estado, la flota británica localizó a la española navegando descuidadamente hacia el cabo Passaro, situado en el extremo sureste inferior de la isla, llevando la ventaja del barlovento sobre los españoles. Parece ser que durante la noche, el almirante Byng envió por delante sus cuatro navíos más ágiles y maniobreros (Kent, Superb, Grafton y Orford) para alcanzar a la flota española mientras que el resto largaba todo el trapo que podían para no quedarse atrás.

La retaguardia española estaba formada por un navío, tres fragatas, dos balandras y un brulote, escoltando a varios buques de transporte:

  • El navío La Real, al mando del marqués de Mari.
  • Tres fragatas: San Isidro, El Tigre y El Águila de Nantes.
  • Dos balandras: Santo Domingo y San Francisco.
  • El brulote Castilla.
  • Varios buques de transporte catalanes y vizcaínos.

Antes del amanecer, se oyeron los cañonazos de cuatro o seis navíos ingleses disparando contra la división que mandaba el marqués de Mari, a retaguardia de la flota española. Las fuentes españolas afirman que los británicos atacaron sin la preceptiva previa declaración de guerra. Las fuentes británicas afirman que los españoles dispararon primero contra el navío inglés más cercano, lo que dio al almirante Byng una excusa iniciar su ataque. De hecho, cuando acabó la batalla, el almirante Byng envió una carta desde Siracusa al marqués de Lede acusando a los españoles de haber sido los primeros en romper el fuego.

La fuerza atacante estaba al mando de George Walton, a bordo del Canterbury, con cinco navíos más, el Argyll entre ellos. El Argyll y el Canterbury dispararon dos y tres andanadas respectivamente contra El Real que, si bien respondió con el fuego de sus cañones, quedó bastante maltrecho por el fuego enemigo. Tras el ataque, el marqués de Mari se retiró hacia la playa de Ábola, a 27 km al sur de Siracusa, sin dejar de combatir contra los ingleses. Al llegar a las playas de Siracusa, el El Real varó en tierra tras haber perdido todos los aparejos y jarcias, roto su velamen y con 90 hombres muertos y heridos. Si bien el marqués de Mari pudo bajar a tierra y salvar a su dotación y el equipaje, no pudo impedir que su navío fuese capturado y reflotado por los británicos. Las fragatas San Isidro y El Águila de Nantes encallaron en la arena y sus tripulantes lograron salvarse y quemar sus naves; la San Isidro acabó capturada por el enemigo, si bien la otra se consumió entre las llamas por completo. La fragata El Tigre, las balandras, el brulote y la mayoría de los buques de transportes de la retaguardia fueron apresados por los ingleses.



Playa de Ábola, donde se retiró el marqués de Mari para tratar de salvar sus naves en vano. (Fuente: Elaboración propia en un mapa de Google Maps).




El grueso de la flota española iba al mando del comandante general don Antonio Castañeta, y estaba compuesta por:

  • Ocho navíos: San Felipe el Real, Príncipe de Asturias, San Fernando, San Pedro, San Carlos, Santa Rosa, Santa Isabel y La Perla (hay autores que dicen que La Perla no era un navío de línea sino una fragata).
  • Cinco fragatas: La Volante, Juno, San Juan el Chico, El Puerco Espín y La Sorpresa. Se desconoce el papel que jugaron las dos fragatas La Tolosa y la Don Francisco el Chico en la batalla.
  • El brulote León.
  • Las siete galeras.
  • Varias embarcaciones de transporte.

Tras acabar con la retaguardia española, el almirante Byng concentró su escuadra para atacar el núcleo de la flota española, que iba al mando de Castañeta y continuaba su rumba en dirección al cabo Passaro. Pero antes, los británicos atacaron la fragata La Sorpresa, de 40 cañones y 350 hombres de tripulación, que se había rezagado y se había separado del grueso de la flota. Otros dicen que esta fragata pertenecía a la retaguardia. Su capitán era don Miguel de Sada quien, tras una heroica defensa y tener el barco ”hecho pedazos”, se vio obligado a rendirse.

Viendo que se le echaba encima un enemigo del que no le constaba su enemistad, y viéndose culpable de credulidad, no lo dudó un instante y ordenó izar la señal para volver a formar la línea y de prepararse para el combate. Pero el esfuerzo fue inútil, porque el grueso de la flota española era inferior en número a la británica, los buques navegaban separados y el enemigo lo hacía reunido. Realmente lo que sucedió a continuación no fue una batalla naval, pues ninguna de las dos flotas desplegó una línea, ”no tubo formación, ni tuvo unión, ni regla en nada”. En realidad, la batalla fue un conjunto de numerosos combates particulares de barcos españoles atacados en masa por los navíos británicos.

Sobre las 10:00 horas se inicio el combate. Dos navíos enemigos de 70 cañones cada uno, el Oxford y el Grafton, se acercaron por la popa a la nave capitana de Castañeta, el navío San Felipe el Real, de 74 cañones y 550 hombres de tripulación. Uno de ellos se le arribó por la banda de estribor y le descargó una andanada, que fue respondida por el navío español, ”con tanto efecto que le hizo bracear en facha y quedarse lastimoso”, es decir, que tuvo que quedarse al pairo para poder recuperarse de los cañonazos españoles. El otro navío enemigo se acercó por barlovento y descargó su andanada, que fue respondida por el San Felipe el Real de la misma manera y con idénticos resultados sobre el navío inglés; pero el navío español perdió muchos hombres en el ataque, se le rompieron muchos cabos y le inutilizaron el palo de mesana.

Tras un breve respiro, el San Felipe el Real fue de nuevo atacado, esta vez por siete navíos enemigos: el Barfleur, del almirante Byng, con 90 cañones; el Dorsetshire, del vicealmirante Delaval, de 80 cañones; otros tres navíos de 70 cañones cada uno que los acompañaban ( el Kent y el Superb entre ellos), y los dos navíos que habían atacado previamente. Los siete navíos atacaron desde la popa, adelantando y cañoneando al navío español por ambas bordas hasta la proa, mientras el español respondía disparando andanada tras andanada, quedando el barco sin velas, desarbolado y sin obras muertas, mientras el comandante Castañeta dirigía la defensa de forma heroica. El navío del almirante Byng se acercó al San Felipe el Real y con una bocina le intimó a la rendición, con amenaza de enviar un brulote para quemar el navío. Pero Castañeta rehusó la rendición y disparó una andanada contra el brulote, al cual hundió, y obligó al almirante Byng a retirarse.



La nave capitana española, el San Felipe el Real, combatiendo con los navíos británicos Superb y Kent. Pintado por Peter Monaly. (Fuente: Wikipedia).

El combate contra la nave capitana española prosiguió todo el día; cerca del anochecer una bala de fusil hirió el tobillo de Castañeta y otra hirió a su capitán de Pabellón, don Pedro Despois. El navío tenía a todos sus oficiales y a 200 hombres muertos o heridos. A pesar de ello, el espíritu de resistencia seguía latiendo en sus corazones, y fueron capaces de rechazar un intento de abordaje que hicieron los británicos por ambas bordas.

La fragata El Volante, de 40 cañones y 300 hombres de tripulación, al mando de don Antonio Escudero, se acercó al navío español para atraer alguno de los buques enemigos que le atacaban. Y en efecto, los tres navíos ingleses de 70 cañones se dirigieron contra la fragata española (entre ellos el Montague y el Rupert), entablando un combate que duró cuatro horas y que finalizó con la rendición de la fragata cuando esta comenzó a hacer aguas y amenazar con hundirse.

El navío Príncipe de Asturias, de 72 cañones y 450 hombres de tripulación, estaba al mando del jefe de Escuadra don Fernando Chacón. Fue atacado por tres navíos enemigos, el Grafton, el Breda y el Captain; se defendió bravamente perdiendo toda la obra muerta del buque y resultado muertos o heridos la mayor parte de sus hombres, resultando herido el mismo Chacón. Pero el navío fue dañado en la línea de flotación, comenzó a hacer agua y Chacón se vio obligado a rendirse.

El navío San Fernando, de 60 cañones y 450 hombres de tripulación, estaba al mando del jefe de Escuadra don Jorge Camoche, irlandés de nacimiento. Se hallaba a barlovento de los enemigos, y viendo el desastre que estaba ocurriendo en la flota española y lo poco que su navío podía contribuir, no ya a una imposible victoria española, sino que ni siquiera socorrer ningún barco de su flota, decidió largar velas hacia la isla veneciana de Corfú, al parecer acompañado de una fragata.



La batalla del cabo Passaro. Pintado por Richard Patton. (Fuente: Wikipedia).

El navío Santa Rosa, de 64 cañones y 450 hombres de tripulación, al mando de don Antonio González, fue atacado por cinco navíos británicos, combatiendo con ellos varias horas antes de acabar rindiéndose.

El navío Santa Isabel, de 60 cañones y 450 tripulantes, al mando de don Andrés Regio, combatió hasta la noche. Pasó la noche sin gobierno, del mal estado en que se encontraba; al amanecer del día siguiente fue atacado de nuevo por tres navíos ingleses, que acabaron apresándole.

La fragata Juno, de 36 cañones y 300 tripulantes, al mando de don Pedro Moyano, se rindió al Essex después de tres horas de combate.

Ya anochecido, los navíos San Luis y San Juan, de 60 cañones y 450 hombres de tripulación cada uno, al mando de don Baltasar de Guevara y don Francisco Guerrero respectivamente, se acercaron en socorro de la nave capitana. Don Antonio Castañeta acababa de rendir su nave; que estaba tumbado en su cámara por la herida recibida en el tobillo y otras en la cara, con un marinero muerto su lado, comprendió lo inútil del intento y ordenó izar una señal para que ambos navíos se desviasen y no se le acercasen. Ambos navíos obedecieron, no sin antes descargar sus cañones sobre el navío del almirante Byng que era el más cercano. De esta manera ambos navíos lograron salvarse de la derrota sufrida por lo españoles. En su viraje hacia mar abierto socorrieron al navío La Perla, de 60 cañones y 450 hombres de tripulación, al mando de don Gabriel Alderete, que llevaba tiempo combatiendo contra tres navíos ingleses, y a la fragata San Juan el Chico, de 22 cañones y 150 hombres de tripulación, al mando de don Pedro Bataville, que estuvieron combatiendo todo el día con los ingleses hasta que llegó la noche, en que siguieron la estela de Guevara, consiguiendo salvarse los cuatro barcos de la derrota.

La escuadra de Galeras estuvo durante la noche arrastrando a varios navíos españoles que, dado el poco viento que había, corrían riesgo de quedarse rezagados. Comenzada la batalla, trataron de entrar en combate, pero viendo su inutilidad para resolver el resultado del combate y advirtiendo que el viento aumentaba, las galeras se retiraron hacia la costa y pusieron rumbo hacia Palermo.


La derrota española fue completa. Las cifras de bajas y pérdidas materiales varían algo según las fuentes, pero el resultado fue contundente: la flota española perdió 17 de sus naves: seis navíos de línea, seis fragatas, un brulote y una balandra fueron capturados, y dos fragatas y una balandra quemados; numerosos buques de transporte también fueron capturados, perdiéndose en ellos una gran cantidad de material de guerra. Se salvaron seis navíos, nueve fragatas y las siete galeras, lo que supone el 55% de la flota, que lograron huir a Malta, Corfú y a otros puertos sicilianos. Además, la flota sufrió centenares de muertos y heridos y la prisión de unos 2.600 oficiales y marineros, entre ellos al propio comandante general de la flota, don Antonio Castañeta. Pasado el tiempo, algunos de los navíos y fragatas que se salvaron lograron llegar a Cádiz para unirse al corso decretado por España contra Inglaterra tras la derrota de Passaro.



Relacion de bajas de la flota española. (Fuente: Guzmán-Dávalos y Spínola, Jaime de, marqués de la Mina. Planos de la guerra de Cerdeña y Sicilia. Biblioteca Nacional de España. MSS 6408).

En comparación, los británicos sufrieron daños menores: 500 muertos o heridos y numerosos daños en los aparejos de los navíos. Sólo el Grafton sufrió daños de gravedad, pues se había enfrentado a varios navíos españoles.

Tras reparar sus naves, el almirante Byng llevó su flota a Siracusa, donde las tropas saboyanas del virrey saboyano, el conde de Maffey, estaban bloqueadas por tropas españolas al mando del brigadier Vallejo. El almirante inglés envió una carta al marqués de Lede en Mesina, afirmando que sentía mucho lo ocurrido, que la culpa era de los españoles por haber disparado primero a sus navíos, y que él consideraba que "el incidente" no debía ser motivo para que España declarase la guerra a Inglaterra. El marqués de respondió secamente diciendo que se remitía a lo que decidieran en su momento las autoridades españolas.

El almirante Byng llevó las naves españolas apresadas al puerto de Mahón; en el viaje, el navío San Felipe el Real se incendió accidentalmente y explotó, matando a 50 prisioneros españoles y a 150 marineros británicos. Entre el 19 y el 26 de agosto, Don Antonio Castañeta y sus oficiales fueron llevados a Augusta en una falucha, donde fueron entregados al marqués de San Vicente, que ocupaba la ciudad, y liberados tras jurar que no tomarían las armas contra los ejércitos imperiales durante cuatro meses. Poco después el resto de marineros españoles presos fueron también liberados, a excepción de aquellos que los británicos necesitaron para poder llevar los barcos apresados hasta Mahón. Finalmente, la flota británica se refugió en Malta.

La derrota dejó aisladas las fuerzas españolas en Sicilia, sin apoyo naval efectivo, erosionó seriamente la capacidad naval española en el Mediterráneo y precipitó la intervención diplomático-militar de la Cuádruple Alianza contra España; si bien el primer ministro Alberoni no declaró la guerra a Inglaterra, retiró el embajador español en Londres y cuatro meses después la guerra de España contra la Cuádruple Alianza se generalizó en Europa (norte de España y Escocia) y en las posesiones españolas de América.

La reputación de la marina española sufrió un golpe durísimo, ya que la calidad de combate de sus naves era muy inferior a la de los navíos británicos; pero la derrota supuso un revulsivo, pues gracias a ella el gobierno español comenzó un programa de construcción de una nueva y moderna flota que permitió a España seguir contando como potencia en el mar. 62 años más tarde, el 9 de agosto de 1780, 27 navíos de guerra españoles al mando del almirante don Luis de Góngora, interceptaron dos convoyes británicos que se dirigían a la India y a América con dinero, armamento y equipo militar, capturando 55 buques británicos, provocando la caída de la Bolsa de Londres; fue el mayor desastre logístico de la historia de la Royal Navy, que impidió el refuerzo del ejército británico en América, propiciando la victoria e independencia de las Trece Colonias.

Al conocerse en Mesina el resultado de la batalla naval del cabo de Passaro, las naves inglesas ancladas en el puerto zarparon a toda prisa dejando anclas y mercancías para refugiarse en el puerto de Reggio. El cónsul británico y los comerciantes que no escaparon de la ciudad fueron detenidos y sus posesiones confiscadas. Sin embargo, éstas se les devolvieron por orden del rey, que no quiso tomar represalias ni portarse tan injustamente como lo habían hecho los británicos.


La playa de Ábola, donde embarrancó el marqués de Mari sus barcos y desembarcó sus marineros y equipajes que sobrevivieron al ataque de los ingleses, está a unos 27 km al sur de Siracusa, teniendo Augusta a 35 km al norte de Siracusa. El brigadier Vallejo se encontraba en Floridia bloqueando a la guarnición saboyana de Siracusa con su regimiento de Dragones de Numancia, mientras que el marqués de san Vicente estaba dentro de la plaza de Augusta, abandonada semanas antes por el enemigo.

Tras su llegada a la playa de Ábola con los restos de sus barcos, el marqués de Mari avisó de lo ocurrido al marqués de san Vicente en Augusta, quien rápidamente envió una fuerza de 200 caballos al mando del teniente coronel don Manuel Machín, para proteger los marineros y los equipajes de una posible acción de la cercana guarnición enemiga de Siracusa. El peligro en efecto se materializó, puesto que los saboyanos enviaron a la playa una numerosa fuerza de dragones. Los jinetes españoles se enfrentarona ellos, cargaron contra los saboyanos, les rechazaron y les persiguieron hasta las puertas de la Siracusa, causándoles numerosos muertos y heridos y capturándoles dos oficiales, 25 soldados y 32 caballos, sin apenas sufrir tan solo unos pocos heridos.

Para asegurarse que los saboyanos no realizaban nuevos ataques, el propio marqués de san Vicente marchó el 12 de agosto hacia Floridia. Al día siguiente continuó su marcha, llegando a la playa a la vez que el brigadier Vallejo con su regimiento de Dragones. Tras dejar a Vallejo protegiendo la playa, el marqués de san Vicente regresó a Augusta, pues había sido avisado que se avistaron buques ingleses en las cercanías de la plaza. Al pasar por Siracusa el marqués pudo ver con pena en la distancia la entrada en el puerto de los barcos españoles capturados tras la batalla.

El 17 de agosto el marqués llegó a Augusta forzando el paso, pues al amanecer había visto a cuatro navíos ingleses luchando contra el viento para entrar en el puerto. Por la tarde, los navíos fondearon frente a la linterna del puerto y enviaron cuatro lanchas para sondear el fonde del puerto. Con esta amenaza a la vista, los españoles se apresuraron a desembarcar los aparejos de guerra, víveres y municiones del brulote Castilla y de barcos menores que había anclados en el puerto.

El 18 de agosto, nada más amanecer, los navíos ingleses se acercaron al muelle del puerto con intención de tomar los barcos allí anclados. Las tartanas lograron situarse bajo la protección de los cañones del castillo de la ciudad, pero el brulote y la bombarda no pudieron hacerlo y fueron voladas por los españoles. En previsión de un posible desembarco enemigo, el marqués de San Vicente envió un destacamento de Caballería a retaguardia de las salinas; pero los británicos no le dispararon a pesar de tenerles enfilados; en cambio, sí dispararon a las tartanas, sin éxito.

Sobre las 16:00 horas se presentó un oficial británico con bandera de paz, solicitando al marqués que le entregase las embarcaciones españolas, pues sus órdenes eran quemar o apresar las naves del rey de España y no disparar ni contra la ciudad ni contra las tropas españolas. El marqués respondió que el castillo protegería a las tartanas y que la ciudad se defendería en caso de ataque. El oficial británico regresó a la nave y poco después los cuatro navíos comenzaron a cañonear el castillo y la ciudad, ”con más ruido que efecto”. Después intentaron acercarse a las tartanas para quemarlas, pero el fuego de cañón del castillo se lo impidió.

El 19 de agosto los británicos abandonaron las aguas de Augusta. El marqués de San Vicente ordenó desembarcar todos los efectos que hubiese aún a bordo de las embarcaciones y puso en defensa los fuertes de Ábalos, García y Victoria, construidos a primeros del siglo XVI por los españoles para defender la ciudad, aumentando sus piezas de Artillería para reforzar su poder de fuego. De allí el marqués condujo hacia Palermo la marinería que había desembarcado en la playa de Ábalos. Su número fueron más de dos mil hombres, con quienes se formó una nutrida unidad que se portó muy bien durante el resto de la campaña.

A finales de septiembre el brigadier Mayorga, que era además capitán del regimiento de Guardias Españolas, fue nombrado gobernador de Augusta, y el marqués de San Vicente regresó con su destacamento al grueso del ejército, excepto la tropa que dejó de guarnición en Augusta.

FUENTES: