ACADEMIA DE MATHEMÁTICAS Y ARQUITECTURA MILITAR DE MADRID (1582)

Como consecuencia de los progresos realizados por la Artillería, después de Renacimiento comenzó a considerarse la Fortificación como una rama separada de la arquitectura civil. Todos aquellos que deseaban ejercer su oficio en este ámbito se instruían en Matemáticas y Dibujo, y tras adquirir estos conocimientos procuraban ser admitidos como ayudantes o auxiliares de un arquitecto o ingeniero acreditado. Tras una larga práctica y servicios comprobados en calidad de subalterno se le reconocían sus conocimientos con el título o diploma de ingeniero.

En el siglo XVI no era nada fácil estudiar Matemáticas en España. Por esta razón, los ejércitos imperiales españoles estaban llenos de oficiales ingenieros italianos, flamencos y alemanes. Para suplir este déficit, el rey Felipe II propició el establecimiento en 1582 de una Academia de Mathemáticas y Arquitectura Militar en el antiguo Real Alcázar de Madrid.



Imagen del Alcázar Real de Madrid, sede de la Academia de Mathemáticas y Arquitectura Militar

La Academia fue fundada por el prestigioso ingeniero militar Tiburcio Spannocchi y el arquitecto Juan de Herrera. La formación de los alumnos, tanto militares como civiles (se admitían algunos "caballeros particulares") era muy completa, especialmente para los futuros ingenieros. Abarcaba no solamente Matemáticas y Fortificación, sino Arquitectura, Cosmografía e incluso navegación o el "Arte de Marear".

Se ponían así las bases sobre las que se asentaría el dominio de los ingenieros militares en los campos de la Arquitectura, Obras Públicas y Cartografía durante los siglos XVI, XVII y XVIII, especialmente en América, donde abarcaron temas como la economía, historia, demografía, geología e incluso botánica.

Los primeros alumnos de Spannocchi fueron Cristóbal de Rojas, Jerónimo de Soto, Próspero Casola y Leonardo Turriano.

La Academia impartía sus clases en horario de mañana y tarde. Entre sus alumnos se encontró el Conde de Puñonrostro, Maestre de Campo General, quien protegió a la Academia y estimuló a sus profesores a escribir y publicar los tratados de las materias que explicaban. Entre sus profesores se encontraban los siguientes:

  • Doctor Julián Firrufino, que explicaba la Geometría de Euclides y el Tratado de la Esfera. Este doctor sería más tarde el primer director de la Escuela de Artillería de Sevilla, creada en 1591.
  • Licenciado Juan de Cedillo, que explicaba la Materia de Senos (trigonometría) y el Tratado de la carta de marear geográficamente demostrada (navegación).
  • Juan Ángel, que explicaba algunos Tratados selectos de Arquímedes.
  • Capitán e Ingeniero D. Cristóbal de Rojas, que explicaba la primera Teórica y práctica de la Fortificación.
  • Alférez D. Pedro Rodriguez, que explicaba la Materia de escuadrones y forma de hacerlos, con sus principios de aritmética y raiz cuadrada.

Aunque fundada con tanta ilusión y para hacer frente a una necesidad evidente en los ejércitos españoles, pronto cayó en decadencia "por falta de oyentes", lo que obligó a "tener que reclutarlos entre los expósitos y desamparados de Madrid". La situación llegó a tal que tuvo que cerrar sus aulas en 1625.

Al desaparecer en 1625 la Academia de Matemáticas de Madrid, se incorporó una cátedra de fortificación a los Estudios Generales del Colegio de San Isidro, también en la capital, donde "se interpretaba a Polibio y Vegecio, la obra "De re militari" y se leían la antiguedad y erudición que hay acerca de esta materia". Independientemente de ésta, ya existía en Madrid una cátedra de Matemáticas que enseñaba en el Colegio Imperial de los Jesuitas. Además, en el Palacio del Marqués de Leganés, se organizaba la "Escuela de Palas", donde explicaba fortificación Julio César Firrufino.



Convoy acampado. Viñeta del libro Escuela de Palas, atribuido al Marqués de Leganés.

Fuera de la Península se crearon otras academias similares, siendo la más famosa la de Milán; fundada en tiempos del Emperador Carlos V, tuvo una larga vida, permaneciendo vigente durante todo el siglo XVII. En ella enseñaron fortificación tratadistas italianos como Tartaglia, San Micheli, o el arquitecto Alejandro Capra. Ninguna de ellas llegó a tener la importancia de la Academia Real y Militar del Ejército de los Países Bajos, que fundó en Bruselas en 1675, el Capitán General de Flandes.

En 1656 el Consejo de la Guerra decidió recuperar las ventajas que supuso la antigua Academia de Matemáticas, por lo que el 25 de noviembre creó dos cátedras, una por la mañana en el Hospital de Desamparados, y otra por la tarde en el propio Real Alcázar de Madrid, ambas de hora y media de duración; todo ello con intención de dar acceso a los conocimientos no solo a los soldados, sino a "otras personas particulares que, sin ocupación, por ociosidad acuden a los patios, de que se puede sacar mucho fruto"

En 1663 el catedrático director Padre Jerónimo María de Afflitto propuso una serie de medidas económicas para pensionar hasta ocho alumnos, hacer prácticas de fortificación en el Retiro o Casa de Campo, y prometió sacar cuatro ingenieros españoles por año, para evitar tener que entregarse a extranjeros. El Rey decretó "Está bien y así lo he mandado".

Entre 1658 y 1696 hubo un total de seis catedráticos directores:

  • 1658-1665: Padre Jerónimo María de Afflitto
  • 1665-1665: Jerónimo de Soto
  • 1665-1667: Juan de la Rocha
  • 1667-1678: Jorge del Pozo
  • 1678-1684: Juan Asensio
  • 1684-1696: Julio Bamfi

En 1696 se decretó la extinción de las cátedras y su tralado a Barcelona. Las razones se encuentran en la falta de estímulo que tenían los estudiantes: algunos no recibían sus pensiones y hacía meses que no asistían a clase; otros, tras haber estudiado muchos años, no querían salir de Madrid ni con el título de Ingeniero, a no ser en condiciones muy ventajosas. De esta forma se sentaron las bases de la futura Real Academia Militar de Matemáticas y Fortificación de Barcelona, que fundaría Próspero de Verboom en 1720.

Aunque la vida de las academias y cátedras de matemáticas de Madrid duró más de un siglo, llevaron siempre una vida efímera y muy precaria. Les tocó desarrollar sus tareas en una época en la que los estudios matemáticos estaban totalmente descuidados en las Universidades españolas, y en la que el gobierno del reino no quería gastar dinero en sostener profesores, personal auxiliar, alumnos, material y medios de dotación.




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